Beneficios de la lectura de la Biblia


1. Nos beneficiamos de la Palabra de Dios, cuando se nos abren los ojos para discernir el verdadero carácter del mundo. Uno de nuestros poetas escribió: «Dios está en el cielo- todo está bien en el mundo.» Desde un punto de vista esto es verdad, pero desde otro está realmente equivocado, porque «el mundo entero yace en poder del maligno» (1ª Juan 5: 19). Pero es sólo a medida que el corazón es iluminado de modo sobrenatural por el Espíritu Sano que podemos percibir que lo que es altamente estimado entre los hombre es realmente «abominación a los ojos de Dios» (Lucas 16:15). Hemos de estar agradecidos cuando el alma puede ver que el «mundo» es un fraude gigantesco; una burbuja vacía, algo, vil, que un día va a desaparecer en una conflagración de fuego.

Antes de seguir adelante, definamos este «mundo» que se le. prohíbe amar al cristiano. Hay pocas palabras en las Sagradas Escrituras que sean usadas con una mayor variedad de significados que ésta. Con todo, una atención cuidadosa al contexto nos ayudará a determinar el sentido de cada caso. El «mundo» es un sistema u orden de cosas, completo en sí mismo. No hay ningún elemento extraño al inundo al que se permita entrar, y si esto ocurre, rápidamente se asimila 0 acomoda. El «mundo» es la naturaleza caída del hombre actuando en la familia humana, modelando el marco de la sociedad de acuerdo con sus propias tendencias. Es el reino organizado de la «mente carnal».que está en «enemistad contra Dios» y que «no está sujeta a la ley de Dios, ni en realidad puede estarlo» (Romanos 8:7). Dondequiera que haya una «mente carnal», allí está el «mundo»; de modo que la mundanalidad es el mundo sin Dios. 2. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando aprendemos que el mundo es un enemigo que hay que resistir y al que hay que vencer. Al cristiano se le manda que luche «la buena batalla de la fe» (1ª Timoteo 6:12), lo cual implica que hay enemigos con los que hay que medir las armas y vencen, Del mismo modo que hay la Trinidad Santísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, hay también una trinidad del mal: el mundo, el demonio y la carne. El hijo de Dios es llamado a un combate mortal con ellos; «mortal», decimos, porque o será destruido por ellos o conseguirá la victoria sobre ellos. Deja claro, pues, en tu mente, lector, que el mundo es un enemigo mortal, y si tú no le vences en tu corazón, no eres hijo de Dios, porque está escrito: «Todo aquel que es hijo. de Dios, vence al mundo» (1ª Juan 5:4).

Pueden darse las siguientes razones, entre otras, de por qué es necesario vencer al mundo. Primero: todos sus seductores objetos tienden a desviar nuestra atención y enajenar nuestro afecto de Dios. Es necesario que sea así, porque la tendencia de las cosas que se ven es la de desviar al corazón de las cosas que no se ven. Segundo: el espíritu del mundo es diametralmente opuesto al Espíritu de Cristo; por ello escribió el apóstol: «Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios» (1ª Corintios 2:12). El Hijo de Dios vino al mundo, pero «el mundo no le conoció» (Juan 1:10); por ello los príncipes y gobernadores de este mundo le crucificaron (1ª Corintios 2:8). Tercero: sus cuidados y preocupaciones son hostiles a una vida devota. y piadosa. Los cristianos, como el resto de la humanidad, tienen la orden de Dios de trabajar seis días a la semana, pero, mientras están así ocupados necesitan estar constantemente en guardia, para que la ambición no les gobierne en vez de la ejecución y cumplimiento de su deber.

«Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe» (1ª Juan 5:4). Sólo una fe dada por Dios puede vencer al mundo. Pero, cuando el corazón está ocupado con realidades invisibles, aunque eternas, es librado de la influencia corruptora de los objetos mundanales. Los ojos de la fe disciernen las cosas de los sentidos en sus colores verdaderos, y ven que son vacías y vanas, y no son dignas de ser comparadas con los objetos grandes y gloriosos de la eternidad. Un sentido Profundo de las perfecciones y presencia de Dios hace que el mundo aparezca como menos que nada. Cuando el cristiano ve que el Divino Redentor, muere por sus pecados, vive para interceder por su perseverancia, reina y rige las cosas con miras a su salvación final, el cristiano exclama: « No hay para mí ningún bien en la tierra aparte de Ti.»

Y ¿qué dices con respecto a ti cuando lees estas líneas? Puedes asentir cordialmente a lo que se dice en el párrafo anterior, pero ¿cuál es la realidad de tu situación, no ya tu opinión? ¿Tienen las cosas que el hombre regenerado estima, encanto y atractivo para ti? Quita de la persona mundana las cosas en que se deleita y se siente perdido: ¿te ocurre lo mismo a ti? 0 por lo contrario, ¿se halla tu gozo y satisfacción en objetos que no te pueden ser quitados? No consideres estas cosas a la ligera, te ruego, sino considéralas seriamente en la presencia de Dios. La respuesta sincera a las mismas será el índice o marcador del estado real de tu alma, e indicarán si eres de veras «una nueva criatura en Cristo Jesús» o te haces la ilusión de serlo.

3. Estamos beneficiándonos de la Palabra de Dios cuando aprendemos que Cristo murió para librarnos del «presente siglo malo» (Gálatas 1A). El Hijo de Dios vino, no sólo para cumplir los requisitos de la ley (Mateo 5:17), sino para «destruir las obras del maligno» (1ª Juan 3:18), para librárnos de la «ira que ha de venir» (La Tesalonicenses 1:10), para salvarnos de nuestros pecados (Mateo 1:2), pero también para liberarnos del yugo de la esclavitud de este mundo, y para liberar al alma de su nefasta influencia. Esto se prefiguré en los tratos que Dios tuvo con Israel. Los israelitas eran esclavos en Egipto, y «Egipto» es una figura o símbolo del mundo. Estaban bajo una cruel esclavitud, pasando la vida haciendo ladrillos para Faraón. Les era imposible alcanzar la libertad por su cuenta. Pero, Jehová, con su gran poder, los emancipó, y los sacó de un «horno ardiendo». Esto mismo hace Cristo con los suyos. Quebranta el poder del mundo en sus corazones. Los hace independientes de él, para que no procuren sus favores ni le teman si frunce el cejo.

Cristo se dio a sí mismo como sacrificio por los pecados de su pueblo, para que, a consecuencia de ello, pudieran ser librados del poder e influencia de todo lo que es malo en este presente siglo: de Satán, que es su príncipe; de los deseos y apetitos de la carne que predomina en el mundo; de la vana conducta de los hombres que pertenecen al mismo. Y el Santo Espíritu que mora en los santos, coopera con Cristo en esta bendita obra. El Espíritu vuelve sus pensamientos y afectos de las cosas terrenas a las celestiales. Por la obra de su poder, los libra de la influencia desmoralizadora que los rodea, y los conforma a los Standard celestiales. Y a medida que el cristiano crece en la gracia, lo reconoce, y obra en consecuencia. Busca todavía una liberación más plena de este «presente siglo malo» y pide a Dios que le libre de él completamente. Lo que antes le encantaba ahora le desagrada y produce asco. Anhela el momento en que será quitado de este teatro de acción en que el nombre de su bendito Señor es deshonrado tan tristemente.

4. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nuestros corazones son corroborados en ella. «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo» (1ª Juan 2:15). «Lo que es para el viajero una piedra de tropiezo en el camino, un peso para el que corre, la liga para el pájaro, es el amor al mundo para el cristiano en el curso de su vida: le distrae completamente en el camino o le desvía totalmente del mismo» - (Nathaniel Hardy, 1660). La verdad es que hasta que el corazón es purgado de la corrupción, el oído es sordo a la instrucción divina. Hasta que somos librados de las cosas del siglo y de los sentidos no podemos ser sometidos a la obediencia a Dios. La verdad celestial resbala de una mente carnal, como el agua por la superficie de un cuerpo esférico. El mundo ha vuelto su espalda a Cristo, aunque su nombre es profesado en muchos sitios; sin embargo, no quiere saber nada de El. Todos los deseos y designios de la persona mundana son la gratificación del yo. Por más que sus objetivos e intentos sean tan varios como se quiera, todo está subordinado a satisfacer al yo. Ahora bien, los cristianos se hallan en el mundo, y no pueden salir de él; tienen que vivir en él, el tiempo -que el Señor les ha indicado. Mientras están en él tienen que ganarse la vida, mantener a sus familias y atender a los negocios del mundo. Pero se les prohibe que amen al mundo, en el sentido de que pueda hacerles felices. Su «tesoro» y «porción» se halla en otro sitio.

El mundo tiene atractivo para cada uno de los instintos del hombre caído. Contiene miles de objetos que le encantan: atraen su atención, la atención crea deseo y el deseo amor, e insensiblemente, pero de modo seguro, hacen una impresión más y más profunda en su corazón. Tiene la misma fatal influencia en todas las clases. Pero a pesar de ser atractivos los diversos objetos, y todas las ocupaciones y placeres del mundo, están diseñadas y adaptadas para fomentar la felicidad en esta vida, solamente, por tanto: «¿De qué le aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?» El cristiano recibe su enseñanza del Espíritu, y al presentarle éste a Cristo en el alma, sus pensamientos son desviados del mundo. De la misma manera que un niño deja caer un objeto sucio o peligroso cuando se le ofrece algo que tiene más interés para él, lo mismo el corazón que está en comunión con Dios dice: «Estimo todas las cosas como perdidas por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Filipenses 3:8).

5. Nos beneficiamos de la Palabra cuando andamos separados del mundo. « ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Santiago 4:4). Este versículo y otros semejantes deberían escudriñar la mente de todos y hacernos temblar. ¿Cómo puedo buscar amistad y placer en aquello que ha sido condenado por el Hijo de Dios? Si lo hago, al instante esto me identifica con sus enemigos. Oh, lector, no te equivoques en este punto. Está escrito: «Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1ª Juan 2:15).

Se dijo en tiempo antiguo del pueblo de Dios que: «He aquí un pueblo que habitará confiado y no será contado entre las naciones» (Números 23:9). Sin duda la disparidad de la conducta y carácter, los deseos y pesquisas que distinguen al hombre regenerado del no regenerado, deben separarlos. Los que profesamos tener nuestra ciudadanía en otro mundo, ser guiados por otro espíritu, dirigidos por otra. regla, estar viajando a otro país, ¡no podemos ir del brazo con aquellos que desprecian estas cosas! Por tanto que todo alrededor nuestro y en nosotros exhiban nuestro carácter de peregrinos. Es posible que el mundo se extrañe de nosotros (Zacarías 3:8), porque no nos adaptamos a las formas de este mundo (Romanos 12:2).

6. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando provocamos el aborrecimiento. ¡Qué trabajo se da el mundo para salvar las apariencias y dar a los otros una buena impresión! Las cosas convencionales y sociales, las cortesías y el altruismo, todo son fórmulas para dar un aire de respetabilidad. Y para dar más peso, se añade el «Cristianismo», y el santo nombre de Cristo está en los labios de miles que nunca han tomado su «yugo sobre sí». De ellos dice Dios: «Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí» (Mateo 15:8).

Y ¿cuál ha de ser la actitud de los verdaderos cristianos respecto a esto? La respuesta de la Escritura es clara: «De los tales, apártate» (2ª Timoteo 3:5). «Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor» (2ª Corintios 6:17). Y ¿qué ocurre cuando obedecemos sus mandamientos? Entonces se demuestra la verdad de estas palabras de Cristo: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, porque no sois del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece» (Juan 15:19). ¿Qué significa «mundo» aquí, de un modo específico? Dejemos que el versículo anterior nos dé la respuesta: Si, el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros.» ¿Qué mundo aborreció a Cristo y le hostigó hasta la muerte? El mundo religioso, aquellos que se decían ser más celosos de la gloria de Dios. Lo mismo ocurre ahora. ¡Que el cristiano vuelva la espalda a la Cristiandad que deshonra a Cristo, y sus enemigos peores y más implacables y sin escrúpulos serán aquellos que dicen ellos mismos ser cristianos! Pero, «bienaventurados seréis cuando por mi causa os vituperen y os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozáos y alegráos, porque vuestro galardón es grande en los cielos» (Mateo 5:11,12). ¡Ah, hermano, es una buena señal, una marca segura de que te beneficias de la Palabra, cuando el mundo religioso te aborrece! Pero, si por otra parte, todavía tienes buena reputación entre las «iglesias» o «asambleas» ¡hay buenas razones para temer que amas la alabanza de los hombres más que la de Dios!

7. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando nos elevamos por encima del mundo. Primero: respecto a sus costumbres y modas. El hombre mundano es un esclavo de las costumbres. y estilos del día. No es así respecto a los que andan con, Dios; la preocupación principal es «conformarse a la imagen del Hijo». Segundo: por encima de sus cuidados y tribulaciones: en otro tiempo se dijo de los santos que aceptaban ultrajes y aflicciones y el despojo de los bienes, «sabiendo que tenían una mejor y perdurable posesión en los cielos» (Hebreos 10:34). Tercero: por encima de sus tentaciones: ¿qué atractivo tiene el brillo del mundo para aquellos que se deleitan en el Señor? ¡Ninguno en absoluto! Cuarto: por encima de las opiniones y aprobación. ¿Has aprendido a ser independiente y plantar cara al mundo? Si todo tu corazón está dispuesto a complacer a Dios, dejarás de preocuparte de la impiedad, que te mira con ceño.

Ahora, lector, ¿quieres medirte con el contenido de este capítulo? Si es así, busca respuestas sinceras a las siguientes preguntas. Primero: ¿cuáles son los objetos en los que tu mente encuentra recreo? ¿Cuáles son los pensamientos que circulan más por ella? Segundo: ¿cuáles son los objetos que escoges? Cuando has de decidir la forma en que has de pasar una velada o un domingo por la tarde, ¿ qué es lo que escoges? Tercero: ¿qué es lo que te causa mayor pena: la pérdida de los bienes terrenos o la falta de comunión con Dios? ¿Qué te causa más pesar, el, que se echen a perder tus planes o la frialdad de tu corazón a Cristo? Cuarto: ¿cuál es el tema favorito de tu conversación? ¿Pasas el tiempo en conversación sobre cosas insustanciales como noticias del día y otras semejantes o hablando «de Aquel que procura nuestra amistad»? Quinto: ¿se vuelven realidad tus «buenas intenciones» o bien no son nada más que sueños vanos? ¿Pasas más tiempo que antes de rodillas? ¿Es su Palabra más dulce a tu paladar, o tu alma ha perdido ya el sabor de ella?


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Las Escrituras y Las Promesas
Las promesas divinas dan a conocer lo que constituye la buena voluntad de Dios para su pueblo para concederle las riquezas de su gracia. Son el testimonio externo de su corazón, que desde la eternidad los ama y ha preordenado todas las cosas para ellos y referente a ellos. En la persona y obra de su Hijo, Dios ha hecho una provisión completa para su salvación, tanto en el tiempo como en la eternidad. A fin de que puedan tener un conocimiento espiritual, claro y verdadero del mismo, ha complacido al Señor ponerlo delante de ellos en las maravillosas y grandes promesas que están esparcidas por todas las Escrituras como otras tantas y gloriosas estrellas en el glorioso firmamento de la gracia; por medio de las cuales puedan recibir la seguridad de la voluntad de Dios en Jesucristo respecto a ellos, y tomar santuario en El respecto a estas promesas, y por este medio tener una comunión real con El en su gracia y misericordia en todo tiempo, no importa cuáles sean su caso o circunstancias.

Las promesas divinas son otras tantas declaraciones para conceder algún bien o eliminar algún mal. Como tales son un bendito hacer, conocer y manifestar el amor de Dios para su pueblo. Hay tres pasos en relación con el amor de Dios: primero, su propósito interno de ejercitarlo; el último, la real ejecución de este propósito; pero en medio hay el dar a conocer este propósito a los beneficiarios del mismo. En tanto que el amor está escondido nadie puede ser confortado por el mismo. Ahora bien, Dios que es «amor» no sólo ama a los suyos y no sólo les manifestará su amor con plenitud a su debido tiempo, sino que entretanto nos tiene informados de sus benevolentes designios, para que podamos descansar reposados en su amor, y sentirnos confortado! por sus promesas seguras. Por ello podemos: decir: « ¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!» (Salmo 139:17).

En 2ª Pedro 1:4, se habla de las promesas divinas como'«preciosas y grandísimas ». Como dijo Spurgeon: «La grandeza y la preciosidad van raramente juntas, pero en este caso van unidas en un grado muy elevado.» Cuando Jehová se complace en abrir su boca y revelar su corazón, lo hace de una manera digna de El, en palabras de poder y riqueza superlativas. Para citar de nuevo al querido pastor de Londres: «Vienen del gran Dios, van a grandes pecadores, obran grandes resultados, y tratan de asuntos de gran importancia.» Mientras que el intelecto natural es capaz de percibir buena parte de su grandeza, sólo los que tienen el corazón renovado pueden saborear su inefable preciosidad, y decir con David: «Cuán dulces son a mi paladar tus palabras, más que la miel a mi boca» «Salmo 119:103).

1. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando percibimos á quienes pertenecen las promesas. Están disponibles sólo para aquellos que son de Jesús. «Porque todas las promesas del Señor Jesús son en él, sí, y en el, Amén» (2ª Corintios 1:20). No puede haber relación entre el Dios Trino y la criatura pecadora, excepto por medio de un Mediador que le ha satisfecho a favor nuestro. Por tanto este Mediador debe recibir de Dios todo el bien para su pueblo, y ellos deben recibirlo, de segunda mano, procedente de El. Un pecador puede pedir a un árbol con la misma eficacia que si pidiera a Dios si es que desprecia y rechaza a Cristo.

Tanto las promesas como las cosas prometidas son entregadas al Señor Jesús y transmitidas a los santos a través de El. «Y ésta es la promesa que El nos hizo, la vida eterna.» (1ª Juan 2:25), y cómo la misma epístola nos dice: «Y esta vida está en su Hijo» (5:11). Siendo así, ¿qué bien pueden sacar aquellos que no están todavía en Cristo? Ninguno. Una persona que no está en contacto con Jesús no recibe el favor de Dios, sino al contrario, está bajo su Ira; su porción no son las promesas divinas, sino las advertencias y amenazas. Es una solemne consideración el que aquellos que están «sin Cristo», «están excluidos de la ciudadanía de Israel, y son extranjeros en cuanto a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo« (Efesios 2:12). Sólo los hijos de Dios son «los hijos de la promesa» (Romanos 9:8). Asegúrate, lector amigo, de que tú eres uno de ellos.

¡Cuán terrible, pues, es la ceguera y cuán grave es el pecado de aquellos predicadores que indiscriminadamente aplican las promesas de Dios a los salvos y a los no salvos! No sólo están quitando el «pan de los hijos», y echándolo a los perritos», sino que están «adulterando la palabra de Dios» (2ª Corintios 4:2) y engañando a las almas inmortales. Y aquellos que escuchan y les prestan atención son pocos menos culpables, porque Dios les hace a todos responsables de escudriñar las Escrituras por sí mismos, y poner a prueba todo lo que leen u oyen, bajo este criterio infalible. Si son demasiado perezosos para hacerlo, y prefieren seguir a ciegas a sus guías ciegos entonces que su sangre sea sobre su cabeza. La verdad ha de ser «comprada» (Proverbios 23:23) y aquellos que no están dispuestos a pagar el precio deben quedarse sin ella.

2. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando trabajamos para hacernos nuestras las promesas de Dios. Para conseguirlo primero debemos tomarnos el trabajo de familiarizarnos realmente con ellas. Es sorprendente cuántas promesas hay en las Escrituras, de las que los santos no santos no tienen la menor idea, mucho más, por cuanto ellas son el peculiar tesoro de los creyentes, la sustancia de la herencia de fe que reside en ellos. Verdaderamente, los cristianos ya son los recipientes de bendiciones maravillosas, sin embargo, el capital de su riqueza, lo más importante de su patrimonio, está sólo en el futuro. Han recibido un anticipo, pero la mejor parte de lo que Cristo tiene para ellos se halla todavía en la promesa de Dios. Cuán diligentes, pues, deberíamos ser en el estudio de su testamento, y última voluntad, familiarizándose con las buenas nuevas que el Espíritu «ha revelado» (1ª Corintios 2:10) y procurando hacer inventario de sus tesoros espirituales.

No sólo debo buscar en las Escrituras para encontrar lo que me ha sido entregado por medio del pacto eterno, sino también meditar sobre las promesas, revisarlas una y otra vez mentalmente y pedir a Dios que me dé entendimiento espiritual de las mismas. La abeja no podría extraer miel de las flores si sólo se limitara a contemplarlas. Tampoco el cristiano sacará ningún consuelo o fuerza de las divinas promesas hasta que su fe eche mano y penetre el corazón de las promesas. Dios no nos ha dado la seguridad que el indulgente será alimentado, sino que ha declarado: «el alma de lo diligentes será prosperada» (Proverbios 13:4). Por tanto, Cristo dijo: «Trabajad no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna» (Juan 6:27). Sólo cuando la promesas son atesoradas en la mente, el Espíritu nos las recuerda en aquellos momentos de des mayo cuando mas las necesitamos.

3. Nos beneficiamos de la Palabra cuando re conocemos el bendito alcance de las promesas de Dios. «Hay como una afectación que impide a algunos cristianos el vivir y explorar la religión como algo que pertenece a lo común y corriente de la vida. Es para ellos algo trascendental y de ensueño; más bien una creación piadosa más o menos irreal, que una cosa de hechos, tangible Creen en Dios, a su manera, para las cosas espirituales, y para la vida futura; pero se olvidan totalmente que la verdadera piedad tiene la promesa de la vida presente, lo mismo que la venidera. Para ellos sería casi una profanación el orar acerca de los pequeños negocios y asuntos de la vida. Quizá se sorprenderían si me atreviera a sugerirles que esto hace dudosa la realidad de su fe. Si no puede darles apoyo en las pequeñas tribulaciones de la vida, ¿les va a ser de algún valor en las grandes tribulaciones de la muerte?» (C. H. Spurgeon.)

«La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente y de la venidera» (1ª Timoteo 4:8). Lector, ¿crees esto, que las promesas de Dios cubren todos los aspectos y particulares de tu vida diaria? ¿0 quizá te han descarriado los «dispensacionalistas», haciéndote creer que el Antiguo Testamento pertenece sólo a los judíos, carnales, y que «nuestras promesas» se refieren sólo a las cosas espirituales y no a las materiales? ¡Cuántos cristianos han obtenido consuelo de «no te dejaré ni te desampararé»I (Hebreos 13:5). Bueno, pues, esto no es más que una cita que procede de Josué 1: 5. De la misma manera, 2ª Corintios 7:1 habla de «teniendo estas promesas», pero una de ellas, referida en 6:18, ¡se encuentra en el libro de Levítico! Quizás alguien preguntará: «¿Dónde se puede establecer una línea divisoria? ¿Cuáles promesas del Antiguo Testamento me pertenecen de modo legítimo?» Corno respuesta vemos que el Salmo 84: 11 declara: «Porque sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad.» Si tú andas realmente «en integridad» estás autorizado para apropiarte esta bendita promesa y contar con que el Señor te dará «gracia y gloria y el bien» que requieras de El. «Mi Dios suplirá a todas vuestras necesidades» (Filipenses 4:19). Por tanto si hay una promesa en alguna parte de su Palabra que se ajusta a tu caso y situación presente, hazla tuya como apropiada a tu «necesidad». Resiste firmemente todo intento de Satán de robarte alguna parte de la Palabra del Padre.

4. Nos beneficiamos de la Palabra cuando hacernos una distinción apropiada entre las promesas de Dios. Muchos cristianos son culpables de hurto espiritual, por lo cual quiero decir que se apropian algo que no les pertenece, pero que pertenece a otro. «Algunos acuerdos del pacto hecho con el Señor Jesús en cuanto a sus elegidos y redimidos, no están sujetos a ninguna condición por lo que se refiere a nosotros; pero muchas otras valiosas promesas del Señor contienen estipulaciones que deben ser atendidas cuidadosamente, pues de otro modo no podemos obtener la bendición. Una parte de la diligente búsqueda del lector debe dirigirse a este punto tan importante. Dios guardará la promesa que te ha hecho; con tal que tú tengas cuidado de observar las condiciones en que se te ha hecho el acuerdo. Sólo cuando cumplimos los requisitos de una promesa condicional podemos esperar que la promesa nos sea cumplida» (C. H. Spurgeon).

Muchas de las promesas divisas son dirigidas a personas o tipos de personas específicos, o, hablando con más precisión, a gracias particulares. Por ejemplo, en le Salmo 25:9, el Señor declara que El «encaminará a los humildes por el juicio», pero si estoy fuera de comunión con El, si estoy siguiendo el curso «de mi voluntad propia, si mi corazón es altivo, entonces no estoy justificado si me apropio el consuelo de este versículo. Otra vez, en Juan 15:7, el Señor nos dice: «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que querais y os será hecho.» Pero, si no estoy en comunión de experiencia con El, sí sus mandamientos no regulan mi conducta, mis oraciones no van a ser contestadas. Aunque las promesas proceden de la pura gracia, hemos de recordar siempre que la gracia reina «por medio de la justicia» (Romanos 5:21) y que nunca es puesta de lado la responsabilidad humana. Si no hago caso de las leyes que se refieren a la higiene, no debo sorprenderme si la enfermedad me impide disfrutar de muchas de sus misericordias temporales: de la misma manera, si dejo de lado sus preceptos sólo puedo acusarme a mí mismo si dejo de recibir el cumplimiento de muchas de sus promesas.

Que nadie piense que con sus promesas Dios se ha obligado a no hacer caso de los requerimientos de su santidad: El nunca ejerce ninguna de sus perfecciones a expensas de otra. Y no nos imaginemos que Dios magnificaría la obra sacrificial de Cristo si concediera los frutos de la misma a almas descuidadas e impenitentes. Hay un equilibrio de la verdad que debe ser preservado aquí; que por desgracia se pierde con frecuencia y bajo la idea de exaltar la gracia divina los hombres son «conducidos a la lascivia». Con cuánta frecuencia se cita el versículo: «Llámame en el día de la angustia: yo te libraré» (Salmo 50:15). Pero el versículo empieza con «Y», y antes de las precedentes palabras dice al final del versículo anterior: «Paga tus votos al Altísimo». Otra vez, con qué frecuencia se hace énfasis en «Te haré entender y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos». (Salmo 32:8) por parte de personas que no prestan atención al contexto. Y en este caso, tenemos una promesa de Dios a aquel que ha confesado su «transgresión» al Señor (versículo 5). Si, pues, no he confesado el pecado que tengo en la conciencia, y me he apoyado en la carne o buscado la ayuda de mi prójimo en vez de procurarme la de Dios (Salmo 62:5), entonces no tengo derecho a contar con la guía divina y su ojo fijo en mí -puesto que esto implica que estoy andando en íntima comunión con El, porque no puedo ver el ojo de otro si está lejos de mí.

5. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos hace posible que las promesas de Dios sean nuestro apoyo y fortaleza. Esta es una de las razones por las que El nos las ha dado; no sólo manifestar su amor haciéndonos conocer sus designios benévolos, sino también consolar nuestros corazones y desarrollar nuestra fe. Si le hubiera agradado, Dios podría habernos concedido sus bendiciones sin habérnoslo hecho saber. El Señor podría habernos concedido su misericordia, que necesitamos, sin haberse comprometido a hacerlo. Pero, en este caso no habríamos sido creyentes; la fe sin una promesa sería como un pie sin suelo en qué apoyarse. Nuestro tierno Padre planeó que gozáramos de sus dones por partida doble: primero por la fe, después en el goce directo de lo concedido. De este modo aparta nuestros corazones sabiamente de las cosas que se ven y perecen y nos atrae hacia arriba y adelante, a las cosas que son espirituales y eternas.

Si no hubiera promesas no habría fe ni tampoco esperanza. Porque la esperanza es el contar con que poseeremos las cosas que Dios ha declarado que nos daría. La fe mira hacia la Palabra que promete; la esperanza mira a la ejecución de la promesa. Así fue con Abraham: «El creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho... y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que ya estaba como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad ante la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios» (Romanos 4:18-20). Lo mismo fue con Moisés: «Teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón» (Hebreos 11:26). Lo mismo con Pablo: «Porque yo confío en Dios que acontecerá exactamente como se me ha dicho». (Hechos 27:25). Lo mismo contigo, tal vez querido lector. ¿Está tu pobre corazón descansando en las promesas de Aquel que no puede mentir?

6. Nos beneficiamos de la Palabra cuando esperarnos con paciencia el cumplimiento de las promesas de Dios. Dios prometió un hijo a Abraham, pero esperó muchos años antes de cumplir la promesa. Simeón tenía la promesa de que no vería la muerte hasta que hubiera visto al Señor Jesucristo (Lucas 2:26), pero no lo vio hasta que tenía ya un pie en la tumba. Hay con frecuencia un largo y duro invierno entre el período de la siembra de la oración y la hora de la cosecha. El Señor Jesús mismo no ha recibido todavía plena respuesta a la oración que hizo en el capítulo 17 de Juan, hace de ello cerca de dos mil años. Muchas de las mejores promesas de Dios a su pueblo no recibirán su pleno cumplimiento hasta que estemos en la gloria. Aquel que tiene la eternidad a su disposición no necesita apresurarse. Dios nos hace esperar con frecuencia para que pueda«perfeccionarse la obra de la paciencia», con todo no desmayemos; «Aunque la visión está aún por cumplirse a su tiempo, se apresura hacia el fin y no defraudará; aunque tarde, espéralo, porque, sin duda, vendrá y no se retrasará» (Habacuc 2:3).

«Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos en la tierra» (Hebreos 11:13). Aquí es abarcada la obra entera de la fe: conocimiento, confianza trabando conocimiento con amor. El «de lejos» se refiere a las cosas prometidas; aquellos que las «vieron» en su mente, discernieron la sustancia detrás de la sombra, descubriendo en ellas la sabiduría y la bondad de Dios. Estaban persuadidos; no dudaban, sino que estaban seguros de participar en ellas y sabían que no serían decepcionados. Las saludaban, las abrazaban, son expresiones que muestran su deleite y veneración, el corazón que sé adhiere a ellas con amor y cordialmente les saluda y se goza con ellas. Estas promesas fueron el consuelo y descanso de sus almas en sus peregrinaciones, tentaciones y sufrimientos.

El demorar la ejecución de las promesas por parte de Dios da lugar al cumplimiento de varios objetivos. No sólo se pone a prueba la fe, de modo que se da evidencia de su genuinidad; no sólo se desarrolla la paciencia, y se da oportunidad para el ejercicio de la esperanza; sino que además se fomenta la sujeción a la divina voluntad. «El proceso de deslinde y separación no se ha realizado: todavía suspiramos y apetecernos cosas que el Señor considera que ya tendríamos que haber dejado atrás. Abraham hizo un gran banquete el día que fue destetado Isaac (Génesis 2l:8)-, y, quizá, nuestro Padre celestial hará lo mismo con nosotros. Echate, corazón orgulloso. Quita estos ídolos; olvida tus apetitos, y la paz prometida pasará a ser tuya» (C. H. Spurgeon).

7. Nos beneficiamos de la Palabra cuando hacemos un uso apropiado de las promesas. Primero, en nuestras relaciones con Dios mismo. Cuando nos acercamos a su trono, debería ser para pedir una de sus promesas. Las promesas han de ser no sólo el fundamento de nuestra fe sino también la sustancia de nuestras peticiones. Debemos pedir según la voluntad de Dios si El ,nos ha de escuchar, y su voluntad se nos revela en las cosas buenas que El ha declarado que nos concederá. De modo que hemos de echar mano de sus seguras promesas, presentárselas delante y decir: «Haz conforme a lo que has dicho» (2ª Samuel 7:25). Observa cómo Jacob reclamó la promesa en Génesis 32:12; Moisés en Éxodo 32: 13; David en el Salmo 119:58; Salomón en 1 a Reyes 8:25; y tú, lector cristiano, haz lo mismo.

Segundo: en la vida que vivimos en el mundo. En Hebreos 11:13 no sólo leemos de los patriarcas que disciernen, confían y abrazan las divinas promesas, sino que se nos informa de los efectos que producen las promesas en ellos: «y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra», lo que significa que hicieron pública confesión de su fe. Reconocieron que sus intereses no estaban en las cosas de este mundo, y su conducta lo demostró; tuvieron una porción que les satisfizo en las promesas que se apropiaron. Sus corazones estaban puestos en las cosas de arriba; porque donde se halla el corazón del hombre, allí se halla su tesoro también.

«Así que amados, puesto que tenemos estas promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios» (2. Corintios 7: l); este es el efecto que producen en nosotros, y lo producirán si la fe echa manos de ellas realmente. «Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina; habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia.» (2ª Pedro 1:4). Ahora, el Evangelio y las preciosas promesas, siendo concedidas graciosamente y aplicadas con poder, tienen una influencia en la pureza del corazón Y del comportamiento, y enseñan al hombre a negar la impiedad y los deseos del mundo y a vivir sobria, recta y piadosamente. Tales son los poderosos efectos de las promesas del Evangelio baja la divina influencia, que nos hacen, interiormente, participantes de la naturaleza divina y, exteriormente, nos hacen posible abstenernos de las corrupciones y vicios prevalecientes en nuestro tiempo y evitarlos.


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Las Escrituras y El Gozo
Los impíos van siempre en busca del gozo, y no lo encuentran: se afanan y desazonan en su búsqueda, pero es en vano. Sus corazones se apartan del Señor, buscan el gozo aquí abajo, donde no se encuentra; rechazan la sustancia v con diligencia persiguen la sombra, la cual se burla de ellas. Es el decreto soberano del cielo que nada puede hacer a los pecadores felices excepto Dios en Cristo; pero esto no quieren creerlo, y por ello van de criatura en criatura, de una cisterna rota a la otra, inquiriendo donde puede ser hallado verdadero gozo. Cada cosa mundana que les atrae les dice: se encuentra en mí, pero pronto se ven decepcionados. Sin embargo, siguen buscando hoy en la misma cosa que les decepcionó ayer. Si después de muchas pruebas descubren el vacío de un objetivo de la palabra del Señor: «El que bebe de esta agua volverá a tener sed».

Yendo ahora al otro extremo: hay algunos cristianos que suponen que gozarse es pecado. No hay duda que muchos lectores se sorprenderán de oír esto, pero que se alegren que ellos han sido criados en un ambiente más soleado, y tengan paciencia mientras platicamos con otros que han sido menos favorecidos. A algunos se les ha enseñado que es una obligación el estar sombrío, no ya tanto por inculcación directa, sino por implicación y con el ejemplo. Se imaginan que los sentimientos de gozo son producidos por el demonio que se les aparece como un ángel de luz. Llegan a la conclusión de que es casi una especie de maldad el ser feliz en un mundo de pecado tal como éste en que se hallan. Creen que es presunción gozarse en saber que su pecados han sido perdonados y si ven a algunos cristianos jóvenes que lo hacen les dicen que no tardarán mucho en estar anegándose en el Pantano del Desespero. A los tales con cariño les instamos a que lean el resto del presente capítulo considerándolo en oración. «Estad siempre gozosos» (1ª Tesalonicenses 5:16). No puede haber peligro en hacer lo que Dios nos manda. El Señor no ha prohibido el regocijarse. ¡No! es Satán el que se esfuerza por que colguemos las arpas. No hay ningún precepto en la Escritura que diga: «Afligíos en el Señor siempre, y otra vez os digo que os aflijáis». En cambio hay la exhortación que nos manda: «Alegraos, oh justos, en Jehová; a los rectos les va bien la alabanza» (Salmo 33:l). Lector, si eres un cristiano real (y ya es hora de que te hayas puesto a prueba por la Escritura y hayas aclarado este punto), entonces Cristo es tuyo, y todo lo suyo es tuyo. Te manda: «Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados» (Cantares 5:1): el único pecado que podéis cometer contra su banquete de amor es retraeros e inhibiros. «Se deleitará vuestra alma con lo más sustancioso» (Isaías 55:2) se dice no sólo de los santos en el cielo sino de los que están aún en la tierra. Esto nos conduce a decir:

1. Nos beneficiamos de la Escritura cuando nos damos cuenta de que el gozo es un deber. «Gozaos en el Señor siempre; otra vez digo: ¡Regocijaos!» (Filipenses 4:4). La Sagrada Escritura habla aquí de regocijarse como un deber personal, presente y permanente para el pueblo de Dios. El Señor no nos ha dejado a nosotros el que escojamos si queremos estar contentos o tristes, sino que ha hecho de la felicidad algo imperativo* El no regocijarse es un pecado de omisión. La próxima vez que encuentres un creyente radiante no se lo eches en cara, tú, habitante del Castillo de la Duda; al contrario, tú mismo tienes que vapulearte: en vez de estar dispuesto a poner en duda la fuente divina de la alegría del otro, júzgate a ti mismo por tu estado luctuoso.

No es carnal el gozo que te instamos a que disfrutes, por lo cual se quiere decir que no procede de fuentes carnales. Es inútil buscar el gozo en las riquezas terrenas, porque con frecuencia extienden las alas y se alejan. Algunos buscan su gozo en el círculo de familia, pero esto permanece sólo durante unos pocos años. No, si queremos «gozarnos siempre» debemos hacerlo en un objeto que sea permanente. No nos referimos a un gozo fanático. Hay algunos con naturalezas hábiles a la emoción que son sólo felices cuando se hallan excitados; pero, la reacción es terrible. No, aquí se trata de un deleite del corazón en Dios mismo, inteligente, sobrio, firme. Cada atributo de Dios, cuando es contemplado por la fe, hará que cante el corazón. Cada doctrina del Evangelio, cuando ha sido captada verdaderamente, dará lugar a más alegría y alabanza.

El gozo está en la línea del deber para el cristiano. Quizá algún lector dirá: Mis emociones de gozo y pena no las puedo controlar; no puede evitar el estar contento o triste, según dictan las circunstancias. Pero, repetimos «Gozaos en el Señor» es un mandato divino, y la obediencia, en gran parte, se encuentra en nuestro poder. Y soy responsable del control de mis emociones. Es verdad que no puedo evitar estar triste en presencia de pensamientos que causan tristeza, pero puedo rehusar a la mente el entretenerlos, hasta cierto punto. Puedo verter hacia afuera mi corazón para hallar alivio en el Señor, y poner mi carga sobre El. Puedo buscar su gracia para meditar en su bondad, sus promesas, el glorioso futuro que me aguarda. Y puedo decidir si puedo salir y estar bajo la luz, o esconderme en la sombra. El no regocijarse en el Señor es más que una desgracia, es una falta que tenemos que confesar y suprimir.

2. Nos beneficiamos de la Palabra cuando aprendemos el secreto del verdadero gozo. Este secreto se revela en 1ª Juan 1:3,4: «Nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos estas cosas para que vuestro gozo sea completo.» Cuando consideramos lo insignificante que es nuestra comunión con Dios, lo superficial que es, no es de maravillarse que tantos cristianos carezcan de gozo. A veces cantamos: «Día feliz en que escogí servir a mi Señor y Dios. ¡Mi corazón debe sentir y publicar su eterno amor!» Sí, pero esta felicidad debe ser mantenida como una ocupación permanente del corazón y la mente con Cristo. Sólo donde hay mucha fe y el amor que le sigue hay también mucho gozo.

«Gozaos en el Señor siempre.» No hay otro objetivo en el cual nos podamos regocijar «siempre». Todo lo demás varía y es inconstante. Lc que nos complace hoy palidece mañana. Pero, el Señor es siempre el mismo, y podemos regocijar nos en El en los períodos de adversidad lo mismo que en la prosperidad. Podemos añadir a esto el versículo siguiente: «Vuestra mesura sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca» (Filipenses 4:5). Sed templados en relación con las cosas externas; no os dejéis llevar por aquellas que son más placenteras, ni tampoco sentíros abrumados cuando son desagradables. No os exaltéis cuando el mundo os sonríe ni perdáis ánimo cuando frunce el ceño. Mantened una indiferencia estoica a las comodidades externas; ¿por qué hay que estar tan ocupado con estas cosas cuando el mismo Señor está «a la mano»? Si la persecución es violenta, las pérdidas temporales gravosas, el Señor está cerca, El es «nuestro pronto auxilio en las tribulaciones» (Salmo 46: l), dispuesto a ayudarnos y socorrernos si nos echamos en su regazo. El cuidará de nosotros, para que no estemos «inquietos por nada» (Filipenses 4:6). Las personas mundanas están atosigadas por los cuidados como la madera por la carcoma, pero no ha de ser así para el cristiano.

«Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido» (Juan 15:1l). Cuando meditamos en estas preciosas palabras de Cristo y las atesoramos en el corazón, no pueden por menos de producir gozo. Un corazón que se regocija es el resultado en un conocimiento creciente del amor y verdad de Jesucristo. «Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tus palabras fueron para mí el gozo y la alegría de mi corazón.» (Jeremías 15:16). Sí, es al alimentarnos de las palabras del Señor que el alma se refuerza, y regocija, y la hace cantar y alegrarse en el corazón.

«Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo; y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío» (Salmos 43:4). Como dijo Spurgeon: «Los creyentes deberían acercarse a Cristo con exultación, porque El es más de lo que era el altar para el Salmista. Una luz más clara debería dar mayor intensidad de deseo. No era por el altar en sí que se interesaba David, porque no era creyente que siguiera las tendencias paganas del ritualismo: su alma deseaba comunión espiritual, comunión con Dios mismo en verdad. ¿Para qué sirven todos los ritos del culto a menos que el Señor se halle en él? ¿Qué son, en realidad sino cáscaras vacías? ¡Notemos el santo entusiasmo con que David contempla al Señor! No es sólo su gozo, es su gozo en alto grado; no sólo es su fuente de gozo, el dador del gozo, el sostenedor del gozo, es el "gozo mismo". Mi alegría y mi gozo, es decir, el alma, la esencia, las mismas entrañas de mi gozo.»

«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas falten en el aprisco, y no haya vacas en los establos, con todo, yo me alegraré en Jehová, y me regocijaré en el Dios de mi salvación» (Habacuc 3:17,18). Esto es algo que la persona mundana no conoce; ¡y por desgracia, es una experiencia extraña también a muchos cristianos profesos! Es en Dios que tenemos la fuente de nuestro gozo espiritual y permanente; es de El que fluya. Esto lo reconocía desde muy antiguo la iglesia cuando decía: «Todas mis fuentes están en ti». (Salmo 87:7). ¡Feliz el alma que ha aprendido este secreto!

3. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos enseña el gran valor del gozo. El gozo es para e alma lo que las alas para el pájaro, que le permiten volar por encima de la superficie de la tierra. Esto lo pone claro Nehemías 8: 10: «El gozo del Señor es mi fortaleza». Los días de Nehemías marcaron un cambio de rumbo en la historia de Israel. Había sido liberado un remanente del pueblo, cautivo en Babilonia, y había regresado a Palestina. La Ley, que había sido prácticamente desconocida por los exiliados, ahora volvía a ser establecida como la regla de la comunidad recientemente formada. Había un recuerdo vivo de los muchos pecados del pasado, y las lágrimas, como es natural, se mezclaban con el agradecimiento de que volvieran a ser una nación, teniendo un cultivo divino y una Ley divina en medio de ellos. Su caudillo, conociendo muy bien que si el espíritu del pueblo empezaba a flaquear no podían hacer frente a las dificultades de su posición y vencerlas, les dijo: «Este es un día santo a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis ni lloréis; (porque todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la Ley). Comed... bebed..., porque el gozo de Jehová es vuestra fuerza.»

La confesión del pecado y el lamentarse por el mismo tienen su lugar, y la comunión con Dios no puede ser mantenida sin ellos. Sin embargo, cuando ha tenido lugar el verdadero arrepentimiento, y las cosas han sido puestas en orden con Dios, hemos de olvidar «las cosas que fueron antes» (Filipenses 3:13). Y hemos de seguir adelante con alegría y gozo en nuestro corazón. ¡Cuán pesados son los pasos de aquel que se acerca al lugar en que se encuentra un amado que yace en la fría muerte! ¡Cuán enérgicos son los movimientos del que se apresura al encuentro de la esposa! Las lamentaciones nos hacen poco aptos para las batallas de la vida. Donde hay falta de esperanza ya no hay pronto poder para la obediencia. Si no hay gozo no puede haber adoración.

Queridos lectores, hay tareas que deben ser ejecutadas, servicios que hay que rendir, tentaciones a vencer, batallas que ganar; y nosotros nos hallamos en forma para atacar esta tarea sólo si nuestros corazones se regocijan en el Señor. Si nuestras almas descansan en Cristo, si nuestros corazones están llenos de alegría sosegada, nuestro trabajo será fácil, los deberes agradables, la pena tolerable, la resistencia posible. Ni los recuerdos contritos de los errores pasados, ni las resoluciones vehementes bastarán a llevarnos a la victoria. Si el brazo ha de dar golpes vigorosos, debe darlos impulsado por un corazón alegre. Del Señor mismo se dice: «El cual por el gozo puesto delante de él soportó la cruz, menospreciando el oprobio» (Hebreos 12:2).

4. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos fijamos en la raíz del gozo. La fuente del gozo es la fe: «Y el Dios de la esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en la esperanza por el poder del Espíritu Santo». (Romanos 15:13). Hay una maravillosa provisión en el Evangelio tanto por lo que nos proporciona a nosotros como por lo que quita de nosotros, en cuanto a calma y ardor en el corazón del cristiano. Quita la carga de la culpa, al hablar palabras de paz a la conciencia abatida. Quita el terror de Dios y de la muerte que pesa en el alma que está bajo condenación. Nos da a Dios mismo como porción del corazón, como objeto de nuestra comunión. El Evangelio obra gozo, porque el alma está en paz con Dios. Pero, estas bendiciones pasan a ser nuestras sólo por medio de una apropiación personal. La fe debe recibirlas y, cuando lo hace, el corazón se llena de paz y gozo. Y el secreto de un gozo sostenido es mantener abierto e cauce, para que continúe como empezó. Es incredulidad que atasca el cauce. Si hay tan poco calor aplicado a la base del termómetro no es de extrañar que el mercurio indique un grado baje de temperatura. Si hay una fe débil, el gozo no puede ser fuerte. Debemos orar diariamente para obtener una nueva comprensión de la maravilla que es el Evangelio, una nueva apropiación de su bendito contenido; y entonces habrá una renovación de nuestro gozo.

5. Nos beneficiamos de la Palabra cuando tenemos cuidado de mantener nuestro gozo. El «gozo en el Espíritu Santo» es algo por complete distinto de la efervescencia natural del espíritu Es el producto del Consolador morando en nuestros corazones, revelándonos a Cristo, respondiendo a toda nuestra necesidad de perdón y purificación, y poniéndonos en paz con Dios; y formando a Cristo en nosotros, de modo que El reine en nuestras almas y nos sujete a su control. No hay circunstancias de pruebas o tentaciones en las cuales tengamos que abstenernos del gozo, porque la orden es: «Gozaos en el Señor siempre». El que nos dio esta orden conoce a fondo el lado sombrío de nuestras vidas, los pecados y aflicciones que nos acosan, la «mucha tribulación», por la que hemos de pasar para entrar en el reino de Dios. La alegría natural se desvanece cuando aparecen las pruebas y dificultades, los sufrimientos de la vida no son compatibles con ella. Pronto muere cuando perdemos los amigos o la salud. Pero el gozo al que se nos exhorta no está limitado a ningún grupo de circunstancias o tipo de temperamento; ni fluctúa con nuestro humor o nuestra fortuna.

La naturaleza puede hacer valer sus derechos en todos sus súbditos. Incluso Jesús lloró ante la tumba de Lázaro. Sin embargo, podemos exclamar con Pablo: «Como entristecidos, mas siempre gozosos» (2ª Corintios 6: 10). El cristiano puede estar cargado con graves responsabilidades, su vida puede tener fracasos y más fracasos, sus planes pueden ser hechos añicos y sus esperanzas marchitarse, la tumba puede cerrarse sobre sus amados, amados que eran su alegría y dulzura, y con todo, bajo todas estas penas y aflicciones, el Señor todavía la manda que se goce. He ahí a los apóstoles en la prisión de Filipos, en el calabozo más profundo, con los pies en el cepo, sus espaldas sangrando de los azotes salvajes que habían recibido. ¿En qué se ocupaban? En lamentarse y gemir. ¡No! A medianoche Pablo y Silas oraban y cantaban alabanzas a Dios (Hechos 16:25). No había pecado en sus vidas, eran obedientes, y por ello el Espíritu Santo tenía libertad para ofrecerles las riquezas de Cristo de las que su corazón estaba rebosando. Si hemos de mantener el gozo, hemos de abstenernos de agraviar al Espíritu Santo.

Cuando Cristo reina supremo en el corazón, el gozo lo llena. Cuando El es el Señor de todo deseo, la Fuente de todo motivo, el Subyugador de toda concupiscencia, entonces habrá gozo en el corazón y alabanza en los labios. La posesión de esto implica el tomar la cruz a cada hora del día; Dios ha ordenado las cosas de tal forma que no podemos tener lo uno sin lo otro. El sacrificio personal, el «cortar la mano derecha, o sacar el ojo derecho», según la figura de Cristo, son las avenidas por las que el Espíritu entra en el alma trayendo con El los gozos de Dios: su sonrisa de aprobación y la seguridad de su amor y presencia permanente. Mucho depende también del espíritu con que hacemos frente al mundo cada día. Si esperamos que se nos acaricie, la decepción no tardará en llegar. Si deseamos que ministren a nuestro orgullo, pronto nos sentiremos abatidos. El secreto de la felicidad es el olvidarnos de nosotros mismos y el ministrar a la felicidad de los otros. «Más bienaventurada cosa es dar que recibir.» De modo que hay más felicidad en ministrar a los otros que en ser servido por ellos.

6. Nos beneficiamos de la Palabra cuando somos vigilantes en evitar los obstáculos al gozo. ¿Por qué muchos cristianos tienen tan poco gozo? ¿No son todos ellos hijos de la luz y del día? El término «luz» que se usa con tanta frecuencia en las Escrituras, nos describe la naturaleza de Dios, nuestras relaciones con El y nuestro futuro destino, es altamente sugestivo de gozo y alegría. ¿Qué otra cosa en la naturaleza es tan beneficiosa y hermosa como la luz? «Dios es luz y en El no hay ninguna tinieblas» (1ª Juan 1: 5). Es sólo cuando andamos con Dios, en la luz, que nuestro corazón puede sentirse verdaderamente gozoso. Es el permitir voluntariamente cosas que entorpecen nuestra comunión con El que enfría y oscurece nuestras almas. Es la indulgencia de la carne, el confraternizar con el mundo, el entrar por sendas prohibidas, que harán, marchitar nuestras vidas espirituales y nos privarán del gozo.

David tuvo que exclamar: «Restáurame el gozo de mi salvación» (Salmo 51:12). Había aflojado, se había vuelto indulgente. Se había presentado la tentación y no la había podido resistir. Cedió y un pecado acarreó otro. Se había apartado, había perdido contacto con Dios. El pecado no confesado gravitaba pesadamente en su conciencia. Oh, hermanos y hermanas, si hemos de ser librados de caídas semejantes, si no hemos de perder nuestro gozo, hemos de negar nuestro yo, los afectos y conscupiscencias de la carne deben ser crucificados. Hemos de estar siempre alerta contra la tentación. Hemos de pasar mucho tiempo de rodillas. Hemos de beber con frecuencia en la Fuente de agua viva. Hemos de permanecer en la presencia del Señor.

7. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando mantenemos un equilibrio entre el gozo y la pena. Si la fe del cristiano tiene una decidida aptitud para producir gozo, tiene también una tendencia igual a producir aflicción: una aflicción que es solemne, varonil, noble. «Como entristecidos, mas siempre gozosos» (2ª Corintios 6:10) es la regla de la vida del cristiano. Si la fe proyecta su luz sobre nuestra condición, nuestra naturaleza, nuestros pecados, la aflicción ha de ser uno de los efectos resultantes. No hay nada más despreciable en sí, no hay peor marca de superficialidad en el carácter que una alegría sin matices, irresponsable, que no descansa en fundamentos de aflicción profunda, paciente; aflicción porque sabemos lo que somos y lo que deberíamos ser; pena porque al mirar alrededor nuestro vemos el fuego del infierno, detrás del jolgorio y algazara prevalecientes, y sabemos a dónde va a parar todo esto, hacia dónde se dirigen los que se divierten en ella.

El que estaba ungido con el óleo del gozo «más que nuestros compañeros» (Salmo 45:7), fue también el «varón de dolores, experimentado en quebrantos». Y los dos aspectos de su carácter (en cierta medida) se repiten en las operaciones del Evangelio sobre cada corazón que le recibe. Y si, por una parte, a causa de los temores de que nos libra y de las esperanzas que nos inspira, y la comunión a que nos introduce, somos ungidos con el óleo de la alegría; por otra parte, a ' causa del sentimiento que nos produce de nuestra ruindad, y el conflicto que sentimos entre la carne y el Espíritu, hay infundida en nosotros tristeza, de la cual es muestra la expresión: «¡Miserable hombre de mí!» (Romanos 7:24). Las dos, tristeza y alegría, no son contradictorias, sino complementarias. El Cordero Pascual debe ser comido con «hierbas amargas» (Exodo 12:8).


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Las Escrituras y El Amor
En los capítulos anteriores hemos procurado indicar algunas de las maneras en que podemos discernir si nuestra lectura y estudio de las Escrituras ha sido de bendición o no para nuestras almas. Muchos se engañan en este asunto, confundiendo un deseo para adquirir conocimiento con un amor espiritual de la Verdad (2ª Tesalonicenses 2:10), no dándose cuenta de que la adición de conocimiento no es lo mismo que el crecimiento de la gracia. Gran parte depende del objetivo que nos proponemos cuando nos dirigimos a la Palabra de Dios. Si es simplemente el familiarizarnos con su contenido para estar mejor versados en sus detalles, es muy probable que el jardín de nuestras almas permanezca sin flores; pero si es el deseo, en oración, de ser corregidos y enmendados por la Palabra, de ser escudriñados por el Espíritu, de ser conformados en nuestro corazón por sus santos requerimientos, entonces podemos esperar una bendición divina.

En los capítulos precedentes nos hemos esforzado para indicar las cosas vitales por medio de las cuales podemos descubrir qué progreso estamos haciendo en nuestra piedad personal. Se han dado varios criterios, los cuales han de ser usados por el autor y por el lector sinceramente, para medirse con ellos. Hemos insistido en pruebas como: ¿Crece en mí el aborrecimiento al pecado, y la liberación práctica de su poder y contaminación? ¿Estoy progresando en la intensidad el conocimiento de Dios y de Jesucristo? ¿Es mi vida de oración más sana? ¿Son mis buenas obras más abundantes? ¿Es mi obediencia más fácil y alegre? ¿Vivo más separado del mundo y sus afectos y caminos? ¿Estoy aprendiendo a hacer un uso recto y provechoso de las promesas de Dios, me deleito en El, y es su gozo mi fuerza cada día? A menos que pueda decir que estas cosas son mi experiencia, por lo menos en cierta medida, es de temer que mi estudio de las Escrituras no me beneficia poco ni mucho.

No parecería apropiado terminar estos capítulos sin dedicar uno a la consideración del amor cristiano. La extensión en la cual cultivo esta gracia espiritual me ofrece todavía un modo de medir hasta qué punto mi lectura de la Palabra de Dios me ha ayudado espiritualmente. Nadie puede leer las Escrituras con un poco de atención sin descubrir lo mucho que tienen que decir sobre el amor, y por tanto nos corresponde a cada uno el discernir, con cuidado y en oración, si hay en nosotros realmente amor espiritual, y si su estado es sano y es ejercido propiamente.

El tema del amor cristiano es demasiado extenso para que lo podamos considerar en sus varias fases dentro del espacio de un capítulo. Deberíamos empezar, propiamente contemplando el ejercicio de nuestro amor hacia Dios y hacia Cristo, pero esto ya lo hemos tocado, por lo menos, en los capítulos precedentes, y no vamos a insistir. Se puede decir mucho, también, acerca de 1 naturaleza del amor natural que debemos a lo que pertenecen a la misma familia que nosotros pero, hay menos necesidad de hablar de esto que de otro tema, o sea, el del amor espiritual a lo hermanos, los hermanos en Cristo.

1. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando percibimos la gran importancia del amor cristiano. En ninguna parte se hace más énfasis sobre esto que en el capítulo trece de 1ª Corintios. Allí el Espíritu Santo nos dice que aunque un cristiano profeso pueda hablar con elocuencia de las cosas divinas, si no tiene amor, es como un címbalo que retiñe, o sea un ruido, sin vida. Que aunque pueda profetizar, comprender los misterios y tener sabiduría, y tenga fe para obrar milagros, si carece de amor, espiritualmente es como si no existiera. Es más, si con altruismo diera todas sus posesiones para alimentar a los pobres, si entregara su cuerpo a una muerte de mártir, con todo, si no tiene amor, no le aprovecha para nada. ¡Cuán alto es el valor que se pone sobre el amor, y cuán esencial para mí es el poseerlo!

Dijo nuestro Señor: «En esto conocerá el mundo que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros» (Juan 13:35). Por el hecho de que Cristo hiciera del amor la marca distintiva del discipulado cristiano podemos darnos cuenta de la gran importancia del amor. Es una prueba esencial de autenticidad en nuestra profesión: no podemos amar a Cristo a menos que amemos a los hermanos, porque todos estamos atados en el mismo «haz de vida» (1ª Samuel 25:29) con El. El amor a aquellos que El ha redimido es una evidencia segura del amor espiritual y sobrenatural al Señor Jesús mismo. Donde el Espíritu Santo ha obrado el nacimiento sobrenatural, El sacará esta naturaleza para que se ejercite, producirá en los corazones, vida y conducta de los santos las gracias sobrenaturales, una de las cuales es amar a los que son de Cristo, por amor a Cristo.

2. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando discernimos las distorsiones del amor cristiano. Como el agua no puede levantarse por sí sola del nivel en que se encuentra, el hombre natural es incapaz de comprender, y aún menos apreciar, lo que es espiritual (1ª Corintios 2:14). Por tanto no debernos sorprendernos cuando hay profesores no regenerados que confunden el sentimentalismo humano y los placeres de la carne con el amor espiritual. Pero, es triste ver que algunos del pueblo de Dios viven en un plano tan bajo que confunden la amabilidad y afabilidad humanas con la reina de las gracias cristianas. Aunque es verdad que el amor espiritual se caracteriza por la mansedumbre y la ternura, sin embargo es algo muy diferente y muy superior a la cortesía y delicadezas de la carne.

¡Cuántos padres que idolatraban a sus hijos les han evitado la vara de la corrección, bajo la falsa idea de que el afecto real y el disciplinarlos eran algo incompatible! ¡Cuántas madres imprudentes han desdeñado el castigo corporal y proclamado que el «amor» es la norma de su hogar! Una de las experiencias más tristes del autor, en sus extensos viajes, ha sido el pasar algunos días en lugares en que los hijos eran mimados hasta el absurdo. Es una nociva perversión de la palabra «amor» el aplicarla a la flojedad y laxitud moral por parte de los padres. Pero, esta misma perniciosa idea rige en la mente de muchas personas en otros aspectos y relaciones. Si un siervo de Dios reprime los caminos de la carne y del mundo, si insiste en los derechos estrictos de Dios, se le acusa de «carecer de amor». ¡Oh, cuán terrible que haya multitudes engañadas por Satán en este importante punto!

3. Nos hemos beneficiado de la Palabra, cuando nos ha enseñado la verdadera naturaleza del amor cristiano. El amor cristiano es una gracia espiritual que permanece en las almas de los santos junto con la fe y la esperanza (1ª Corintios 13:13). Es una santa disposición obrada en los que han sido regenerados (1ª Juan 5:1). No es nada menos que el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Romanos 5:5). Es un principio de rectitud que busca el mayor bien posible para los otros. Es exactamente lo opuesto al principio del egoísmo y la indulgencia en favor de uno mismo. No es sólo una mirada afectuosa a todos los que llevan la imagen de Cristo, sino también un deseo poderoso de fomentar su bienestar. No es un sentimiento frívolo que se ofende fácilmente, sino una fuerza dinámica que «las muchas aguas» de la fría indiferencia, ni las «avenidas» de los ríos no podrán apagar ni ahogar (Cantares 8:7). Aunque en un grado menos elevado es en esencia el mismo amor del que leemos: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan 13:1).

No hay una manera más segura de formarse un concepto claro de la naturaleza del amor cristiano que estudiándolo en su perfecto ejemplo, en Cristo y por Cristo. Cuando decimos un «estudio concienzudo» queremos decir que hacemos un reconocimiento de todo lo que los cuatro Evangelios nos dicen de El, y no nos limitamos a unos pocos pasajes o incidentes predilectos. Cuando hacemos esto nos damos cuenta que este amor no sólo era benevolente y magnánimo, dulce y cuidadoso, generoso y dispuesto al sacrificio, paciente e inmutable, sino que había aún muchos otros elementos en él. Era amor que podía negar una petición urgente (Juan 11:6), reprender a su madre (Juan 2A), echar mano de un azote (Juan 2: 15), regañar severamente a sus discípulos que dudaban (Lucas 24:25), apostrofar a los hipócritas (Mateo 23:13-33). Era amor severo a veces (Mateo 16:23), incluso airado (Marcos 3:5). El amor espiritual es algo sagrado: es fiel a Dios; no hace componendas con nada malo.

4. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando descubrimos que el amor cristiano es una comunicación divina: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos» 1ª Juan 3:14). «El amor a los hermanos es el fruto y efecto de un nacimiento nuevo y sobrenatural, obrado en nuestras almas por el Espíritu Santo, es una bendita evidencia de que hemos sido escogidos en Cristo por el Padre Celestial, antes que el mundo fuese. El amar a Cristo y a los suyos, nuestros hermanos en El, es congruente con lo que la divina naturaleza que ha hecho que seamos partícipes de su Santo Espíritu... Este amor a los hermanos debe ser un amor peculiar, tal, que sólo los regenerados pueden participar en él, y que sólo ellos pueden ejercitar, pues de otro modo el apóstol no lo habría dicho así de un modo particular; es tal que aquellos que no lo tienen no han sido aún regenerados; de lo que se sigue que «el que no ama a su hermano no vive en Cristo» (S. E. Pierce).

El amor a los hermanos es muchísimo más que el encontrar agradable la compañía de aquellos cuyos temperamentos son similares a los nuestros y con los cuales nos avenimos. Pertenece no ya a la mera naturaleza, sino que es algo espiritual, sobrenatural. Es el corazón que, es atraído hacia aquellos en los cuales percibimos haber algo de Cristo. Por ello es mucho más que un espíritu de congregación o compañía; abarca a todo! aquellos en los que vemos la imagen del Hijo de Dios. Por tanto, es amarlos por amor de Cristo por lo que vemos en ellos de Cristo. Es el Espíritu Santo que me atrae para juntarme con los hermanos y hermanas en los que Cristo vive. De modo que el amor cristiano real no es sólo un don divino, sino que depende totalmente de Dios para su vigor y ejercicio. Hemos de orar diariamente para que el Espíritu Santo lo ponga en acción y manifestación, hacia Dios y hacia su pueblo, este amor que él ha derramado en nuestro corazón.

S. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando ponemos en práctica rectamente el amor cristiano. Esto se hace no tratando de complacer a los hermanos o congraciándonos con ellos, sino cuando verdaderamente procuramos su bien. «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos » (1ª Juan 5:2). ¿Cuál es la prueba real de mi amor personal a Dios? El guardar sus mandamientos (ver Juan 14:15, 21, 24; 15: 10, 14). La autenticidad y la fuerza de mi amor a Dios no han de ser medidas por mis palabras, ni por lo robusto y sonoro de mis cánticos de alabanza, sino por la obediencia a su Palabra. El mismo principio es válido en mis relaciones con mis hermanos.

«En esto se conoce que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos.» Si estoy haciendo comentarios sobre las faltas de mis hermanos y hermanas, si estoy andando con ellos en un curso en que trato de darles satisfacción, esto no significa que «los amo». «No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado» (Levítico 19:17). El amor ha de ser practicado de una manera divina, y nunca a expensas de mi amor a Dios; de hecho, sólo cuando Dios tiene el lugar apropiado en mi corazón puede ser ejercido el amor espiritual hacia los hermanos. El verdadero amor no consiste en darles satisfacción, sino en agradar a Dios y ayudarlos; y sólo puedo ayudarlos en el camino de los mandamientos de Dios.

El halagar a los hermanos no es amor fraternal; el exhortarse uno a otro, instando a proseguir adelante en la carrera que tenemos delante, las palabras que animan a «mirar a Jesús» (corroboradas por el ejemplo de nuestra vida diaria) son de mucha más utilidad. El amor fraternal es algo santo, no un sentimiento carnal o una indiferencia en cuanto al camino que siguen. Los mandamientos de Dios son expresiones de su amor, así como de su autoridad, y el no hacer caso de ellos, aun cuando sea por cariño o afecto al otro, no es «amor» en absoluto. El ejercicio del amor ha de conformarse estrictamente a la voluntad de Dios revelada. Hemos de amar «en verdad» (3 Juan l).

6. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando nos enseña las manifestaciones variadas del amor cristiano. El amar a los hermanos y manifestarles el amor en sus variadas formas es nuestro deber. Pero, en ningún momento podemos hacer esto de modo más verdadero y efectivo, y con menos afectación y ostentación que cuando tenemos comunión con ellos en el trono de la gracia. Hay hermanos y hermanas en Cristo en los cuatro costados de la tierra, de cuyas tribulaciones, conflictos, tentaciones y penas, yo no sé nada; a pesar de ello puedo expresar mi amor hacia ellos, y derramar mi corazón ante Dios en favor suyo, mediante la súplica y la intercesión. De ninguna otra manera puede el cristiano manifestar su cuidado y afecto hacia sus compañeros de peregrinación mejor que usando todos sus intereses en el Señor Jesús en favor suyo, suplicando su misericordia en favor de ellos.

«Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1ª Juan 3:17, 18). Muchos hijos de Dios son muy pobres en bienes de este mundo. Algunas veces se preguntan por qué es así; es una gran prueba para ellos. Una razón por la que Dios permite esto es que otros de sus santos puedan tener compasión de ellos y ministrar a sus necesidades temporales de la abundancia de la que Dios les ha provisto a ellos. El amor real es intensamente práctico; no considera ninguna tarea demasiado baja; ninguna faena humillante, si por medio de ella puede aliviar los sufrimientos del hermano. ¡Cuando el Señor del amor estaba en la tierra, pensaba en el hambre física de las multitudes y en la comodidad de los pies de los discípulos!

Pero hay algunos de los hijos de Dios que son tan pobres que no pueden compartir lo poco que tienen con nadie. ¿Qué pueden, pues, hacer éstos? ¡Pueden hacerse cargo de las preocupaciones espirituales de todos los santos; interesarse en favor de ellos delante del trono de la gracia! Conocemos por cuenta propia los sentimientos, aflicciones y quejas de que otros santos se quejan, por haber atravesado sus mismas circunstancias. Sabemos por experiencia propia cuán fácil es dar lugar al espíritu de descontento y de murmuración. Pero también sabemos, que cuando hemos clamado al Señor que ponga su mano calmante sobre nosotros, y cuando nos ha recordado alguna preciosa promesa, ¡qué paz y sosiego ha venido a nuestro corazón! Por tanto pidamos a Dios que dé su gracia también a todos sus santos en aflicción. Procuremos hacer nuestras sus cargas, llorar con los que lloran, así como gozarnos con los que se gozan. De esta manera expresaremos nuestro amor real por sus personas en Cristo, rogando al Señor suyo y nuestro que se acuerde de ellos en su misericordia sempiterna.

Esta es la manera en que el Señor Jesús manifiesta ahora su amor por sus santos: «Viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25). Cristo hace de la causa de ellos la suya, y ruega al Padre en favor suyo. Cristo no olvida a nadie: toda oveja perdida se halla cargada en el corazón del Buen Pastor. Así, expresando nuestro amor a los hermanos en oraciones diarias suplicando por sus varias necesidades, somos llevados a la comunión con nuestro Sumo Sacerdote. No sólo esto, pero también sus santos se nos harán más queridos por ello: nuestro mismo rogar por ellos como amados de Dios, aumentará nuestro amor y nuestra estima en favor de los tales. No podemos llevarlos en nuestro corazón ante el trono de la gracia sin tener en lo profundo de nuestro corazón un afecto real por ellos. La mejor manera de vencer el espíritu de amargura contra un hermano que nos ha ofendido es ocuparnos en orar por él.

7. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando nos enseña la manera apropiada de cultivar el amor cristiano. Sugerimos dos o tres reglas para ello. Primero: reconocer desde el principio que tal como hay en ti (en mí) mucho que ha de ser una prueba severa para el amor de los hermanos, habrá también mucho en ellos que va a hacer difícil nuestro amor a ellos. «Soportándoos con paciencia los unos a los otros con amor» (Efesios 4:2) es una gran amonestación sobre este tema que ninguno de nosotros debería olvidar. Es sin duda singular que la primera cualidad del amor espiritual que se menciona en 1ª Corintios 13, es la de «es sufrido» (versículo 4).

Segundo: la mejor manera de cultivar cualquier virtud o gracia es ejercitarla. El hablar teorizar sobre ella no sirve para mucho, a menos que se ponga en acción. Muchas son las quejas que se oyen hoy en día sobre la escasez de amor evidente en muchos lugares: ¡ésta es una razón más para que procuremos nosotros dar un mejor ejemplo! Que la frialdad y desinterés de los otros no diluyan tu amor, sino «vence con el bien el mal» (Romanos 12:21). Considera en oración 1ª Corintios 13 por lo menos una vez cada semana.

Tercero: por encima de todo procura que tu propio corazón se recree en la luz y calor del amor de Dios. Cuanto más te ocupes del amor de Cristo para ti, invariable, incansable, insondable, más se sentirá tu corazón atraído en amor a aquellos que son suyos. Una hermosa ilustración de esto se halla en el hecho que el apóstol particular que escribió más acerca del amor fraternal fue el que reclinó su cabeza sobre el pecho del Maestro. El Señor conceda la gracia necesaria al lector y al autor (que tiene de ello más necesidad que nadie), de observar estas reglas, para la alabanza y gloria de su gracia, y para el bien de su pueblo.

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