La
Biblia dice que la Iglesia es “columna
y baluarte de la verdad” (1 Ti. 3:15). El termino stulos (columna)
se refiere a una columna que sostiene un edificio; y hedraioma (baluarte)
se refiere a la base o fundamento de una estructura. La “Verdad” a
que se refiere el texto es la revelación que Dios hizo a los
hombres, esto es, esa revelación especial que comenzó en
el Edén y que concluyo con el establecimiento del Nuevo Pacto,
esa revelación que tiene como su centro focal “el misterio
de la piedad”, el Evangelio de Jesucristo (1 Ti. 3:16).
Al llamar a la Iglesia “columna y baluarte de la verdad”,
la Biblia nos enseña que la revelación que Dios ha
dado para la salvación de los hombres ha sido confiada a la
Iglesia, esto es, a una institución que fue d esignada y planeada
por Dios para conservar pura la verdad, para defenderla contra el
error y contra los ataques de sus enemigos, y encomendarla, sin diluir
ni adulterar, a las generaciones futuras. La Iglesia fue creada como
una sociedad humana ordenada por Dios para el sostenimiento y la
promoción de la verdad revelada en el mundo. Esto, desde luego,
hace que la Iglesia sea indispensable, tan indispensable
como la columna o fundamento de una casa.
En el desempeño de su deber (tanto hacia los que están
dentro de la Iglesia como hacia los que están fuera) como “columna
y baluarte de la verdad”, entre otras cosas, la Iglesia ha
publicado confesiones de fe, una actividad que históricamente
ha considerado como un medio legitimo para el cumplimiento de su
deber. Pero siempre que la Iglesia ha publicado tales normas confesionales,
se han levantado voces que han cuestionado la legitimidad de haberlo
hecho. Se han suscitado dos objeciones básicas.
1. Algunos arguyen contra la legitimidad de las confesiones sobre
la premisa de que las confesiones de fe minan la sola autoridad de
la Biblia en asuntos de fe y practica.
Se oye con frecuencia el clamor: “Ningún credo sino
la Biblia.” En algunos casos, esta afirmación es digna
de respeto, pues algunos parecen estar genuinamente motivados por
el reconocimiento de que la Biblia ocupa un lugar singular en la
regulación de la fe y vida de la Iglesia. Sin embargo, es
ingenuo creer que la Iglesia cumple plenamente su deber como columna
y baluarte de la verdad proclamando que cree en la Biblia. La mayoría
de los herejes están dispuestos a decir lo mismo. Un escritor
proclama: “Para alcanzar la verdad, debemos desechar los prejuicios
religiosos... Debemos dejar que Dios hable por si mismo... Apelamos
a la Biblia para la verdad.” El problema de esta declaración,
por supuesto, es que esta tomada de Sea Dios veraz, publicado por
los Testigos de Jehová.
En el mismo sentido, consideremos las observaciones de Samuel
Miller sobre el Concilio de Nicea: Cuando el Concilio comenzó a examinar
el tema [de la idea de Arrio sobre la divinidad de Cristo], resultó extremadamente
difícil obtener de Arrio una explicación satisfactoria
de sus ideas. No solo estaba tan dispuesto como el teólogo
mas ortodoxo allí presente a profesar que creía en
la Biblia, sino que se declaraba dispuesto a adoptar, como suyo,
todo el lenguaje de las Escrituras, en detalle, concerniente a la
persona y el carácter del bendito Redentor. Pero cuando los
miembros del Concilio quisieron averiguar en que sentido entendía
ese lenguaje, evidenció una disposición a evadir y
equivocar y, de hecho, durante bastante tiempo, dificulto los intentos
de los más ingeniosos de los ortodoxos por especificar sus
errores y sacarlos a la luz. Declaró que estaba completamente
dispuesto a emplear el lenguaje popular en el tema de controversia;
y quiso que se creyera que difería muy poco de la generalidad
de la Iglesia. Por consiguiente, los ortodoxos examinaron los distintos
títulos de Cristo que expresan claramente la divinidad, tales
como “Dios”, “el verdadero Dios”, la “imagen
misma de Dios”, etc. cada uno de los cuales Arrio y sus seguidores
suscribieron de buena gana: reclamando el derecho, sin embargo, de
poner su propia construcción sobre los títulos bíblicos
en cuestión. Tras emplear mucho tiempo e ingeniosidad en vano,
procurando sacar a rastras a este habilidoso ladrón de sus
escondrijos, y para obtener de el una explicación de sus ideas,
el Concilio se dio cuenta de que seria imposible cumplir su objetivo
tanto en cuanto le permitieran atrincherarse tras una mera profesión
general de fe en la Biblia. Hicieron, pues, lo que el sentido común,
al igual que la Palabra de Dios, había ensenado a hacer a
la Iglesia en todos los tiempos anteriores, y lo único que
puede capacitarla para detectar al habilidoso defensor del error.
Expresaron, en su propio lenguaje, lo que suponían ser la
doctrina de la Escritura concerniente a la divinidad del Salvador;
en otras palabras, redactaron una Confesión de Fe sobre este
tema, que invitaron a Arrio y a sus discípulos a suscribir.
Los herejes rehusaron hacerlo: y se les hizo reconocer prácticamente
que no entendían las Escrituras como el resto del Concilio
las entendía y, desde luego, que la acusación contra
ellos era correcta.
Una confesión de nuestra lealtad a la Biblia no es suficiente.
Las negaciones más radicales de la verdad bíblica coexisten
frecuentemente con un profesado reconocimiento de la autoridad y
el testimonio de la Biblia. Cuando los hombres utilizan las palabras
mismas de la Biblia para promover la herejía, cuando la Palabra
de verdad es pervertida para servir al error, nada menos que una
confesión de fe sirve públicamente para trazar las
líneas divisorias entre la verdad y el error.
Si les concediéramos a nuestras confesiones un lugar igual
al de la Biblia en autoridad, socavaríamos la sola autoridad
de la Biblia como reguladora de la fe y la practica de la Iglesia.
Este, sin embargo, no era el propósito de los que trazaron
las normas reformadas. Ellos reconocieron el lugar único de
la Biblia, reconocieron ser hombres falibles, y reflejaron estas
perspectivas en las confesiones mismas. Nótense las declaraciones
de la Confesión Bautista de 1689: “La Santa Escritura
es la única regla suficiente, segura e infalible de todo conocimiento,
fe y obediencia salvadores” (1:1). “Todo el consejo de
Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria y
para la salvación del hombre, la fe y la vida, esta expresamente
expuesto o necesariamente contenido en la Santa Escritura; a la cual
nada, en ningún momento, ha de añadirse, ni por nueva
revelación del Espíritu, ni por las tradiciones de
los hombres” (1:6).
Las grandes confesiones reformadas no pretenden convertir en
verdad algo que no fuera verdad anteriormente; ni se proponen
obligar a
los hombres a que crean algo que no estén ya obligados
a creer sobre la base de la autoridad de la Escritura.
Un credo o confesión es simplemente una declaración
de fe (credo significa “creo”); y como tal no disminuye
más la autoridad de la Biblia que decir: “Creo en Dios,” o “creo
en Cristo,” o “creo la Biblia.” Los que dicen no
confesar otro credo que la Biblia, en realidad tienen un credo, aunque
no este escrito. El profesor Murray argüía: “En
la aceptación de la Escritura como la Palabra de Dios y la
regla de fe y vida, se halla la declaración confesional incipiente
y básica... [puesto que excluye] todas las demás normas
de fe y conducta. Pero ¿por qué debería restringirse
la declaración confesional a la doctrina de la Escritura?”
Si los adherentes a las doctrinas y prácticas heréticas
y sectarias son excluidos de la lista de miembros de una iglesia
local, si los oficiales y miembros deben sostener ciertas doctrinas
como verdad, entonces ipso facto existe un credo comúnmente
reconocido. En todas las iglesias, el credo es tan real como si cada
miembro tuviera un ejemplar impreso. Sin embargo, seguir los principios
no confesionales, todos deberían ser recibidos sin discriminación,
tanto en cuanto puedan decir: “Creo la Biblia.”
La verdad es que los que más vigorosamente se oponen a las
confesiones de fe utilizan sus credos no publicados en sus procedimientos
eclesiásticos y son exactamente tan “confesionales” como
los confesionalistas a quienes arengan. Thomas y Alexander Campbell
pensaron poder eliminar los males de lo que ellos denominaban “sectarismo” congregando
una comunión cristiana sin un credo humanamente construido,
sin ningún vínculo excepto la fe en Jesús como
Salvador y una profesada determinación a obedecer su
Palabra. Argüían que el problema de la Iglesia visible
era que estaba dividida y que los credos y confesiones eran la causa.
Los frutos de sus esfuerzos, las así llamadas “Iglesias
de Cristo”, están entre las congregaciones mas sectarias
y “confesionales” que se hallan en cualquier lugar.
A los que están preocupados porque las confesiones minen la
autoridad de la Biblia, les decimos sin reservas que la base final
de la fe y práctica cristianas es la Biblia, no nuestras confesiones
de fe. Pero esto no significa que sea ilegitimo para los que están
de acuerdo en sus juicios en cuanto a las doctrinas de la Biblia
el expresar ese acuerdo de forma escrita y considerarse comprometidos
a caminar según la misma regla de fe. Como A.A. Hodge observó: “La
verdadera cuestión no es, como se pretende a menudo, entre
la Palabra de Dios y el credo del hombre, sino entre la fe probada
y comprobada del cuerpo colectivo del pueblo de Dios, y el juicio
particular y la sabiduría aislada [sin ayuda externa]
del que repudia los credos.”
2. Otros arguyen contra la legitimidad de las confesiones sobre la
premisa de que las confesiones de fe son inconsecuentes con la libertad
de conciencia delante de Dios. Dos clases de personas arguyen de
esta manera.
En primer lugar, algunos de los que dicen esto consideran toda
autoridad, tanto bíblica como confesional, como perjudicial en cuanto
a la libertad de sus conciencias. Habiéndose rebelado contra
la norma superior de la Biblia, no es un misterio que se irriten
por estar bajo la autoridad inferior de una confesión; habiendo
escupido el camello, no es asombroso que se libren del mosquito con
tanta facilidad. Tales personas consideran la “libertad
de pensamiento” y la “libertad de investigación” como
su derecho de primogenitura. Sin embargo, en lugar de desear ser
libres para que sus conciencias sigan la Escritura (que es lo que
afirman como su motivación), realmente quieren ser libres
de las restricciones de la Biblia en cuanto a la formación
y propagación de sus opiniones religiosas.
Shedd llamaba a tales personas “fanáticos latitudinarios”,
quienes en realidad odian la precisión, no aman la libertad,
y que desean imponer a todos su fanatismo latitudinario. Miller observaba: “Siempre
que un grupo de personas comenzaba a deslizarse, con respecto a la
ortodoxia, generalmente intentaban romper, si no ocultar, su caída,
despotricando contra los credos y las confesiones. Al comienzo
de sus protestas, tales personas generalmente profesan lealtad a
las doctrinas de la confesión pero no al principio de las
confesiones. El tiempo generalmente pone en evidencia su hipocresía. “Los
hombres raramente se oponen a los credos hasta que los credos se
oponen a ellos. Con respecto a tales personas, solo podemos decir
que, tanto en cuanto sus conciencias no estén ligadas por
la Palabra de Dios, una confesión de fe no les hará ningún
daño, ¡excepto denunciarlos como hipócritas
o herejes!
En segundo lugar, para otros, la objeción basada en una apelación
a la libertad de conciencia es meramente un corolario a la objeción
anterior, es decir, la preocupación por la autoridad
de la Escritura. Estas personas parecen sinceramente estar procurando
defender la premisa de que la conciencia ha de estar ligada únicamente
por la autoridad de la Palabra de Dios. A los tales les decimos
que la confesión reconoce que solamente Dios es el Señor
de la conciencia: “Solo Dios es el Señor de la conciencia,
y la ha hecho libre de los mandamientos y doctrinas de los hombres
que sean en alguna manera contrarias a su Palabra o que no estén
contenidos en esta. Así que, creer tales doctrinas u obedecer
tales mandamientos por causa de la conciencia es traicionar la verdadera
libertad de conciencia, y el requerir una fe implícita y una
obediencia ciega y absoluta es destruir la libertad de conciencia
y también la razón” (21:2).
Los temores con respecto a la libertad de conciencia estarían
justificados si se requiriera suscribir una confesión sin
que quien lo hiciera pudiera examinar los artículos de fe,
o si se hiciera bajo la presión del castigo civil. Pero si
alguien esta persuadido de que el contenido de la confesión
es bíblico y lo suscribe voluntariamente, entonces una confesión
de fe no hace injuria a la conciencia. Un hombre tiene libertad en
cualquier momento para renunciar a la confesión de la Iglesia
si no puede ya suscribirla con una buena conciencia. Y tiene la libertad
de unirse a una congregación donde pueda tener comunión
con una buena conciencia.
Miller arguye correctamente que negar a un grupo de cristianos
el derecho a trazar una confesión de fe y el derecho a suscribirla
seria negarles la verdadera libertad de conciencia: “Sin duda,
nadie puede negar que un grupo de cristianos tengan derecho, en todo
país libre, a asociarse y andar juntos seguir los principios
que escojan acordar y que no sea inconsecuente con el orden publico.
Tienen derecho a acordar y declarar como entienden las Escrituras;
que artículos en las Escrituras concuerdan en considerar como
fundamentales; y de que manera quieren que se conduzcan su predicación
y política publicas, para la edificación de si mismos
y de sus hijos. No tienen derecho, ciertamente, a decidir y a juzgar
por otros, ni pueden obligar a nadie a unirse a ellos. Pero es, sin
duda, su privilegio juzgar por si mismos; acordar el plan de su propia
asociación; determinar sobre que principios recibirán
a otros miembros en su fraternidad; y establecer una serie de reglas
que excluyan de su grupo a aquellos con quienes no pueden andar en
armonía. La cuestión no es si hacen en todos los casos
un uso sabio y bíblico de este derecho a seguir los dictados
de la conciencia, sino si poseen el derecho en absoluto. Son, ciertamente,
responsables por el uso que hagan de la misma, y solemnemente responsables
ante su Señor en el cielo; pero, sin duda, no pueden ni deben
ser obligados a responder ante el hombre. Es asunto de ellos. Sus
semejantes no tienen nada que ver con ello, tanto en cuanto no cometan
ningún delito contra la paz publica. Decidir lo contrario
seria ciertamente un atropello contra el derecho al juicio privado.”
En principio, cualquier aberración doctrinal o moral puede
introducirse en la Iglesia bajo pretexto de la libertad de conciencia.
Andrew Fuller declaró: “Hay una gran diversidad
de sentimientos en el mundo con respecto a la moralidad al igual
que con respecto a la doctrina: y, si es una imposición antibiblica
aceptar cualesquiera artículos, [también] debe serlo
excluir a alguien por inmoralidad, o aun amonestarle por ello; pues
se podría alegar que el solo piensa por si mismo, y actúa
en consecuencia. Tampoco acaba ahí la cosa: casi toda clase
de inmoralidad ha sido defendida y puede disfrazarse y, así,
bajo pretexto del derecho al juicio privado, la Iglesia de Dios se
volvería como la madre de las rameras: “habitación
de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue
de toda ave inmunda y aborrecible.”
De manera similar, B.H. Carroll argüía: “Una iglesia
con poco credo es una iglesia con poca vida. Cuantas mas doctrinas
divinas pueda acordar una iglesia, tanto mayor será su poder
y mas amplia su utilidad. Cuanto menos sean sus artículos
de fe, tanto menos serán sus vínculos de unión
y cohesión. El clamor moderno: “Menos credo y más
libertad,” es una degeneración de los vertebrados a
las medusas, y significa menos unidad y menos moralidad, y significa
más herejía. La verdad definitiva no da lugar a la
herejía: solamente la denuncia y la corrige. Si se deja fuera
el credo, el mundo cristiano se llenara de herejía insospechada
y sin corregir, pero sin embargo, mortal.”
Sencillamente expresado, las objeciones a la legitimidad de los
credos discutidas en las páginas anteriores están infundadas.
Las confesiones son un medio legítimo para que la Iglesia
cumpla su tarea como columna y baluarte de la verdad”.
Los usos de las confesiones
1. Una confesión es un medio útil para la declaración
y defensa publicas de la verdad
La Iglesia ha de retener “la forma de las sanas palabras” (2
Ti. 1:13), contender “ardientemente por la fe que ha sido una
vez dada a los santos” (Jud. 3), y estar firme “en un
mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del
evangelio” (Fil. 1:27). En el cumplimiento de esta tarea, una
confesión es una útil herramienta para distinguir
la verdad del error y para presentar sucintamente las doctrinas
centrales
de la Biblia de forma Integra y en las debidas proporciones.
En primer lugar, una formulación confesional es parte de la
tarea pública de enseñanza de la Iglesia. Una confesión
de fe es una definición pública para los que están
fuera de nuestras iglesias de las cuestiones centrales de nuestra
fe, un testimonio al mundo de la fe que sostenemos a diferencia de
los demás.
En segundo lugar, una confesión de fe es un instrumento útil
en la instrucción pública de la congregación.
Una confesión es un tratado breve de teología que puede
utilizarse para dar a nuestra congregación una amplia exposición
a la verdad, así como una cerca contra el error. Facilita
grandemente la promoción del conocimiento cristiano y una
fe discriminadora entre el pueblo de Dios y otros que asisten al
ministerio publico de nuestras iglesias, siendo asimismo una ayuda útil
para el pueblo de Dios en la instrucción de sus hijos. Además,
una confesión de fe sirve como marco, dentro del cual nuestra
congregación puede recibir con conocimiento la predicación
de la Palabra, así como para alertarla contra lo novedoso
y lo erróneo, dondequiera que lo confronte.
2. Una confesión sirve de norma pública de comunión
y disciplina
La Biblia considera la iglesia local no como una unión de
aquellos que han acordado diferir, sino un cuerpo caracterizado por
la paz y la unidad. La Iglesia ha de “guardar la unidad del
Espíritu en el vinculo de la paz” (Ef. 4:3). Sus miembros
han de ser “unánimes”, es decir, de un corazón,
alma, espíritu, mente y voz (Ro. 15:5,6; 1 Co. 1:10; Fil.
1:27; 2:2). Una confesión ayuda a proteger la unidad de una
iglesia y a preservar su paz. Sirve como base de comunión
eclesiástica entre los que están tan casi de acuerdo
como para poder andar y trabajar juntos en armonía. Congrega
a los que sostienen una fe común y los une en una comunión.
Jesús dijo: “...toda... casa dividida contra si misma,
no permanecerá” (Mt. 12:25). ¿Pueden los calvinistas,
los arminianos, los pelagianos y los unitarios orar, trabajar, tener
comunión y adorar juntos en paz y con provecho, mientras que
cada uno sostiene y promueve sus propias nociones de la verdad? ¿Quien
dirigirá el culto o predicará? ¿Pueden los que
creen que Jesús es Dios orar con los que consideran ese culto
una idolatría? ¿Pueden los que profesan ser justificados
por la fe en Cristo solamente tener comunión con los que creen
lo contrario? ¿Pueden sentarse juntos a la misma mesa sacramental? ¿Pueden
los que creen en la inspiración verbal y plenaria compartir
el pulpito con los que niegan esa doctrina? La única manera
en que los que difieren en asuntos esenciales pueden habitar juntos
en armonía es imponer una moratoria a la verdad; de lo contrario,
convertirán ciertamente “la casa de Dios en una triste
Babel”.
Como notamos anteriormente, todas las iglesias tienen un credo,
ya sea escrito o entendido por sus miembros. Y todo hombre sabio,
antes
de unirse a una iglesia, deseara saber cual es ese credo. Tiene
derecho a saber lo que cree la iglesia y la iglesia tiene derecho
a saber
lo que el cree. Ahora bien, tener un credo no publicado como
prueba de comunión es un desorden, por no decir una deshonestidad.
Se deja que cada uno descubra el credo de la iglesia por si
mismo. Y la iglesia misma no tiene una manera fácil de discernir
si los que solicitan la lista de miembros están en armonía
con la fe común de sus miembros, puesto que lo esencial de
su común fe no se particulariza en ningún lugar. Una
confesión publicada facilita grandemente la evaluación
de la posición doctrinal de la iglesia por parte de un
posible miembro, y viceversa.
Una confesión de fe publicada provee también una norma
doctrinal concisa para ser utilizada en la disciplina de la Iglesia.
Hemos de fijarnos “en los que causan divisiones y tropiezos
en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y
que os apartéis de ellos” (Ro. 16:17). Hemos de excluir
a los que perturban la paz de la Iglesia mediante la falsa doctrina: “Al
hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación,
deséchalo” (Tit. 3:10). Con objeto de cumplir su papel
de guardar la pureza de su lista de miembros, la Iglesia debe tener
una norma doctrinal, y esa norma debe publicarse abiertamente, pues
los hombres tienen derecho a saber por que particularidades serán
juzgados. Requerir que la Iglesia ejerza disciplina contra el error
doctrinal sin una confesión de fe publicada es requerir
hacer ladrillos sin paja.
Nada menos que una confesión de fe satisface las demandas
legitimas de una iglesia y sus miembros entre si. Como observe James
Bannerman: “Es el deber de la Iglesia... mediante una declaración
formal y publica de su propia fe, dar a sus miembros la certeza de
la ortodoxia de su profesión, y recibir la certeza de la de
ellos.” Una iglesia sin confesión de fe podría
igualmente anunciar que esta preparada para dar cabida a toda clase
de herejía que lleva a la condenación y ser terreno
para los que son dados a cultivar la cosecha de lo novedoso. Una
iglesia sin confesión de fe tiene el equivalente teológico
y eclesiástico del SIDA, sin inmunidad alguna contra
los vientos infecciosos de la falsa doctrina.
Y lo que es cierto de la vida dentro de la iglesia local es también
cierto de la comunión entre iglesias locales. ¿Qué iglesia,
que valora la preservación de su propia pureza doctrinal,
así como su propia paz y unidad, podría tener una comunión
segura con otra entidad, sin saber nada de su posición en
cuestiones de verdad y error? Sin una política o fe definidas,
tal iglesia no confesional podría ser fuente de contaminación
en lugar de edificación. Bajo tales circunstancias, no podríamos
abrir nuestros pulpitos o fomentar la comunión entre las
congregaciones con una conciencia limpia.
Antes de dejar el tema de los credos como normas de comunión
y disciplina, hace falta decir una palabra por si algunos lectores
sacan la conclusión de que esto significa que cada miembro
debe tener opiniones avanzadas de la doctrina bíblica
con objeto de obtener y mantener la lista de miembros en una
iglesia
confesional.
Nótese la observación de Andrew Fuller: “Si una
comunidad religiosa acuerda especificar algunos principios importantes
que consideran derivados de la Palabra de Dios, y juzga que creerlos
es necesario para que cualquiera pueda llegar a ser o continuar siendo
miembro de la misma, no se deduce que esos principios deban ser entendidos
igualmente, o que todos los hermanos deban tener el mismo grado de
conocimiento, ni tampoco que no deban entender ni creer ninguna otra
cosa. Las posibilidades y capacidades de distintas personas son diferentes;
una puede comprender mas de la misma verdad que otra, y puede ampliar
sus puntos de vista mediante una grandísima variedad de ideas
afines; y, sin embargo, la sustancia de lo que creen pueden ser aun
la misma. El objeto de los artículos [de fe] es distanciar
no a los débiles en la fe sino a sus enemigos declarados.”
3. Un credo sirve de norma concisa mediante la cual evaluar a los
ministros de la Palabra
Los ministros de la Palabra han de ser “hombres fieles” (2
Ti. 2:2), retenedores “de la palabra fiel tal como ha sido
ensenada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza” (Tit.
1:9). Hemos de estar en guardia contra los falsos profetas y apóstoles.
Hemos de “probar los espíritus, si son de Dios” (1
Jn. 4:1). No hemos de recibir a un hombre infiel en nuestros
hogares o darle un saludo fraternal, para no ser participes de
sus malas
obras (2 Jn. 10).
No podemos obedecer estas amonestaciones recibiendo simplemente
la confesión de que alguien cree la Biblia. Debemos saber lo
que cree que la Biblia enseña acerca de las grandes cuestiones.
Una confesión de fe hace relativamente fácil para la
Iglesia inquirir acerca de la ortodoxia doctrinal de una persona
en el amplio campo de la verdad bíblica. Sin una confesión
de fe la evaluación que hace una iglesia de sus ministros
es fortuita y superficial en el mejor de los casos; y la iglesia
estará en gran peligro de imponer las manos a neófitos
y herejes, todo porque no mide a los candidatos al ministerio
por una norma amplia y profunda.
Y lo que es cierto en el reconocimiento que hace la Iglesia de
sus ministros es doblemente cierto cuando reconoce a los profesores
apartados
para preparar hombres para el ministerio. No se puede sobrestimar
el daño infligido a las iglesias por la negligencia al colocar
hombres en la enseñanza teológica y darles la oportunidad
de moldear las maleables mentes y almas de jóvenes candidatos
al ministerio.
4. Las confesiones contribuyen a un sentido de continuidad histórica
¿
Como sabemos que nosotros y nuestra congregación no somos
una anomalía histórica, que no somos los únicos
en la historia que han creído de esta manera? Nuestras confesiones
nos atan a un precioso patrimonio de fe recibido del pasado y son
un legado por el que podemos transmitir a nuestros hijos la fe de
sus padres. Esto, desde luego, no es una cuestión secundaria.
Un sentido de continuidad histórica contribuye grandemente
a la estabilidad de una iglesia y al bienestar personal y espiritual
de sus miembros.
C. Observaciones finales
1. El cristianismo moderno esta inmerso en una inundación
de relatividad doctrinal. A Satanás y sus huestes les agrada
la imprecisión y la ambigüedad que están rampantes
en nuestro tiempo. Spurgeon observó: “El archienemigo
de la verdad nos ha invitado a allanar nuestros muros y a eliminar
nuestras ciudades amuralladas.” Nos preguntamos que diría
Spurgeon si viviera hoy y pudiera ver hasta que punto ha avanzado
el declive.
Aquellos de nosotros que amamos estas antiguas normas tenemos
el deber de contender ardientemente por la fe una vez dada a
los santos.
No deberíamos rendir nuestras confesiones sin luchar. Como
dijo Spurgeon, hablando de la importancia de las confesiones: “Las
armas que son ofensivas para nuestros enemigos no debería
permitirse que se oxidaran.” Las grandes confesiones reformadas
fueron forjadas en el yunque del conflicto por la fe y han ondeado
como estandartes dondequiera que se ha librado la batalla por la
verdad. Donde los hombres han abandonado estas declaraciones de la
religión bíblica, donde las opiniones latitudinarias
han reinado, la causa de Dios y la verdad ha sufrido grandemente.
Una reticencia a definir con precisión la fe que profesa creer
es síntoma de que algo va terriblemente mal con una iglesia
y su liderazgo. Es imposible que tal iglesia funcione como “columna
y baluarte de la verdad”, pues no esta dispuesta a definir
o defender la verdad que profesa sostener. La realidad de la situación
actual es que no son tanto las confesiones sino las iglesias las
que están siendo probadas en nuestros días.
2. Periódicamente puede ser necesario revisar las grandes
confesiones de fe. No deberíamos, sin embargo, revisarlas
por cada capricho o con cada cambio de la moda teológica.
Estos documentos no se produjeron precipitadamente y no deberían
revisarse precipitadamente. Sin embargo, nuestras confesiones no
son inherentemente sacrosantas ni están por encima de la revisión
y la mejora; y, desde luego, la historia de la Iglesia no se detuvo
en el siglo XVII. Actualmente somos confrontados por errores por
los cuales los que redactaron las grandes confesiones no fueron enfrentados
y a los que no se refirieron explícitamente en las confesiones.
Así pues, puede juzgarse necesaria la revisión,
pero es una tarea a realizar con extremo cuidado.
Si en nuestro tiempo nos encargamos de la revisión de nuestras
confesiones, debemos estar decididos a ir contra el espíritu
de mucha de la moderna construcción confesional. Las declaraciones
doctrinales modernas se construyen con un propósito diferente
al de las antiguas confesiones.
Machen observo en sus tiempos: “Los credos históricos
excluían el error; tenían el propósito de excluir
el error; tenían el propósito de expresar la enseñanza
bíblica en claro contraste con lo que se oponía a la
enseñanza bíblica, con objeto de preservar la pureza
de la Iglesia. Estas declaraciones modernas, por el contrario,
incluyen el error. Están diseñadas para dar lugar
en la Iglesia a cuantas mas personas y tipos de pensamiento como
sea
posible.”
3. Al lado de nuestra apreciación por las grandes confesiones
reformadas, debemos recordar que cada generación debe fundamentar
su fe en la Biblia. La fe de las personas no debe estar arraigada
solo en una lealtad a la confesión. En nuestras iglesias debemos
buscar hacer seguidores de Cristo, no simplemente bautistas, o presbiterianos
o reformados. La confesión no debe convertirse simplemente
en una tradición que se sostiene sin ninguna convicción
personal arraigada en la Palabra de Dios. Como observo el profesor
Murray: “Cuando cualquier generación se contenta con
confiar en su patrimonio teológico y rehúsa explorar
por si misma las riquezas de la revelación divina, entonces
el declive esta ya teniendo lugar y la heterodoxia será la
porción de la siguiente generación.”
4. La cuestión de la honestidad sale a relucir cuando nos
referimos al tema de las confesiones de fe. Tanto para las iglesias
como para los individuos, suscribir una confesión ha de ser
un acto caracterizado por la integridad moral y la veracidad. ¿Quien
discutiría la premisa de que una iglesia debe ser fiel a sus
normas publicadas o que una persona debe ser lo que dice ser? Tristemente,
sin embargo, muchas iglesias se han apartado de su confesión
mientras pretendían estar adheridas a las antiguas normas.
Y muchos ministros pretenden ser leales a la confesión de
su iglesia, cuando realmente objetan a (o tienen serias reservas
mentales acerca de) artículos particulares de fe.
Cuando una iglesia se aparta de las antiguas sendas, si no quiere
volver, que abjure públicamente de su confesión. Si
bien nos puede doler ver tal deserción de la verdad, y aunque
los enemigos de la verdad puedan aprovecharse de la oportunidad para
calumniar y despotricar, es sin duda mejor y mas veraz que el que
la iglesia continué en la hipocresía.
Y lo que es cierto de la vida colectiva es también cierto
de la honestidad personal. Samuel Miller argüía que suscribir
un credo es una transacción solemne “en la que debemos
embarcarnos con mucha y profunda deliberación y humilde oración;
y en la cual, si el hombre esta obligado a ser sincero en algo, esta
obligado a ser honesto para con su Dios, honesto para consigo mismo
y honesto para con la iglesia a la que se une.” Miller continua
diciendo: “En cuanto a mi, no conozco ninguna transacción
en que la insinceridad es mas justamente culpable del terrible pecado
de “mentir al Espíritu Santo” que ésta.
Para terminar, debo apelar a los pastores. La mayoría de nosotros
afirmamos adherirnos a una confesión antes de imponérsenos
las manos. Hermanos, tenemos la solemne obligación ante Dios
de andar en la unidad de la fe en la congregación en la que
trabajamos. Si no podemos hacer esto honestamente, si nuestros puntos
de vista cambian, deberíamos apartarnos y buscar un grupo
al que podamos unirnos sin hipocresía. Si no estamos dispuestos
a hacer esto, no somos irreprensibles e irreprochables; y, por
tanto, estamos descalificados para el ministerio.
Robert Paul Martin
El Dr. Robert Paul Martin
fue miembro de la Trinity Baptist Church, Montville, New Jersey,
EE.UU. y sirvió como Decano Académico
y Profesor de Teología Bíblica en la Trinity
Ministerial Academy. Actualmente es pastor de la Iglesia Bautista
Emmanuel
en Sea Tac, Washington, EE.UU.
