Por A.W. Pink
INDICE
Cap. 1 LOS DECRETOS DE DIOS
Cap. 2 LA OMNISCIENCIA DE DIOS
Cap. 3 LA PRESCIENCIA DE DIOS
Cap. 4 LA SUPREMACÍA
DE DIOS
Cap. 5 LA SOBERANÍA
DE DIOS
Cap. 6 LA INMUTABILIDAD DE DIOS
Cap. 7 LA SANTIDAD DE DIOS
Cap. 8 El PODER DE DIOS
Cap. 9 LA FIDELIDAD DE DIOS
Cap. 10 LA BONDAD DE DIOS
Cap. 11 LA PACIENCIA DE DIOS
Cap. 12 LA GRACIA DE DIOS
Cap. 13 LA MISERICORDIA DE DIOS
Cap. 14 El AMOR DE DIOS
Cap. 15 LA IRA DE DIOS
Cap. 16 MEDITANDO SOBRE DIOS
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Cap. 1
LOS DECRETOS DE DIOS
“
Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a
los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su
propósito” (Rom. 8:28) “conforme al propósito
eterno que realizó en Cristo Jesús, nuestro Señor”.
(Efe. 3:11). EL decreto
de Dios es su propósito o su determinación
respecto a las cosas futuras. Aquí hemos usado el singular,
como hace la Escritura, porque sólo hubo un acto de
su mente infinita acerca del futuro.
Nosotros hablamos como
si hubiera habido muchos, porque nuestras mentes sólo pueden pensar en ciclos sucesivos, a medida
que surgen los pensamientos y ocasiones; o en referencia a los
distintos objetos de su decreto, los cuales, siendo muchos, nos
parece que requieren un propósito diferente para cada
uno.
Pero el conocimiento Divino
no procede gradualmente, o por etapas: (Hech. 15:18;). “Conocidas son a Dios desde el siglo todas
sus obras” Las Escrituras mencionan los decretos de Dios
en muchos pasajes y usando varios términos.
La palabra “decreto” se encuentra en el Sal. 2:7,
(Yo publicaré el decreto;). En Efe. 3:11, leemos acerca
de su “determinación eterna”. En Hech. 2:23,
de su “determinado consejo y providencia”. En Efe.
1:9, el misterio de su “voluntad”. En Rom. 8:29, que él
también “predestinó”. En Efe. 1:9, de
su “beneplácito”.
Los decretos de Dios son
llamados sus “consejos” para
significar que son perfectamente sabios. Son llamados su “voluntad
para mostrar que Dios no está bajo ninguna sujeción,
sino que actúa según su propio deseo, en el proceder
Divino, la sabiduría está siempre asociada con la
voluntad, y por lo tanto, se dice que los decretos de Dios son “el
consejo de su voluntad”. Los decretos de Dios están
relacionados con todas las cosas futuras, sin excepción:
todo lo que es hecho en el tiempo, fue predeterminado antes del
principio del tiempo. El propósito de Dios afectaba a todo,
grande o pequeño, bueno o malo, aunque debemos afirmar
que, si bien Dios es el Ordenador y controlador del pecado,
no es su
Autor de la misma manera que es el Autor del bien.
El pecado no podía proceder de un Dios Santo por creación
directa o positiva, sino solamente por su permiso, por decreto
y su acción negativa. El decreto de Dios es tan amplio
como su gobierno, y se extiende a todas las criaturas y eventos.
Se
relaciona con nuestra vida y nuestra muerte; con nuestro estado
en el tiempo y en la eternidad.
De la misma manera que
juzgamos los planos de un arquitecto inspeccionando el edificio
levantado bajo su
dirección, así también,
por sus obras, aprendemos cual es (era) el propósito de
Aquel que hace todas las cosas según el consejo de su
voluntad.
Dios no decretó simplemente crear al hombre, ponerle sobre
la tierra, y entonces dejarle bajo su propia guía incontrolada;
sino que fijó todas las circunstancias de la muerte de los
individuos, y todos los pormenores que la historia de la raza humana
comprende, desde su principio hasta su fin. No decretó solamente
que debían ser establecidas leyes para el gobierno del mundo,
sino que dispuso la aplicación de las mismas en cada caso
particular. Nuestros días están contados, así cómo
también los cabellos de nuestra cabeza. (Mat. 10:30).
Podemos entender el alcance
de los Decretos Divinos si pensamos en las dispensaciones de
la Providencia en
las cuales aquellos
son cumplidos. Los cuidados de la Providencia alcanzan a la
más
insignificante de las criaturas y al más minucioso de los
acontecimientos, tales como la muerte de un gorrión o la
caída de un cabello. (Mat. 10:30).
Consideremos ahora algunas
de las características de los
Decretos Divinos. Son, en primer lugar, eternos. Suponer que alguno
de ellos fue dictado dentro del tiempo, equivale a decir que se
ha dado un caso imprevisto o alguna combinación de circunstancias
que ha inducido al Altísimo a tomar una nueva resolución.
Esto significaría que los conocimientos de la Deidad son
limitados, y con el tiempo va aumentando en sabiduría, lo
cual sería una blasfemia horrible. Nadie que crea que el
entendimiento Divino es infinito, abarcando el pasado, presente
y futuro, afirmará la doctrina de los decretos temporales.
Dios no ignora los acontecimientos
futuros que serán ejecutados
por voluntad humana; los ha predicho en innumerables ocasiones,
y la profecía no es otra cosa que la manifestación
de su presencia eterna.
La Escritura afirma que
los creyentes fueron escogidos en Cristo antes de la fundación del mundo (Efe. 1:4), más aun,
que la gracia les fue “dada” ya entonces: (2Tim. 1:9). “Fue él
quien nos salvó y nos llamó con santo llamamiento,
no conforme a nuestras obras, sino conforme a su propio propósito
y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús antes del
comienzo del tiempo”. En segundo lugar, los decretos de Dios
son sabios. La sabiduría se muestra en la selección
de los mejores fines posibles, y de los medios más apropiados
para cumplirlos. Por lo que conocemos de los Decretos de Dios,
es evidente que les corresponde tal característica. Se nos
descubre en su cumplimiento; todas las muestras de sabiduría
en las obras de Dios que son prueba de la sabiduría
del plan por el que se llevan a cabo.
Como declara el salmista:
(Sal. 104:24). “¡Cuán
numerosas son tus obras, oh Jehová! A todas las hiciste
con sabiduría; la tierra está llena de tus criaturas”.
Sólo podemos observar una pequeñísima
parte de ellas, pero, como en otros casos, conviene que procedamos
a
juzgar el todo por la muestra; lo desconocido por lo conocido.
Aquel que, al examinar
parte del funcionamiento de una máquina,
percibe el admirable ingenio de su construcción, creerá,
naturalmente, que las demás partes son igualmente admirables.
De la misma manera, cuando las dudas acerca de las obras de Dios
asaltan nuestra mente, deberíamos rechazar las objeciones
sugeridas por algo que no podemos reconciliar con nuestras ideas
(Rom. 11:33). “¡Oh la profundidad de las riquezas,
y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán
incomprensibles son sus juicios e inescrutables sus caminos!" En
tercer lugar, son libres. (Isa. 40:13,14). “¿Quién
ha escudriñado al Espíritu de Jehová, y quién
ha sido su consejero y le ha enseñado? ¿A quién
pidió consejo para que le hiciera entender, o le guió en
el camino correcto, o le enseñó conocimiento, o le
hizo conocer la senda del entendimiento?” Cuando Dios dictó sus
decretos, estaba solo, y sus determinaciones no se vieron influidas
por causa externa alguna.
Era libre para decretar
o dejar de hacerlo, para decretar una cosa y no otra. Es preciso
atribuir esta libertad
a Aquel que es
supremo, independiente, y soberano en todas sus acciones. En
cuarto lugar, los decretos de Dios son absolutos e incondicionales.
Su
ejecución no esta supeditada a condición alguna que
se pueda o no cumplir. En todos los casos en que Dios ha decretado
un fin, ha decretado también todos los medios para dicho
fin. El que decretó la salvación de sus elegidos,
decretó también darles la fe, (2Tes. 2:13). “Pero
nosotros debemos dar gracias a Dios siempre por vosotros, hermanos
amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el
principio para salvación, por la santificación del
Espíritu y fe en la verdad” (Isa. 46:10); “Yo
anuncio lo porvenir desde el principio, y desde la antigüedad
lo que aún no ha sido hecho. Digo: Mi plan se realizará,
y haré todo lo que quiero”.
Pero esto no podría ser así si su consejo dependiese
de una condición que pudiera dejar de cumplirse. Dios “hace
todas las cosas según el consejo de su voluntad” (Efe.
1:11).
Junto a la inmutabilidad
e inviolabilidad de los decretos de Dios. La Escritura enseña claramente que el hombre es una criatura
responsable de sus acciones, de las cuales debe rendir cuentas.
Y si nuestras ideas reciben su forma de la Palabra de Dios, la
afirmación de una enseñanza de ellas no nos llevará a
la negación de la otra.
Reconocemos que existe
verdadera dificultad en definir dónde
termina una y donde comienza la otra. Esto ocurre cada vez que
lo divino y lo humano se mezclan. La verdadera oración está redactada
por el Espíritu, no obstante, es también clamor de
un corazón humano.
Las Escrituras son la
Palabra inspirada de Dios, pero fueron escritas por hombres
que eran algo más que máquinas en las
manos del Espíritu. Cristo es Dios, y también hombre.
Es omnisciente, más crecía en sabiduría, (Luc.
2:52). “Y Jesús crecía en sabiduría,
en estatura y en gracia para con Dios y los hombres” Es Todopoderoso
y sin embargo, fue (2Cor. 13:4 “crucificado en debilidad”).
Es el Espíritu de vida, sin embargo murió. Estos
son grandes misterios, pero la fe los recibe sin discusión.
En el pasado se ha hecho
observar con frecuencia que toda objeción
hecha contra los Decretos Eternos de Dios se aplica con la misma
fuerza contra su eterna presciencia. “Tanto si Dios ha decretado
todas las cosas que acontecen como si no lo ha hecho, todos los
que reconocen la existencia de un Dios, reconocen que sabe todas
las cosas de antemano. Ahora bien, es evidente que si El conoce
todas las cosas de antemano, las aprueba o no, es decir, o quiere
que acontezcan o no. Pero querer que acontezcan es decretarlas”.
Finalmente trátese de hacer una suposición, y luego
considérese lo contrario de la misma. Negar los Decretos
de Dios sería aceptar un mundo, y todo lo que con él
se relaciona, regulado por un accidente sin designio o por
destino ciego.
Entonces, ¿qué paz, que seguridad, qué consuelo
habría para nuestros pobres corazones y mentes? ¿Qué refugio
habría al que acogerse en la hora de la necesidad y la prueba?
Ni el más mínimo. No habría cosa mejor que
las negras tinieblas y el repugnante horror del ateísmo. ¡Cuán
agradecidos deberíamos estar porque todo está determinado
por la bondad y sabiduría infinitas!
¡Cuánta alabanza y gratitud debemos a Dios por sus
decretos! Es por ellos que “Sabemos que Dios hace que todas
las cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que
son llamados conforme a su propósito” (Rom. 8:28).
Bien podemos exclamar como Pablo: “Porque de él y
por medio de él y para él son todas las cosas. A él
sea la gloria por los siglos. Amen”. (Rom. 11:36).
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Cap. 2
LA OMNISCIENCIA DE DIOS
“
No existe cosa creada que no sea manifiesta en su presencia. Más
bien, todas están desnudas y expuestas ante los ojos de
aquel a quien tenemos que dar cuenta”. (Heb. 4:13).
Dios es omnisciente, lo conoce todo: todo lo posible, todo
lo real, todos los acontecimientos y todas las criaturas del
pasado, presente
y futuro. Conoce perfectamente todo detalle en la vida de todos
los seres que están en el cielo, en la tierra y en el infierno
(Dan. 2:22). “Conoce lo que hay en las tinieblas”.
Nada escapa a su atención, nada puede serle escondido,
no hay nada que pueda olvidar. Bien podemos decir con el salmista:
(Sal. 139:6). “Tal conocimiento me es maravilloso; tan alto
que no lo puedo alcanzar” Su conocimiento es perfecto; nunca
se equivoca, ni cambia, ni pasa por alto alguna cosa. ¡Sí,
tal es Dios al que tenemos que dar cuenta!
Sal. 139:2-4; “Tú conoces cuando me siento y cuando
me levanto; desde lejos entiendes mi pensamiento. Mi caminar y
mi acostarme has considerado; todos mis caminos te son conocidos.
Pues aún no está la palabra en mi lengua, y tú,
oh Jehová, ya la sabes toda”. ¡Qué maravilloso
ser es el Dios de la Escritura! Cada uno de sus gloriosos atributos
debería de honrarle en nuestra estimación.
La comprensión de su omnisciencia debería de inclinarnos
ante El en adoración. Con todo ¡Cuán poco meditamos
en su perfección divina! ¿Es ello debido a que,
aun el pensar en ella, nos llena de inquietud?
¡Cuán solemne es este hecho; nada puede ser escondido
a Dios, (Eze. 11:5). “Diles yo he sabido los pensamientos
que suben de vuestros espíritus” Aunque sea invisible
para nosotros, nosotros no lo somos para él. Ni la oscuridad
de la noche, ni la más espesa cortina, ni la más
profunda prisión pueden esconder al pecador de los ojos
de la Omnisciencia. Los árboles del huerto fueron incapaces
de esconder a nuestros primeros padres.
Ningún ojo humano vio a Caín cuando asesinó a
su hermano, pero su Creador fue testigo del crimen. Sara podía
reír por su incredulidad oculta en su tienda, mas Jehová la
oyó. Acán robó un lingote de oro que escondió cuidadosamente
bajo la tierra pero Dios lo sacó a la luz (Jos. 7). David
se tomó mucho trabajo en esconder su iniquidad, pero el
Dios que todo lo ve no tardó en mandar uno de sus siervos
a decirle: (2Sam. 12). “Tú eres aquel hombre”.
Y a las tribus que quedaban al oriente del Jordán se les
dice: (Núm. 32:23). “Pero si no lo hacéis así,
he aquí que habréis pecado contra Jehová,
y sabed que vuestro pecado os alcanzará”.
Si pudieran los hombres
despojarían a la Deidad de su omnisciencia; ¡Qué prueba
esta de que “la intención de la carne es enemistad
contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Rom.
8:7). Los hombres impíos odian esta perfección
divina que, al mismo tiempo, se ven obligados a admitir.
Desearían que no existiera el Testigo de sus pecados, el
Escudriñador de sus corazones, el Juez de sus acciones.
Intentan quitar de sus pensamientos a un Dios tal: (Os. 7:2).“Y
no dicen en su corazón que tengo en la memoria toda su maldad” ¡Cuán
solemne es el octavo versículo del Salmo 90! Todo aquel
que rechaza a Cristo tiene buenas razones para temblar ante él: “Pusiste
nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de
tu rostro.
Pero la omnisciencia de
Dios es una verdad llena de consolación
para el creyente. En la perplejidad, dice a Job: “Más él
conoció mi camino” (Job 23:10). Esto puede ser profundamente
misterioso para mí, completamente incomprensible para mis
amigos pero, ¡él conoce nuestra condición; “se
acuerda que somos polvo” (Sal. 103:14).
Cuando nos asalten la
duda y la desconfianza acudamos a este mismo atributo, diciendo: “Examíname, oh Dios, y conoce
mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos. Ve
si hay en mí camino de perversidad y guíame por el
camino eterno” Sal. 139:23,24.
En el tiempo de triste
fracaso, cuando nuestros actos han desmentido a nuestro corazón, nuestras obras repudiado a nuestra devoción,
y hemos oído la pregunta escrutadora que escuchó Pedro: “¿Me
amas?", hemos dicho como Pedro: “Señor, tú sabes
todas las cosas; tú sabes que te amo” (Juan 21:17).
Ahí hallamos estímulo para orar. No hay razón
para temer que las peticiones de los justos no sean oídas,
ni que sus lágrimas y suspiros escapen a la atención
de Dios, ya que él conoce los pensamientos e intenciones
del corazón.
No hay peligro de que
un santo sea pasado por alto en la multitud de aquellos que
cada día y cada hora presentan sus peticiones,
porque la Mente infinita es capaz de prestar la misma atención
a millones, que a uno solo de los que buscan su atención.
Asimismo la falta de un lenguaje apropiado y la incapacidad de
dar expresión al más profundo de los anhelos del
alma no comprometerá nuestras oraciones, porque “Y
sucederá que antes que llamen, yo responderé; y mientras
estén hablando, yo les escucharé”. (Isa. 65:24). “Grande
es el Señor nuestro, y de mucho poder; su entendimiento
es infinito”. (Sal. 147:5).
Dios, no solamente conoce
todo lo que sucedió en el pasado
en cualquier parte de sus vastos dominios, y todo lo que ahora
acontece en el universo entero, sino que, además, El sabe
todos los hechos, desde el más insignificante hasta el más
grande, que tendrán lugar en el porvenir. El conocimiento
del futuro por parte de Dios es tan completo como completo es su
conocimiento del pasado y el presente; y esto es así porque
el futuro depende enteramente de él. Si algo pudiera en
alguna manera ocurrir sin la directa agencia o el permiso de Dios,
ello sería independiente de él, y Dios dejaría,
por tanto, de ser Supremo.
El conocimiento Divino
del futuro no es una simple idealización,
sino algo inseparablemente relacionado con su propósito
y acompañado del mismo. Dios mismo ha designado todo lo
que ha de ser, y lo que él ha designado debe necesariamente
efectuarse. Como su Palabra infalible afirma: “él
hace según su voluntad con el ejército del cielo
y con los habitantes de la tierra. No hay quien detenga su mano
ni quien le diga: ¿Qué haces?” (Dan. 4:35),
Y (Prov. 19:21): “Muchos pensamientos hay en el corazón
del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá”.
El cumplimiento de todo
lo que Dios ha propuesto está absolutamente
garantizado, ya que su sabiduría y poder son infinitos.
Que los consejos Divinos dejen de ejecutarse es una imposibilidad
tan grande como lo es que el Dios tres veces Santo mienta. En lo
relativo al futuro, nada hay incierto en cuanto a la realización
de los consejos de Dios. Ninguno de sus decretos, tanto los referentes
a criaturas como a causas secundarias, es dejado a la casualidad.
No hay ningún suceso futuro que sea solo una simple posibilidad,
es decir, algo que pueda acontecer o no: “Conocidas son a
Dios desde el siglo todas sus obras” (Hech. 15:18). Todo
lo que Dios ha decretado es inexorablemente cierto, “porque
en él no hay mudanza ni sombra de variación” (Stg.
1:17). Por tanto, en el principio de aquel libro que nos descubre
tanto del futuro, se nos habla de “cosas que deben suceder
pronto” (Apoc. 1:1).
El perfecto conocimiento
por Dios de todas las cosas es ejemplificado e ilustrado en
todas las profecías registradas en su Palabra.
En el A.T., se encuentran docenas de predicciones relativas a la
historia de Israel que fueron cumplidas hasta en los más
pequeños detalles siglos después de que fueran hechas.
Ahí, también, se hayan docenas prediciendo la vida
de Cristo en la tierra, y estas también fueron cumplidas
literal y perfectamente. Tales profecías sólo podían
ser dadas por Uno que conocía el final desde el principio,
y cuyo conocimiento descansaba sobre la certeza absoluta de la
realización de todo lo preanunciado.
De la misma manera, tanto
el Antiguo como el N.T., contienen muchos anuncios todavía futuros, los cuales deben cumplirse porque
fueron dados por Aquel que los decretó. Pero debe señalarse
que ni la omnisciencia de Dios ni su conocimiento del futuro, considerados
en si mismos, son la causa. Jamás, sucedió o sucederá,
algo simplemente porque Dios lo sabía. La causa de todas
las cosas es la voluntad de Dios.
El hombre que realmente
cree las Escrituras sabe de antemano que las estaciones continuarán sucediéndose con segura
regularidad hasta el final de la tierra: (Gén. 8:22), “Mientras
exista la tierra, no cesarán la siembra y la siega, el frío
y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche.” pero
su conocimiento no es la causa de esta sucesión.
Así, el conocimiento de Dios no proviene del hecho de que
las cosas son o serán, sino de que él las ha ordenado
de ese modo. Dios conocía y predijo la crucifixión
de su Hijo mucho siglos antes de que se encarnara, y esto era así porque,
en el propósito Divino, El era el Cordero inmolado desde
la fundación del mundo, de ahí que leamos que fue “entregado
por determinado consejo y providencia de Dios” (Hech. 2:23).
El conocimiento infinito de Dios debería llenarnos de
asombro.
¡Cuán ilimitadamente superior al más sabio
de los hombres es el eterno! Ninguno de nosotros conoce lo que
el día de mañana nos traerá; pero el futuro
entero está abierto a su mirada omnisciente. El conocimiento
infinito de Dios debería llenarnos de santo temor. Nada
de lo que hacemos, decimos, o incluso pensamos, escapa a la percepción
de Aquel a quien tenemos que dar cuenta: “Los ojos de Jehová están
en todo lugar mirando a los malos y a los buenos” (Prov.
15:3) ¡Que freno significaría esto para nosotros si
meditáramos más a menudo sobre ello!
En lugar de actuar indiferentemente,
diríamos, con Agar: “Tú eres
un Dios que me ve” (Gén. 16:13). La comprensión
del infinito conocimiento de Dios debe llenar al cristiano de adoración
y decir: Mi vida entera ha permanecido abierta a su mirada
desde el principio.
El previo todas mis caídas, mis pecados, mis reincidencias;
sin embargo, así y todo, fijó su corazón en
mi. La comprensión de este hecho, ¡cómo debe
postrarme en admiración y adoración delante de él!
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Cap. 3
LA PRESCIENCIA DE DIOS
“
Pedro, apóstol de Jesucristo; a los expatriados de la dispersión
en Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos conforme
al previo conocimiento de Dios Padre por la santificación
del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados
con su sangre: Gracia y paz os sean multiplicadas”. (1Ped.
1,2).
Muchas controversias ha
engendrado este tema en el pasado. Pero, ¿qué verdad
hay en la Santa Escritura que no haya sido tomada como ocasión
de batallas teológicas y eclesiásticas?
La Deidad de Cristo, su
nacimiento virginal, su muerte expiatoria, su segunda venida;
la justificación del creyente por la
fe, su santificación, su seguridad; la iglesia, su organización,
oficiales y disciplina; el bautismo, la cena del Señor,
y muchísimas otras verdades preciosas que podríamos
mencionar.
Con todo, las controversias
sostenidas en torno a estas no cerraron la boca de los siervos
fieles a Dios.
Hay dos cosas, acerca de
la presciencia de Dios, que muchos ignoran: el significado
del término, y su alcance bíblico. Debido a que esta
ignorancia está tan extendida, le resultará fácil
a un predicador o maestro el defraudar con perversiones de
este tema aun al pueblo de Dios.
Sólo hay una salvaguardia contra el error; estar confirmados
en la fe; y para ello ha de haber estudio diligente y oración,
y una recepción humilde de la asimilación de la Palabra
de Dios, ya que algunos falsos maestros de la Biblia pervierten
su presciencia con el fin de desechar su absoluta elección
para vida eterna Sólo entonces seremos fortalecidos
contra los ataques de aquellos que nos asaltan.
Cuando se expone el tema
bendito y solemne de la predestinación,
y el de la eterna elección por parte de Dios de ciertas
personas para ser hechas conformes a la imagen de su Hijo, el enemigo
envía algún hombre a contradecir que la elección
se basa en la presciencia de Dios y esta “presciencia” se
interpreta significando que previo que algunos serían más
dóciles que otros, que responderían más prontamente
a los esfuerzos del Espíritu, y que, debido a que Dios sabía
que creerían, El, en consecuencia, los predestinó para
salvación.
Pero tal declaración es radicalmente errónea. Repudia
la verdad de la depravación total, ya que argumenta que
hay algo bueno en algunos hombres. Quita a Dios su independencia,
ya que hace que sus decretos descansen en lo que El descubre en
la criatura. Trastorna las cosas completamente, ya que decir que
Dios previo que ciertos pecadores creerían en Cristo, y
que, en consecuencia, El los predestinó para salvación,
es lo contrario a la verdad.
La Escritura afirma que
Dios, en su absoluta soberanía,
separó a algunos para que fueran recipientes de sus favores
distintivos “Al oír esto, los gentiles se regocijaban
y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron cuantos
estaban designados para la vida eterna”. (Hech. 13:48), y,
por tanto, determinó otorgarles el don de la fe.
La falsa teología hace del conocimiento previo que Dios
tiene de nuestra fe la causa de su elección para salvación;
mientras que la elección de Dios es la causa, y nuestra
fe en Cristo es el efecto. Antes de seguir debatiendo este tema,
hagamos una pausa y definamos los términos. ¿Qué quiere
decir la palabra “presciencia”? “Conocer de antemano”,
es la pronta respuesta de muchos. Pero no debemos juzgar precipitadamente,
ni tampoco aceptar como definitiva la definición del diccionario,
ya que esto no es un asunto de etimología del término
empleado.
El uso que el Espíritu Santo hace de una expresión
define siempre su significado y alcance. Lo que causa tanta confusión
y error es el dejar de aplicar esta regla tan sencilla. Hay
muchas personas que piensan conocer el significado de una palabra
determinada
usada en la escritura, pero que son reacias a poner a prueba
sus suposiciones por medio de una concordancia. Ampliemos este
punto.
Tomemos la palabra “carne”. Su significado parece
ser tan obvio que muchos considerarán que el examinar sus
varias conexiones en la Escritura es una pérdida de tiempo.
Se supone precipitadamente que la palabra es un sinónimo
del cuerpo físico, y no se procura indagar más. Pero,
en realidad, la “carne” en la Escritura frecuentemente
incluye mucho más de lo que es corporal. Sólo por
medio de la comparación atenta de cada caso, y el estudio
de cada contexto por separado, puede descubrirse todo lo que el
término abarca.
Tomemos la palabra “mundo”. El lector de la Biblia
imagina frecuentemente que esta palabra equivale a la raza humana,
y, en consecuencias interpreta equivocadamente los pasajes en los
que la misma aparece. Tomen la palabra “inmortalidad”. ¡Sin
duda alguna, ésta no requiere estudio! Es obvio que
hace referencia a la indestructibilidad del alma.
Cuando se trata de la
Palabra de Dios, el dar por sentado algo sin comprobarlo es
locura y error. Si ustedes
se toman la molestia
de examinar cuidadosamente cada pasaje en el que se encuentran
las palabras “mortal” e “inmortal”, se
dará cuenta que estas nunca se aplican al alma, sino
al cuerpo.
Todo lo dicho acerca de “carne”, “mundo”,
o “inmortalidad”, es aplicable con igual fuerza a los
términos “conocer” y “preconocer” (conocer
desde antes). Lejos de bastar con la simple suposición
de que estas palabras no significan otra cosa que simple conocimiento,
veremos que los diferentes pasajes en los que se encuentran
requieren
ser considerados cuidadosamente.
La palabra “preconocimiento” (traducida en la versión
española por “conocer de antes") no se encuentra
en el A.T., pero si que se da frecuentemente el término “conocer”.
Cuando éste es usado en relación con Dios significa
a menudo mirar con favor, comunicando, no un simple conocimiento,
sino un afecto por el objeto mirado. “Te he conocido por
tu nombre” (Exo. 33:17). “Rebeldes habéis sido
a Jehová desde el día que yo os conozco” (Deut.
9:24). “A vosotros solamente he conocido de todas las familias
de la tierra” (Amós 3:2). En estos pasajes “conocer” significa
amar o bien designar.
Asimismo en el N.T., se
usa frecuentemente la palabra “conocer” en
el mismo sentido que en el Antiguo. “Entonces yo les declararé:
Nunca os he conocido. ¡Apartaos de mí, obradores de
maldad!” (Mat. 7:23). “Yo soy el buen pastor y conozco
mis ovejas, y las mías me conocen”. (Juan 10:14). “Pero
si alguien ama a Dios, tal persona es conocida por él”.
(1Cor. 8:3). “Conoce el Señor a los que son suyos” (2Tim.
2:19).
El término “Preconocer”, o “presciencia”,
tal como se usa en el Nuevo testamento, es menos ambiguo que en
su simple forma “conocer”. Si todos los pasajes en
los que aparece son estudiados cuidadosamente, se descubrirá que
es muy discutible que el término haga referencia a una simple
percepción de eventos que han de tener lugar. En realidad,
este término nunca es usado en la Escritura en relación
con sucesos o acciones, sino que, por el contrario, siempre se
refiere a personas. Dios “conoció por anticipado” a
las personas, no a sus acciones. Para demostrarlo, citaremos los
pasajes en los que se encuentra esta expresión.
El primero es hechos 2:23,
donde leemos de Jesús: “Entregado
por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendísteis
y matásteis por manos de inicuos, crucificándole”.
Si nos fijamos con atención en las palabras de este versículo,
veremos que el apóstol no estaba hablando del conocimiento
anticipado de Dios del acto de la crucifixión, sino de la
Persona crucificada: “este, entregado por…”,
etc.
El segundo es en Rom.
8:29,30. “Porque a los que antes conoció,
también predestinó para que fuesen hechos conformes
a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito
entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a estos también
llamó.” Fíjense bien en el pronombre que se
usa aquí. No es lo que, sino los que antes conoció.
Lo que se nos muestra no es la sumisión de la voluntad,
ni la fe del corazón, sino las personas mismas. “No
ha desechado Dios a su pueblo, el cual antes conoció” (Rom.
11:22). Una vez más, la referencia es claramente a personas
solamente.
La última cita es 1Ped. 1:2: “Elegidos según
la presciencia de Dios Padre” ¿Quienes son ellos?
El versículo anterior nos lo dice: la referencia es a los “extranjeros
esparcidos”, es decir, la Diáspora, los judíos
creyentes de la dispersión. Aquí, también,
la referencia es a personas, no a sus hechos previstos. En vista
de estos pasajes ¿qué base bíblica hay para
decir que Dios “Previo” los hechos de algunos, a saber,
su “arrepentimiento y fe”, y que, a causa de los mismos,
los eligió para salvación? Absolutamente ninguna.
La Escritura jamás habla del arrepentimiento y la fe como
algo previsto o preconocido por Dios. Es verdad que Dios conocía
desde toda la eternidad que algunos se arrepentirían y creerían,
pero la Escritura no se refiere a esto como objeto de la “presciencia” de
Dios. El término se refiere invariablemente a Dios preconociendo
a personas; así pues, “retengamos la forma de las
sanas palabras” (2Tim. 1:13).
Otra cosa sobre la que
deseamos llamar particularmente la atención
es que los dos primeros pasajes citados, muestran de manera clara,
y enseñan implícitamente, que la presciencia de Dios
no es cautiva, sino que, detrás de ella precediéndola,
hay algo más: su propio decreto soberano. Cristo fue “entregado
por el (1) determinado consejo y (2) anticipado conocimiento de
Dios” (Hech. 2:23). Su “consejo” o decreto
fue la base de su anticipado conocimiento.
Asimismo en Romanos 8:29.
Este versículo empieza con la
palabra “porque”, lo cual nos habla de lo que precede
inmediatamente. ¿Qué es, entonces, lo que dice el
versículo anterior? “Todas las cosas les ayudan a
bien... a los que conforme al propósito son llamados” Así pues, “el
anticipado conocimiento” de Dios se basa en su “propósito” o
decreto (véase Salmo 2:7)
Dios conoce por anticipado
lo que será, porque él
ha decretado que sea. Afirmar, por lo tanto que Dios elige porque
preconoce es invertir el orden de la Escritura, es como poner el
carro delante del caballo. La verdad es que preconoce porque ha
elegido. Esto elimina la base o causa de la elección
como algo de la criatura, y la coloca en la soberana voluntad
de Dios.
Dios se propuso elegir
a ciertas personas, no porque hubiera algo bueno en ellas,
ni porque previera algo
bueno en las mismas, sino
solamente, a causa de su pura buena voluntad. El por qué escogió a éstos
no lo sabemos; lo único que podemos decir es: “Así,
Padre, porque así te agradó”. La verdad clara
de Romanos 8:29, es que Dios, antes de la fundación del
mundo, separó a ciertos pecadores y los escogió para
salvación (2Tes. 2:13).
Esto se ve claro en las últimas palabras del versículo:
los “predestinó para que fuesen hechos conformes a
la imagen de su Hijo”, etc. Dios no predestinó a aquellos
que él preveía que “eran hechos conformes...”,
sino que, por el contrario, predestinó a aquellos a los
que “antes conoció” (es decir, amó y
eligió) “para que fuesen hechos conformes...”.
Su conformidad a Cristo no es la causa, sino el efecto de la presciencia
y predestinación de Dios.
Dios no eligió a ningún pecador porque viera que
creería, por la razón sencilla pero suficiente, de
que ningún pecador cree jamás hasta que Dios le da
fe; de la misma manera que ningún hombre puede ver antes
de que Dios le de la vista. Ya que la vista es el don de Dios,
y ver es la consecuencia del uso de su don.
Asimismo, la fe es el
don de Dios “Porque por gracia sois
salvos, por medio de la fe y esto no de vosotros, pues es don de
Dios, no por obras para que nadie se gloríe” (Efe.
2:8), y creer es la consecuencia del uso de este don. Si fuera
cierto que Dios eligió a algunos para ser salvos porque
a su debido tiempo éstos creerían, eso convertiría
el creer en un acto meritorio, y, en este caso, el pecador tendría
razón de jactarse, lo cual la Escritura niega enfáticamente,
(Efe. 2:9).
En verdad la Palabra de
Dios es suficientemente clara al enseñar
que creer no es un acto meritorio. Afirma que los cristianos son
aquellos que “por la gracia han creído” (Hech.
18:27). Por lo tanto, si han creído “por gracia”,
no hay absolutamente nada meritorio, el mérito no puede
ser la base o causa que movió a Dios a escogerlos.
No, la elección de Dios no procede de nada que haya en
nosotros, o de nada que proceda de nosotros, sino únicamente
de su propia y soberana buena voluntad. Una vez más, en
Romanos 11:5, leemos de “un remanente escogido por gracia”.
Ahí está suficientemente claro; la misma elección
es por gracia, y gracia es favor inmerecido, algo a lo que
no tenemos derecho alguno.
Precisamente, se ve la
importancia para nosotros, de tener ideas claras y bíblicas sobre la presciencia de Dios. Quien no
solamente conoció el final desde el principio, sino que
planeó, fijó y predestinó todo desde el principio.
Ya que, si ustedes son cristianos verdaderos, lo son porque Dios
los escogió en Cristo antes de la fundación del mundo,
(Efe. 1:4), y lo hizo, no porque previo que creería, sino
porque, simplemente, así le agradó hacerlo; te escogió a
pesar de tu incredulidad natural.
Siendo así, toda la gloria y la alabanza le pertenece solo
a El. No tienes base alguna para atribuirte ningún mérito.
Has creído “por la gracia”, y eso porque tu
misma elección fue “de gracia” (Rom. 11:5).
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Cap. 4
LA SUPREMACÍA DE DIOS
“Pensabas que de cierto sería yo como tú” (Sal.
50:21)
En una de sus cartas a Erasmo, Lutero decía: “Vuestro
concepto de Dios es demasiado humano”. El renombrado erudito
probablemente se ofendió por tal reproche que procedía
del hijo de un minero; sin embargo, lo tenía perfectamente
merecido.
Nosotros, también, aunque no tengamos lugar entre los líderes
religiosos de esta era degenerada, presentamos la misma denuncia
contra la mayoría de los predicadores de nuestros días
y contra quienes, en lugar de escudriñar las Escrituras
por sí mismos, aceptan perezosamente las enseñanzas
de sus denominaciones.
En la actualidad, y casi
en todas partes, se sostienen los más
deshonrosos y degradantes conceptos acerca de la autoridad
y el Reino del Todopoderoso. Para incontables millares, incluso
entre
los que profesan ser cristianos, el Dios de las Escrituras
es completamente desconocido.
En la antigüedad, Dios se quejó a un Israel apóstata: “Pensabas
que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21).
Tal ha de ser ahora su acusación contra una cristiandad
apóstata. Los hombres imaginan que al Altísimo le
mueven, no los principios, sino los sentimientos. Suponen que su
Omnipotencia es una invención vacía y que Satanás
puede desbaratar Sus designios a su antojo. Creen que si en realidad
El se ha forjado un plan o propósito, ha de ser como los
suyos, constantemente sujetos a cambios. Declaran abiertamente
que sea el que fuere el poder que posee, ha de ser restringido,
no sea que invada el territorio del “libre albedrío” del
hombre y lo reduzca a una “maquina”.
Rebajan la eficaz expiación, la cual redimió a todos
aquellos por los cuales fue hecha, hasta hacer de ella una simple “medicina” que
las almas enfermas por el pecado pueden usar si se sienten dispuestas
a ello; y desvirtúan la obra invencible del Espíritu
Santo, convirtiéndola en una “oferta” del
Evangelio que los pecadores pueden aceptar o rechazar a su
agrado.
El “dios” del presente siglo veinte no se parece más
al Soberano Supremo de la Sagrada Escritura de lo que la confusa
y vacilante llama de una vela se parece a la gloria del sol de
mediodía. El “dios” del cual suele hablarse
desde el púlpito, el que se menciona en gran parte de la
literatura religiosa actual, el que se predica en la mayoría
de las llamadas conferencias Bíblicas, es una invención
de la imaginación humana, una ficción del sentimentalismo
sensiblero.
Los idólatras que se encuentran fuera de la cristiandad
se hacen “dioses” de madera o de piedra, mientras que
los millones de idólatras que se hallan dentro de la cristiandad
se elaboran “dioses” producto de sus propias mentes.
En realidad, no son otra cosa que ateos, ya que no hay otra alternativa
posible sino creer en un Dios absolutamente supremo o no creer
en Dios. Un “dios” cuya voluntad puede ser resistida,
cuyos designios pueden ser frustrados, y cuyos propósitos
pueden ser derrotados, no posee derecho alguno a la deidad, y lejos
de ser objeto digno de adoración, merece solamente desprecio.
La distancia infinita
que existe entre las más poderosas
criaturas y el Creador Todopoderoso es prueba de la supremacía
del Dios viviente y verdadero. El es el Alfarero, ellas no son
más que barro en sus manos, que pueden ser transformadas
en vasos de honra, o desmenuzadas (Sal. 2:9) a su gusto.
Como alguien decía, si todos los ciudadanos del cielo y
todos los habitantes de la tierra se unieran en rebelión
contra El, no le ocasionarían inquietud alguna, y ello tendría
menos efecto sobre su trono eterno e invencible del que tiene sobre
la elevada roca de Gibraltar la espuma de las olas del Mediterráneo.
Tan pueril e impotente para afectar al Altísimo es la criatura,
que la Escritura misma nos dice que cuando los príncipes
gentiles se unan con Israel apóstata para desafiar a Jehová y
su Cristo, “él que mora en los cielos se reirá” (Sal.
2:4)
La supremacía absoluta y universal de Dios está positivamente
declarada en muchos lugares de la Escritura que no admite duda. “Tuya
es, oh Jehová, la magnificencia, y el poder, y la gloria,
la victoria, y el honor; porque todas las cosas que están
en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová,
es el reino, y la altura sobre todos los que están por cabeza...
Y Tú señorearás a todos” (1Crón.
19:11,12).
Nótese que dice “señorearás” ahora,
no “señorearás en el Futuro”. “Jehová Dios
de nuestros padres, ¿no eres Tú Dios en los cielos,
y te enseñorearás en todos los reinos de las Gentes? ¿No
está en tu mano toda fuerza y poder, que no hay quien (ni
siquiera el diablo) te resista?” (2Crón. 20:6).
Pero él es Único; ¿quién le hará desistir?
Lo que su alma desea, El lo hace”. El Dios de la Escritura
no es un monarca falso, ni un simple soberano imaginario, sino
Rey de reyes y Señor de señores. “Yo conozco
que todo lo puedes y que no hay pensamiento que se esconda de ti” (Job
42:2), o como alguien ha traducido, “ningún propósito
tuyo puede ser frustrado”. El hace todo lo que ha designado.
Cumple todo lo que ha decretado. “Nuestro Dios está en
los cielos: Todo lo que quiso ha hecho” (Sal. 115:3); y, ¿por
qué? Porque “no hay sabiduría, ni inteligencia,
ni consejo contra Jehová” (Prov. 21:30).
La supremacía de Dios sobre las obras de sus manos está descrita
de manera vívida en la Escritura. La materia inanimada y
las criaturas irracionales cumplen los mandatos de su Creador.
A su mandato el mar Rojo se dividió, y sus aguas se levantaron
como muros (Exo. 14); la tierra abrió su boca y los rebeldes
descendieron vivos al abismo (Núm. 16). Cuando El lo ordenó,
el sol se detuvo (Jos. 10); y en otra ocasión volvió diez
grados atrás en el reloj de Acaz (Isa. 38:8).
Para manifestar su supremacía, hizo que los cuervos llevaran
comida a Elías (1Rey. 17), que el hierro nadara sobre el
agua (2Rey. 6), cerró la boca de los leones cuando Daniel
fue arrojado al foso, e hizo que el fuego no quemara cuando los
tres jóvenes hebreos fueron echados a las llamas. Así que, “todo
lo que quiso Jehová, ha hecho en los cielos y en la tierra,
en los mares y en todos los abismos” (Sal. 135:6).
` La Supremacía de Dios se demuestra también en
su gobierno perfecto sobre la voluntad de los hombres. Estudiemos
cuidadosamente Éxodo 34:24. Tres veces al año, todos
los varones de Israel debían dejar sus hogares e ir a Jerusalén,
vivían rodeados de pueblos hostiles que les odiaban por
haberse apropiado de sus tierras. Siendo así, ¿qué impedía
que los cananitas, aprovechando la ausencia de los hombres, mataran
a las mujeres y los niños, y tomaran opresión
de sus posesiones?
Si la mano del todopoderoso
no estuviera incluso sobre la voluntad de los impíos, ¿cómo podía prometer
que nadie ni siquiera “desearía” sus tierras? “Como
los repartimientos de las aguas, así está el corazón
del rey en la mano de Jehová: a todo lo que quiere lo inclina” (Prov.
21:1). Habrá sin embargo quien ponga en duda una y otra
vez esto, leemos en la Escritura, cómo aquellos hombres
desafiaron a Dios, resistieron su voluntad, quebrantaron sus mandamientos,
desestimaron sus amonestaciones, e hicieron oídos sordos
a sus exhortaciones.
Sí, es cierto; pero, ¿anula esto lo que hemos dicho
anteriormente? Si es así, entonces la Biblia se contradice
manifiestamente a sí misma. Pero esto no puede ser. El que
hace esta objeción se refiere únicamente a la impiedad
del hombre contra la palabra externa de Dios, mientras que lo que
hemos mencionado es lo que Dios se ha propuesto en sí mismo.
La norma de conducta que El nos ha dado no es cumplida perfectamente
por ninguno de nosotros; sin embargo, sus propios “consejos” eternos
son cumplidos hasta el más minucioso de los detalles.
La Supremacía absoluta y universal de Dios se afirma con
igual claridad y certeza en el Nuevo Testamento. Ahí se
nos dice que Dios “hace todas las cosas según el consejo
de su voluntad” (Efe. 1:11), “hace” en griego,
significa “hacer efectivo”. Por esta razón,
leemos: “Porque de él, y por él, y en él,
son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos.
Amen”. (Rom. 11:36). Los hombres pueden jactarse de ser agentes
libres, con voluntad propia, y de que son libres de hacer lo que
les plazca, pero a aquellos que, jactándose, dicen: “Iremos
a tal ciudad, y estaremos allá un año, y compraremos
mercadería y ganaremos...”, la Escritura advierte: “En
lugar de los cual deberías decir: Si el Señor quisiere” (Stgo.
4:13,15).
He aquí, pues, lugar de descanso para el corazón.
Nuestras vidas no son el producto de un destino ciego, ni el resultado
de la suerte caprichosa, sino que cada detalle de las mismas fue
ordenado por el Dios viviente y soberano. Ni un solo cabello de
nuestras cabezas puede ser tocado sin su permiso. “El corazón
del hombre piensa su camino: mas Jehová endereza sus pasos” (Prov.
16:9). ¡Qué certeza, poder y consuelo debería
de proporcionar esto al verdadero cristiano! “En tu mano
están mis tiempos” (Sal. 31:15). Así, permítanme
decir: “Calla delante de Jehová, y espera en él” (Sal.
37:7).
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Cap. 5
LA SOBERANÍA DE DIOS
“Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que
quisiere” (Isa. 46:10)
La Soberanía de Dios puede definirse como el ejercicio de
su supremacía. Dios es el Altísimo, el Señor
del cielo y de la tierra está exaltado infinitamente por
encima de la más eminente de las criaturas. El es absolutamente
independiente; no está sujeto a nadie, ni es influido por
nadie. Dios actúa siempre y únicamente como le
agrada.
Nadie puede frustrar ni
detener sus propósitos. Su propia
Palabra lo declara explícitamente: “En el ejército
del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según
su voluntad: ni hay quien estorbe su mano” (Dan. 4:35). La
soberanía divina significa que Dios lo es de hecho, así como
de nombre, y que está en el Trono del universo dirigiendo
y actuando en todas las cosas “según el consejo de
su voluntad” (Efe. 1:11).
Con gran razón decía el predicador bautista del
siglo pasado Carlos Spurgeon, en un sermón sobre Mat.
20:15, que:
“
No hay atributo más confortador para Sus hijos que el de
la Soberanía de Dios. Bajo las más adversas circunstancias
y las pruebas más severas, creen que la Soberanía
los gobierna y que los santificará a todos.
Para ellos, no debería haber nada por lo que luchar más
celosamente que la doctrina del Señorío de Dios sobre
toda la creación -el reino de Dios sobre todas la obras
de sus manos- El trono de Dios, y su derecho a sentarse en el mismo.
Por otro lado, no hay doctrina más odiada por la persona
mundana, ni verdad que haya sido más maltratada, que la
grande y maravillosa, pero real, doctrina de la Soberanía
del infinito Jehová.
Los hombres permitirán que Dios esté en todas partes,
menos en su trono. Le permitirán formar mundos y hacer estrellas,
dispensar favores, conceder dones, sostener la tierra y soportar
los pilares de la misma, iluminar las luces del cielo, y gobernar
las incesantes olas del océano; pero cuando Dios asciende
a su Trono sus criaturas rechinan los dientes.
Pero nosotros proclamamos
un Dios entronizado y su derecho a hacer su propia voluntad
con lo que le pertenece,
a disponer de sus criaturas
como a él le place, sin necesidad de consultarlas. Entonces
se nos maldice y los hombres hacen oídos sordos a lo que
les decimos, ya que no aman a un Dios que está sentado en
su Trono. Pero es a Dios en su Trono que nosotros queremos predicar.
Es en Dios, en su Trono en quien confiamos”.
Sí, tal es la Autoridad revelada en las Sagradas Escrituras.
Sin rival en Majestad, sin límite en Poder, sin nada, fuera
de sí misma, que le pueda afectar. “Todo lo que quiso
Jehová, ha hecho en los cielos y en la tierra, en los mares
y en todos los abismos” (Sal. 135:6).
No obstante, vivimos en
unos días en los que incluso los
más “ortodoxos” parecen temer el admitir la
verdadera divinidad de Dios. Dicen que reconocer la soberanía
de Dios significa excluir la responsabilidad humana; cuando la
verdad es que la responsabilidad humana se basa en la Soberanía
Divina, y es el resultado de la misma. “Y nuestro Dios está en
los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (Sal. 115:3).
En su soberanía escogió colocar a cada una de sus
criaturas en la condición que pareció bien a sus
ojos. Creó ángeles: a algunos los colocó en
un estado condicional, a otros les dio una posición inmutable
delante de él (1Tim. 5:21), poniendo a Cristo como su cabeza
(Col. 2:10). No olvidemos que los ángeles que pecaron (2Ped.
2:4). Con todo, Dios previó que caerían y, sin embargo,
los colocó en un estado alterable y condicional, y les permitió caer,
aunque El no fuera el autor de su pecado.
Asimismo, Dios, en su
soberanía colocó a Adán
en el jardín del Edén en un estado condicional. Si
lo hubiera deseado podía haberle colocado en un estado incondicional,
en un estado tan firme como el de los ángeles que jamás
han pecado, en uno tan seguro e inmutable como el de los santos
en Cristo.
En cambio, escogió colocarle sobre la base de la responsabilidad
como criatura, para que se mantuviera o cayera según se
ajustase o no a su responsabilidad: la de obedecer a su Creador.
Adán era responsable ante Dios (Dios es ley en sí mismo)
por el mandamiento que le había sido dado y la advertencia
que le había sido hecha. Esa era una responsabilidad sin
menoscabo y puesta a prueba en las condiciones más favorables.
Dios no colocó a Adán en un estado condicional y
de criatura responsable porque fuera justo que así lo hiciera.
No, era justo porque Dios lo hizo. Ni siquiera dio el ser a las
criaturas porque eso fuera lo justo, es decir, porque estuviera
obligado a crearlas; sino que era justo porque El lo hizo así.
Dios es soberano. Su voluntad
es suprema. Dios, lejos de estar bajo una ley, es ley en sí mismo, así es que cualquier
cosa que él haga, es justa. Y ¡ay del rebelde que
pone su soberanía en entredicho! “Ay del que pleitea
con su Hacedor, siendo nada mas un pedazo de tiesto entre los tiestos
de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: Qué haces?” (Isa.
45:9).
Además, Dios es Señor, como soberano, colocó a
Israel sobre una base condicional. Los capítulos 19, 20
y 24 de Éxodo ofrecen pruebas claras y abundantes de ello.
Estaban bajo el pacto de las obras. Dios les dio ciertas leyes
e hizo que las bendiciones sobre ellos, como nación, dependieran
de la observancia de las tales. Pero Israel era obstinado y de
corazón incircunciso. Se rebelaron contra Jehová,
desecharon su ley, se volvieron a los dioses falsos y apostataron.
En consecuencia, el juicio divino cayó sobre ellos y fueron
entregados en las manos de sus enemigos, dispersados por toda la
tierra, y hasta el día de hoy, permanecen bajo el peso
del disfavor de Dios.
Fue Dios, quien en el
ejercicio de su soberanía, puso a
Satanás y a sus ángeles, a Adán y a Israel
en sus respectivas posiciones de responsabilidad. Pero, en el ejercicio
de su soberanía, lejos de quitar la responsabilidad de la
criatura, la puso en esta posición condicional, bajo las
responsabilidades que él creyó oportunas; y, en virtud
de esta soberanía, El es Dios sobre todos. De este modo,
existe una armonía perfecta entre la soberanía de
Dios y la responsabilidad de la criatura. Muchos han sostenido
equivocadamente que es imposible mostrar donde termina la soberanía
de Dios y empieza la responsabilidad de la criatura. He aquí donde
empieza la responsabilidad de la criatura: en la ordenación
soberana del creador. En cuanto a su soberanía, ¡no
tiene ni tendrá jamás “terminación"!
Vamos aprobar aún más, que la responsabilidad de
la criatura se basa en la soberanía de Dios. ¿Cuántas
cosas están registradas en la Escritura que eran justas
porque Dios las mandó, y que no lo hubieran sido si
no las hubiera mandado?
¿Qué derecho tenía Adán de comer de
los árboles del jardín del Edén? ¡El
permiso de su Creador (Gén. 2:16), sin el cual hubiera sido
un ladrón! ¿Qué derecho tenía el pueblo
de Israel a demandar de los egipcios joyas y vestidos (Ex. 12:35)?
Ninguno, sólo que Jehová lo había autorizado
(Ex. 3:22).
¿Qué derecho tenía Israel a matar tantos
corderos para el sacrificio? Ninguno, pero Dios así lo mandó. ¿Qué derecho
tenía el pueblo de Israel a matar a todos los cananeos?
Ninguno, sino que Dios les habían mandado hacerlo. ¿Qué derecho
tenía el marido a demandar sumisión por parte de
su esposa? Ninguno, si Dios no lo hubiera establecido. ¿Qué derecho
tuviera la esposa de recibir amor, atención y cuidados,
ninguno, si Dios no lo hubiera establecido. Podríamos citar
muchos más ejemplos para demostrar que la responsabilidad
humana se basa en la Soberanía Divina.
He aquí otro ejemplo del ejercicio de la absoluta soberanía
de Dios: colocó a sus elegidos en un estado diferente al
de Adán o Israel. Los puso en un estado incondicional. En
un pacto eterno, Jesucristo fue hecho su cabeza, tomó sobre
sí sus responsabilidades y actuó para ellos con
justicia perfecta, irrevocable y eterna.
Cristo fue colocado en
un estado condicional, ya que fue “hecho
súbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo
de la ley” (Gál. 4:4,5), sólo que con esta
diferencia infinita: los hombres fracasaron, pero él no
fracasó ni podía hacerlo. Y, ¿quién
puso a Cristo en este estado condicional? El Dios Trino. Fue
ordenado por la voluntad soberana, enviado por el amor soberano
y su obra
le fue asignada por la autoridad soberana.
El mediador tuvo que cumplir
ciertas condiciones. Había
de ser hecho en semejanza de carne de pecado; había de magnificar
y honrar la ley; tenía que llevar todos los pecados del
pueblo de Dios en su propio cuerpo sobre el madero; tenía
que hacer expiación completa por ellos; tenía
que sufrir la ira de Dios, morir y ser sepultado.
Por el cumplimiento de
todas esas condiciones, le fue ofrecida una recompensa: (Isa.
53:10-12). Había de ser el primogénito
de muchos hermanos; había de tener un pueblo que participaría
de su gloria. Bendito sea su nombre para siempre porque cumplió todas
esas condiciones; y porque las cumplió, el Padre está comprometido
en juramento solemne a preservar para siempre y bendecir por toda
la eternidad a cada uno de aquellos por los cuales hizo mediación
su Hijo Encarnado. Porque El tomó su lugar, ellos ahora
participan del Suyo. Su justicia es la Suya, su posición
delante de Dios es la Suya, y su vida es la Suya. No hay ni una
sola condición que ellos tengan que cumplir, ni una sola
responsabilidad con la que tengan que cargar para alcanzar la gloria
eterna. “Porque con una sola ofrenda hizo Perfectos para
siempre a los santificados” (Heb. 10:14).
He aquí pues que la soberanía de Dios expuesta claramente
ante todos en las distintas formas en que él se ha relacionado
con sus criaturas. Algunos de los ángeles, Adán e
Israel fueron colocados en una posición condicional en la
que la bendición dependía de su obediencia y fidelidad
de Dios. Pero, en marcado contraste con estos, a la “manada
pequeña” (Luc. 12:32) le ha sido dada una posición
incondicional e inmutable en el pacto de Dios, en sus consejos
y en su Hijo; su bendición depende de lo que Cristo Hizo
Por ellos. “El fundamento de Dios está firme, teniendo
este sello: conoce el Señor a los que son suyos” (2Tim.
2:19).
El fundamento sobre el
cual descansan los elegidos de Dios es perfecto: nada puede
serle añadido, ni nada puede serle
quitado (Ecl. 3:14). He aquí, pues, el más alto y
grande exponente de la absoluta soberanía de Dios. En verdad,
El “del que quiere tiene misericordia; y al que quiere endurece” (Rom
9:18).
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Cap. 6
LA INMUTABILIDAD DE DIOS
“El padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra
de variación” (Stg. 1:17).
Esta es una de las perfecciones divinas que nunca han sido
suficientemente estudiadas. Es una de las excelencias que distinguen
al creador
de todas sus criaturas. Dios es el mismo perpetuamente; no
está sujeto
a cambio alguno en su ser, atributos o determinaciones.
Por ello, Dios es comparable
a una roca (Deut. 32:4) que permanece inmovible cuando el océano entero que la rodea fluctúa
continuamente; aunque todas las criaturas estén sujetas
a cambios, Dios es inmutable. El no conoce cambio alguno porque
no tiene principio ni fin. Dios es por siempre.
En primer lugar, Dios
es inmutable en esencia. Su naturaleza y ser son infinitos
y, por lo tanto, no están sujetos a cambio
alguno. Nunca hubo un tiempo en el que El no existiera; nunca habrá día
en el que deje de existir. Dios nunca ha evolucionado, crecido
o mejorado. Lo que es hoy ha sido siempre y siempre será. “Yo
Jehová no me cambio” (Mal. 3:6).
Es su propia afirmación absoluta. No puede mejorar, porque
es perfecto; y, siendo perfecto, no puede cambiar en mal. Siendo
totalmente imposible que algo externo le afecte, Dios no puede
cambiar ni en bien ni en mal: es el mismo perpetuamente. Sólo él
puede decir “Yo soy el que soy” (Ex. 3:14). El
correr del tiempo no le afecta en absoluto. En el rostro eterno
no hay
vejez. Por lo tanto, su poder nunca puede disminuir, ni su
gloria palidecer.
En segundo lugar, Dios
es inmutable en sus atributos. Cualesquiera que fuesen los
atributos de Dios antes
que el universo fuera creado,
son ahora exactamente los mismos, y así permanecerán
para siempre. Es necesario que sea así, ya que tales atributos
son las perfecciones y cualidades esenciales de su ser. Semper
Idem (siempre el mismo) está escrito sobre cada uno
de ellos.
Su poder es indestructible,
su sabiduría infinita y su
santidad inmancillable. Como la deidad no puede dejar de ser, así tampoco
pueden los atributos de Dios cambiar. Su veracidad es inmutable,
porque su palabra “permanece para siempre en los cielos” (Sal.
119:89). Su amor es eterno: “con amor eterno te he amado” (Jer.
31:3), y “como había amado a los suyos que estaban
en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan. 13:1). Su
misericordia es incesante, porque es “para siempre” (Sal.
100:5).
En tercer lugar, Dios
es inmutable en su consejo. Su voluntad jamás cambia. Algunos ya han puesto la objeción de
que en la Biblia dice que “arrepintióse Jehová de
haber hecho al hombre” (Gen. 6:6). A esto respondemos: Entonces, ¿se
contradicen las escrituras a sí mismas? No, eso no puede
ser.
El pasaje de Núm. 23:19 es suficientemente claro: “Dios
no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta”.
Asimismo, en 1Sam. 15:29, leemos: “El vencedor de Israel
no mentirá, ni se arrepentirá; porque no es hombre
para que se arrepienta”. La explicación es muy sencilla,
cuando habla de sí mismo, Dios adapta a menudo, su lenguaje
a nuestra capacidad limitada. Se describe a así mismo como
vestido de miembros corporales, tales como ojos, orejas, manos,
etc. Habla de sí mismo “despertando” (Sal. 78:65), “madrugando” (Jer.
7:13); sin embargo, ni dormita, ni duerme.
Así, cuando adopta un cambio en su trato con los hombres,
Dios describe su acción como “arrepentimiento”.
Si Dios es inmutable en su consejo. “porque los dones y el
llamamiento de Dios son irrevocables.” (Rom. 11:29). Ha de
ser así, porque si él se determina en una cosa, ¿Quién
lo apartará? Su alma deseó e hizo (Job 23:13). El
propósito de Dios jamás cambia. Hay dos causas que
hacen al hombre cambiar de opinión e invertir sus planes:
la falta de previsión para anticiparse a los acontecimientos,
y la falta de poder para llevarlos a cabo.
Pero, habiendo admitido
que Dios es omnisciente y omnipotente, nunca necesita corregir
sus decretos. No, “El consejo de
Jehová permanecerá para siempre; los pensamientos
de su corazón por todas las generaciones” (Sal. 33:11).
Es por ello que leemos acerca de “la inmutabilidad de su
consejo” (Heb. 6:17).
En esto percibimos la
distancia infinita que existe entre la más
grande de las criaturas y el Creador. Creación y mutabilidad
son, en un sentido, términos sinónimos. Si la criatura
no fuera variable por naturaleza, no sería criatura, sería
Dios. Por naturaleza, ni vamos ni venimos de ninguna parte. Nada,
aparte de la voluntad y el poder sustentador de Dios, impide nuestra
aniquilación.
Nadie puede sostenerse
a sí mismo ni un sólo instante.
Dependemos por completo del Creador en cada momento que respiramos.
Reconocemos con el salmista que “él es el que puso
nuestra alma en vida” (Sal. 66:9). Al comprender esta verdad,
debería humillarnos el sentido de nuestra propia insignificancia
en la presencia de Aquel en quien “vivimos, y nos movemos,
y somos”. (Hech. 17:28).
Como criaturas caídas, no solamente somos variables, sino
que todo en nosotros es contrario a Dios. Como tales, somos “estrellas
erráticas” (Judas 13), fuera de órbita “Los
impíos son como la mar en tempestad, que no puede estarse
quieta” (Isa. 57:20). El hombre caído es inconstante.
Las palabras de Jacob, refiriéndose a Rubén son aplicables
igualmente a todos los descendientes de Adán: “Corriente
como las aguas” (Gén. 49:4).
Así pues, atender a aquel precepto: “dejad de confiar
en el hombre” (Isa. 2:22), no sólo es una muestra
de piedad, sino también de sabiduría. No hay ser
humano del que se pueda depender. “No confíes en los
príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él
liberación” (Sal. 146:3). Si desobedezco a Dios, merezco
ser engañado y defraudado por mis semejantes. La gente puede
amarte hoy y odiarte mañana. La multitud que gritó: “¡Hosanna
el hijo de David!”, no tardó mucho en decir: “¡Sea
crucificado!”
Aquí tenemos consolación firme. No se puede confiar
en la criatura humana, pero sí en Dios. No importa cuán
inestable sea yo, cuán inconstantes demuestren ser mis a
amigos; Dios no cambia. Si cambiara como nosotros, si quisiera
una cosa hoy y otra distinta mañana, si actuara por capricho, ¿Quién
podría confiar en él?
Pero, alabado sea su Santo
Nombre. El es siempre el mismo. Su propósito es fijo, su voluntad estable, su Palabra segura.
He aquí una roca donde podemos fijar nuestros pies mientras
el torrente poderoso arrastra todo lo que nos rodea. La permanencia
del carácter de Dios garantiza el cumplimiento de sus promesas: “Porque
los montes se moverán, y los collados temblarán;
más no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto
de mi paz vacilará, dijo Jehová, el que tiene misericordia
de ti” (Isa. 54:10). En esto hallamos estímulo para
la oración. “¿Qué consuelo significaría
orar a un dios que, como el camaleón, cambiara de color
continuamente? ¿Quién presentaría sus peticiones
a un príncipe tan variable que concediera una demanda hoy
y la negara mañana?”.
Si alguien pregunta porque
orar a Aquel cuya voluntad está ya
determinada, le contestamos: Porque El así lo quiere. ¿Ha
prometido Dios darnos alguna bendición sin que se la pidamos? “Si
demandáramos alguna cosa conforme a su voluntad, él
nos oye” (1Juan 5:14), y quiere para sus hijos todo lo que
es para bien de ellos. El pedir algo contrario a su voluntad no
es oración, sino rebelión consumada. He aquí,
también, terror para los impíos. Aquellos que desafían
a Dios, quebrantan Sus leyes y no se ocupan de Su gloria, sino
que, por el contrario, viven sus vidas como si El no existiera,
no pueden esperar que, al final, cuando clamen por misericordia,
Dios altere su voluntad, anule su Palabra, y suprima sus terribles
amenazas.
Por el contrario, ha declarado: “Pues yo también
actuaré en mi ira: mi ojo no tendrá lástima,
ni tendré compasión. Gritarán a mis oídos
a gran voz, pero no los escucharé” (Eze. 8:18). Dios
nos se negaría a sí mismo para satisfacer las concupiscencias
de ellos. El es santo y no puede dejar de serlo. Por lo tanto,
odia el pecado con odio eterno. De ahí el eterno castigo
de aquellos que mueren en sus pecados.
“La inmutabilidad divina, como la nube que se interpuso
entre los israelitas y los egipcios, tiene un lado oscuro y otro
claro. Asegura la ejecución de sus amenazas, y el cumplimiento
de sus promesas; y destruye la esperanza que los culpables acarician
apasionadamente. Es decir, la de que Dios será blando para
con sus frágiles y descarriadas criaturas, y que serán
tratados mucho más ligeramente de lo que parecen indicar
las afirmaciones de su Palabra. A esas especulaciones falsas y
presuntuosas oponemos la verdad solemne de que Dios es inmutable
en veracidad y propósito, en fidelidad y justicia”.
Cap. 7
LA SANTIDAD DE DIOS
“¿Quién no te temerá, oh Señor,
y engrandecerá tu nombre? Porque tú sólo eres
santo” (Apoc. 15:4)
Sólo El es infinita, independientemente e inmutablemente
santo. Con frecuencia Dios es llamado “El Santo” en
la Escritura; y lo es porque en él se halla la suma de todas
las excelencias morales. Es pureza absoluta, sin la más
leve sombra de pecado. “Dios es luz, y en él no hay
ningunas tinieblas” (1Juan. 1:5).
La santidad es la misma
excelencia de la naturaleza divina: el gran Dios es “magnífico en santidad” (Ex. 15:11).
Por eso leemos: “muy limpio eres de ojos para ver el mal,
ni puedes ver el agravio” (Hab. 1:13). De la misma manera
que el poder de Dios es lo opuesto a debilidad natural de la criatura,
y su sabiduría contrasta completamente con el menor defecto
de entendimiento, su santidad es la antítesis de todo defecto
o imperfección moral.
En la antigüedad, Dios instituyó algunos “que
cantasen a Jehová y alabasen en la hermosura de su santidad”.
(2Crón.. 20:21). El poder es la mano y el brazo de Dios,
la omnisciencia sus ojos, la misericordia su entraña, la
eternidad su duración, pero “la santidad es su hermosura”.
Es esta hermosura lo que le hace deleitoso para aquellos que
han sido liberados del dominio del pecado.
A esta perfección divina se le da un énfasis especial. “Se
llama santo a Dios más veces que todopoderoso, y se presenta
esta parte de su dignidad más que ninguna otra. Esta cualidad
va como calificativo junto a su nombre más que ninguna otra.
Nunca se nos habla de Su poderoso nombre, o su sabio nombre, sino
su grande nombre, y, sobre todo, su santo nombre. Este es su mayor
título de honor; en ésta resalta toda la majestad
y respetabilidad de su nombre.” Esta perfección, como
ninguna otra, es celebrada ante el trono del cielo por los serafines
que claman: “Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos” (Isa.
6:3).
Dios mismo destaca esta
perfección: “Una vez he jurado
por mi santidad” (Sal. 89:35). Dios jura por su santidad
porque ésta es la expresión más plena de sí mismo.
Por ella nos exhorta: “Cantad a Jehová, vosotros sus
santos, y celebrad la memoria de su santidad” (Sal. 30:4). “Podemos
llamar a éste un atributo trascendental; es como si penetrara
en los demás atributos y les diera lustre” (J. Howe
1670). Por ello leemos de la “hermosura del Señor” (Sal.
27:4), la cual no es otra que la “hermosura de su santidad” (Sal.
110:3).
“Esta excelencia destacada por encima de sus otras perfecciones,
es la gloria de éstas; es cada una de las perfecciones de
la deidad; así como su poder es el vigor de sus otras perfecciones,
su santidad es la hermosura de las mismas; de la manera que sin
omnipotencia todo sería débil, sin santidad todo
sería desagradable. Si ésta fuera manchada, el resto
perdería su honra.
Esto sería como si el sol perdiera su luz: perdería
al instante su calor, su poder y sus virtudes generadoras y vivificadoras.
Así como en el cristiano la sinceridad es el brillo de todas
las gracias, la pureza en Dios es el resplandor de todos los atributos
de la divinidad. Su justicia es santa, su sabiduría
santa, su brazo poderoso es un santo brazo (Sal. 98:1). Su
verdad o palabra
es una Santa Palabra (Sal. 105:42). Su nombre, que expresa
todos sus atributos juntos, es un Santo Nombre (Sal. 103:1)”
La santidad de Dios se
manifiesta en sus obras. Nada que no sea excelente puede proceder
de El. La santidad
es regla de todas sus
acciones. En el principio declaró todo lo que había
hecho “bueno en gran manera” (Gen. 1:31), lo cual
no hubiera podido hacer si hubiera habido algo imperfecto o
impuro.
Al hombre lo hizo “recto” (Ecl. 7:29), a imagen y
semejanza de su creador. Los ángeles que cayeron fueron
creados santos, ya que, según leemos, “dejaron su
habitación” (Judas. 6). De Satanás está escrito: “perfecto
eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado
hasta que se halló en ti maldad” (Eze. 28:15).
La santidad de Dios se
manifiesta en su ley. Esa ley prohíbe
el pecado en todas sus variantes: en las formas más refinadas
así como en las más groseras, la intención
de la mente como la de contaminación del cuerpo, el
deseo secreto como el acto abierto.
Por ello leemos: “la ley a la verdad es santa y el mandamiento
santo y justo, y bueno” (Rom. 7:12). Sí, “el
precepto de Jehová es puro que alumbra a los ojos. El temor
de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicios
de Jehová son verdad, todos justos” (Sal. 19:8,9).
La santidad de Dios que
se manifiesta en la cruz. La expiación
pone de manifiesto de la manera más admirable, y a la vez
solemne la santidad infinita de Dios y su odio al pecado. ¡Cuán
detestable había de serle este cuando lo castigó hasta
el límite de su culpabilidad al imputarlo a su hijo! “los
juicios que han sido o que serán vertidos sobre el mundo
impío, la llama ardiente de la conciencia pecadora,
la sentencia irrevocable dictada contra los demonios rebeldes,
y los gemidos
de las criaturas condenadas, nos demuestran tan palpablemente
el odio de Dios hacia el pecado como la ira del Padre desatada
sobre
el Hijo.
La santidad divina jamás apareció más atractiva
y hermosa que cuando la faz del salvador estaba más desfigurada
por los gemidos de la muerte. El mismo lo declara en el Salmo 22.
Cuando Dios esconde de Cristo su faz sonriente y le hunde su afilado
cuchillo en el corazón haciéndole exclamar Dios mío,
Dios mío, ¿porqué me has abandonado?, Cristo
adora esa perfección divina: “pero tu eres santo,
v. 3”.
Dios odia todo pecado
porque El es santo. El ama todo lo que es conforme a sus leyes
y aborrece todo lo
que es contrario a las
mismas. Su palabra lo expresa claramente: “el perverso es
abominado de Jehová” (Prov. 3:32). Y otra vez: “abominación
son a Jehová los pensamientos del malo” (Prov. 15:26).
De ello se desprende que él, necesariamente ha de castigar
el pecado.
El pecado no puede escapar
a su castigo porque Dios lo aborrece. Dios ha perdonado a menudo
a los pecadores,
pero jamás perdona
el pecado; el pecador sólo puede ser perdonado a causa de
que otro ha llevado su castigo, porque “sin derramamiento
de sangre no se hace remisión” (He. 9:22). Por eso
se nos dice que “Jehová se venga de sus adversarios,
y guarda enojo para sus enemigos” (Nah. 1:2).
A causa de un pecado Dios
desterró a nuestros primeros
padres del Edén. Por un pecado toda la descendencia de Cam
cayó bajo una maldición que todavía perdura.
Moisés fue excluido de Canaán a causa de un pecado.
Y por un pecado el criado de Eliseo fue castigado con lepra y Ananías
y Safira fueron separados de la tierra de los vivientes.
En eso tenemos pruebas
de la inspiración divina de las
Escrituras. El alma no regenerada no cree realmente en la santidad
de Dios el concepto que de su carácter tiene es parcial.
Espera que su misericordia superara todo lo demás. “Pensabas
que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21),
es la acusación de Dios a los tales.
Piensan en un dios cortado
según el patrón de sus
propios corazones malos. De ahí su persistencia en una carrera
de locura. La santidad atribuida en las Escrituras a la naturaleza
y carácter divinos es tal, que demuestra claramente el origen
sobrenatural de estas. El carácter atribuido a los “dioses” del
paganismo antiguo y moderno es todo lo contrario de la pureza
inmaculada que pertenece al verdadero Dios.
¡Los descendientes caídos de Adán jamás
podían idear un Dios de santidad inenarrable que aborrece
totalmente todo pecado! En realidad, nada pone más de manifiesto
la terrible depravación del corazón humano y
su enemistad con el Dios viviente que la presencia del que
es infinita e inmutablemente
sabio.
La idea humana del pecado
está prácticamente limitada
a lo que el mundo llama “crimen”. Lo que no llega a
tal gravedad, el hombre lo llama “defectos”, “equivocaciones”, “enfermedad”,
etc. E incluso cuando se reconoce la existencia del pecado,
se buscan excusas y atenuantes.
El “dios” que la inmensa mayoría de los que
profesan ser cristianos “aman” es como un anciano indulgente,
quien, aunque no las comparta disimula benignamente las “imprudencias” juveniles.
Pero la Palabra de Dios dice: “Aborreces a todos los que
hacen iniquidad” (Sal. 5:5), y “Dios está airado
todos los días contra el impío” (Sal. 7:11).
Pero los hombres se niegan
a creer en este Dios, y rechinan los dientes cuando se les
habla fielmente de
como odia al pecado. No,
el hombre pecaminoso no podía imaginar un Dios santo, como
tampoco crear el lago de fuego en el que será atormentado
para siempre.
Porque Dios es santo,
es completamente imposible que acepte a las criaturas sobre
la base de sus propias obras.
Una criatura
caída podría más fácilmente crear un
mundo que hacer algo que mereciera la aprobación del que
es infinitamente puro. ¿Pueden las tinieblas habitar con
la luz? ¿Puede el inmaculado deleitarse con los “trapos
de inmundicia”? (Isa. 64:6). Lo mejor que el hombre pecador
puede presentar está contaminado. Un árbol corrompido
no puede producir buen fruto, si Dios considerara justo y santo
aquello que no lo es, se negaría a sí mismo y envilecería
sus perfecciones; y no hay nada justo ni santo si tiene la menor
mancha contraria a la naturaleza de Dios. Pero bendito sea su nombre,
porque lo que su santidad exigió, lo proveyó su gracia
en Cristo Jesús, Señor nuestro cada pobre pecador
que se haya refugiado en él es “acepto en el amado” (Efe.
1:6). ¡Aleluya!.
Porque Dios es santo,
debemos acercarnos a él con la máxima
reverencia. “Dios terrible en la grande congregación
de los santos y formidable sobre todos cuantos están alrededor
suyo” (Sal. 89:7). “Ensalzad a Jehová nuestro
Dios, e inclinaos al estrado de sus pies: él es santo” (Sal.
99:5). Sí, “Al estrado”, en la postura más
humilde, postrados ante él. Cuando Moisés se acercaba
a la zarza ardiendo, Dios le dijo: “quita tus zapatos de
tus pies” (Exo. 3:5).
A él hay que servirle “con temor” (Sal. 2:11).
Al pueblo de Israel dijo: “En mis allegados me santificaré,
y en presencia de todo el pueblo seré glorificado” (Lev.
10:3). Cuando más temerosos nos sintamos ante su santidad
inefable, más aceptables seremos al acercarnos a él.
Porque Dios es santo,
deberíamos desear ser hechos conformes
a él. Su mandamiento es: “Sed santos, porque yo soy
santo” (1Ped. 1:16). No se nos manda ser omnipotentes u omniscientes
como Dios,