Beneficios de la lectura de la Biblia
Por A.W. Pink
ÍNDICE
Las Escrituras y El Pecado
Las Escrituras y Dios
Las Escrituras y Cristo
Las Escrituras y La Oración
Las Escrituras y Las Buenas Obras
Las Escrituras y La Obediencia
Las Escrituras y El Mundo
Las Escrituras y Las Promesas
Las Escrituras y El Gozo
Las Escrituras y El Amor
Las Escrituras y el pecado
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Hay una razón muy seria para creer que gran parte de la
lectura de la Biblia y de los estudios bíblicos de los ú1timos
años ha sido de muy poco provecho espiritual para aquellos
que han realizado la lectura y los estudios. Pero, aún voy
a decir más; mucho me temo que en muchos casos, todo ello
ha resultado más bien en una maldición que en una
bendición. Este es un lenguaje duro, me hago cargo; sin
embargo no creo que sea más duro, de lo que requiere el
caso. Los dones divinos son mal usados, y se abusa de la misericordia
divina. Que esto es verdad lo prueba la escasez de los frutos cosechados.
Incluso el hombre natural emprende el estudio de las Escrituras
(y lo hace con frecuencia) con el mismo entusiasmo y placer con
que podría estudiar las ciencias. Cuando se trata de este
caso, su caudal de conocimiento incrementa, pero, lo mismo ocurre
con su orgullo. Como el químico ocupado en hacer experimentos
interesantes, el intelectual que escudriña la Palabra se
entusiasma cuando hace algún descubrimiento en ella; pero,
el gozo de este último no es más espiritual de lo
que sería el del químico y sus experimentos. Repitámoslo;
del mismo modo que los éxitos del químico, generalmente,
aumentan su sentimiento de importancia propia y hacen que mire
con cierto desdén a otros más ignorantes que él,
por desgracia, ocurre esto también con los que han investigado
cronología bíblica, tipos, profecía y
otros temas semejantes.
La Palabra de Dios puede ser estudiada por muchos motivos.
Algunos la leen para satisfacer su orgullo literario. En algunos
círculos
ha llegado a ser respetable y popular el obtener un conocimiento
general del contenido de la Biblia simplemente porque se considera
como un defecto en la educación el ser ignorante de la misma.
Algunos la leen para satisfacer su sentimiento de curiosidad, como
podrían leer otro libro de nota. Otros la leen para satisfacer
su orgullo sectario. Consideran que es un deber el estar bien versados
en las doctrinas particulares de su propia denominación
y por ello buscan asiduamente textos base en apoyo de «sus
doctrinas». Aun otros la leen con el propósito de
poder discutir con éxito con aquellos que difieren de ellos.
Pero, en todos estos casos no hay ningún pensamiento sobre
Dios, no hay anhelo de edificación espiritual y por
tanto no hay beneficio real para el alma.
¿En qué consiste pues el beneficiarse verdaderamente
de la Palabra? ¿No nos da 2ª Timoteo 3:16, 17 una respuesta
clara a esta pregunta? Leemos allí: «Toda escritura
es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para
redargüir, para corregir. para instruir en justicia: a fin
de que el hombre de Dios sea enteramente apto, bien pertrechado
para toda buena obra.» Obsérvese lo que aquí se
omite: la Santa Escritura nos es dada, no para la gratificación
intelectual o la especulación carnal, sino para pertrecharnos
para «toda buena obra», y para enseñarnos, corregirnos,
instruirnos. Esforcémonos en ampliar esto con la ayuda
de otros pasajes.
1. Un individuo se beneficia
espiritualmente, cuando la Palabra le redarguye o convence
de pecado. Esta es
su primera misión:
revelar nuestra corrupción, exponer nuestra bajeza, hacer
notoria nuestra maldad. La vida moral de un hombre puede ser irreprochable,
sus tratos con los demás impecables, pero cuando el Espíritu
Santo aplica la Palabra a su corazón y a su conciencia,
abriendo sus ojos cegados por el pecado para ver su relación
y actitud hacia Dios, exclama: «¡Ay de mí, que
estoy muerto! » Es así que toda alma verdaderamente
salvada es llevada a comprender su necesidad de Cristo. «Los
que están sanos no tienen necesidad de médico, sino
los enfermos» (Lucas 5:31). Sin embargo no es hasta que el
Espíritu aplica la Palabra con poder divino que el individuo
comprende y siente que está enfermo, enfermo de muerte.
Esta convicción que le hace comprender que la destrucción
que el pecado ha realizado en la constitución humana, no
se restringe a la experiencia inicial que precede inmediatamente
a la conversión. Cada vez que Dios bendice su Palabra en
mi corazón, me hace sentir cuán lejos estoy, cuán
corto me quedo del standard que ha sido puesto delante de mí. «Sed
santos en toda vuestra manera de vivir» (1ª Pedro 1:
15). Aquí, pues, se aplica la primera prueba: cuando leo
las historias de los fracasos deplorables que se encuentran en
las Escrituras, ¿me hace comprender cuán tristemente
soy como uno de ellos? Cuando leo sobre la vida perfecta v bendita
de Cristo, ¿no me hace reconocer cuán lamentablemente
soy distinto de El?
2. Un individuo se beneficia
espiritualmente, cuando la Biblia le hace sentir triste por
su pecado. Del oyente
como el terreno
pedregoso se nos dice que «oye la palabra y al momento la
recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí mismo» (Mateo
13:20, 21); pero de aquellos que fueron convictos de pecado bajo
la predicación de Pedro se nos dice que «se compungieron
de corazón» (Hechos 2:37). El mismo contraste existe
hoy. Muchos escuchan un sermón florido, o un mensaje sobre «la
verdad dispensacional» que despliega poderes de oratoria
o exhibe la habilidad intelectual del predicador, pero que, en
general, contiene poco material aplicable a escudriñar la
conciencia. Se recibe con aprobación, pero la conciencia
no es humillada delante de Dios o llevada a una comunión
más íntima con El por medio del mensaje. Pero cuando
un fiel siervo de Dios (que por la gracia no está procurando
adquirir reputación por su «brillantez») hace
que la enseñanza de la Escritura refleje sobre el carácter
y la conducta, exponiendo los tristes fallos de incluso los mejores
en el pueblo de Dios, y aunque muchos oyentes desprecien al que
da el mensaje, el que es verdaderamente regenerado estará agradecido
por el mensaje que le hace gemir delante de Dios y exclamar: «Miserable
hombre de mí.» Lo mismo ocurre en la lectura privada
de la Palabra. Cuando el Espíritu Santo la aplica de tal
manera que me hace ver y sentir la corrupción interna
es cuando soy realmente bendecido.
¡Qué palabras se hallan en Jeremías 31:19!: «Me
castigué a mí mismo; me avergoncé y me confundí.» ¿Tienes
alguna idea, querido lector, de una experiencia semejante? ¿Te
produce el estudio de la Palabra un arrepentimiento así y
te conduce a humillarte delante de Dios? ¿Te redarguye de
pecado de tal manera que eres llevado a un arrepentimiento diario
delante de El? El cordero pascua¡ tenía que ser comido
con «hierbas amargas» (Exodo 12:8); y del mismo modo,
a los que nos alimentamos de la Palabra, el Santo Espíritu
nos la hace «amarga» antes de que se vuelva dulce al
paladar. Nótese el orden en Apocalipsis 10:9: «Y me
fui hacia el ángel diciéndole que me diese el librito.
Y él me dijo: Toma, y cómetelo entero; y te amargará el
vientre, pero en tu boca será dulce como la miel.» Esta
es siempre la experiencia: debe haber duelo antes del consuelo
(Mateo 5:4); humillación antes de ensalzamiento (1ª Pedro
5:6).
3. Un individuo se beneficia
espiritualmente, cuando la Palabra le conduce a la confesión de pecado. Las Escrituras son
beneficiosas por «corregir» (2ª Timoteo 3:16),
y un alma sincera re conocerá sus faltas. Se dice de los
que son carnales: «Porque todo aquel que obra el mal, aborrece
la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean redargüidas» (Juan
3:20). «Dios, sé propicio a mi pecador» es el
grito de un corazón renovado, y cada vez que somos avivados
por la Palabra (Salmo 119) hay una nueva revelación y un
nuevo confesar nuestras transgresiones ante Dios. «El que
encubre su pecado no prosperará: pero el que lo confiesa
y se enmienda alcanzará misericordia» (Proverbios
28:13). No puede haber prosperidad o fruto espiritual (Salmo 1:3),
mientras escondemos en nuestro pecho nuestros secretos culpables;
sólo cuando son admitidos libremente ante Dios, y en
detalle, podemos alcanzar misericordia.
No hay verdadera paz para
la conciencia y no hay descanso para el corazón cuando enterramos en él la carga de un
pecado no confesado. El alivio llega cuando abrimos nuestro seno
a Dios. Notemos bien la experiencia de David: «Mientras callé,
se consumieron mis huesos, en mi gemir de todo el día. Porque
de día y de noche pesaba sobre mí tu mano; se volvió mi
verdor en sequedades de estío» (Salmo 313, 4). ¿Es
este lenguaje figurativo, aunque vivo, algo ininteligible para
ti? ¿0 más bien cuenta tu propia historia espiritual?
Hay muchos versículos de la Escritura que no son interpretados
satisfactoriamente por ningún comentario, excepto el de
la experiencia personal. Bendito verdaderamente es lo que sigue
a continuación, que dice: «Mi pecado te declaré y
no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones
a Jehová; y Tú perdonaste la maldad de mi pecado» (Salmo
32:5).
4. Un individuo se beneficia
espiritualmente, cuando la Palabra produce en él un profundo aborrecimiento al pecado. «Jehová ama
a los que aborrecen el mal» (Salmo 97:10). «No podemos
amar a Dios sin aborrecer aquello que El aborrece. No sólo
debemos aborrecer el mal y rehusar continuar en él, sino
que debemos tomar armas contra él, y adoptar ante él
una actitud de sana indignación» (C. H. Spurgeon).
Una de las pruebas más seguras a aplicar a la supuesta conversión
es la actitud del corazón respecto al pecado. Cuando el
principio de la santidad ha sido bien implantado, habrá necesariamente
un odio a todo lo que sea impuro. Si nuestro odio al mal es genuino,
estamos agradecidos cuando la Palabra corrige incluso el mal que
no habíamos sospechado.
Esta fue la experiencia
de David: «Por tus mandamientos
he adquirido inteligencia; por eso odio todo camino de mentira» (Salmo
119:104). Fijémonos bien, que no dice «abstenerse» sino «odiar». «Por
eso me dejo guiar por todos tus mandamientos sobre todas las cosas,
y aborrezco todo camino de mentira» (Salmo 119:128). Pero
lo que hace el malvado es completamente opuesto: «Pues tú aborreces
la corrección y echas a tu espalda mis palabras» (Salmo
50:17). En Proverbios 8:13, leemos: «El temor de Jehová es
aborrecer el mal» y este temor procede de leer la Palabra
de Dios: véase Deuteronomio 17:18, 19. Con razón
se ha dicho: «Hasta que se odia el pecado, no puede ser mortificado;
nunca gritarás contra él, como los judíos
hicieron contra Cristo: Crucifícale, crucifícale,
hasta que el pecado te sea tan aborrecible como El era a ellos» (Edward
Reyner, 1635).
5. Un individuo se beneficia
espiritualmente, cuando la Palabra le hace abandonar el pecado. «Apártese de iniquidad
todo aquel que invoca el nombre de Cristo» (2ª Timoteo
2:19). Cuanto más se lee la Palabra con el objetivo definido
de descubrir lo que agrada y lo que desagrada al Señor,
más conoceremos cuál es su voluntad; y si nuestros
corazones son rectos respecto a El, más se conformarán
nuestros caminos a su voluntad. Habrá un «andar en
la verdad» (3ª Juan 4). Al final de 2ª Corintios
6 hay unas preciosas promesas para aquellos que se separan de los
infieles. obsérvese, aquí, la aplicación que
el Espíritu Santo hace de ellas. No dice: «Así que,
hermanos, puesto que tenemos estas promesas, consolémonos
y tengamos satisfacción en las mismas», sino que lo
que dice es: «limpiémonos de toda contaminación
de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el
temor de Dios» (2ª Corintios 7: 1).
«Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os
he hablado» (Juan 15:3). Aquí hay otra regla importante
con la cual deberíamos ponernos frecuentemente a prueba
nosotros mismos: ¿Produce la lectura y el estudio de la
Palabra de Dios en mí una limpieza en mis caminos? Antaño
se hizo la pregunta: « ¿Con qué limpiará el
joven su camino?», y la divina respuesta fue «con guardar
tu Palabra». Sí, no simplemente con leerla, creerla
o aprenderla de memoria, sino con la aplicación personal
de la Palabra a su «camino». Es guardando exhortaciones
como: «Huye de la fornicación» (1ª Corintios
6: 18); «Huye de la idolatría» (1ª Corintios
10: 14); «Huye de estas cosas»: (el amor al dinero); «Huye
de las pasiones juveniles» (2ª Timoteo 2:22), que el
cristiano es llevado a una separación práctica del
mal; porque el pecado ha de ser no sólo confesado sino «abandonado» (Proverbios
28:13).
6. Un individuo se beneficia
espiritualmente, cuando la Palabra le fortifica contra el pecado.
Las Sagradas
Escrituras nos han
sido dadas no sólo con el propósito de revelarnos
nuestra pecaminosidad innata, y las muchas maneras por las que «estamos
destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23), sino también
para enseñarnos cómo obtener liberación del
pecado, cómo evitar el desagradar a Dios. «En mi corazón
he guardado tus dichos, para no pecar contra ti» (Salmo 119:
11). Esto es lo que se requiere de nosotros. «Recibe la instrucción
de su boca y pon sus palabras en tu corazón» (Job
22:22). Son particularmente los mandamientos, las advertencias,
las exhortaciones que necesitamos hacer nuestras y guardar como
un tesoro; aprenderlas de memoria, meditar en ellas, orar sobre
ellas y ponerlas en práctica. La única manera efectiva
de tener un huerto libre de hierbas, es poner plantas y cuidarlas: «Vence
con el bien el mal» (Romanos 12:21). Para que la Palabra
de Cristo habite en nosotros más «abundantemente » (Colosenses
3: 16), es necesario que haya menos oportunidad para el ejercicio
del pecado en nuestros corazones y en nuestras vidas.
No basta con asentir meramente
a la veracidad de las Escrituras; se requiere que las recibamos
en nuestros
afectos. Es de la mayor
solemnidad el notar que el Espíritu Santo especifica como
base de apostasía el que «no recibieron el amor de
la verdad para ser salvos» (2ª Tesalonicenses 2: 10). « Si
se queda solo en la lengua o en la mente, es sólo asunto
de habla y especulación, pronto se habrá desvanecido.
La semilla que permanece en la superficie pronto es comida por
las aves del cielo. Por tanto escóndela en la profundidad;
que del oído vaya a la mente, de la mente al corazón;
que se sature más v más. Sólo cuando prevalece
como soberana en el corazón la recibimos con amor: cuando
es más querida que cualquier otro deseo, entonces permanece» (Thomas
Manton).
Nada más nos guardará de las infecciones de este
mundo, nos librará de las tentaciones de Satán, y
será tan efectivo para preservarnos del pecado como la Palabra
de Dios recibida con afecto: «La ley de su Dios está en
su corazón; por tanto sus pies no resbalarán» (Salmo
37:31). En tanto que la verdad se mantiene activa en nosotros,
agitando nuestra conciencia, y es realmente amada, seremos preservados
de caer. Cuando José fue tentado por la esposa de Potifar,
dijo: «¿Cómo haría Yo este gran mal
y pecaría contra Dios?» (Génesis 39:9). La
Palabra estaba en su corazón, ,v por tanto tuvo poder para
prevalecer sobre el deseo; la santidad inefable, el gran poder
de Dios que es capaz a la vez de salvar y de destruir. Nadie sabe
cuándo va a ser tentado: por tanto es necesario estar preparado
contra ello. «¿Quién de vosotros dará oídos...
y escuchará respecto al porvenir?» (Isaías
42:23). Sí, hemos de ver venir el futuro y estar fortalecidos
contra toda eventualidad, parapetándonos con la Palabra
en nuestros corazones para los casos inesperados. 7. Un individuo
se beneficia espiritualmente, cuando la Palabra hace que practique
lo opuesto al pecado. «El pecado es la trasgresión
de la ley» (1ª Juan 3:4). Dios dice: «Harás
esto», el pecado dice: «No harás esto»;
Dios dice: «No harás esto», el pecado dice: «Haz
esto.» Así pues, el pecado es una rebelión
contra Dios, la decisión de seguir «por su camino» (Isaías
53:6). Por tanto el pecado es una especie de anarquía en
el reino espiritual, y puede hacerse semejante a hacer señales
con una bandera roja a la cara de Dios. Por otra parte, lo opuesto
a pecar contra Dios es el someterse a El, como lo opuesto al desenfreno
y licencia es el sujetarse a la ley. Así, el practicar lo
opuesto al pecado es andar en el camino de la obediencia. Esta
es otra razón principal por la que se nos dieron las Escrituras:
para hacer conocido el camino que es agradable a Dios. Son provechosas
no sólo para reprender y corregir, sino también para «instruir
en justicia».
Aquí, pues, hay otra regla importante por la que podemos
ponernos a prueba nosotros mismos. ¿Son mis pensamientos
formados, mi corazón controlado, y mis caminos y obras regulados
por la Palabra de Dios? Esto es lo que el Señor requiere: «Sed
obradores de la palabra, no solamente oidores, engañándoos
a vosotros mismos» (Santiago 1: 22). Es así que se
expresa la gratitud y afecto a Cristo: «Si me amáis
guardad mis mandamientos» (Juan 14:15). Para esto es necesario
la ayuda divina. David oró: «Guíame por la
senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi complacencia» (Salmo
119:35). «No sólo necesitamos luz para conocer el
camino, sino corazón para andar en él. Es necesario
tener dirección a causa de la ceguera de nuestras mentes;
y los impulsos efectivos de la gracia son necesarios a causa de
la flaqueza de nuestros corazones. No bastará para hacer
nuestro deber el tener una noción estricta de las verdades,
a menos que las abracemos y las sigamos» (Mantón).
Notemos que es «el camino de tus mandamientos»: no
un camino a escoger, sino definitivamente marcado; no una «carretera» pública,
sino un «camino» particular.
Que el autor y el lector
con sinceridad v diligencia se midan, como en la presencia
de Dios, con las
siete medidas que hemos enumerado. ¿Te
ha hecho el estudio de la Biblia más humilde, o más
orgulloso, orgulloso del conocimiento que has adquirido? ¿Te
ha levantado en la estimación de tus prójimos, o
te ha conducido a tomar una posición más humilde
delante de Dios? ¿Te ha producido un aborrecimiento más
profundo y una prevención contra ti mismo, o te ha hecho
más indulgente y complacido de ti mismo? ¿Ha sido
causa de que los que se relacionan contigo, o quizá aquellos
a quienes enseñas, digan: Desearía tener tu «conocimiento» de
la Biblia; o te ha hecho decir a ti: Señor, dame la fe,
la gracia y la «santidad» de mi amigo, de mi maestro? «Ocúpate
en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento
sea manifiesto a todos» (1ª Timoteo 4:15).
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Las Escrituras y Dios
Las Sagradas Escrituras son totalmente sobrenaturales. Son una
revelación divina. «Toda Escritura es inspirada por
Dios» (2ª Timoteo 3:16). No es meramente que Dios elevara
la mente de los hombres, sino que dirigió sus pensamientos.
No es simplemente que El les comunicara los conceptos sino que
El dictó las mismas palabras que usaron. «Porque nunca
la profecía fue traída por voluntad humana, sino
que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el
Espíritu Santo (2ª Pedro 1:21). Cualquier «teoría» humana
que niega la inspiración verbal de las Escrituras es una
añagaza de Satán, un ataque a la verdad de Dios.
La imagen divina está estampada en cada página.
Escritos tan santos, tan celestiales, tan tremendos, no pueden
haber sido
creados por el hombre.
Las Escrituras nos hacen
conocer a un Dios sobrenatural. Esto puede ser una expresión innecesaria pero hoy es necesario
hacerla. El «dios» en que creen muchos cristianos profesos
se está volviendo más y más pagano. El lugar
prominente que los «deportes» ocupan hoy en la vida
de la nación, el excesivo amor al placer, la abolición
de la vida de] hogar, la falta de pudor escandalosa de las mujeres,
son algunos de los síntomas de la misma enfermedad que trajo
la caída y desaparición de imperios como Babilonia,
Persia, Grecia y Roma. Y la idea que tiene de Dios, en el siglo
veinte, la mayoría de la gente en países nominalmente «cristianos» se
está aproximando gradualmente al carácter adscrito
a los dioses de los antiguos. En agudo contraste con ello, el Dios
de las Sagradas Escrituras está vestido de tales perfecciones
y atributos que el mero intelecto humano no podría haberlos
inventado.
Dios sólo puede sernos conocido por medio de su propia
revelación natural. Aparte de las Escrituras, incluso una
idea teórica de Dios sería imposible. Todavía
es verdad que el «mundo no conoció a Dios mediante
la sabiduría» (1ª Corintios 1:21). Donde no hay
conocimiento de las Escrituras, no hay conocimiento de Dios. Dios
es «un Dios desconocido» (Hechos 17:23). Pero se requiere
algo más que las Escrituras para que el alma conozca a Dios,
le conozca de modo real, personal, vital. Esto parece ser reconocido
por pocos hoy. Las prácticas prevalecientes consideran que
se puede obtener un conocimiento de Dios estudiando la Palabra,
de la misma manera que se obtiene un conocimiento de Química
estudiando libros de texto. Puede conseguirse un conocimiento intelectual;
pero no espiritual. Un Dios sobrenatural solo puede ser conocido
de modo sobrenatural (es decir, conocido de una manera por encima
de lo que puede conseguir la mera naturaleza), por medio de una
revelación sobrenatural de El mismo en el corazón. «Porqué Dios,
que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es
el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación
del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» (2ª Corintios
4:6). El que ha sido favorecido con esta experiencia ha aprendido
que sólo «en su luz veremos la luz» (Salmo
36:9).
Dios puede ser conocido
sólo por medio de una facultad
sobrenatural. Cristo dejó este punto bien claro cuando dijo: «A
menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan
3:3). La persona no regenerada no tiene conocimiento espiritual
de Dios. «Pero el hombre natural no capta las cosas que son
del Espíritu de Dios, porque para él son locura,
y no las puede conocer, porque se han de discernir espiritualmente» (1ª Corintios
2: 14). El agua, por sí misma, nunca se levanta del nivel
en que se halla. De la misma manera el hombre natural es incapaz
de percibir lo que trasciende de la mera naturaleza. «Esta
es la vida eterna que te conozcan a Ti el único Dios verdadero» (Juan
17:3). La vida eterna debe ser impartida antes que pueda ser conocido
el «verdadero Dios». Esto se afirma claramente en (1ª Juan
5:20): «Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos
ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos
en el verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el verdadero Dios
v. la vida eterna.» Sí, un «conocimiento»,
un conocimiento espiritual, debe sernos dado por una nueva creación,
antes de que podamos conocer a Dios de una manera espiritual.
Un conocimiento sobrenatural
de Dios produce una experiencia sobrenatural, y esto es algo
que desconocen totalmente
la multitud de miembros
de nuestras iglesias. La mayor parte de la «religión» de
estos días no consiste en nada más que unos toques
al «viejo Adán». Es simplemente adornar sepulcros
llenos de corrupción. Es una forma externa. Incluso cuando
hay un credo sano, la mayoría de las veces no se trata de
nada más que de ortodoxia muerta. No hay por qué maravillarse
de esto. Ha ocurrido ya antes. Ocurría cuando Cristo se
hallaba sobre la tierra. Los judíos eran muy ortodoxos.
Al mismo tiempo estaban libres de idolatría. El templo se
levantaba en Jerusalén, se explicaba la Ley, se adoraba
a Jehová. Y sin embargo Cristo les dijo: «El que me
envió es verdadero, al cual vosotros no conocéis» (Juan
7:28). «Ni a Mí me conocéis, ni a mi Padre;
si a Mí me conocieseis, también a mi Padre conoceríais» (Juan
8:19). «Mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros
decís que es vuestro Dios. Pero vosotros no le conocéis» (Juan
8:54, 55). Y notémoslo bien, ¡se dice a un pueblo
que tenía las Escrituras, las escudriñaba diligentemente
y las veneraba como la Palabra de Dios! Conocían a Dios
muy bien teóricamente, pero no tenían de El un
conocimiento espiritual.
Tal como ocurría en el mundo judío lo mismo ocurre
en la Cristiandad. Hay multitud que «creen» en la Santísima
Trinidad, pero están por completo desprovistos de un conocimiento
sobrenatural o espiritual de Dios. ¿Cómo podemos
afirmar esto? De esta manera: el carácter del fruto revela
el carácter del árbol que lo da; la naturaleza del
agua nos hace conocer la fuente de la cual mana. Un conocimiento
sobrenatural de Dios produce una experiencia sobrenatural, y una
experiencia sobrenatural resulta un fruto sobrenatural. Es decir,
cuando Dios vive en el corazón, revoluciona y transforma
la vida. Se produce lo que la mera naturaleza no puede producir,
más aún, lo que es directamente contrario a ella.
Y esto se puede notar que está ausente de la vida del 95
% de los que ahora profesan ser hijos de Dios. No hay nada en la
vida del cristiano típico, o sea la mayoría, que
no se pueda explicar en términos naturales. Pero el Hijo
de Dios auténtico es muy diferente Este es, en verdad, un
milagro de la gracia; es una nueva criatura en Cristo Jesús» (2ª Corintios
5:17). Su experiencia, su vida es sobrenatural.
La experiencia sobrenatural
del cristiano se ve en su actividad hacia Dios. Teniendo en
sí la vida de Dios, habiendo sido
hecho «partícipe de la divina naturaleza» (2ª Pedro
1:4), ama por necesidad a Dios, las cosas de Dios; ama lo que Dios
ama; y, al contrario, aborrece lo que Dios aborrece. Esta experiencia
sobrenatural es obrada en El por el Espíritu de Dios, y
esto por medio de la Palabra. Por medio de la Palabra vivifica.
Por medio de la Palabra redarguye de pecado. Por medio de la Palabra,
santifica. Por medio de la Palabra, da seguridad. Por medio de
la Palabra hace que aumente la santidad. De modo que cada uno de
nosotros puede dilucidar la extensión en que nos aprovecha
su lectura y estudio de la Escritura por los efectos que, por medio
del Espíritu que los aplica, producen en nosotros. Entremos
ahora en detalles. Aquel que se está beneficiando de
las Escrituras tiene:
1. Una clara noción de los derechos de Dios. Entre el Creador
y la criatura ha habido constantemente una gran controversia sobre
cuál de ellos ha de actuar como Dios, sobre si la sabiduría
de Dios o la de los hombres deben ser la guía de sus acciones,
sobre si su voluntad o la de ellos tiene supremacía. Lo
que causó la caída de Lucifer fue el resentimiento
de su sujeción al Creador: «Tú decías
en tu corazón: Subiré al cielo; por encima de las
estrellas de Dios levantaré mi trono... y seré semejante
al Altísimo» (Isaías 14:13, 14). La mentira
de la serpiente que engañó a nuestros primeros padres
y los llevó a la destrucción fue: «Seréis
como dioses» (Génesis 3:5). Y desde entonces el sentimiento
del corazón del hombre natural ha sido: «Apártate
de nosotros, porque no queremos conocer tus caminos. ¿Quién
es el Todopoderoso, para que le sirvamos?» (Job 21:14, 15). «Por
nuestra lengua prevaleceremos; nuestros labios por nosotros; ¿quién
va a ser amo nuestro?» (Salmo 12:4). «¿Vagamos
a nuestras anchas, nunca más vendremos a ti?» (Jeremías
2:13).
El pecado ha excluido
a los hombres de Dios (Efesios 4:18). El corazón del hombre es contrario a El, su voluntad es opuesta
a la suya, su mente está en enemistad con Dios. Al contrario,
la salvación significa ser restaurado a Dios: «Porque
también Cristo padeció una sola vez por los pecados,
el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1ª Pedro
3:18). Legalmente esto va ha sido cumplido; experimentalmente está en
proceso de cumplimiento. La salvación significa ser reconciliado
con Dios; y esto implica e incluye que el dominio del pecado sobre
nosotros ha sido quebrantado, la enemistad interna ha sido destruida,
el corazón ha sido ganado por Dios. Esta es la verdadera
conversión; es el derribar todo ídolo, el renunciar
a las vanidades vacías de un mundo engañoso, tomar
a Dios como nuestra porción, nuestro rey, nuestro todo en
todo. De los Corintios se lee que «se dieron a sí mismos
primeramente al Señor » (2.a Corintios 8: S). El deseo
y la decisión de los verdaderos convertidos es que «ya
no vivan para sí, sino para aquél que murió y
resucitó por ellos» (2ª Corintios 5:15).
Ahora se reconoce lo que
Dios reclama su legítimo dominio
sobre nosotros es admitido, se le admite como Dios. Los convertidos «se
presentan a sí mismos a Dios como vivos de entre los muertos,
y sus miembros, como instrumentos de justicia» (Romanos 6:13).
Esta es la exigencia que nos hace: el ser nuestro Dios, el ser
servido como tal por nosotros; para que nosotros seamos y hagamos,
absolutamente y sin reserva, todo lo que El requiere, rindiéndonos
plenamente a El (ver Lucas 14: 26, 27, 33). Corresponde a Dios,
como Dios, el legislar, prescribir, decidir por nosotros; nos
pertenece a nosotros como deber el ser regidos, gobernados,
mandados por
El a su agrado.
El reconocer a Dios como
nuestro Dios es darle a El el trono de nuestros corazones.
Es decir, en el lenguaje
de Isaías 26:13: «Jehová nuestro
Dios, otros señores fuera de ti se han enseñoreado
de nosotros; pero solamente con tu ayuda nos acordamos de tu nombre.» «Oh,
Dios, mi Dios eres tú; de madrugada te buscaré» (Salmo
63:1). Ahora bien, nos beneficiamos de las Escrituras, en proporción
a la intensidad con que esto pasa a ser nuestra propia experiencia.
Es en las Escrituras, y sólo en ellas, que lo que Dios exige
se nos revela v establece, somos bendecidos en tanto cuanto obtenemos
una clara y plena visión de los derechos de Dios, y nos
rendimos a ellos. 2. Un temor mayor de la majestad de Dios. «Tema
a Jehová toda la tierra; teman delante de El todos los habitantes
del mundo» (Salmo 33:8). Dios está tan alto sobre
nosotros que el pensamiento de su majestad debería hacernos
temblar. Su poder es tan grande que la comprensión del mismo
debería aterrorizarnos. Dios es santo de modo inefable,
su aborrecimiento al pecado es infinito, y el solo pensamiento
de mal obrar debería llenarnos de horror. «Dios es
temible en la gran congregación de los santos, y formidable
sobre todos cuantos están alrededor de EI» (Salmo
89:7).
«El temor de Jehová es el principio de la sabiduría» (Proverbios
9:10) y «sabiduría» es un uso apropiado del «conocimiento».
En tanto cuanto Dios es verdaderamente conocido será debidamente
temido. Del malvado está escrito: «No hay temor de
Dios delante de sus ojos» (Romanos 3:18). No se dan cuenta
de su majestad, no se preocupan de su autoridad, no respetan sus
mandamientos, no les alarma el que los haya de juzgar. Pero, respecto
al pueblo del pacto, Dios ha prometido: « Y pondré mi
temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de
Mí» (Jeremías 32:40). Por tanto tiemblan ante
su Palabra Isaías 66: 5) y andan cuidadosamente delante
de El.
«El temor de Jehová es aborrecer el mal» (Proverbios
8:13). Y otra vez: «Con el temor de Jehová los hombres
se apartan del mal» (Proverbios 16:6). El hombre que vive
en el temor de Dios es consciente de que «Los ojos de Jehová están
en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos» (Proverbios
15:3), por lo que cuida de su conducta privada así como
la pública. El que se abstiene de cometer algunos pecados
porque los ojos de los hombres están sobre él, pero
no vacila en cometerlos cuando está solo, carece del temor
de Dios. Asimismo el hombre que modera su lengua cuando hay creyentes
alrededor, pero no lo hace en otras ocasiones carece del temor
de Dios. No tiene una conciencia que le inspire temor de que Dios
le ve y le oye en toda ocasión. El alma verdaderamente regenerada
tiene miedo de desobedecer y desafiar a Dios. Ni tampoco quiere
hacerlo. No, su deseo real y profundo es agradar a Dios en todas
las cosas, en todo momento y en todo lugar. Su ferviente oración
es: «Afianza mi corazón para que tema tu nombre » (Salmo
86:1l).
Incluso el santo tiene
que ser enseñado a temer a Dios
(Salmo 34:1l). Y aquí, como siempre es por medio de la Escritura
que se da esta enseñanza (Proverbios 2:5). Es a través
de las Escrituras que aprendemos que los ojos de Dios están
siempre sobre nosotros, notando nuestras acciones, pesando nuestros
motivos. Cuando el Santo Espíritu aplica las Escrituras
a nuestros corazones, hacemos más caso de la orden: «Permanece
en el temor de Jehová todo el día» (Proverbios
23:17). Así que, en la medida en que sentimos temor ante
la tremenda majestad de Dios, somos conscientes de que «Tú me
ves» (Génesis 16:13), v «procuramos nuestra
salvación con temor y temblor» (Filipenses 2:12),
nos beneficiamos verdaderamente de nuestra lectura y estudio
de la Biblia.
3. Una mayor reverencia
a los mandamientos de Dios. El pecado entró en el mundo cuando Adán quebrantó la
ley de Dios, y todos sus hijos caídos fueron engendrados
en su corrupta semejanza (Génesis 53). «El pecado
es la trasgresión de la ley» (1ª Juan 3:4). El
pecado es una especie de alta traición, una anarquía
espiritual. Es la repudiación del dominio de Dios, el poner
aparte su autoridad, la rebelión contra su voluntad. El
pecado es imponer nuestra voluntad. La salvación es la liberación
del pecado, de su culpa de su poder, así como de su castigo.
El mismo Espíritu que nos hace ver la necesidad de la gracia
de Dios nos hace ver la necesidad del gobierno de Dios para regirnos.
La promesa de Dios a su pueblo del pacto es: «Pondré mis
leyes en la mente de ellos, y las inscribiré sobre su corazón
y seré a ellos por Dios» (Hebreos 8:10).
A cada alma regenerada
se le comunica un espíritu de obediencia. «El
que me ama guardará mis palabras» (Juan 14:23). Aquí está la
prueba: «Y en esto conocemos si hemos llegado a conocerle
' si guardamos sus mandamientos» (1ª Juan 23). Ninguno
de nosotros los guarda perfectamente; con todo, cada cristiano
verdadero desea y se esfuerza por hacerlo. Dice con Pablo: «Me
deleito en la ley de Dios en el hombre interior» (Romanos
7:22). Dice con el salmista: «He escogido el camino de la
verdad», «Tus testimonios he tomado por heredad para
siempre» (Salmo 119:30,111). Y toda enseñanza que
rebaja la autoridad de Dios, que no hace caso de sus mandamientos,
que afirma que el cristiano no está, en ningún sentido,
bajo la Ley, es del Demonio, no importa cuán lisonjeras
sean sus palabras. Cristo ha redimido a su pueblo de la maldición
de la Ley, y no de sus mandamientos: El nos ha salvado de la ira
de Dios, pero no de su gobierno. «Amarás al Señor
tu Dios de todo tu corazón» no ha sido abolido todavía.
1ª Corintios 9:21, expresamente afirma que estamos «bajo
la ley de Cristo». «El que dice que está en
El, debe andar como El anduvo» (1ª Juan 2:6). Y, ¿cómo
anduvo Cristo? En perfecta obediencia a Dios; en completa sujeción
a la ley, honrándola y obedeciéndola en pensamiento,
palabra y hecho. No vino a destruir la Ley, sino a cumplirla (Mateo
5:17). Y nuestro amor a El se expresa no en emociones placenteras
o palabras hermosas, sino guardando sus mandamientos (Juan 14:15),
y los mandamientos de Cristo son los mandamientos de Dios (véase Éxodo
20:6). La ferviente oración del cristiano verdadero es: «Guíame
por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi complacencia» (Salmo
119:35). En la medida en que nuestra lectura y estudio de las Escrituras,
por la aplicación del Espíritu, engendra un amor
mayor en nosotros por los mandamientos de Dios y un respeto más
profundo a ellos, estamos obteniendo realmente beneficio de
esta lectura y estudio.
4. Más confianza en la suficiencia de Dios. Aquello, persona
o cosa, en que confía más un hombre, es su «dios».
Algunos confían en la salud, otros en la riqueza; otros
en su yo, otros en sus amigos. Lo que caracteriza a todos los no
regenerados es que se apoyan sobre un brazo de carne. Pero, la
elección de gracia retira de nuestro corazón toda
clase de apoyos de la criatura, para descansar sobre el Dios vivo.
El pueblo de Dios son los hijos de la fe. El lenguaje de su corazón
es: «Dios mío, en Ti confío; no sea yo avergonzado» (Salmo
25:2), y de nuevo: «Aunque me matare, en El esperaré» (Job
13:15). Confían en Dios para que les proteja, bendiga
y les provea de lo necesario. Miran a una fuente invisible,
cuentan
con el Dios invisible, se apoyan sobre un Brazo escondido.
Es verdad que hay momentos
en que su fe desmaya, pero aunque caen, no son echados del
todo. Aunque no
sea su experiencia uniforme,
en el Salmo 56: 11 se expresa el estado general de sus almas: «En
Dios he puesto mi confianza: no temeré lo que me pueda hacer
el hombre.» Su oración ferviente es: «Señor,
aumenta nuestra fe». «La fe viene del oír, y
el oír, por medio de la palabra de Dios » (Romanos
10: 17). Así que, cuando se medita en la Escritura, se reciben
sus promesas en la mente, la fe es reforzada, la confianza en Dios
aumentada, la seguridad se profundiza. De este modo podemos descubrir
si estamos beneficiándonos o no de nuestro estudio de
la Biblia.
5. Mayor deleite en las
perfecciones de Dios. Aquello en lo que se deleita un hombre
es su «dios». La persona mundana
busca su satisfacción en sus pesquisas, sus placeres, sus
posesiones. Ignorando la sustancia, persigue vanamente las sombras.
Pero, el cristiano se deleita en las maravillosas perfecciones
de Dios. El confesar a Dios como nuestro Dios de verdad, no es
sólo someterse a su cetro, sino amarle más que al
mundo, valorarle por encima de todo lo demás. Es tener con
el salmista una comprensión por experiencia de que «Todas
mis fuentes están en Ti» (Salmo 87:7). Los redimidos
no sólo han recibido de Dios un gozo tal como este pobre
mundo no puede impartir sino que se «regocijan en Dios» (Romanos
5:11) y de esto la persona mundana no sabe nada. El lenguaje de
los tales es «el Señor es mi porción» (Lamentaciones
3:24).
Los ejercicios espirituales
son enojosos para la carne. Pero, el cristiano real dice: «En cuanto a mi, el acercarme a Dios
es el bien» (Salmo 73:28). El hombre carnal tiene muchos
deseos y ambiciones; el alma regenerada declara: «¿A
quién tengo yo en los cielos sino a ti? Estando contigo
nada me deleita ya en la tierra» (Salmo 73:25). Ah, lector,
si tu corazón no ha sido acercado a Dios y se deleita en
Dios, entonces todavía está muerto para El.
El lenguaje de los santos
es: «Pues, aunque la higuera no
florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto
del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas falten
en el aprisco, y no haya vacas en los establos; con todo, yo me
alegraré en Jehová, y me regocijaré en el
Dios de mi salvación» (Habacuc 3:17,18). Ah, ésta
es sin duda una experiencia espiritual. Sí, el cristiano
puede regocijarse cuando todas sus posesiones mundanas le son quitadas
(véase Hebreos 10:34). Cuando yace en una mazmorra, con
la espalda sangrando, todavía canta alabanzas a Dios (véase
Hechos 16:25). Así que, en la medida en que has sido destetado
de los placeres vacíos de este mundo, estás aprendiendo
que no hay bendición aparte de Dios, estás descubriendo
que El es la fuente y suma de toda excelencia, y tu corazón
se acerca a El, tu mente está en El, tu alma encuentra su
satisfacción y gozo en El, estás realmente sacando
beneficio de las Escrituras.
6. Una mayor sumisión a la providencia de Dios. Es natural
murmurar cuando las cosas van mal; es sobrenatural el quedarse
callado (Levítico 10:3). Es natural quedar decepcionado
cuando nuestros planes fracasan; es sobrenatural inclinarse a sus
instrucciones. Es natural querer uno hacer la suya; es sobrenatural
decir: «Hágase Tu voluntad, no la mía.» Es
natural rebelarse cuando un ser querido nos es arrebatado por la
muerte; es sobrenatural saber decir: «El Señor dio,
el Señor quitó; sea el nombre del Señor alabado» (Job
1:21). Cuando Dios es verdaderamente nuestra porción, aprendemos
a admirar su sabiduría, y a conocer que El hace todas las
cosas bien. Así el corazón se mantiene en «perfecta
paz», cuando la mente está en El (Isaías 26:3).
Aquí, pues, hay otra prueba segura: si tu estudio te enseña
que el camino de Dios es mejor, si es causa de que te sometas sin
refunfuñar a sus dispensaciones, si eres capaz de darle
gracias por todas las cosas (Efesios 5:20), entonces estás
sacando beneficio sin la menor duda.
7. Una alabanza más ferviente por la bondad de Dios. La
alabanza es lo que sale del corazón que encuentra satisfacción
en Dios. El lenguaje del tal es: «Bendeciré al Señor
en todo tiempo; su alabanza estará continuamente en mi boca» (Salmo
34:l). ¡Qué abundancia de causas tiene el pueblo de
Dios, para alabarle! Amados con un amor eterno, hechos hijos y
herederos, todas las cosas obrando juntamente para bien, toda necesidad
provista, una eternidad de bienaventuranza asegurada. No debería
cesar nunca el arpa de la que arrancan su alabanza. Nunca debería
quedar en silencio. Ni tampoco deben callar cuando gozan de la
comunión con El, que es «altamente suave». Cuanto
más «aumentamos en el conocimiento de Dios» (Colosenses
1:10), más le adoramos. Pero, es sólo cuando la Palabra
mora en nosotros en abundancia que estamos llenos de cánticos
espirituales (Colosenses 3:16) y hacemos melodía en nuestros
corazones al Señor. Cuando más nuestras almas son
atraídas a la verdadera adoración, más nos
encontramos dando gracias y alabando a nuestro gran Dios, clara
evidencia de que estamos beneficiándonos del estudio
de su Palabra.
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Las Escrituras y Cristo
El orden que seguimos en esta serie es el de la experiencia.
No es hasta que el hombre está completamente disgustado consigo
mismo que empieza a aspirar hacia Dios. La criatura caída,
engañada por Satán, está satisfecha de ella
misma, hasta que sus ojos cegados por el pecado son abiertos para
darse una mirada a sí mismo. El Espíritu Santo obra
primero en nosotros un sentimiento de nuestra ignorancia, vanidad,
pobreza y corrupción, antes de llevarnos a percibir y reconocer
que en Dios solamente podemos encontrar verdadera sabiduría,
felicidad real, bondad perfecta y justicia inmaculada. Hemos de
ser hechos conscientes de nuestras imperfecciones antes de poder
apreciar rectamente las divinas perfecciones. Cuando contemplamos
las perfecciones de Dios, el hombre se convence más aún
de la infinita distancia que le separa del Altísimo. Al
conocer algo de las exigencias que Dios le presenta, y ante su
completa imposibilidad de cumplimentarlas, está preparado
a escuchar y dar la bienvenida a las buenas nuevas de que Otro
ha cumplido plenamente estas exigencias para todos los que creen
en El. «Escudriñad las Escrituras», dijo el
Señor Jesús, y luego añadió: «porque...
ellas son las que dan testimonio de Mí» (Juan 5:39).
Testifican de El cómo el único Salvador para los
pecadores perdidos, cómo el único Mediador entre
Dios y el hombre, cómo el único que puede acercarse
al Padre. Ellas testifican las maravillosas perfecciones de su
persona, las glorias variadas de los oficios que cumple, la suficiencia
de su obra consumada. Aparte de la Escritura, no le podemos conocer.
En ellas solamente es que nos es revelado. Cuando el Santo Espíritu
muestra al hombre algunas de las cosas de Cristo, haciéndolo
con ello conocido al alma, no usa otra cosa que lo que está escrito.
Aunque es verdad que Cristo es la clave de la Escritura, es igualmente
verdad que sólo en la Escritura tenemos un descubrimiento
del «misterio de Cristo» (Efesios 3:4).
Ahora bien, la medida
de lo que nos beneficiamos de la lectura y estudio de las Escrituras
puede ser determinado
por la extensión
en que Cristo ha pasado a ser más real y más precioso
en nuestros corazones. El «crecer en la gracia» se
define como «y en el conocimiento de nuestro Señor
y Salvador Jesucristo» (2.a Pedro 3: 18): La segunda parte
del versículo no es algo añadido a la primera, sino
una explicación de la misma. El «conocer» a
Cristo (Filipenses 3:10) era el anhelo y objetivo supremo del apóstol
Pablo, deseo y objetivo al cual subordinaba todos sus otros intereses.
Pero, notémoslo bien: el «conocimiento» del
cual se habla en estos versículos no es intelectual, sino
espiritual, no es teórico sino experimental, no es general,
sino personal. Es un conocimiento sobrenatural, que es impartido
en el corazón regenerado por la operación del Santo
Espíritu, según El mismo interpreta y nos aplica
las Escrituras concernientes al mismo.
Ahora bien, el conocimiento
de Cristo que el Espíritu bendito
imparte al creyente por medio de las Escrituras, le beneficia de
diferentes maneras, según los marcos, circunstancias y necesidades
variables. Con respecto al pan que Dios dio a los hijos de Israel
durante su peregrinaje en el desierto, se dice que «algunos
recogían más, otros menos» (Éxodo 16:17).
Lo mismo es verdad de nuestra captación de El, de quien
el maná era un tipo. Hay algo en la maravillosa persona
de Cristo que es exactamente apropiado a cada condición,
cada circunstancia, cada necesidad, tanto en el tiempo como en
la eternidad. Hay una inagotable plenitud en Cristo» (Juan
1: 16) que está disponible para que saquemos de ella, y
el principio que regula la extensión en la cual pasamos
a ser «fuertes en la gracia que es en Cristo Jesús» (2ª Timoteo
2: l), es «según tu fe te sea hecho» (Mateo
9:29).
1. Un individuo se beneficia
de las Escrituras cuando éstas
le revelan su necesidad de Cristo. El hombre en su estado natural
se considera autosuficiente. Es verdad, tiene una vaga percepción
de que hay algo que no está del todo bien entre él
y Dios, sin embargo no tiene dificultades para convencerse de que
puede hacer lo necesario para propiciarle. Esto está a la
base de toda religión humana, empezada por Caín,
en cuyo «camino» (Judas 11) todavía andan las
multitudes. Dile a un devoto «religioso formalista» que «los
que viven según la carne no pueden agradar a Dios»,
y al punto su urbanidad y cortesía hipócritas son
sustituidas por la indignación. Así era cuando Cristo
estaba en la tierra. El pueblo más religioso de todos, los
judíos, no tenían sentido de que estaban «perdidos» y
en desesperada necesidad de un Salvador Todopoderoso.
«Los que están sanos no tienen necesidad de médico,
sino los enfermos» (Matea 9:12). Es la misión particular
del Espíritu Santo, por medio de su aplicación de
las Escrituras, el redargüir a los pecadores de pecado y convencerles
de su desesperada condición, llevarles a ver que su estado
es tal que «desde la planta del pie hasta la cabeza no hay
en ellos cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga» (Isaías
1:6). Cuando el Espíritu nos convence de pecado -nuestra
ingratitud a Dios, nuestro murmurar, nuestro descarrío de
El- cuando insiste en los derechos de Dios -su derecho a nuestro
amor, obediencia y adoración- y todos nuestros tristes fallos
en rendirle lo que se le debe, entonces reconocemos que Cristo
es nuestra única esperanza, y que, excepto si nos acogemos
a El como refugio, la justa ira de Dios caerá irremisiblemente
sobre nosotros.
Ni hemos de limitar esto
a la experiencia inicial de la conversión.
Cuando más el Espíritu profundiza su obra de gracia
en el alma regenerada, más consciente se vuelve el individuo
de su contaminación, su pecaminosidad y su miseria; y más
descubre su necesidad de la preciosa sangre que nos limpia de todo
pecado, y le da valor. El Espíritu está aquí para
glorificar a Cristo, y la manera principal en que lo hace es abriéndonos
los ojos más y más para que veamos por quién
murió Cristo, cuán apropiado es Cristo para las criaturas
desgraciadas, ruines y contaminadas. Sí, cuanto, más
nos beneficiamos realmente de nuestra lectura de las Escrituras,
más vemos nuestra necesidad de Cristo.
2. Un individuo se beneficia
de las Escrituras cuando éstas
le hacen a Cristo más real, en él gran masa de la
nación israelita no veía más que la cáscara
externa en las ceremonias y ritos que Dios les había dado,
pero el remanente regenerada tuvieron el privilegio de ver a Cristo
mismo. «Abraham se regocijó viendo mi día»,
dijo Cristo (Juan 8:56). Moisés estimó el «reproche
de Cristo» más que las grandes riquezas y tesoros
de Egipto (Hebreos 11:26). Lo mismo es en el Cristianismo. Para
las multitudes, Cristo no es más que un nombre, a lo más
un personaje histórico. No tiene tratos personales con El,
no gozan de comunión espiritual con El. Si ellos oyen a
uno hablar del arrebatamiento de su excelencia, le consideran como
un fanático o un entusiasta. Para ellos Cristo es vago,
ininteligible, irreal. Pero para el cristiano consagrado la cosa
es muy distinta. El lenguaje de su corazón es:
Oí la voz de Jesucristo No quiero oír
ya otra.
Vi la faz de Jesucristo Esto ya basta a mi alma.
Sin embargo esta visión bienaventurada no es la experiencia
sistemática e invariable de los santos. Tal como hay nubes
entre el sol y la tierra ocasionalmente, también hay fallos
en nuestro camino que interrumpen nuestra comunión con Cristo
y sirven para escondernos la luz de su rostro. «El que tiene
mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama; y el que
me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y
me manifestaré a él» (Juan 14:21). Sí,
es a aquel que por la gracia anda por el camino de la obediencia
a quien el Señor Jesús se manifiesta. Y cuando más
frecuentes y prolongadas son estas manifestaciones, más
real El se vuelve para el alma, hasta que Puede decir con Job: «De
oídas te conocía; más ahora mis ojos te ven.» De
modo que cuanto más Cristo pasa a ser una realidad viviente
en mí, más me beneficio de la Palabra.
3. Un individuo se beneficia
de las Escrituras cuando más
absorbido queda en las perfecciones de Cristo. Lo que lleva al
alma a Cristo al principio es un sentido de necesidad, pero lo
que le atrae después es la comprensión de su excelencia,
Y ésta le hace seguirlo. Cuanto más real se vuelve ¡Cristo,
más somos atraídos por sus perfecciones. Al principio
lo vemos sólo como un Salvador, pero cuando el Espíritu
continúa llevándonos a las cosas de Cristo y nos
las muestra, descubrimos que en su cabeza hay «muchas coronas» (Apocalipsis
19:12). En el Antiguo Testamento se le llama: «Su nombre
será llamado Admirable» (Isaías 9:6). Su nombre
significa todo lo que es, según nos hacen conocer las Escrituras. «Admirables» son
sus oficios, en su número, variedad y suficiencia. El es
el Amigo más íntimo que el hermano, la ayuda segura
en tiempo de necesidad. El es el Sumo Sacerdote, que comprende
nuestras flaquezas. El es el Abogado para con el Padre, que defiende
nuestra causa cuando Satán nos acusa.
Tenemos la necesidad de
estar ocupados con Cristo, estar sentados a sus pies como María, y recibir de su plenitud. Nuestro
deleite principal debería ser: «Considerar al Apóstol
y Sumo Sacerdote de nuestra profesión» (Hebreos 3:
1): para contemplar las variadas relaciones que tiene con nosotros,
meditar en las muchas promesas que nos ha dado, regalarnos en el
maravilloso e inmutable amor que nos tiene. Al hacerlo, nos deleitaremos
en el Señor, de forma que los cantos de sirena del mundo
no tendrán el menor encanto para nosotros. ¿Conoces,
lector amigo, algo de esto en tu experiencia presente? ¿Es
tu gozo principal el estar ocupado con El? Si no, tu lectura
y estudio de la Biblia te han beneficiado muy poco de verdad.
4. Un individuo se beneficia
de las Escrituras cuando Cristo se vuelve más precioso para él. Cristo es precioso en
la estimación de los verdaderos creyentes (1.a Pedro 2:7).
Su nombre es para ellos «ungüento derramado».
Consideran todas las cosas como pérdida por la excelencia
del conocimiento de Cristo Jesús su Señor (Filipenses
3:8). Como la gloria de Dios que apareció como una visión
maravillosa en el templo y en la sabiduría y esplendor de
Salomón, atrajo adoradores desde los últimos cabos
de la tierra, la excelencia de Cristo, sin paralelo, que fue prefigurada
por aquella, es más poderosa aún para atraer los
corazones de su pueblo. El Demonio lo sabe muy bien, y por ello
sin cesar se ocupa en cegar la mente de aquellos que no creen,
colocando delante de ellos todos los atractivos del mundo. Dios
le permite también que asalte al creyente, porque está escrito: «Resistid
al diablo, y de vosotros huirá» (Santiago 4:7). Resistidle
por medio de la oración sincera y fervorosa y específica,
pidiendo al Espíritu que te atraiga los sentidos hacia
Cristo.
Cuanto más nos dejamos absorber por las perfecciones de
Cristo, más le amamos y le adoramos. Es la falta de conocimiento
experiencial de El que hace que nuestros corazones sean fríos
hacia El. Pero, donde se cultiva la comunión diaria el cristiano
puede decir con el Salmista: «¿A quién tengo
en el cielo sino en Ti? No hay para mí otro bien en la tierra» (Salmo
73:25). Esto es la verdadera esencia y naturaleza distintiva del
verdadero Cristianismo. Los fanáticos legalistas pueden
ocuparse diligentemente de diezmar la menta, el anís y el
comino, pueden recorrer mar y tierra para arrastrar un prosélito,
pero no tienen amor a Dios en Cristo. Es el corazón lo que
Dios contempla: «Hijo mío, dame tu corazón» (Proverbios
23:26), nos pide. Cuanto más precioso es Cristo para nosotros
más se deleita El en nosotros.
5. Un individuo que se
beneficia de las Escrituras tiene una confianza creciente en
Cristo. Hay «fe pequeña» (Mateo
14:3) y «fe grande» (Mateo 8:10). Hay la «plena
seguridad de la fe» (Hebreos 10: 22), y el confiar en el
Señor « de todo corazón» (Proverbios
3:5). De la misma manera que hay el crecer «de fortaleza
en fortaleza» (Salmo 84:7), leemos de ir «de fe en
fe» (Romanos 1:17). Cuanto más firme y fuerte es nuestra
fe, más honramos a Jesucristo. Incluso en una lectura rápida
de los cuatro Evangelios se revela el hecho que nada complacía
más al Señor que la firme confianza que ponían
en El aquellos que realmente contaban con El. El mismo vivió y
anduvo por fe, y cuanto más lo hacemos, más son confirmados
los «miembros» como una unidad con la «cabeza».
Por encima de todo hay una cosa que hemos de proponernos y buscar
diligentemente en la oración: que aumente nuestra fe. De
los Tesalonicenses Pablo pudo decir: «vuestra fe va creciendo» (II
Tesalonicenses 1:3).
Ahora bien, no podemos
confiar en Cristo en lo más mínimo
a menos que le conozcamos, y cuanto mejor le conocemos más
confiaremos en El. «En ti confiarán los que conocen
tu nombre» (Salmo 9: 10). A medida que Cristo pasa a ser
más real al corazón, nos ocupamos más y más
con sus perfecciones y El se vuelve más precioso para nosotros,
la confianza en El se profundiza hasta que pasa a ser tan natural
confiar en El como respirar. La vida cristiana es andar por fe
(2ª Corintios 5:7), y esta misma expresión denota un
progreso continuo, una liberación progresiva de las dudas
y los temores, una seguridad más plena de que todas sus
promesas serán realiza as. Abraham es el Padre de los creyentes,
y por ello la crónica de su vida nos proporciona una ilustración
de lo que significa una confianza que se va haciendo más
profunda. Primero, obedeciendo una simple palabra de Dios abandonó todo
lo que amaba según la carne. Segundo, prosiguió adelante
dependiendo simplemente de El y residió como extranjero
y peregrino en la tierra prometida, aunque nunca tuvo bajo su posesión
un palmo de la misma. Tercero, cuando se le prometió que
le nacería simiente en su edad provecta, no consideró los
obstáculos que había en el cumplimiento de la promesa,
sino que su fe le hizo dar gloria a Dios. Finalmente, cuando se
le llamó para ofrendar a Isaac, a pesar de que esto impediría
la realización de la promesa en el futuro, consideró que
Dios «podía levantarle incluso de los muertos» (Hebreos
11: 19).
En la historia de Abraham
se nos muestra cómo la gracia
puede someter un corazón incrédulo, cómo el
espíritu puede salir victorioso de la carne, cómo
los frutos sobrenaturales de una fe dada y sostenida por Dios pueden
ser producidos por un hombre con pasiones o debilidades como las
nuestras. Esto se nos presenta para animarnos, para que oremos
que Dios quiera obrar en nosotros lo que obró en el padre
de los fieles. No hay nada que complazca, honre y glorifique a
Cristo como la confianza firme y expectante, cuál de un
niño, por parte de aquellos a quienes ha dado motivo para
que confíen en El de todo su corazón. Y nada
evidencia mejor que nos hemos beneficiado de las Escrituras
que una fe creciente
en Cristo.
6. Un individuo se beneficia
de las Escrituras cuando éstas
engendran en él un deseo cada vez más profundo de
agradar a Cristo. «No sois vuestros, pues comprados sois
por precio» (1ª Corintios 6:19, 20), es el primer gran
hecho que el cristiano tiene que entender bien. Para ello no debe «vivir
para sí sino para aquel que murió El» (2ª Corintios
5:15). El amor se deleita en agradar lo que ama, y cuanto más
el afecto nos atraiga a Cristo más desearemos honrarle por
medio de una vida de obediencia a su voluntad, según la
conocemos. « Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan
14:23). No es en emociones alegres y felices o en profesiones verbales
de devoción, sino en el tomar su yugo y someternos prácticamente
a sus preceptos que honramos a Cristo principalmente.
En este punto es, precisamente,
que se comprueba la autenticidad de nuestra profesión de fe. ¿Tiene fe en Cristo aquél
que no hace ningún esfuerzo para conocer su voluntad? ¡Qué desprecio
para un rey si sus súbditos rehusaran leer sus proclamas!
Donde hay fe en Cristo habrá deleite en sus mandamientos
y tristeza cuando son quebrantados. Cuando desagradamos a Cristo
lamentamos nuestro fallo. Es imposible creer seriamente que fueron
mis pecados los que causaron que el Hijo de Dios derramara su preciosa
sangre sin que yo aborrezca estos pecados. Si Cristo sufrió bajo
el pecado, también hemos de sufrir nosotros. Y cuanto más
sinceros son estos gemidos, más sinceramente buscaremos
gracia para ser librados de todo lo que desagrada al Redentor,
y reforzar nuestra decisión para hacer todo lo que le
complace.
7. Un individuo se beneficia
de las Escrituras cuando le hacen anhelar la segunda venida
de Cristo. El amor
puede satisfacerse
sólo con la vista del objeto amado. Es verdad que incluso
ahora contemplamos a Cristo por la fe; sin embargo es «como
a través de un espejo, oscuramente». Pero, cuando
venga le veremos «cara a cara» (1ª Corintios 13:12).
Entonces se cumplirán sus propias palabras: «Padre,
aquellos que me has dado, quiero que dónde yo estoy, también
ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has
dado; porque me has amado desde antes de la fundación del
mundo» (Juan 17:24). Sólo esto satisfará plenamente
los deseos de su corazón, y sólo esto llenará los
anhelos de los redimidos. Sólo entonces «verá el
fruto de su trabajo y será satisfecho» Isaías
53: 1l); y « En cuanto a Mí, veré tu rostro
en justicia; al despertar, me saciaré de tu semblante» (Salmo
17: 15).
Al retorno de Cristo habremos
terminado con el pecado para siempre. Los elegidos son predestinados
a
ser conformados a la imagen del
Hijo de Dios, y el propósito divino será realizado
sólo cuando Cristo reciba a su pueblo a sí mismo. «Seremos
como El es, porque le veremos tal como El es.» Nunca más
nuestra comunión con El será interrumpida, nunca
más habrá gemido o clamor sobre nuestra corrupción;
nunca más nos acusará la incredulidad. El presentará a
sí mismo «la Iglesia, como una iglesia gloriosa, sin
mancha, ni arruga ni cosa semejante, sino santa y sin mancha» (Efesios
5:27). Este es un momento que estamos esperando ávidamente.
Esperamos con amor a nuestro Redentor. Cuanto más anhelamos
al que ha de venir, más despabilamos nuestras lámparas
en la ávida expectativa de su llegada, más evidencia
damos de que nos beneficiamos del conocimiento de la Palabra.
Que el lector y el autor
busquen sinceramente la presencia de Dios en sí mismos. Que busquemos respuestas verídicas
a estas preguntas. ¿Tenemos un sentido más profundo
de nuestra necesidad de Cristo? ¿Se vuelve Cristo para nosotros
una realidad más brillante y viva? ¿Estamos hallando
más deleite al ocuparnos de sus perfecciones? ¿Está Cristo
haciéndose más y más precioso para nosotros
diariamente? ¿Crece nuestra fe en El de modo que confiamos
más en El para todo? ¿Estamos buscando realmente
complacerle en todos los detalles de nuestras vidas? ¿Estamos
deseándole tan ardientemente que nos llenaría de
gozo si regresara durante las próximas veinticuatro horas? ¡Que
el Espíritu Santo escudriñe nuestros corazones con
estas preguntas específicas!
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Las Escrituras y La Oración
Un cristiano que no ora es simplemente una contradicción.
Como el niño que nace muerto es un niño muerto, un
creyente profeso que no ora está desprovisto de vida espiritual.
La oración es el respirar de la nueva naturaleza del creyente,
como la Palabra de Dios es su alimento. Cuando el Señor
dijo al discípulo de Damasco que Saulo de Tarso se había
convertido de veras, le dijo: «He aquí, Saulo ora» (Hechos
9: 11). En muchas ocasiones el altivo fariseo había doblado
sus rodillas ante Dios y había cumplido sus «devociones»,
pero esta vez era la primera vez que «oraba». Esta
importante distinción debe ser subrayada en este día
de fórmulas sin poder (2ª Timoteo 3:5). Aquellos que
se contentan con dirigirse a Dios de modo formal no le conocen;
porque «el espíritu de gracia, el de suplicación» (Zacarías
12: 10), no se separan nunca. Dios no tiene hijos en su familia
regenerada que sean mudos. «¿No vengará Dios
a sus escogidos que claman a El de noche y de día?» (Lucas
18:7). Sí, «claman» a El, no meramente «rezan» sus
oraciones.
Pero es probable que el
lector se sorprenda cuando siga leyendo que el autor cree que,
probablemente, el
propio pueblo de Dios ¡peca
más en sus esfuerzos para orar que en relación con
ningún otro objetivo en que se ocupa! ¡Qué hipocresía
hay en la oración, cuando debería haber sinceridad! ¡Qué exigencias
tan presuntuosas, cuando debería haber sumisión! ¡Qué formalismo,
cuando tendría que haber corazones quebrantados! ¡Cuán
poco sentimos realmente los pecados que confesamos, y qué poco
sentido de la profunda necesidad de su misericordia! E incluso
cuando Dios consiente en librarnos de estos pecados, hasta cierto
punto, qué frialdad en el corazón, qué incredulidad,
cuánta voluntad propia y autocomplacencia. Los que no tienen
perceptividad para estas cosas son extraños al espíritu
de la santidad.
Ahora bien, la Palabra
de Dios debería dirigirnos en oración.
Por desgracia, cuán a menudo hacemos que nuestra inclinación
carnal sea la que dirige nuestras peticiones. Las Sagradas Escrituras
nos han sido dadas para que «el hombre de Dios sea enteramente
apto, bien pertrechado para toda buena obra» (2ª Timoteo
3:17). Como que debemos «orar en el Espíritu» (Judas
20), se sigue que nuestras oraciones tienen que estar de acuerdo
considerando que El es el autor de ellas. Se sigue también
que según la medida en que la Palabra de Cristo mora en
nosotros en «abundancia» (Colosenses 3:16), o escasamente,
más (o menos) estarán nuestras peticiones en armonía
con la mente del Espíritu, porque «de la abundancia
del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). En la medida
en que atesoramos la Palabra de Dios en nuestro corazón,
y ésta limpia, moldea y gobierna nuestro hombre interior,
serán nuestras oraciones aceptables a la vista de Dios.
Entonces podemos decir, como dijo David en otro sentido: «Todo
es tuyo y de lo recibido de tu mano te damos» (1ª Crónicas
29:14).
Así que la pureza y el poder de nuestra vida de oración
son otro índice por el cual podemos decidir la extensión
de los beneficios que sacamos de la lectura y estudio de las Escrituras.
Si nuestro estudio de la Biblia, bajo la bendición del Espíritu,
no nos resarce del pecado de la falta de oración, revelándonos
el lugar que la oración debe ocupar en nuestra vida diaria,
y en realidad no nos lleva a pasar más tiempo en el lugar
secreto con el Altísimo; si no nos enseña cómo
orar de modo más aceptable a Dios, cómo hacer nuestras
sus promesas y reclamarlas, cómo apropiarnos sus preceptos
y hacer de ellos nuestras peticiones, entonces, no sólo
no nos ha servido para enriquecer el alma el tiempo que hemos pasado
leyendo y meditando la Palabra, sino que el mismo conocimiento
que hemos adquirido de la letra, servirá para nuestra condenación
en el día venidero. «Sed hacedores de la Palabra,
no solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago
1:22). Se aplica a sus amonestaciones a la oración y a todo
lo demás. Veamos ahora siete diferentes criterios.
1. Nos beneficiamos de
las Escrituras cuando nos ayudan a comprender la importancia
profunda de la oración. Es de temer que muchos
lectores de la Biblia de hoy (y aun estudiosos) no tienen convicciones
profundas de que una vida de oración definida es absolutamente
necesaria para andar y comunicar con Dios, como lo es para la liberación
del poder del pecado, las seducciones del mundo o los asaltos de
Satán. Si esta convicción realmente poseyera sus
corazones, ¿no pasarían más tiempo con el
rostro delante de Dios? Es inútil, si no peor, replicar: «Hay
una gran cantidad de obligaciones que tengo que cumplir y ocupan
el tiempo que usaría para la oración, a pesar de
que me gustaría hacerla». Pero, queda el hecho que
cada uno de nosotros pone tiempo aparte para lo que consideramos
es imperativo. ¿Quién vive una vida más activa
que la que vivió nuestro Salvador? A pesar de ello encontró mucho
tiempo para la oración. Si verdaderamente deseamos ser intercesores
y hacer súplicas ante Dios y usamos en ello todo el tiempo
disponible que tenemos ahora, El ordenará las cosas de modo
que tendremos más tiempo.
2. La falta de convicción positiva en la profunda importancia
de la oración se evidencia claramente en la vida corporativa
de los cristianos profesos. Dios ha dicho sencillamente: «Mi
casa será llamada casa de oración» (Mateo 21:13).
Notemos: no «casa de predicación o de cánticos»,
sino de oración. Sin embargo, en la gran mayoría
de las iglesias, incluso dentro de la ortodoxia, el ministerio
de la oración ha pasado a ser negligible. Hay todavía
campañas evangelísticas, Convenciones de enseñanza
de la Biblia, pero cuán raramente se oye de dos semanas
puestas aparte para oraciones especiales. Y ¿qué beneficio
proporcionan estas «Convenciones de la Biblia» a las
iglesias si su vida de oración no es reforzada? Pero, cuando
el Espíritu de Dios aplica con poder en nuestros corazones
palabras como: «Velad y orad, para que no entréis
en tentación» (Marcos 14: 38); «En toda suplicación
y ruego y acción de gracias sean notorias vuestras peticiones
delante de Dios» (Filipenses 4:6); «Perseverad en la
oración, velando en ella con acción de gracias» (Colosenses
4:2), entonces nos beneficiamos de las Escrituras.
2. Nos beneficiamos de
las Escrituras cuando nos hacen sentir que no sabemos bastante
cómo orar. «No sabéis
pedir como conviene» (Romanos 8:26). ¡Cuán pocos
cristianos creen esto verdaderamente! La idea más común
es que la gente sabe bastante bien lo que debe pedir, sólo
que son descuidados o son malos, y dejan de orar por lo que saben
bien que es su deber. Pero, este concepto discrepa por completo
de la declaración inspirada de Romanos 8:26. Hay que observar
que observar que esta afirmación que humilla a la carne,
no se hace sobre los hombres en general, sino de los santos de
Dios en particular, entre los cuales el apóstol no vacila
en incluirse el mismo: «No sabemos lo que hemos de pedir
como conviene». Si ésta es la condición del
hombre regenerado, mucho peor será la de no regenerado.
Con todo, una cosa es leer y asentir mentalmente lo que dice el
versículo, y otra tener una comprensión de experiencia,
porque para que el corazón sienta lo que Dios requiere
de nosotros. El mismo debe obrarlo en nosotros y por medio
de nosotros.
Digo mis oraciones con
frecuencia, Pero, ¿oro en verdad?
Y van los deseos de mi corazón, ¿Conforme a las palabras?
Lo mismo serviría arrodillarme Y adorar a una piedra, Que
ofrecer a Dios como plegaria Nada más que palabras,
Y labios que se mueven.
Ya hace muchos años que mí madre me hizo aprender
de memoria estas líneas -la cual ya «está presente
ahora en el Señor», pero su mensaje, vivo todavía,
me martillea la mente. El cristiano no puede orar a menos que el
Espíritu Santo se lo haga posible, lo mismo que no puede
crear un mundo. Esto ha de ser así, porque la oración
real es una necesidad sentida que ha sido despertada en nosotros
por el Espíritu, de modo que pedimos a Dios, en el nombre
de Cristo, aquello que está de acuerdo con su santa voluntad. «Y ésta
es la confianza que tenemos ante él, que si pedirnos alguna
cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1ª Juan
5:14). Pero, el pedir algo que no es conforme a la voluntad de
Dios no es orar, sino atrevimiento. Es verdad que Dios nos revela
su voluntad, y la podemos conocer a través de su Palabra,
sin embargo, no es de la manera que un libro de cocina nos da recetas
culinarias para la preparación de platos. Las Escrituras
frecuentemente enumeran principios que requieren un continuo ejercicio
del corazón y ayuda divina para que veamos su aplicación
a los diferentes casos y circunstancias. De modo que nos beneficiamos
de las Escrituras cuando aprendemos en ellas nuestra profunda necesidad
de clamar «Señor, enséñanos a orar» (Lucas
11: 1) y nos vemos constreñidos a pedirle a El espíritu
de oración.
3. Nos beneficiamos de
las Escrituras cuando nos damos más
cuenta de nuestra necesidad de la ayuda del Espíritu. Primero,
que nos haga conocer nuestras verdaderas necesidades. Tomemos,
por ejemplo, nuestras necesidades materiales. Con cuánta
frecuencia nos hallamos en una situación externa difícil;
las cosas nos oprimen, y deseamos ser librados de estas tribulaciones
y dificultades. Sin duda, pensamos que aquí sabemos «qué» es
lo que tenemos que pedir. De ninguna manera y, al contrario, la
verdad es que a pesar de nuestros deseos de alivio, somos tan ignorantes,
nuestro discernimiento está tan embotado, que (incluso cuando
se trata de una conciencia acostumbrada) no sabemos qué clase
de sumisión a su agrado Dios puede requerir, o cómo
podemos santificar estas aflicciones para nuestro bien interior.
Por tanto, Dios considera las peticiones de muchos que claman pidiendo
ayuda sobre cosas externas «aullidos», y no clamar
a El con el corazón (ver Oseas 7:14). «Porque ¿quién
sabe lo que es bueno para el hombre en la vida?» (Eclesiastés
6:12). Ah, la sabiduría celestial es necesaria para enseñarnos
sobre nuestras «necesidades» temporales, a fin de hacer
de ellas un asunto de oración según la mente
de Dios.
Quizá puedan añadirse unas pocas palabras a lo que
ya se ha dicho. Podemos pedir sobre cosas temporales escrituralmente
(Mateo 6:11, etc.), pero con una triple limitación. Primero,
de modo incidental y no de modo primario, porque no son éstas
las cosas de las que se preocupan los cristianos de modo principal
(Mateo 6:33). Las cosas que deben buscarse primero y sobre todo,
son las cosas celestiales y eternas (Colosenses 3:l), mucho más
importantes y valiosas que las temporales. Segundo, de modo subordinado,
como medio para un fin. El buscar cosas materiales de Dios no ha
de ser a fin de conseguir satisfacción, sino como una ayuda
para agradarle más. Tercero, de modo sumiso, no imperioso,
porque esto sería el pecado de presunción. Además,
no sabemos si el que se nos concediera gracia sobre algo temporal
contribuiría realmente a nuestro bienestar supremo (Salmo
106:18) y por tanto debemos dejarle a Dios que decida. Tenemos
necesidades interiores también, además de las exteriores.
Algunas pueden ser discernidas a la luz de la conciencia, tales
como la culpa y la impureza del pecado, los pecados contra la luz
y la naturaleza y la simple letra de la ley. Sin embargo, el conocimiento
que tenemos de nosotros mismos por medio de la conciencia es tan
oscuro y confuso que, aparte del Espíritu, no somos capaces
de descubrir la verdadera fuente de purificación. Las cosas
sobre las cuales los creyentes tienen que tratar primariamente
con Dios en sus súplicas son el esta y la disposición
de su alma, o sea espiritual. Por eso, David no estaba satisfecho
con confesar las transgresiones que conocía y su pecado
original (Salmo 51:1-5), sino que dándose cuenta de que
no puede entender bien sus propios errores, desea ser limpiado
de los «errores ocultos» (Salmo 19:12); pero le pide
también a Dios que emprenda una búsqueda de su corazón
para encontrar lo que pueda escapársele (Salmo 139:23,24),
sabiendo que Dios requiere principalmente «verdad en lo íntimo» (Salmo
51: 6). Así que en vista de (1ª Corintios 2:10-12,
deberíamos buscar la ayuda del Espíritu para
que podamos pedir de modo aceptable a Dios.
4. Estamos beneficiándonos de las Escrituras cuando el Espíritu
nos enseña el recto propósito de la oración.
Dios ha establecido la ordenanza de la oración por lo menos
con un triple designio. Primero, que el Dios Trino sea honrado,
porque la oración es un acto de adoración, rendición
de homenaje; al Padre como Dador, en el nombre del Hijo por medio
del cual únicamente podemos acercarnos a El, a través
del poder que nos impulsa. y dirige del Espíritu Santo.
Segundo: para humillar nuestros corazones, porque la oración
está ordenada para traernos a un lugar de dependencia, para
desarrollar en nosotros un sentimiento de nuestra insignificancia,
al admitir que sin el Señor no podernos hacer nada, y que
somos como mendigos pidiendo todo lo que somos y tenemos. Pero,
cuán débilmente se cumple esto (si es que :se cumple)
en nosotros, hasta que el Espíritu nos lleva de la mano,
quita nuestro orgullo, y da a Dios el verdadero lugar en nuestros
corazones y pensamientos. Tercero, como un medio de obtener
para nosotros mismos las cosas buenas que pedimos.
Es de temer que una de las principales razones por las que muchas
oraciones quedan sin contestar es que tenemos un objetivo equivocado
o sin valor.
Nuestro Salvador dice: «Pedid y recibiréis» (Mateo
7:7); pero Santiago afirma de algunos que «Pedís y
no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros
deleites». (Santiago 43). El orar pidiendo algo, pero no
de modo expreso con miras a aquello para lo cual Dios lo ha designado,
es «pedir mal»; y por tanto sin propósito eficaz.
Toda la confianza que tenemos en nuestra propia sabiduría
e integridad, si se nos deja proseguir nuestros objetivos nunca
se ajustará a la voluntad de Dios. Hasta que el Espíritu
restringe a la carne en nosotros, nuestros afectos propios naturales
desordenados interfieren con nuestras súplicas, á las
hacen inservibles. «Todo lo que hacéis, hace lo para
la gloria de Dios» (1ª Corintios 10:31), sin embargo,
nadie excepto el Espíritu puede hacer que nos subordinemos
en nuestros deseos a la gloria de Dios.
5. Nos beneficiamos de
las Escrituras cuando nos enseñan
a reclamar las promesas de Dios. La oración debe ser hecha
con fe (Romanos 10: 14), de lo contrario Dios no la escuchará.
Ahora bien, la fe tiene respeto a las promesas de Dios (Hebreos
4:1; Romanos 4:21); si, por tanto, no comprendemos qué es
lo que Dios ha prometido, no podemos orar. «Las cosas secretas
pertenecen a Jehová, nuestro Dios» (Deuteronomio 29:29),
pero la declaración de su voluntad y la revelación
de su gracia nos pertenecen, y son nuestra regla. No hay nada que
podamos necesitar que Dios no se haya comprometido a proporcionárnoslo,
si bien de tal forma y bajo tales limitaciones que aseguren que
será para nuestro bien y nos serán útiles.
Por otra parte, nada hay que Dios haya prometido, que no tengamos
necesidad de ello, o que de una manera u otra no nos afecte como
miembros del cuerpo místico de Cristo. Por ello, cuanto
mejor estemos familiarizados con las promesas divinas, y cuanto
más comprendamos sus bondades, gracia y misericordia
preparadas y propuestas en ellas, mejor equipados estamos para
orar de modo
aceptable.
Algunas de las promesas
de Dios son generales más bien
que específicas; algunas son condicionales, otras incondicionales,
algunas se cumplen en esta vida, otras en la vida venidera. Tampoco
podemos nosotros discernir por nuestra cuenta qué promesa
es más apropiada para nuestro caso particular y la situación
presente, o cómo apropiarla por fe y reclamarla rectamente
de Dios. Por tanto, se nos dice de modo explícito: «Porque ¿quién
de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu
del hombre que está en él? Así tampoco nadie
conoce las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros
no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu
que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha otorgado
gratuitamente.» (1ª Corintios 2:11,12). Si alguien contestara:
si se requiere tanto para que una oración sea aceptable,
si no podemos presentar peticiones a Dios con menos molestia de
la que se indica, habrá pocos que quieran persistir durante
algún tiempo en este deber», lo único que podríamos
decirle es que esta persona no tiene la menor idea de lo que es
orar ni parece tener interés en saberlo.
6. Nos beneficiamos de
las Escrituras cuando nos llevan a una completa sumisión a Dios. Como se dijo antes, uno de los
propósitos divinos al establecer la oración como
una ordenanza es para ayudarnos a sentirnos humildes. Esto se muestra
exteriormente cuando doblamos las rodillas ante el Señor.
La oración es un reconocimiento de nuestra impotencia, un
mirar a Dios de quien esperamos ayuda. Es admitir su suficiencia
para suplir nuestra necesidad. Es el hacer conocidas nuestras «peticiones» (Filipenses
4:6) a Dios; pero peticiones es algo muy distinto de «requerimientos». «El
trono de la gracia no existe para que nosotros podamos acudir a él
para obtener satisfacciones de nuestras pasiones» (Wm. Gurnall).
Hemos de presentar nuestro caso delante de Dios, pero dejar que
su sabiduría superi