Pensamientos para hombres
jóvenes
Juan Carlos Ryle
Cuando el apóstol Pablo escribió su epístola
a Tito acerca de su deber como maestro, se refirió a los
hombres jóvenes como una clase que requiere de una atención
peculiar. Después de hablar de hombres y mujeres ancianos,
y de mujeres jóvenes, él añade este sustancial
consejo: "Exhorta asimismo a los jóvenes a que sean
prudentes" (Tit 2:6). Voy a seguir el consejo del apóstol.
Me propongo ofrecer unas pocas palabras de amistosa exhortación
a los hombres jóvenes.
Yo mismo me estoy poniendo viejo, pero hay pocas cosas que
recuerdo tan claramente como los días de mi juventud. Tengo los más
variados recuerdos de los goces y placeres, las esperanzas y los
temores, las tentaciones y las dificultades, los errados juicios
y los mal orientados afectos, y de los errores y las aspiraciones,
que rodean y acompañan la vida de un hombre joven. Si tan
solo puedo decir algo para mantener a un joven en el camino recto,
y preservarlo de las faltas y los pecados que pueden estropear
sus prospectos tanto para el tiempo como para la eternidad, estaré muy
agradecido.
Hay cuatro cosas que me propongo hacer :
I. Mencionaré algunas razones generales de por qué el
joven necesita exhortación.
II. Señalaré algunos peligros especiales contra los
cuales los hombres jóvenes necesitan ser advertidos.
III. Daré algunos consejos generales que insto a los hombres
jóvenes a que reciban.
IV. Plantearé algunas reglas de conducta especiales, las
cuales aconsejo encarecidamente a los hombres jóvenes
que sigan.
En cada uno de estos cuatro puntos tengo algo que decir, y
oro a Dios que lo que diga pueda beneficiar a algún
alma.
I. RAZONES PARA EXHORTAR A LOS HOMBRES JÓVENES.
1. En primer lugar, ¿cuáles son las razones generales
por las que los hombres jóvenes necesitan una exhortación
peculiar? Mencionaré algunas de ellas por orden.
(1) Por un lado está el penoso hecho de que hay pocos jóvenes
en cualquier lugar que parezcan tener siquiera religión.
Digo esto sin distinción de personas; lo digo en forma global:
altos o bajos, ricos o pobres, aristócratas o de humilde
alcurnia, doctos o indoctos, de la ciudad o del campo, no importa.
Me estremezco al observar cuan pocos jóvenes son guiados
por el Espíritu, cuan pocos están por este camino
angosto que lleva a la vida, cuan pocos están poniendo sus
afectos en las cosas de arriba, cuan pocos están tomando
la cruz y siguiendo a Cristo. Digo esto con mucho pesar, pero creo,
ante Dios, que estoy diciendo nada más que la verdad.
Jóvenes, ustedes forman una numerosa y sumamente importante
clase de la población de este país, pero ¿dónde
y en qué condiciones se encuentran sus almas inmortales? ¡Es
una lástima! Hacia dondequiera que miremos en busca de una
respuesta, el reporte será uno y el mismo.
Preguntémosle a cualquier ministro fiel del evangelio y
pongamos atención a su respuesta. ¿Cuántos
jóvenes solteros puede él estimar que vienen a participar
en la Cena del Señor? ¿Quiénes son los más
rezagados en cuanto a los medios de la gracia, y los que asisten
con mayor irregularidad a los servicios del domingo, y los más
difíciles de atraer a las reuniones semanales y a los cultos
de oración, los más distraídos en todas las
prédicas? ¿Qué grupo de su congregación
lo llena de la mayor ansiedad? ¿Cuáles son los Rubenes
por los cuales tiene las más profundas "indagaciones
del corazón"? ¿Quiénes de su grey son
los más difíciles de manejar? ¿Quiénes
requieren advertencias y reprensiones con mayor frecuencia? ¿Quiénes
le ocasionan las mayores perturbaciones y penas? ¿Quiénes
lo mantienen más continuamente en temor por sus almas y
parecen estar más desesperanzados? Tú puedes estar
seguro de que su respuesta será: Los Hombres Jóvenes.
Preguntémosle a los magistrados y funcionarios de la justicia
y observemos lo que ellos responderán. ¿Quiénes
son los que más van a tabernas y cervecerías? ¿Quiénes
son los mayores infractores en el Día del Señor? ¿Quiénes
componen bulliciosas turbas y mitines rebeldes? ¿Quiénes
son los que con mayor frecuencia son detenidos por embriaguez,
quebrantamiento de la paz, peleas, intrusión en propiedades
ajenas, robos, asaltos y cosas semejantes? ¿Quiénes
llenan las prisiones, penitenciarías y listas de convictos? ¿Quiénes
componen la clase que más incesantemente requiere vigilancia
y que los ocupa más? De seguro que apuntarán todos
al mismo grupo, y dirán: Los Hombres Jóvenes.
Volvámanos en dirección a las clases más acomodadas
y noten el reporte que obtendremos de ellas. En una familia, los
hijos varones están siempre perdiendo el tiempo, la salud
y el dinero en su egoísta búsqueda de placer. En
otra, estos no seguirán profesión alguna y desperdiciarán
los años más preciados de sus vidas haciendo nada.
En otra, emprenderán una carrera por mero formalismo, pero
sin prestar atención a sus deberes. En otra, estarán
siempre estableciendo relaciones equivocadas, jugando y apostando,
endeudándose, asociándose con malas compañías
y manteniendo a sus amigos en una constante ansiedad. ¡Qué lamentable!
Ni rango, ni título, ni riqueza, ni educación impiden
o previenen estas cosas. Padres ansiosos, madres con corazones
quebrantados y hermanas apenadas, podrían contar tristes
historias sobre ellos si la verdad saliera a la luz. Muchas familias,
con todo lo que este mundo puede ofrecer, cuenta entre sus parientes
con algún nombre que nunca es mencionado,--o únicamente
mencionado con pesar y vergüenza--, algún hijo, algún
hermano, algún primo, algún sobrino que hace lo que
quiere y es un motivo de aflicción para todos los que
lo conocen.
Es raro encontrar una familia rica que no haya tenido algún
aguijón en su costado, alguna mancha en sus páginas
de felicidad, alguna fuente constante de dolor y ansiedad; y, a
menudo, bastante a menudo, ¿no es esta la verdadera causa:
Los Hombres Jóvenes?
¿
Qué diremos a todo esto? Estos son hechos --hechos claros
que saltan a la vista--, hechos con los que nos tropezamos por
todos lados, hechos que no pueden negarse. ¡Qué espantosa
realidad! ¡Qué terrible el pensamiento de que cada
vez que me encuentro con un joven, me encuentro con alguien que
con toda probabilidad es un enemigo de Dios, que camina por el
ancho camino que lleva a la destrucción, no apto para el
cielo! Indudablemente, con tales hechos delante de mí, no
te sorprenderás de que yo te exhorte a tí, --debes
admitir que existe una razón.
(2) Por otra parte, la muerte y el juicio están delante
de los jóvenes al igual que de los demás, y casi
todos ellos parecen olvidarlo.
Joven, está establecido que mueras una sola vez (Heb 9:27);
y no importa lo fuerte o saludable que puedas estar, el día
de tu muerte está quizás muy cercano. Yo veo a jóvenes
enfermos al igual que a viejos. Entierro cuerpos jóvenes
tanto como ancianos. Leo nombres de personas no mayores que ustedes
mismos en cada cementerio. En los registros veo que con excepción
de la infancia y la vejez, mueren más entre las edades de
trece y veintitrés años que en cualquier otra época
de la vida. Sin embargo, vives como si al presente estuvieras
seguro de que no vas a morir.
¿
Estás pensando que a estas cosas les prestarás atención
mañana? Recuerda las palabras de Salomón: "No
te jactes del día de mañana; porque no sabes que
dará de sí el día" (Pr 27:1). "Las
cosas serias para mañana", le dijo un pagano a uno
que le advertía del peligro que se aproximaba; pero su "mañana" nunca
llegó. Mañana es el día del diablo, mas el
hoy es el día de Dios. A Satanás no le importa cuan
espirituales puedan ser tus intenciones, ni cuan santas sean tus
resoluciones, mientras éstas estén fijadas simplemente
para "mañana". ¡Oh, no des lugar al diablo
en este asunto! Respóndele: "¡No, Satanás! ¡Será hoy,
hoy! No todos los hombres viven para ser patriarcas como Isaac
y Jacob. Muchos hijos mueren antes que sus padres. David tuvo que
llorar la muerte de sus dos hijos más amados; Job perdió sus
diez hijos en un sólo día. Tu suerte puede ser la
misma que la de alguno de ellos, y cuando la muerte te llame, vano
será hablar de mañana --tú debes partir
en el acto.
¿
Estás pensando que tendrás una ocasión oportuna
para prestar atención a estas cosas en el futuro? Así pensaron
Félix y los atenienses a quienes Pablo les predicó,
pero esa ocasión nunca llegó (Hch 17:32; 24:35).
El infierno esta pavimentado de fantasías como esas. Más
te vale obrar mientras puedas. No dejes sin arreglar nada que sea
eterno. No corras ningún riesgo cuando es tu alma la que
está en juego. Créeme, la salvación de un
alma no es cosa fácil. Todos necesitamos de "tan grande" salvación,
jóvenes y viejos; todos necesitamos ser nacidos de nuevo,
todos necesitamos ser lavados en la sangre de Cristo, todos necesitamos
ser santificados por el Espíritu. Bienaventurado el hombre
que no deja estas cosas en la incertidumbre, sino que no descansa
hasta tener el testimonio del Espíritu en su interior
de que es un hijo de Dios.
Joven, tu tiempo es corto. Tus días no son sino de un palmo
de largo --una sombra, un vapor (Stg 4:14)-- un cuento que es velozmente
relatado. Tu cuerpo no es de bronce. "Los jóvenes",
dice Isaías, "caen" (Is 40:30). Tu salud te puede
ser arrebatada en un momento: --sólo se necesita una caída,
una fiebre, una inflamación, un vaso sanguíneo roto,
y pronto los gusanos se alimentarán de tí. Hay un
sólo paso entre tí y la muerte. Puede que "esta
noche vengan a pedirte tu alma". Rápidamente estarás
siguiendo el camino de todos en la tierra" --dentro de poco
tiempo te habrás ido. Tu vida es totalmente incierta, más
tu muerte y tu juicio están perfectamente asegurados. Tú también
vas a oír la trompeta del Arcángel y tendrás
que presentarte ante el gran trono blanco. Tú también
deberás obedecer este llamado, el cual Jerome dice que estaba
siempre sonando en sus oídos: "Levántate, muerto,
y ven a juicio". "Ciertamente vengo en breve" (Ap
22:20), es el lenguaje del Juez Mismo. Yo no puedo, ni me atrevo
a dejarte tranquilo, y no lo haré.
Ojalá que penetren en tu corazón las palabras del
Predicador: "Alégrate, joven, en tu juventud, y tome
placer tu corazón en los días de tu adolescencia;
y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus
ojos, pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios" (Ec
11:9). ¡Es pasmoso que ante tal expectativa algún
hombre pueda ser descuidado e indiferente! Ciertamente ninguno
es tan loco como aquellos que están contentos de vivir sin
estar preparados para morir. Ciertamente la incredulidad de los
hombres es la cosa más asombrosa del mundo. Con razón
la profecía más clara de la Biblia comienza con estas
palabras: "¿Quién ha creído a nuestro
anuncio?" (Is 53:1). Con razón dice el Señor: "Cuando
venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?" (Lc
18:8). Joven, temo que este sea el reporte tuyo y el de muchos
otros en la corte de arriba: "Ellos no creerán." Temo
que seas sacado precipitadamente de este mundo y te despiertes
para descubrir, demasiado tarde, que la muerte y el juicio
son una realidad. Temo todo esto y por esto te exhorto.
(3) Por otro lado, lo que los jóvenes serán, con
toda certeza dependerá de lo que son ahora, y parece
ser que olvidan esto.
La juventud es la siembra de la edad madura, la etapa de moldeamiento
en el corto ciclo de la vida, el momento crucial en la historia
del pensamiento del hombre.
Por el renuevo juzgamos el árbol, por la flor juzgamos el
fruto, por la primavera juzgamos la cosecha, por la mañana
juzgamos el día, y por el carácter del hombre joven
podemos, por lo general, juzgar lo que será cuando se
vuelva adulto.
Joven, no te engañes. No creas que puedes, a voluntad, servir
a los deseos de la carne y a los placeres en la etapa inicial de
tu vida, y luego servir a Dios con facilidad en la etapa final.
No creas que puedes vivir con Esaú, y después morir
con Jacob. Es una burla tratar con Dios y con tu alma en esa manera.
Es una detestable burla suponer que puedes darle la flor de tu
juventud al mundo y al diablo para luego despachar al Rey de reyes
con las sobras y residuos de tu corazón, los restos y vestigios
de tu fuerza. Es una detestable burla, y podrás darte
cuenta a tus propias expensas que tal cosa no se puede hacer.
Yo no dudo que tú estés contando con un arrepentimiento
tardío. No sabes lo que estás haciendo. Estás
considerando así sin tomar en cuenta a Dios. El arrepentimiento
y la fe son dones de Dios, dones que El a menudo retiene cuando
han sido ofrecidos en vano por largo tiempo. Reconozco que nunca
es demasiado tarde para el verdadero arrepentimiento, pero al mismo
tiempo te advierto que raras veces el arrepentimiento tardío
es verdadero. Reconozco que un ladrón penitente se convirtió en
sus últimas horas, para que ningún hombre abandone
la esperanza; pero te advierto, sólo uno se convirtió,
para que ningún hombre presuma. Te acepto que está escrito,
Jesús "puede salvar perpetuamente a los que por El
se acercan a Dios" (He 7:25); pero, te advierto que también
está escrito por el mismo Espíritu: "Por cuanto
llamé, y no quisisteis oír... También yo me
reiré en vuestra calamidad, y me burlaré cuando os
viniere lo que teméis" (Pr 1:24,26).
Créeme. hallarás que no es cosa fácil volverse
a Dios así por así cuando a tí te plazca.
Es veraz el dicho del buen ministro Leighton: "El camino del
pecado es cuesta abajo; un hombre no puede parar cuando él
quiera hacerlo." Los deseos santos y las convicciones sinceras
no son como los siervos del centurión, que están
listos para ir y venir a tu orden; más bien son como el
Leviatán en Job: No obedecerán tu voz, ni atenderán
tu mandato. Se dijo de un famoso general de antaño que cuando
pudo haber tomado la ciudad contra la cual luchaba, no quiso; y
cuando más tarde quiso hacerlo, no pudo. ¡Cuidado!,
no sea que el mismo caso te sobrevenga a tí con respecto
a la vida eterna.
¿
Por qué digo todo esto? Lo digo a causa de la fuerza del
hábito. Lo digo porque la experiencia me dice que los corazones
de las personas muy raras veces cambian si no han cambiado en la
juventud. En verdad, raras veces se convierten los hombres cuando
son viejos. Los hábitos tienen profundas raíces.
Tan pronto le permites al pecado cobijarse en tu seno, no va a
salir a tu mandato. La costumbre se convierte en una segunda naturaleza,
y sus cadenas son cuerdas de tres dobleces que no se rompen fácilmente.
Bien dice el profeta: "¿Mudará el etíope
su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis
vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal?" (Jer
13:23). Los hábitos son como piedras que ruedan cuesta abajo,
mientras más lejos ruedan, más rápido e ingobernable
es su curso. Los hábitos, como los árboles, se fortalecen
con la edad. Un muchacho puede torcer un roble cuando éste
es un árbol joven, pero cien hombres no pueden arrancarlo
de raíz cuando es un árbol adulto. Un niño
puede ir vadeando el Támesis en su nacimiento, pero la más
grande embarcación del mundo puede flotar en el mismo cuando
desemboca en el mar. Lo mismo ocurre con los hábitos: Mientras
más viejos, más fuertes, mientras más tiempo
han tomado posesión, más difícil será echarlos
fuera. Ellos crecen con nuestro crecimiento, y se fortalecen con
nuestra fuerza. La costumbre es la nodriza del pecado. Cada nuevo
acto pecaminoso disminuye el temor y el remordimiento, endurece
nuestros corazones, embota los filos de nuestra conciencia e incrementa
nuestra malvada inclinación.
Joven, tal vez pienses que estoy haciendo demasiado hincapié sobre
este asunto. Si hubieras visto a hombres viejos como yo los he
visto, al borde de la muerte, inconmovibles, cauterizados, insensibles,
muertos, fríos, duros como una infernal piedra de molino;
pensarías de otra manera. Créeme, no puedes quedarte
de brazos cruzados en los asuntos relacionados con tu alma. Hábitos
de bien o de mal están fortaleciéndose diariamente
en tu corazón. Cada día te acercas más a Dios
o te alejas más de El. Por cada año que continúes
impenitente, la pared divisoria entre tú y el cielo se hace
más alta y más gruesa, y el abismo que ha de cruzarse,
más profundo y más ancho. ¡Oh, teme el efecto
endurecedor de estarte consumiendo en el pecado! Ahora es el tiempo
aceptable. Procura que tu vuelo no sea en el invierno de tus días.
Si no buscas al Señor en tu juventud, la fortaleza del hábito
es tal que probablemente nunca le buscarás después.
Temo por esto, y por tanto te exhorto.
(4) Por otro lado, el diablo pone especial diligencia en destruir
las almas de los hombres jóvenes, y parece como si ellos
no lo supieran.
Satanás sabe muy bien que los jóvenes formarán
la próxima generación. Por consiguiente, hace uso
de cada habilidad con tiempo para tomar posesión de ellos.
Yo no voy a permitir que tú ignores sus maquinaciones.
Tú eres de aquellos sobre quienes el diablo despliega sus
más escogidas tentaciones. El extiende su red con el más
atento cuidado para enredar tu corazón. El pone cebo a la
trampa con las carnadas más dulces para tenerte en su poder.
El exhibe sus mercancías ante tus ojos con extrema ingenuidad
para hacer que tú compres sus azucarados venenos, y comas
sus malditos manjares. Tú eres el objeto principal de su
ataque. Que el Señor lo reprenda y te libre de sus manos.
Joven, cuídate de no caer en sus redes. El tratará de
arrojar polvo en tus ojos, y hará que no veas ninguna cosa
en su verdadero color. El se alegrará si logra hacerte considerar
a lo malo bueno y a lo bueno malo. El pintará, adornará y
vestirá el pecado para hacerte que te enamores de él.
El deformará, hará una falsa representación
y ridiculizará la verdadera religión para hacer que
le tomes aversión. El exaltará los placeres de la
maldad, pero esconderá de tí el aguijón de
ella. Levantará ante tus ojos la cruz y sus aflicciones,
pero mantendrá fuera de tu vista la corona eterna. Te prometerá todo,
como lo hizo con Cristo, si le sirves solamente a él. Incluso
te ayudará a seguir una apariencia de religión, si
tan sólo niegas su poder. El te dirá al principio
de tu vida: "es demasiado pronto" para servir a Dios,
y te dirá al final: "es demasiado tarde". ¡Oh,
no te dejes engañar!
Poco sabes del peligro en que estás metido con este enemigo,
y es precisamente esta ignorancia lo que me hace temer. Tú eres
como los ciegos, que caminan en medio de trampas y escollos
ocultos; no ves los peligros que a cada lado te rodean.
Tu enemigo es poderoso. Es llamado "El príncipe de
este mundo." (Jn 14:30). Se opuso al Señor Jesucristo
durante todo Su ministerio. Tentó a Adán y a Eva
a comer del fruto prohibido y de esa manera trajo el pecado y la
muerte al mundo. Tentó incluso a David, el hombre conforme
al corazón de Dios, e hizo que sus últimos días
fueran llenos de sufrimiento. Tentó aun a Pedro, el apóstol
escogido, e hizo que negara a su Señor. Su enemistad
es, sin duda alguna, algo que no ha de desestimarse.
Tu enemigo no descansa. El nunca duerme. Siempre, "como león
rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar." (1
P 5:8). Está en todo momento de aquí para allá por
toda la tierra, andando de arriba a abajo en ella (Job 1:7; 2:2).
Puede que tú seas descuidado con tu alma, pero él
no. El quiere tu alma para hacerla miserable, como él mismo
lo es, y la tendrá si puede. Su enemistad es, sin duda
alguna, algo que no ha de desestimarse.
Finalmente, tu enemigo es astuto. Por casi seis mil años él
ha estado leyendo un libro, y ese libro es el corazón del
hombre. Debe de conocerlo bien, y, de hecho, lo conoce: toda su
debilidad, toda su falsedad, toda su insensatez. El tiene el cúmulo
de tentaciones más efectivas para hacerle daño. Nunca
llegarás a estar en un lugar donde no te encuentre. Vete
a las ciudades, él estará allá. Vete a un
desierto, él te encontrará allí también.
Reúnete con los borrachos y juerguistas, y él estará allí para
ayudarte. Escucha las prédicas, y él estará allí para
distraerte. Su enemistad es, sin duda alguna, algo que no ha
de desestimarse.
Joven, este enemigo está trabajando arduamente para destruirte,
sin importar lo poco que repares en ello. Los jóvenes son
el premio por el cual él está contendiendo de manera
especial. El prevé que ustedes habrán de ser las
bendiciones o las maldiciones de su generación, y está haciendo
todo lo posible para conseguir alojamiento en sus corazones desde
ahora, de modo que puedan ayudarlo con el tiempo a promover su
reino. Bien entiende él que estropear el capullo es la manera
más segura para echar a perder la flor.
¡
Oh, que tus ojos sean abiertos como los de aquellos siervos de
Elías en Dotan! ¡Oh, que tú veas lo que Satanás
está tramando en contra de tu paz! Debo advertirte,
debo exhortarte. Ya sea que oigas o no, yo no puedo, ni me
atrevo, a
dejarte tranquilo.
(5) Por otro lado, los jóvenes necesitan ser exhortados
por el dolor que les evitará el comenzar a servir a
Dios ahora.
El pecado es la madre de todo pesar, y ningún tipo de pecado
parece ocasionar al hombre tanta miseria y dolor como los pecados
de su juventud. Los tontos comportamientos que tuvo; el tiempo
que malgastó; los errores que cometió; las malas
compañías que mantuvo; el daño que se hizo
a sí mismo, tanto a su cuerpo como a su alma; las oportunidades
de felicidad que desechó; todas estas son cosas que a menudo
amargan la conciencia de un hombre viejo, arrojan melancolía
y tristeza sobre el anochecer de sus días, y llenan las últimas
horas de su vida de autoreproche y vergüenza.
Algunos hombres podrían contarte de su prematura pérdida
de salud producto de pecados de su juventud. La enfermedad atormenta
sus miembros con dolor, y la vida es casi un fastidio. Su fuerza
muscular está tan gastada que un saltamontes resulta ser
una carga. Sus ojos se han oscurecido prematuramente y su fuerza
natural se ha reducido. El sol de su salud se ha acostado siendo
aún de día, y gime al ver su carne y su cuerpo consumidos.
Créeme, esta es una copa amarga de tomar.
Otros podrían darte tristes recuentos de las consecuencias
de la ociosidad. Desperdiciaron la dorada oportunidad de aprender.
No obtuvieron sabiduría en el tiempo en que sus mentes estaban
más aptas para recibirla y sus memorias más preparadas
para retenerla. Y ahora es demasiado tarde. No tienen tiempo libre
para sentarse y aprender. No tienen ya más el mismo poder,
aún si tuvieran el tiempo libre. El tiempo perdido nunca
puede ser redimido. Esta también es una amarga copa
que tomar.
Otros podrían contarte de graves errores en sus juicios,
por los cuales sufrieron a todo lo largo de sus vidas. Ellos vivieron
a su manera. No recibieron consejo; hicieron las cosas a su manera.
Hicieron algunas amistades que fueron la ruina de su felicidad.
Escogieron una profesión para la cual eran totalmente ineptos.
Y ellos ven todo esto ahora. Pero sus ojos se han abierto justamente
cuando el error ya no puede ser corregido. ¡Oh, ésta
es también otra amarga copa que tomar!
Joven, joven, yo quisiera que realmente conocieras el alivio
que da una conciencia no cargada con una larga lista de pecados
de
la juventud. Estas son heridas que penetran hasta lo más
profundo. Estas son las flechas que se beben el espíritu
de un hombre. Este es el hierro que penetra en el alma. Ten misericordia
de tí mismo. Busca al Señor temprano y serás
librado de muchas lágrimas amargas.
Esta es la verdad que Job parece haber percibido. El dice: "¿Por
qué escribes contra mí amarguras, y me haces cargo
de los pecados de mi juventud?" (Job 13:26). Así también
su amigo Zofar, hablando de los malvados, dice: "Sus huesos
están llenos de su juventud, más con él en
el polvo yacerán" (Job 20:11).
David también parece haberlo sentido. El le dice al Señor: "De
los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes" (Salmo
25:7).
Beza, el gran reformador suizo, lo sintió tan fuertemente
que declaró en su testamento, como una misericordia especial,
el hecho de haber sido llamado del mundo, por la gracia de Dios,
a la edad de dieciséis.
Ahora ve y pregúntale a creyentes, y te aseguro que muchos
te responderán lo mismo. "¡Oh, que pudiera vivir
de nuevo los días de mi juventud!", es lo que más
probablemente dirían. "¡Oh, si hubiera comenzado
mi vida de una mejor manera!" "¡Oh, si no hubiera
echado un fundamento tan fuerte de malos hábitos en
la primavera de mi vida!"
Joven, quiero evitarte todo este dolor, si puedo. El infierno
mismo es conocido en verdad cuando ya es demasiado tarde. Sé sabio
a tiempo. Lo que la juventud siembra, eso debe la vejez cosechar.
No des la época más preciosa de tu vida a aquello
que no te confortará en tus últimos días.
Mas bien siembra para tí mismo en justicia: ara tu terreno
no cultivado; no siembres entre espinos.
El pecado puede que se deslice ligeramente de tu mano, o corra
suavemente fuera de tu lengua en estos momentos, pero ten por
seguro que el pecado y tú se encontrarán de nuevo a la larga,
no importa lo poco que te guste esta idea. Las viejas heridas con
frecuencia dolerán mucho tiempo después de haber
sido sanadas, y sólo queda una cicatriz; así puede
que ocurra con tus pecados. Huellas de animales han sido encontradas
en la superficie de rocas que una vez fueron arena mojada, miles
de años después que el animal que las hizo había
perecido; así también puede que sea con tus pecados.
"
La experiencia", dice un proverbio, "mantiene una escuela
costosa, pero los tontos no aprenderán en ninguna otra." Yo
quiero que tú escapes de la miseria de aprender en esa escuela.
Yo quiero evitarte la miseria que los pecados de la juventud acarrean
con certeza. Esta es la última razón por la cual
te exhorto.
II. PELIGROS DE LOS HOMBRES JÓVENES
2. En segundo lugar, hay algunos peligros especiales contra
los cuales los hombres jóvenes necesitan ser advertidos.
(1) Un peligro para los jóvenes es el orgullo.
Sé muy bien que todas las almas están en un terrible
peligro. No importa si son viejos o jóvenes, todos tienen
una carrera que correr, una batalla que pelear, un corazón
que mortificar, un mundo que vencer, un cuerpo que mantener sujeto,
un diablo que resistir; y bien podemos decir: para estas cosas, ¿quién
es suficiente? Con todo, cada edad y condición tienen sus
lazos y tentaciones particulares, y es bueno conocerlos. Aquel
que es prevenido se preparará con anticipación. Si
tan sólo pudiera persuadirte a que estés en guardia
contra los peligros que voy a mencionar, estoy seguro de que le
haré un servicio esencial a tu alma.
El orgullo es el pecado más antiguo en el mundo. Satanás
y sus ángeles cayeron por el orgullo. No estaban satisfechos
con su primer estado. De ese modo el orgullo proveyó al
infierno sus primeros habitantes.
El orgullo arrojó a Adán fuera del paraíso.
El no estaba contento con el lugar que Dios le había asignado.
Trató de exaltarse a sí mismo y cayó.
De esta manera el pecado, el dolor y la muerte entraron en
el mundo por
el orgullo.
Por naturaleza, el orgullo reside en el corazón de cada
uno de nosotros. Nacemos orgullosos. El orgullo nos hace descansar
satisfechos con nosotros mismos, nos hace pensar que somos lo suficientemente
buenos de la manera que somos, nos hace tapar nuestros oídos
ante el consejo, nos hace rechazar el evangelio de Cristo, hace
que cada uno ande por su propio camino, a su manera. Pero el orgullo
no reina en ningún lugar tan poderosamente como en el corazón
de un hombre joven.
¡
Cuán común es ver a los jóvenes impetuosos,
arrogantes e intolerantes ante el consejo! ¡Con cuánta
frecuencia son ofensivos y descorteses con todo lo referente a
ellos, considerando que no son valorados ni honrados como ellos
se merecen! ¡Cuán a menudo no se detienen a escuchar
una sugerencia de una persona de más edad! Ellos creen que
lo saben todo. Están llenos de engaño en cuanto a
su propia sabiduría. Estiman como estúpidas, tontas
y lentas a las personas de avanzada edad, y en especial a sus parientes.
Presumen que no necesitan enseñanza ni instrucción:
ellos entienden todas las cosas. Si se les habla, se ponen casi
coléricos. Al igual que un potro, no pueden tolerar el menor
indicio de control. Deben ser necesariamente independientes y seguir
su propio camino. Parecen pensar como aquéllos a quienes
Job mencionó: "Ciertamente vosotros sois el pueblo,
y con vosotros morirá la sabiduría." (Job
12:2). Y todo esto es orgullo.
Tal es el ejemplo de Roboam, que menospreció el consejo
de ancianos experimentados que habían estado delante de
su padre, y prestó oído al consejo de los jóvenes
de su generación (1 Reyes 12:1-14). El vivió para
cosechar las consecuencias de su insensatez. Hay muchos como él.
Tal es el ejemplo del hijo pródigo en la parábola,
el cual pidió la porción de bienes que le correspondía
y se abrió paso por sí solo. El no podía sujetarse
a vivir apaciblemente bajo el techo de su padre, sino que se iría
a un lejano país y sería su propio amo. Como el niñito
que deja la mano de su mamá y camina solo, pronto sufrió su
necedad. Se tornó más sabio cuando tuvo que comer
algarrobas con los cerdos (Lc 15:11-21). Así como él
hay muchos.
Joven, te ruego encarecidamente, guárdate del orgullo.
Se dice que hay dos cosas que raras veces se ven en el mundo:
una
es un joven humilde; la otra, un viejo contento. Me temo que
este dicho es demasiado cierto.
No te enorgullezcas de tus propias habilidades, de tu propia
fuerza, de tu conocimiento, de tu apariencia, de tu ingenio.
No te enorgullezcas
de tí mismo ni de cualquier clase de talento que poseas.
Todo esto proviene de no conocerte a tí mismo y al mundo.
Mientras más viejo te pongas y más cosas veas, menos
razones encontrarás para ser orgulloso. La ignorancia y
la inexperiencia son el pedestal del orgullo. Una vez sea removido
ese pedestal, caerá pronto el orgullo.
Recuerda cuan a menudo la Escritura expone ante nosotros la
excelencia de un espíritu humilde. Cuan fuertemente somos advertidos
a "no tener más alto concepto de nosotros mismos que
el que debemos tener" (Ro 12:3). Cuan claramente se nos dice: "Si
alguno se imagina que sabe algo, aun no sabe nada como debe saberlo" (1
Co 8:2). Cuan estricto es el mandamiento: "Vestíos...
de humildad" (Col 3:12); y otra vez: "Revestíos
de humildad" (1 Ped 5:5). Que lástima, esta es una
vestimenta de la cual muchos parecen tener tan sólo
harapos.
Piensa en el gran ejemplo que nuestro Señor Jesucristo nos
dejó al respecto. El lavó los pies de los discípulos
y dijo: "Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho,
vosotros también hagáis" (Jn 13:15). Está escrito: "Por
amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico" (2 Cor 8:9). Y
otra vez: "Se despojó a sí mismo, tomando forma
de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición
de hombre, se humilló a sí mismo" (Fil 2:7,8).
Ciertamente, ser orgulloso es ser más como el diablo y el
Adán caído, que como Cristo. Ciertamente, ser
como El nunca puede ser algo de poco valor o motivo de congoja.
Piensa en el hombre más sabio que jamás haya existido;
me refiero a Salomón. Nota como él habla de sí mismo,
cómo "un niñito", como uno que no sabía "cómo
entrar ni salir", o arreglárselas por sí solo
(1 Reyes 3:7,8). Ese era un espíritu muy diferente al de
su hermano Absalón, quien se consideró a sí mismo
como inigualable: "¡Quién me pusiera por juez
en la tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen
pleito o negocio, que yo les haría justicia!" (2 Sam
15:4). Fue un espíritu muy diferente al de su hermano Adonías,
quien se exaltó a sí mismo, diciendo: "Yo reinaré" (1
Reyes 1:5). La humildad fue el principio de la sabiduría
de Salomón. El lo escribe como su propia experiencia: "¿Has
visto hombre sabio en su propia opinión? Más esperanza
hay del necio que de él" (Pr 26:12).
Joven, graba en tu corazón las Escrituras aquí citadas.
No estés tan confiado en tus propios juicios. Cesa de estar
seguro de que siempre estás en lo cierto y los demás
están equivocados. Desconfía de tu propia opinión
cuando encuentres que esta es contraria a la de hombres más
viejos que tú, y especialmente a la de tus padres. La edad
proporciona experiencia y, por lo tanto, merece respecto. Fue una
señal de sabiduría en Eliú en el libro de
Job, el que "había esperado a Job en la disputa, porque
los otros eran más viejos que él" (Job 32:4).
Y después, dijo: "Yo soy joven, y vosotros ancianos:
por tanto, he tenido miedo, y he temido declararles mi opinión.
Yo decía: Los días hablarán, y la muchedumbre
de años declararán sabiduría" (Job 32:6,7).
La modestia y el silencio son gracias hermosas en la gente joven.
Nunca sientas vergüenza de ser un aprendiz: Jesús fue
uno a los doce años; cuando fue hallado en el templo, estaba "sentado
en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles" (Luc
2:46). Los hombres más sabios te dirán que son aprendices,
y que son humillados al darse cuenta, después de todo, de
lo poco que saben. El gran Sir Isaac Newton solía decir
que él no era más que un niñito que había
recogido unas pocas piedras preciosas en la orilla del mar
del conocimiento.
Joven, si tú has de ser sabio, si has de ser feliz, recuerda
la advertencia que te doy: Guárdate del orgullo.
(2) Otro peligro para los hombres jóvenes es el amor
al placer.
La juventud es el tiempo en que nuestras pasiones son más
fuertes y, como un niño ingobernable, clama por indulgencia
a la mayor intensidad de la voz. La juventud es el tiempo en que
por lo general disfrutamos de la mejor salud y la mayor fortaleza:
La muerte parece estar muy distante, y el gozar y disfrutar en
esta vida parece constituirlo todo. La juventud es el tiempo en
que la mayoría de la gente tiene pocas preocupaciones o
ansiedades terrenales que absorban su atención. Y todas
estas cosas hacen que los jóvenes piensen más que
todo en el placer. "Yo le sirvo a los apetitos carnales y
al placer": Esa sería la respuesta real que muchos
jóvenes darían si se les preguntara: "¿De
quién eres tu siervo?"
Joven, tiempo me faltaría si hubiera de enumerarte todos
los frutos que este amor al placer produce, y todas las maneras
en que te perjudicaría. ¿Por qué he de mencionar
las parrandas, las fiestas, la bebida, las apuestas, la afición
al teatro, el baile y cosas por el estilo? Pocos hay que no conozcan
algunas de estas cosas por amarga experiencia. Y estos son sólo
ejemplos. Todo lo que proporciona una sensación excitante
por un tiempo, todo lo que ahoga el pensamiento, y mantiene la
mente en un constante remolino, todo lo que complace los sentidos
y gratifica la carne; estas son las clases de cosas que tienen
un poder extraordinario en este tiempo de tu vida, y deben su poder
al amor al placer. Estáte en guardia. No seas como aquellos
de quienes habla Pablo: "...amadores de los deleites más
que de Dios" (2 Ti 3:4).
Recuerda lo que te digo: los placeres terrenales son los asesinos
de las almas de aquellos que se apegan a ellos. No existe un
camino más seguro para cauterizar la conciencia y un corazón
duro e impertinente, que abrir paso a los deseos de la carne
y de la mente. Al principio aparenta ser nada, pero a la larga
se
revela su efecto.
Considera lo que dice Pedro: "...os ruego...que os abstengáis
de los deseos carnales que batallan contra el alma" (1
Ped 2:11). Estos deseos destruyen la paz del alma, agotan su
fuerza,
la llevan a severa cautividad y la hacen una esclava.
Considera lo que Pablo dice: "Haced morir, pues, lo terrenal
en vosotros" (Col 3:5). "Los que son de Cristo han crucificado
la carne con sus pasiones y deseos" (Gal 5:24). "Golpeo
mi cuerpo y lo pongo en servidumbre" (1 Cor 9:27). Una vez
el cuerpo fue una mansión perfecta para el alma; ahora esta
totalmente corrompido y desordenado, y necesita constante vigilancia.
Es una carga para el alma, no un compañero; un estorbo,
no una ayuda. Podría convertirse en un siervo útil,
pero es siempre un mal amo.
Considera una vez más las palabras de Pablo: "Vestíos...del
Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de
la carne" (Rom 13:14). "Estas", dice Leighton, "son
las palabras cuyo contenido caló tanto en Agustín,
que de un licencioso joven se convirtió en un fiel siervo
de Jesucristo." Joven, mi deseo es que este pueda ser
el caso tuyo.
Recuerda una vez más, en caso de que te apegues a los placeres
terrenales, que todos estos son vacíos y vanos, y no satisfacen.
Al igual que las langostas de la visión en el libro de Apocalipsis,
parecen tener coronas en sus cabezas; pero esas mismas langostas,
encontrarás que tienen aguijones --aguijones reales--
en sus colas. No todo lo que brilla es oro. No todo lo que
sabe dulce
es bueno. No todo lo que place por un tiempo es placer genuino.
Vé y sáciate de placeres terrenales si así lo
deseas, pero nunca hallará tu corazón satisfacción
con ellos. Siempre habrá una voz en tu interior clamando
como la sanguijuela en los Proverbios: "¡Dame! ¡dame!" (Pr
30:15). Hay allí un vacío que únicamente Dios
puede llenar. Encontrarás, como lo hizo Salomón por
experiencia, que los placeres terrenales no son si no una vana
apariencia, "vanidad y aflicción de espíritu" (Ec
2:10,11), "sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad,
se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos
de muertos y de toda inmundicia" (Mat 23:27). Mejor sé sabio
a tiempo. Mejor etiqueta como "veneno" a todos los placeres
terrenales. Los más legítimos de ellos deben ser
usados con moderación. Todos ellos son destructores de almas
si les das tu corazón. "El placer," dice Adams,
comentando acerca de Segunda de Pedro, "debe primero tener
la garantía de que sea sin pecado, y entonces la medida,
de que sea sin exceso."
A estas alturas no voy a cohibirme de hacerte un llamado a
que recuerdes el séptimo mandamiento; a que te guardes del adulterio
y la fornicación, y de todo tipo de impureza. Me temo que
con frecuencia no se habla claramente sobre esta parte de la ley
de Dios. Pero cuando veo como los profetas y los apóstoles
han tratado este tema, cuando observo la manera abierta en que
los reformadores de nuestra propia iglesia lo denunciaron, cuando
veo el número de jóvenes que anda en los pasos de
Rubén, de Ofni, de Finees, de Amnon; yo por lo menos no
puedo, con buena conciencia, estar en paz. Dudo de si el mundo
es un tanto mejor por el excesivo silencio que prevalece alrededor
de este mandamiento. Por mi parte, creo que sería una delicadeza
falsa y antiescritural si al dirigirme a hombres jóvenes,
no hablara de aquello que es preeminentemente "el pecado
del hombre joven."
La violación del séptimo mandamiento constituye el
pecado que más que todos los demás, como dice Oseas: "quita
el juicio" (Os 4:11). Este es el pecado que deja cicatrices
más profundas en el alma que cualquier otro pecado que el
hombre pueda cometer. Este es el pecado que mata sus miles en cada época
y ha derribado a no pocos de los santos de Dios en el pasado. Lot,
Sansón y David son temibles muestras. Este es el pecado
al cual el hombre se atreve a sonreír y lo atenúa
bajo los nombres de diversión, inconsistencia, travesura,
desvarío e irregularidad. Pero es el pecado sobre el cual
el diablo peculiarmente se regocija porque él es el "espíritu
inmundo;" y este es el pecado que Dios particularmente aborrece
y el cual El declara que "juzgará" (He 13:4).
Joven, "huye de la fornicación" (1 Cor 6:16) si
amas la vida. "Nadie os engañe con palabras vanas,
porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de
desobediencia" (Ef 5:6). Huye de las ocasiones de caer en
fornicación, de la compañía de aquellos que
podrían llevarte a esto, de los lugares donde podrías
verte tentado. Lee lo que nuestro Señor dice acerca de la
misma en Mateo 5:28. Sé como el justo Job: "Hice pacto
con mis ojos" (Job 31:1). Huye de hablar de la fornicación.
Es una de las cosas que no convienen ni aun nombrarse (Ef 5:3).
Tu no puedes jugar con lodo sin ensuciarte. Huye de pensar en ella;
resiste estos pensamientos, mortifícalos, ora contra ellos,
haz cualquier sacrificio antes que ceder. La imaginación
es el huerto donde con frecuencia crece este pecado. Guarda tus
pensamientos y poco habrá que temer en cuanto a tus
acciones.
Considera el consejo que te he estado ofreciendo. Si olvidas
todos los demás, no olvides este.
(3) Otro peligro para los hombres jóvenes es la irreflexión
y la precipitación.
La falta de reflexión es una razón simple de por
qué miles de almas se pierden para siempre. Los hombres
no consideran, no miran hacia el futuro, no observan a su alrededor,
no meditan en el fin de su camino actual, ni en las infalibles
consecuencias de su andar presente; y al fin despiertan para ver
que están condenados por falta de reflexión.
Joven, nadie está en mayor peligro de incurrir en esto que
tú mismo. Poco sabes de los peligros que te rodean, y por
tanto eres descuidado en la manera como andas. Aborreces el esfuerzo
de pensar quieta y sobriamente, y por consiguiente tomas malas
decisiones y terminas lamentándote. El joven Esaú tenía
necesariamente que obtener el guiso de su hermano y vender su primogenitura: él
nunca pensó cuanto iba a anhelarla un día. Los jóvenes
Simeón y Leví necesariamente tenían que vengar
a su hermana Dina y matar a los hombres de Siquem: ellos nunca
consideraron cuanta turbación y ansiedad iban a traer sobre
su padre Jacob y su casa. Job parecía haber estado particularmente
preocupado por esta irreflexión entre sus hijos: está escrito
que cuando estos tenían una fiesta, "acontecía
que habiendo pasado en turno los días del convite, Job enviaba
y les santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía
holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía
Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán
blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía
todos los días" (Job 1:5).
Créeme, este mundo no es un mundo en el que podemos obrar
bien sin primero pensar, y mucho menos obrar bien en lo concerniente
a nuestras almas. "No pienses", susurra Satanás: él
sabe que un corazón no convertido es como los libros de
un comerciante deshonesto, que no resistirá una inspección
minuciosa. "Considera tus caminos", dice la Palabra de
Dios; detente y piensa; considera y sé sabio. Bien reza
el proverbio español: "el apresuramiento viene del
diablo." Así como los hombres se casan de prisa y luego
se arrepienten, así ellos cometen errores en cuanto a sus
almas en un minuto, y después lo sufren durante años.
Así como un siervo malo hace lo malo y luego dice: "Yo
nunca lo pensé", así corren los jóvenes
hacia el pecado y luego dicen: "No lo pensé, no parecía
que fuera pecado." ¡No parecía pecado! ¿Qué iba
a ser? El pecado no viene a tí diciendo: "Yo soy pecado";
si así fuera, poco daño haría. El pecado siempre
parece ser "bueno, placentero y deseable" al momento
de cometerlo. ¡Oh, adquiere sabiduría, adquiere discreción!
Recuerda las palabras de Salomón: "Examina la senda
de tus pies, y todos tus caminos sean rectos" (Pr 4:26). Es
sabio el dicho de Lord Bacon: "No hagas nada apresuradamente.
Tárdate un poco, para que llegues a un fin más
pronto."
Algunos, me atrevo a decir, objetarán diciendo que estoy
pidiendo algo irrazonable; que la juventud no es la época
de la vida en que la gente debe ser sobria y meditativa. A lo cual
yo respondo, que hay poco peligro en que ellos sean demasiado así en
este tiempo. Las conversaciones necias, las bromas, los chistes
y las diversiones excesivas son sencillamente demasiado comunes.
Indudablemente, hay un tiempo para todo; pero ser siempre ligero
y chancero es cualquier cosa menos sabiduría. ¿Qué dice
el más sabio de los hombres? "Mejor es ir a la casa
del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de
todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón.
Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro
se enmienda el corazón. El corazón de los sabios
está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos,
en la casa en que hay alegría" (Ec 7:2-4). Matthew
Henry cuenta una historia de un gran estadista en la época
de la reina Isabel, quien se retiró de la vida pública
al final de sus días y se dedicó a pensar en serio.
Sus antiguos y alegres compañeros vinieron a visitarlo y
le dijeron que estaba volviéndose melancólico: "No",
respondió, "yo estoy serio porque todo lo que me rodea
es serio. Dios es serio al observarnos, Cristo es serio al interceder
por nosotros, el Espíritu es serio al batallar con nosotros,
las verdades de Dios son serias, nuestros enemigos espirituales
son serios en su afán por arruinarnos, los pobres pecadores
perdidos están serios en el infierno; y ¿por qué entonces,
no deberíamos ustedes y yo estar serios también?"
¡
Oh, jóvenes, aprendan a ser reflexivos! Aprendan a considerar
lo que están haciendo y adonde se dirigen. Saquen tiempo
para reflexionar en calma. Tengan comunión con su propio
corazón y estén tranquilos. Recuerden mi advertencia:
No se pierdan por el simple hecho de falta de reflexión.
(4) Otro peligro para los hombres jóvenes es el desprecio
a la religión.
Este también es uno de sus riesgos particulares. Siempre
observo que nadie muestra tan poco respeto externo a la religión
como los hombres jóvenes. Nadie presta tan poca atención
a los medios de la gracia; nadie tiene tan poca participación
en nuestros servicios, cuando están presentes en ellos;
nadie usa tan poco las Biblias, canta tan poco, escucha tan poco
la predicación. Nadie está por lo general tan ausente
de las reuniones de oración, charlas y todas las ayudas
al alma que se ofrecen durante la semana. Los hombres jóvenes
parecen creer que no necesitan estas cosas, que estas pueden servir
para las mujeres y los ancianos, pero no para ellos. Parecen avergonzarse
de demostrar que tienen cuidado de sus almas: uno casi supondría
que consideran una vergüenza hasta el ir al cielo. Y esto
es el desprecio a al religión. Es el mismo espíritu
que hizo que los jóvenes de Betel se mofaran de Eliseo (2
Reyes 2:23-24), y de este espíritu advierto a todos los
jóvenes: ¡Cuidado! Si vale la pena tener una religión,
vale la pena ser ferviente en ésta.
El desprecio de las cosas santas es el camino fácil hacia
la infidelidad. Tan pronto un hombre comienza a burlarse y hacer
bromas sobre cualquier asunto del cristianismo, nunca me sorprende
escuchar luego que se ha convertido en un franco incrédulo.
Joven, ¿verdaderamente has pensado en esto? ¿Has
examinado cuidadosa-mente el abismo que está ante tí si
persistes en despreciar la religión? Trae a la memoria las
palabras de David: "Dice el necio en su corazón: no
hay Dios" (Sal 14:1). ¡El necio, y nadie más
que el necio! ¡El lo dice, pero nunca lo ha probado! Recuerda,
si alguna vez ha habido un libro que ha demostrado ser veraz de
principio a fin, sustentado por todo tipo de evidencia, ese libro
es la Biblia. Ha desafiado los ataques de todos los enemigos y
buscadores de faltas. "Acrisolada (es) la palabra de Jehová" (Sal
18:30). Ha sido sometida a prueba en toda forma, y mientras más
probada, más evidentemente ha demostrado ser obra de las
manos de Dios mismo. ¿Qué creerás tú si
no crees en la Biblia? No hay otra alternativa que creer algo ridículo
y absurdo. Puedes estar seguro, ningún hombre es tan groseramente
crédulo como aquel que niega que la Biblia es la Palabra
de Dios; y si es la Palabra de Dios, ten cuidado de no despreciarla.
Los hombres pueden decirte que hay dificultades en la Biblia;
cosas que son difíciles de entender. No sería el libro
de Dios si no las hubieran. ¿Y qué si las hay? Tú no
desprecias las medicinas porque no puedes explicar todo lo que
tu doctor hace mediante ellas. Sin embargo, no importa lo que los
hombres puedan decir, las cosas necesarias para la salvación
aparecen claras como la luz del día. Puedes estar muy seguro
de algo: la gente nunca rechaza la Biblia porque no puede entenderla.
Ellos la entienden demasiado bien; entienden que la Biblia condena
su propio comportamiento; entienden que testifica en contra de
sus pecados, y que les entrega una citación para presentarse
a juicio. Ellos intentan creer que es falsa e inútil porque
no les gusta admitir que es verdad. "Una mala vida",
dijo el célebre Lord Rochester, con su mano puesta sobre
la Biblia, "una mala vida es la única gran objeción
a este libro." "Los hombres cuestionan la veracidad del
cristianismo", dice South, "porque odian la práctica
del mismo."
Joven, ¿cuándo ha dejado Dios de cumplir Su palabra?
Nunca. Lo que El ha dicho, siempre lo ha hecho; y lo que El ha
hablado, siempre se ha cumplido. ¿Dejó El de cumplir
Su palabra cuando el diluvio? No. ¿Dejó de cumplirla
con Sodoma y Gomorra? No. ¿Dejó El de cumplirla con
la incrédula Jerusalén? No. ¿Ha dejado de
cumplirla con los judíos hasta este preciso momento?
No. El nunca ha dejado de cumplir Su palabra. Ten cuidado,
no sea que
te encuentres entre aquellos por quienes la Palabra de Dios
es despreciada.
Nunca te rías del cristianismo. Nunca te burles de las cosas
sagradas. Nunca te mofes de aquellos que son serios y fervientes
en lo concerniente a sus almas. La hora vendrá cuando veas
felices a aquellos de quienes te reíste; la hora vendrá cuando
tu risa se convertirá en lamento, y tu burla en abatimiento.
(5) Otro peligro para los hombres jóvenes es el temor a
la opinión de los hombres.
"
El temor del hombre" ciertamente "pondrá lazo" (Pr
29:25). Es terrible observar el poder que este temor ejerce sobre
la mayoría de las mentes, y en especial sobre las mentes
de los jóvenes. Pocos parecen tener algún criterio
propio, o pensar por ellos mismos. Como pez muerto, van adonde
los lleven la corriente y la marea; lo que los otros consideran
que está bien, ellos consideran que está bien; y
lo que los otros llaman malo, ellos lo llaman malo también.
No hay muchos pensadores originales en el mundo. La mayoría
de los hombres son como ovejas, siguen un líder. Si la moda
del momento fuera ser papistas, ellos serían papistas; si
fuera ser mahometanos, ellos serían mahometanos. Sienten
pavor ante la idea de correr en contra de la corriente de los tiempos.
En una palabra, la opinión del día se convierte en
su religión, su credo, su Biblia y su Dios.
El pensamiento: "¿Qué dirán o pensarán
de mi mis amigos?" cortará en flor muchas buenas inclinaciones.
El temor a atraer la atención, a ser motivo de risa o ridiculizado,
impide que muchos buenos hábitos sean adquiridos. Hay Biblias
que serían leídas en este mismo día, si sus
propietarios se atrevieran. Ellos saben que deben leerlas, pero
tienen miedo. "¿Qué dirá la gente?" Hay
rodillas que estarían dobladas en oración esta misma
noche, pero el temor del hombre lo prohíbe: "¿Qué dirían
mi esposa, mi hermano, mi amigo, mi compañero, si me vieran
orando?" ¡Ay, qué miserable esclavitud es esta
y, sin embargo, cuán común! "Temí al
pueblo", dijo Saúl a Samuel, y de este modo transgredió el
mandamiento del Señor (1 S 15:24). "Tengo temor de
los judíos", dijo Sedequías, el privado de gracia
rey de Judá, y de este modo desobedeció el consejo
de Jeremías (Jer 38:19). Herodes tenía miedo de lo
que sus invitados pensarían de él, así que
hizo aquello que lo "entristeció mucho"; él
decapitó a Juan el Bautista (Mr 6:25-27). Pilato temió ofender
a los judíos, de manera que hizo lo que en su conciencia
sabía que era injusto: entregó a Jesús para
ser crucificado. Si esto no es esclavitud, ¿qué es
entonces?
Joven, quiero que tú seas libre de esta esclavitud. Deseo
que no te importe la opinión del hombre cuando esté clara
la senda del deber. Créeme, es una gran cosa ser capaz de
decir "¡No!" Ese fue el punto débil del
bondadoso rey Josafat; era muy condescendiente y complaciente en
sus tratos con Acab, y de ahí muchos de sus problemas (1
R 22:4). Aprende a decir: "¡No!" No dejes que el
temor de no parecer bondadoso te haga incapaz de decirlo. Cuando "los
pecadores te quisieren engañar," se capaz de decirles
decididamente: "Yo no consentiré" (Pr 1:10).
Considera tan sólo cuan irrazonable es este temor del hombre. ¡Cuán
efímera es la enemistad del hombre, y cuán poco daño
te puede hacer! "¿Quién eres tú para
que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo del hombre,
que es como heno? Y ya te has olvidado de Jehová tu Hacedor,
que extendió los cielos y fundó la tierra" (Is
51:12-13). ¡Y cuán ingrato es este temor! Nadie va
a pensar realmente mejor de tí por esto. El mundo siempre
respeta más a aquellos que actúan valientemente para
Dios. ¡Oh, rompe esas ataduras, y arroja esas cadenas de
tí! Nunca te avergüences de dejar que los hombres vean
que tú deseas ir al cielo. No creas que es una deshonra
mostrarte a tí mismo como un siervo de Dios. Nunca temas
hacer lo que es correcto.
Recuerda las palabras del Señor Jesús: "No temáis
a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más
bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno" (Mt
10:28). Solamente trata de agradar a Dios y El puede hacer que
pronto los demás se sientan complacidos contigo. "Cuando
los caminos del hombre son agradables a Jehová, aun a sus
enemigos hace estar en paz con él" (Pr 16:17).
Joven, sé valiente. Que no te importe lo que el mundo diga
o piense; no estarás siempre con el mundo. ¿Puede
el hombre salvar tu alma? --No. ¿Será el hombre tu
juez en el grande y terrible día del juicio? --No. ¿Puede
el hombre darte una buena conciencia en la vida, una buena esperanza
en la muerte, una buena respuesta en la mañana de resurrección?
--¡No! ¡No! ¡No! El hombre no puede hacer nada
de esto. Entonces, "No temáis afrenta de hombre, ni
desmayéis por sus ultrajes. Porque como a vestidura los
comerá polilla, como a lana los comerá gusano" (Is
51:7-8). Trae a la memoria el dicho del buen coronel Gardiner: "Yo
temo a Dios, y por lo tanto no tengo a nadie más a quien
temer." Vé e imítale.
Estas son las advertencias que te doy. Guárdalas en tu corazón.
Son dignas de que las examines detenidamente. Estoy muy equivocado
si no son en gran manera necesarias. Quiera el Señor
que no te hayan sido dadas en vano.
III. CONSEJOS GENERALES PARA HOMBRES JÓVENES
3. En tercer lugar, deseo dar algunos consejos generales a
los hombres jóvenes.
(1) Primero, trata de adquirir una visión clara de la
maldad del pecado.
Joven, si tan sólo supieras lo que es el pecado, y lo que
el pecado ha hecho, no encontrarás extraño el que
yo te exhorte como lo hago. Tú no lo ves en sus colores
reales. Tus ojos están por naturaleza ciegos a la culpa
y al peligro que conlleva y, por lo tanto, no puedes entender lo
que me hace estar tan preocupado respecto de tí. ¡Oh,
no dejes que el diablo logre persuadirte que el pecado es un
asunto de poca trascendencia!
Considera por un momento lo que la Biblia dice acerca del pecado;
como mora de una manera natural en el corazón de cada hombre
y mujer viviente (Ec 7:20; Ro 3:23), como corrompe nuestros pensamientos,
palabras y acciones, y eso de manera continua (Gn 6:5; Mt 15:19),
como nos presenta a todos culpables y abominables a los ojos de
un Dios santo (Is 64:6; Hab 1:13), como nos deja absolutamente
sin esperanza de salvación, si miramos hacia nosotros mismos
(Sal 143:2; Ro 3:20), como su fruto en este mundo es vergüenza,
y su paga en el mundo venidero, la muerte (Ro 6:21,23). Considera
con calma todo esto. Hoy te digo, no es más penoso estar
muriendo de tuberculosis y no saberlo, que ser un hombre vivo
y no conocer esto.
Considera que horrible cambio ha obrado el pecado en todas
las áreas
de nuestra naturaleza. El hombre ya no es lo que era cuando Dios
lo formó del polvo de la tierra. El surgió de la
mano de Dios justo y sin pecado. (Ec 7:29). En el día de
su creación, como todo lo demás, "era bueno
y en gran manera" (Gn 1:31). ¿Y qué es el hombre
ahora? Una criatura caída, una ruina, un ser que muestra
las marcas de la corrupción por todas partes: su corazón,
como Nabucodonosor, depravado y mundano, mirando hacia abajo y
no hacia arriba; sus afectos, como una casa en desorden, sin llamar
señor a ningún hombre, donde todo es exceso y confusión;
su entendimiento, como un bombillo parpadeando en su zócalo,
impotente para guiarlo, sin discernir entre el bien y el mal; su
voluntad, como un barco sin timón, yendo de aquí para
allá según cada deseo, y constante solamente en escoger
cualquier camino, menos el de Dios. ¡Ay! ¡Qué fracaso
es el hombre comparado con lo que pudo haber sido! Bien podemos
nosotros entender figuras que son usadas, tales como ceguera, sordera,
enfermedad, sueño, muerte, cuando el Espíritu tiene
que ofrecernos una ilustración del hombre tal como es. Y
la condición del hombre tal como es, recuérdalo,
fue a causa del pecado.
Piensa, también, lo que ha costado hacer expiación
por el pecado, y proveer remisión y perdón para los
pecadores. El propio Hijo de Dios tuvo que venir al mundo y adoptar
nuestra naturaleza para pagar el precio de nuestra redención,
y librarnos de la maldición de una ley quebrantada. Aquél
que estuvo en el principio con el Padre, y por quien fueron hechas
todas las cosas, tuvo que sufrir por el pecado, el justo por los
injustos, tuvo que morir la muerte de un malhechor, antes que el
camino al cielo pudiera ser abierto para algún alma. Mira
al Señor Jesucristo menospreciado y rechazado por los hombres,
azotado, injuriado e insultado; contémplalo derramando Su
sangre en la cruz del Calvario; óyelo clamar en agonía "Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Observa
como el sol se oscureció y las rocas se partieron a
la vista; y entonces considera, joven, lo que debe ser la maldad
y la culpa
del pecado.
Piensa, también, lo que el pecado ha hecho ya sobre la tierra.
Piensa como este arrojó a Adán y a Eva fuera del
Edén, trajo el diluvio sobre el mundo, hizo venir fuego
desde los cielos sobre Sodoma y Gomorra, ahogó a Faraón
y su ejército en el Mar Rojo, destruyó las siete
naciones malvadas de Canaán, dispersó las doce tribus
de Israel sobre la faz del globo terráqueo. Sólo
el pecado hizo todo esto.
Piensa, más aún, en toda la miseria y el dolor que
el pecado ha causado, y está causando en este mismo día.
Dolor, enfermedad y muerte,--contiendas, pleitos y divisiones,--envidia,
celos y malicia,--engaño, fraude y trampa,--violencia, opresión
y robo,--egoísmo, malignidad e ingratitud; todos estos son
los frutos del pecado. El pecado es el padre de todos ellos. Es
el pecado lo que ha corrompido y estropeado de tal manera la faz
de la creación de Dios.
Joven, considera estas cosas, y no te asombrarás de que
prediquemos de la manera como lo hacemos. Seguramente, si tan sólo
tú pensaras en ellas, romperías con el pecado para
siempre. ¿Jugarías tú con veneno? ¿Te
divertirías con el infierno? ¿Tomarías fuego
en tu mano? ¿Ampararías en tu seno a tu más
mortal enemigo? ¿Continuarías viviendo como si no
importara nada que tus propios pecados fueron perdonados o no,--que
el pecado tenga dominio sobre tí, o tú sobre el pecado? ¡Oh,
despierta a un sentido de la pecaminosidad y peligro del pecado!
Recuerda las palabras de Salomón: "Los necios," sólo
los necios, "se mofan del pecado" (Pr 14:9).
Oye, entonces, la petición que yo te hago en este día:
ora que Dios te muestre la verdadera maldad del pecado. Si has
de tener tu alma salva, levántate y ora.
(2) Por otro lado, busca el llegar a estar relacionado con
nuestro Señor Jesucristo.
Esta es, ciertamente, la cosa principal en la religión.
Esta es la piedra angular del cristianismo. Hasta que no conozcas
esto, mis advertencias y consejos serán inútiles,
y tus esfuerzos, cualesquiera que puedan ser, serán en vano.
Un reloj sin el engranaje principal no es más inservible
que lo que es la religión sin Cristo.
Pero que no se me entienda mal. No es el mero conocimiento
del nombre de Cristo lo que yo quiero decir,--es el conocimiento
de
Su misericordia, gracia y poder, es el conocerlo a El, no por
el oír del oído, sino por la experiencia de tu corazón.
Yo quiero que tú lo conozcas a El por la fe, yo quiero que
tú, como dice Pablo, conozcas "el poder de Su resurrección,
y la participación de Sus padecimientos, llegando a ser
semejante a El en Su muerte" (Fil 3:10). Yo quiero que tu
seas capaz de decir de El, El es mi paz y mi fortaleza, mi vida
y mi consolación, mi Médico y mi Pastor, mi Salvador
y mi Dios.
¿
Por qué hago énfasis en un punto como éste?
Lo hago porque en Cristo solamente "habita toda la plenitud" (Col
1:19), porque en El sólo hay plenitud de provisión
de todo lo que nosotros requerimos para las necesidades de nuestras
almas. En nosotros mismos todos somos pobres, vacías criaturas;
vacías de justicia y de paz; vacías de fortaleza
y de consuelo; vacías de coraje y de paciencia; vacías
de poder para resistir, o seguir adelante, o hacer progresos en
este mundo malo. Es en Cristo sólo en quien todas estas
cosas han de ser encontradas,--gracia, paz, sabiduría, justicia,
santificación y redención. Es sólo en la proporción
en que vivimos en El, que somos cristianos fuertes. Es solamente
cuando el "yo" es nada y Cristo es toda nuestra confianza,
es entonces solamente que haremos grandes hazañas. Solamente
entonces estamos armados para la batalla de la vida, y venceremos.
Solamente entonces estamos preparados para el viaje de la vida,
y saldremos adelante. Vivir en Cristo, sacar todo de Cristo, hacerlo
todo en la fuerza de Cristo, estar siempre mirando a Cristo; este
es el verdadero secreto de la prosperidad espiritual. "Todo
lo puedo," dice Pablo, "en Cristo que me fortalece" (Fil
4:13).
Joven, yo pongo delante de ti a Jesucristo este día, como
el tesoro de tu alma; y te invito a comenzar yendo a El, si es
que has de correr de tal manera que obtengas. Que este sea tu primer
paso, ve a Cristo. ¿Quieres consultar amigos? --El es el
mejor amigo, un amigo "más unido que un hermano" (Pr
18:24). ¿Te sientes indigno a causa de tus pecados? --No
temas: Su sangre limpia de todo pecado. El dice: "Si nuestros
pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos;
si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como
blanca lana" (Is 1:18). ¿Te sientes débil e
incapaz de seguirlo a El? --No temas. El te dará "potestad
de ser hecho hijo de Dios" (Jn 1:12). El te dará el
Espíritu Santo para que more en tí, y te sellará para
que seas propiedad de El (Ef 1:13,14); te dará un corazón
nuevo, y pondrá un espíritu nuevo dentro de tí (Ez
36:26). ¿Estás afligido o lleno de debilidades particulares?
--No temas, no hay espíritu malo que Jesús no pueda
echar fuera, no hay enfermedad del alma que El no pueda curar. ¿Sientes
dudas y temores? --Arrójalas a un lado: "Venid a mí" dice
El; "al que a mí viene, no le echo fuera" (Mt
11:28; Jn 6:37). El conoce bien el corazón de un hombre
joven. El conoce tus pruebas y tus tentaciones, tus dificultades
y tus adversarios. En los días de Su carne Cristo fue como
tú mismo, un hombre joven en Nazaret. El conoce por experiencia
la mente de un hombre joven. El puede ser tocado con el sentimiento
de tus debilidades, "pues...él mismo padeció siendo
tentado" (He 2:18; 4:15). Ciertamente tu serás
sin excusa si te apartas de tal Salvador y Amigo como este.
Oye la petición que yo te hago este día: si tu
amas la vida, procura llegar a estar relacionado con Jesucristo.
(3) Por otra parte, nunca olvides que nada es tan importante como
tu alma.
Tu alma es eterna. Ella vivirá para siempre. El mundo y
todas las cosas que este contiene pasarán; firme, sólido,
hermoso, bien ordenado como es, el mundo vendrá a un final. "La
tierra y las obras que en ella hay serán quemadas" (2
P 3:10). Las obras de estadistas, escritores, pintores, arquitectos,
son todas de corta vida; tu alma sobrevivirá a todas ellas.
La voz del ángel proclamará un día, "que
el tiempo no será más" (Ap 10:6). Pero eso nunca
será dicho de tu alma.
Trata, te suplico, de darte cuenta del hecho de que tu alma
es la única cosa por la que vale la pena vivir. Es la parte
de tí que debe siempre ser considerada primero. Ningún
lugar, ningún empleo que perjudique tu alma, es bueno para
tí. Ningún amigo, ningún compañero
que se burle de tu interés y preocupación por tu
alma, merece tu confianza. El hombre que perjudica tu persona,
tu propiedad, tu carácter, sólo te hace daño
temporal. Tu verdadero enemigo es aquel que maquina para perjudicar
tu alma.
Piensa por un momento para qué tú fuiste enviado
al mundo. No meramente para comer y beber y para gratificar los
deseos de la carne, no meramente para vestir tu cuerpo y seguir
sus deseos adonde quiera que estos quieran llevarte; no meramente
para trabajar, y comer, y reír, y hablar, y disfrutar, y
no pensar en nada más que el tiempo. ¡No! Tú fuiste
puesto aquí para prepararte para la eternidad. Tu cuerpo
fue hecho solamente con la intención de ser una casa para
tu espíritu inmortal. Es apartarse de los propósitos
de Dios hacer como muchos hacen: hacer el alma una sierva del cuerpo
y no el cuerpo un siervo del alma. El Catecismo Mayor de Westminster
comienza con la admirable pregunta y respuesta: "¿Cuál
es el fin principal y más noble del hombre?" "El
de glorificar a Dios y gozar plenamente de El para siempre."
Joven, Dios no hace acepción de personas. Dios no repara
en traje, o cartera, o condición, o posición de hombre.
El no ve con ojos de hombre. El más pobre de los santos
que haya muerto jamás en un hospicio, es más noble
a los ojos de Dios que el pecador más rico que haya muerto
jamás en un palacio. Dios no mira las riquezas, títulos,
conocimientos, belleza, o ninguna cosa de este tipo. Dios mira
solamente una cosa, y esa es el alma inmortal. El mide a todos
los hombres por un patrón, una medida, una prueba, un
criterio, y ese es el estado de sus almas.
No olvides esto. Mantén a la vista, mañana, mediodía
y noche, los intereses de tu alma. Levántate cada mañana
deseando que ésta prospere, acuéstate cada anochecer
examinándote a ti mismo si realmente esto ha sucedido o
no. Acuérdate de Zeuxis, el gran pintor de antaño.
Cuando los hombres le preguntaban por qué el trabajaba tan
intensamente, y se esmeraba a tal extremo con cada pintura, su
sencilla respuesta era, "yo pinto para la eternidad." No
te avergüences de ser como él. Pon tu alma inmortal
delante del ojo de tu mente, y cuando los hombres te pregunten
por qué tú vives como lo haces, respóndeles
en su espíritu, "yo vivo para mi alma." Créeme,
viene pronto el día cuando el alma será la única
cosa en la que los hombres pensarán, y la única pregunta
de importancia será esta: "¿Está mi
alma perdida o salvada?"
(4) Por otra parte, recuerda que es posible ser un hombre joven
y no obstante servir a Dios.
Temo que los lazos de Satanás están tendidos para
tí en este punto. Temo que él tenga éxito
en llenar tu mente con la vana noción de que ser un verdadero
Cristiano en la juventud es imposible. Yo he visto a muchos arrastrados
por este engaño. Yo he oído decir, "tu estas
demandando imposibles al esperar tanta religión en la gente
joven. La juventud no es el tiempo para la seriedad. Nuestros deseos
son fuertes, y nunca fue la intención el que los mantuviéramos
bajo control, como usted desea que lo hagamos. Dios nos hizo para
que disfrutáramos. Ya habrá suficiente tiempo para
la religión después." Y esta clase de conversación
es demasiado favorecida y fomentada por el mundo. El mundo está demasiado
presto a pasar por alto los pecados juveniles. El mundo parece
pensar que es por de contado el que los hombres jóvenes
tienen que "hacer travesuras juveniles." El mundo
parece dar por sentado que la gente joven tiene que ser irreligiosa,
y
que no es posible para ellos seguir a Cristo.
Jóvenes, les haré esta sencilla pregunta: "¿En
dónde encontrarán ustedes algo de todo esto en la
Palabra de Dios? ¿Dónde está el capítulo
o versículo en la Biblia que apoyará este hablar
y razonar del mundo? ¿No le habla la Biblia a viejos y jóvenes
por igual, sin distinción? ¿No es el pecado, pecado,
tanto si es cometido a la edad de veinte como a los cincuenta años? ¿Constituirá la
más ligera excusa en el día del juicio decir, "yo
sé que yo pequé, pero entonces yo era joven"?
Muestra tu sentido común, te ruego, abandona tales vanas
excusas. Tú eres responsable ante Dios desde el momento
mismo en que tu sabes lo correcto y lo incorrecto, lo bueno
y lo malo.
Yo se bien que hay muchas dificultades en el camino de un hombre
joven, lo admito plenamente. Pero siempre hay dificultades
en el camino de hacer el bien. El camino del cielo es siempre
estrecho,
seamos viejos o seamos jóvenes.
Hay dificultades, pero Dios te dará gracia para vencerlas.
Dios no es un amo cruel. El no demandará de tí como
Faraón, hacer ladrillos sin darte la paja. El tendrá cuidado
de que el camino del deber puro nunca sea imposible. El nunca
le da mandamientos al hombre sin darle el poder para ponerlos
por
obra.
Hay dificultades, pero muchos jóvenes las han vencido hasta
ahora, y así también puedes tú. Moisés
fue un hombre joven con pasiones semejantes a las tuyas, pero mira
lo que dice de él la Escritura: "Por la fe Moisés,
hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón,
escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar
de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas
el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque
tenía puesta la mirada en el galardón" (He 11:24-26).
Daniel era un hombre joven cuando comenzó a servir a Dios
en Babilonia. El estaba rodeado de tentaciones de toda clase. El
tenía pocos con él, y muchos contra él. No
obstante la vida de Daniel fue tan irreprensible y consistente,
que ni aun sus enemigos pudieron encontrar falta alguna en él
excepto "en relación con la ley de su Dios" (Dan
6:5). Y estos no son casos aislados. Hay una nube de testigos que
yo podría nombrar. El tiempo me faltaría si te fuera
a contar del joven Isaac, el joven José, el joven Josué,
el joven Samuel, el joven David, el joven Salomón, el joven
Abías (1 R 14:13), el joven Abdías, el joven Josías,
el joven Timoteo. Estos no fueron ángeles, sino hombres,
con corazones naturales como el tuyo. Ellos también tuvieron
obstáculos con los que lidiar, deseos que mortificar, pruebas
que soportar, puestos difíciles que ocupar, como cualquiera
de ustedes mismos. Pero, a pesar de su juventud, todos ellos encontraron
posible servir a Dios. ¿No se levantarán todos ellos
en juicio y los condenarán a ustedes, si persisten en
decir que esto no puede ser hecho?
Joven, trata de servir a Dios. Resiste al diablo cuando te
susurre que esto es imposible. Trata, y el Señor Dios de las promesas
te dará la fuerza en el intento. El ama encontrar a aquellos
que luchan para venir a El, y El te encontrará y te dará el
poder que tu sientes que necesitas. Sé como el hombre a
quien el Peregrino de Bunyan vio en la casa de Intérprete,
ve hacia adelante intrépidamente diciendo, "Escribe
mi nombre." Aquellas palabras de nuestro Señor son
ciertas, aunque a menudo las oigo repetir por lenguas sin corazón
y sin sentimientos: "Pedid, y se os dará; buscad, y
hallaréis; llamad, y se os abrirá" (Mt 7:7).
Dificultades que parecen como montañas se derretirán
como nieve en primavera. Obstáculos que parecen como gigantes
en medio de la distancia, se disiparán hasta la nada cuando
los enfrentes cabalmente. El león en el camino que tú temes,
probará estar encadenado. Si los hombres creyeran más
en las promesas, nunca tendrían temor de los deberes. Pero
recuerda esa pequeña palabra que yo pongo sobre tí,
y cuando Satanás diga: "Tú no puedes ser un
Cristiano mientras seas joven," respóndele: "Quítate
de delante de mí, Satanás; con la ayuda de Dios,
yo lo intentaré."
(5) Por otra parte, determina mientras vivas hacer de la Biblia
tu guía y tu consejero.
La Biblia es la provisión misericordiosa de Dios para el
alma del hombre pecador, el mapa por el cual debe dirigir su curso,
si ha de alcanzar la vida eterna. Todo lo que necesitamos saber
para hacernos apacibles, santos, o felices, está ricamente
contenido allí. Si un hombre joven ha de saber cómo
comenzar la vida bien, que oiga lo que dice David: "¿Con
qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra" (Sal
119:9).
Jóvenes, yo les exhorto a hacer de la lectura de la Biblia
un hábito, y a no dejar que el hábito sea roto. No
dejes que la risa de compañeros, no dejes que las malas
costumbres de la familia con la que vives, no dejes que ninguna
de estas cosas te impidan hacerlo. Determina que tú no solamente
tendrás una Biblia, sino que también apartarás
tiempo para leerla. No dejes que nadie te persuada a que este es
un libro solamente para niños de escuela dominical y para
ancianas. Este es el libro del cual el rey David adquirió sabiduría
y entendimiento (Sal 119:97-104). Este es el libro que el joven
Timoteo conoció desde su niñez (2 Tim 3:14,15). Nunca
te avergüences de leerlo. No menosprecies la Palabra (Pr
13:13; 19:16).
Léela en oración para que la gracia del Espíritu
te haga entenderla. El pastor Beveridge dice bien: "Cuando
un hombre pueda leer la letra de la Escritura sin ojos, podrá entender
el espíritu de ella sin gracia."
Léela reverentemente, como Palabra de Dios, no de hombre,
creyendo implícitamente que lo que ella aprueba es bueno,
y que lo que ella condena es malo. Ten por muy seguro que toda
doctrina que no soporta el examen de la Escritura es falsa. Esto
te guardará de ser engañado, y llevado por doquier
por las peligrosas opiniones de estos últimos días.
Ten por muy seguro que toda práctica en tu vida que es contraria
a la Escritura, es pecaminosa y debe ser abandonada. Esto aclarará muchos
casos de conciencia, y cortará la ligadura de muchas dudas.
Recuerda de que manera tan diferente leyeron la Palabra de Dios
dos reyes de Judá: Joacim la leyó, y de inmediato
cortó el escrito en pedazos, y lo quemó en el fuego
(Jer 36:23). Y ¿por qué? Porque su corazón
se rebeló contra ella, y estaba resuelto a no obedecer.
Josías la leyó, y de inmediato rasgó sus vestidos,
y se conmovió y lloró en la presencia de Dios (2
Cron 34:19,26,27). Y ¿por qué? Porque su corazón
era tierno y obediente. El estaba dispuesto a hacer cualquier cosa
que la Escritura le mostrara que era su deber. ¡Oh que tú sigas
el último de estos dos y no el primero!
Y léela regularmente. Esta es la única manera de
llegar a ser "poderoso en las Escrituras" (Hch 18:24).
Una mirada apresurada y ligera a la Biblia de vez en cuando hace
poco bien. De ese modo tu nunca llegarás a estas familiarizado
con sus tesoros, ni sentirás la espada del Espíritu
adaptada a tu mano a la hora del conflicto. Mas bien abastece tu
mente con la Escritura, por medio de una lectura diligente, y pronto
descubrirás su valor y poder. Textos se levantarán
en tu corazón en el momento de la tentación. Mandamientos
se sugerirán a sí mismos en ocasiones de duda. Promesas
vendrán a través de tus pensamientos en el tiempo
de desaliento. Y así tú experimentarás la
verdad de las palabras de David: "En mi corazón he
guardado tus dichos, para no pecar contra ti" (Sal 119:11);
y las palabras de Salomón: "Te guiarán cuando
andes; cuando duermas te guardarán; hablarán contigo
cuando despiertes" (Prov 6:22).
Insisto más en estas cosas, porque esta es una era de lectura.
Parece no haber fin en hacer muchos libros, aunque pocos de ellos
son realmente útiles. Parecen estar en boga las impresiones
y publicaciones baratas. Los periódicos de todo tipo abundan,
y el tono de algunos, que tienen la más amplia circulación,
habla muy mal del sentir y de la inclinación de la era.
En medio de la inundación de lectura peligrosa, yo abogo
por el libro de mi Maestro; yo te ruego y te exhorto a que no olvides
el libro del alma. No te permitas leer periódicos, novelas
y romances, mientras que los profetas y apóstoles yacen
despreciados. No dejes que lo excitante y lo licencioso absorban
tu atención, mientras que lo edificante y lo santificante
no puedan encontrar ningún lugar en tu mente.
Jóvenes, denle a la Biblia el honor debido a ella todos
los días que ustedes vivan. Sea lo que sea que ustedes lean,
lean la Biblia primero. Y guárdense de los libros malos:
hay abundancia de ellos en estos días. Ten cuidado de lo
que tú lees. Sospecho que se les hace más daño
a las almas de esta manera, de lo que la mayoría de la gente
creería posible. Valora todos los libros en la proporción
en que ellos estén de acuerdo con las Escrituras. Aquellos
que están lo más cerca de ella son los mejores, y
aquellos que están lo más lejos de ella, y lo más
contrario a ella, los peores.
(6) Por otra parte, nunca hagas un amigo íntimo de ninguno
que no sea un amigo de Dios.
Entiéndeme, no hablo de relaciones o tratos. No quiero decir
que tú no debes tener nada que ver con nadie sino sólo
con los verdaderos cristianos. El tomar tal línea no es
posible ni es deseable en este mundo. El cristianismo no le requiere
a ningún hombre el ser descortés.
Pero te aconsejo que seas muy cuidadoso cuando escojas a tus
amigos. No le abras todo tu corazón a un hombre tan sólo
porque él es hábil, afable, de buen carácter,
brioso y amable. Estas cosas son todas muy buenas, pero no lo son
todo. Nunca estés satisfecho con la amistad de ninguno
que no vaya a ser provechoso para tu alma.
Créeme, la importancia de este consejo no puede ser sobreevaluada.
Es increíble el daño que es hecho por asociarse con
amigos y compañeros impíos; el diablo tiene pocas
ayudas mejores para arruinar el alma de un hombre. Concédele
esta ayuda, y él tendrá poco cuidado por toda la
armadura con la cual tú puedas estar armado contra él.
Buena educación, tempranos hábitos de moralidad,
sermones, libros, hogares estables, cartas de los padres, todo
--él lo sabe bien-- te aprovechará poco, si tan sólo
te adhieres a amigos impíos. Puedes resistir muchas tentaciones
abiertas, rechazar muchas trampas evidentes, pero una vez que escoges
una mala compañía, él está contento.
Ese terrible capítulo que describe la malvada conducta de
Amnón hacia Tamar, casi comienza con estas palabras: "Y
Amnón tenía un amigo que se llamaba Jonadab,... y
Jonadab era hombre muy astuto" (2 Sam 13:3).
Tú debes recordar que todos nosotros somos criaturas de
imitación: el precepto puede enseñarnos, pero es
el ejemplo el que nos atrae y persuade. Hay algo en nosotros que
nos hace estar siempre dispuestos a imitar las maneras de aquellos
con quienes vivimos, y mientras más nos agradan ellos, más
fuerte se hace la disposición. Sin que nuestro ser esté apercibido
de esto, ellos influencian nuestros gustos y opiniones; nosotros
gradualmente abandonamos lo que a ellos les disgusta, y tomamos
lo que a ellos les agrada, para así llegar a ser amigos
más íntimos de ellos. Y, lo peor de todo, adquirimos
sus maneras en cosas que son malas, mucho más rápido
que en cosas que son buenas. La salud, desdichadamente, no es contagiosa,
pero la enfermedad sí lo es. Es mucho más fácil
pescar un resfriado que conferir calor; y hacer que la religión
del otro decaiga y se consuma, que hacer que crezca y prospere.
Jóvenes, les pido que tomen estas cosas muy en serio. Antes
de que le permitas a alguien llegar a ser tu compañero constante,
antes de que adquieras el hábito de contarle todas las cosas,
y de ir a él en todos los problemas y en todos los placeres,
--antes de que hagas esto, piensa en lo que he estado diciendo;
pregúntate a tí mismo, "¿Será esta
una amistad provechosa y útil para mí o no?"
"
Las malas conversaciones" de hecho, "corrompen las buenas
costumbres" (1 Cor 15:33). Quisiera que este texto fuera escrito
en los corazones tan a menudo como es escrito en los cuadernos.
Los buenos amigos están entre nuestras más grandes
bendiciones; ellos pueden preservarnos de mucho mal, avivarnos
en nuestro curso, hablarnos una palabra oportuna, nos atraen hacia
arriba y hacia adelante. Pero un mal amigo es una positiva desgracia
y desventura, un peso que nos arrastra continuamente hacia abajo
y que nos encadena a la tierra. Manténte acompañado
de un hombre impío, y es más que probable que al
final tú llegarás a ser como él. Esa es la
consecuencia general de tales amistades. El bueno baja hacia el
malo, y el malo no sube hacia el bueno. El proverbio del mundo
es demasiado cierto: "Ropa y compañía dicen
cuentos verdaderos acerca del carácter." "Muéstrame
con quien vive un hombre," dicen los españoles, "y
te mostraré lo que él es."