1. Nos beneficiamos de la Palabra de Dios, cuando se nos abren los ojos
para discernir el verdadero carácter del mundo. Uno de nuestros
poetas escribió: «Dios está en el cielo- todo está bien
en el mundo.» Desde un punto de vista esto es verdad, pero desde
otro está realmente equivocado, porque «el mundo entero
yace en poder del maligno» (1ª Juan 5: 19). Pero es sólo
a medida que el corazón es iluminado de modo sobrenatural por
el Espíritu Sano que podemos percibir que lo que es altamente
estimado entre los hombre es realmente «abominación a
los ojos de Dios» (Lucas 16:15). Hemos de estar agradecidos cuando
el alma puede ver que el «mundo» es un fraude gigantesco;
una burbuja vacía, algo, vil, que un día va a desaparecer
en una conflagración de fuego.
Antes de seguir adelante, definamos este «mundo» que se
le. prohíbe amar al cristiano. Hay pocas palabras en las Sagradas
Escrituras que sean usadas con una mayor variedad de significados que ésta.
Con todo, una atención cuidadosa al contexto nos ayudará a
determinar el sentido de cada caso. El «mundo» es un sistema
u orden de cosas, completo en sí mismo. No hay ningún elemento
extraño al inundo al que se permita entrar, y si esto ocurre,
rápidamente se asimila 0 acomoda. El «mundo» es la
naturaleza caída del hombre actuando en la familia humana, modelando
el marco de la sociedad de acuerdo con sus propias tendencias. Es el
reino organizado de la «mente carnal».que está en «enemistad
contra Dios» y que «no está sujeta a la ley de Dios,
ni en realidad puede estarlo» (Romanos 8:7). Dondequiera que haya
una «mente carnal», allí está el «mundo»;
de modo que la mundanalidad es el mundo sin Dios. 2. Nos beneficiamos
de la Palabra, cuando aprendemos que el mundo es un enemigo que hay que
resistir y al que hay que vencer. Al cristiano se le manda que luche «la
buena batalla de la fe» (1ª Timoteo 6:12), lo cual implica
que hay enemigos con los que hay que medir las armas y vencen, Del mismo
modo que hay la Trinidad Santísima: el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo, hay también una trinidad del mal: el mundo, el demonio
y la carne. El hijo de Dios es llamado a un combate mortal con ellos; «mortal»,
decimos, porque o será destruido por ellos o conseguirá la
victoria sobre ellos. Deja claro, pues, en tu mente, lector, que el mundo
es un enemigo mortal, y si tú no le vences en tu corazón,
no eres hijo de Dios, porque está escrito: «Todo aquel que
es hijo. de Dios, vence al mundo» (1ª Juan 5:4).
Pueden darse las siguientes razones, entre otras, de por qué es
necesario vencer al mundo. Primero: todos sus seductores objetos tienden
a desviar nuestra atención y enajenar nuestro afecto de Dios.
Es necesario que sea así, porque la tendencia de las cosas que
se ven es la de desviar al corazón de las cosas que no se ven.
Segundo: el espíritu del mundo es diametralmente opuesto al Espíritu
de Cristo; por ello escribió el apóstol: «Y nosotros
no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu
que proviene de Dios» (1ª Corintios 2:12). El Hijo de Dios
vino al mundo, pero «el mundo no le conoció» (Juan
1:10); por ello los príncipes y gobernadores de este mundo le
crucificaron (1ª Corintios 2:8). Tercero: sus cuidados y preocupaciones
son hostiles a una vida devota. y piadosa. Los cristianos, como el resto
de la humanidad, tienen la orden de Dios de trabajar seis días
a la semana, pero, mientras están así ocupados necesitan
estar constantemente en guardia, para que la ambición no les gobierne
en vez de la ejecución y cumplimiento de su deber.
«Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe» (1ª Juan
5:4). Sólo una fe dada por Dios puede vencer al mundo. Pero, cuando
el corazón está ocupado con realidades invisibles, aunque
eternas, es librado de la influencia corruptora de los objetos mundanales.
Los ojos de la fe disciernen las cosas de los sentidos en sus colores
verdaderos, y ven que son vacías y vanas, y no son dignas de ser
comparadas con los objetos grandes y gloriosos de la eternidad. Un sentido
Profundo de las perfecciones y presencia de Dios hace que el mundo aparezca
como menos que nada. Cuando el cristiano ve que el Divino Redentor, muere
por sus pecados, vive para interceder por su perseverancia, reina y rige
las cosas con miras a su salvación final, el cristiano exclama: « No
hay para mí ningún bien en la tierra aparte de Ti.»
Y ¿qué dices con respecto a ti cuando lees estas líneas?
Puedes asentir cordialmente a lo que se dice en el párrafo anterior,
pero ¿cuál es la realidad de tu situación, no ya
tu opinión? ¿Tienen las cosas que el hombre regenerado
estima, encanto y atractivo para ti? Quita de la persona mundana las
cosas en que se deleita y se siente perdido: ¿te ocurre lo mismo
a ti? 0 por lo contrario, ¿se halla tu gozo y satisfacción
en objetos que no te pueden ser quitados? No consideres estas cosas a
la ligera, te ruego, sino considéralas seriamente en la presencia
de Dios. La respuesta sincera a las mismas será el índice
o marcador del estado real de tu alma, e indicarán si eres de
veras «una nueva criatura en Cristo Jesús» o te haces
la ilusión de serlo.
3. Estamos beneficiándonos de la Palabra de Dios cuando aprendemos
que Cristo murió para librarnos del «presente siglo malo» (Gálatas
1A). El Hijo de Dios vino, no sólo para cumplir los requisitos
de la ley (Mateo 5:17), sino para «destruir las obras del maligno» (1ª Juan
3:18), para librárnos de la «ira que ha de venir» (La
Tesalonicenses 1:10), para salvarnos de nuestros pecados (Mateo 1:2),
pero también para liberarnos del yugo de la esclavitud de este
mundo, y para liberar al alma de su nefasta influencia. Esto se prefiguré en
los tratos que Dios tuvo con Israel. Los israelitas eran esclavos en
Egipto, y «Egipto» es una figura o símbolo del mundo.
Estaban bajo una cruel esclavitud, pasando la vida haciendo ladrillos
para Faraón. Les era imposible alcanzar la libertad por su cuenta.
Pero, Jehová, con su gran poder, los emancipó, y los sacó de
un «horno ardiendo». Esto mismo hace Cristo con los suyos.
Quebranta el poder del mundo en sus corazones. Los hace independientes
de él, para que no procuren sus favores ni le teman si frunce
el cejo.
Cristo se dio a sí mismo como sacrificio por los pecados de su
pueblo, para que, a consecuencia de ello, pudieran ser librados del poder
e influencia de todo lo que es malo en este presente siglo: de Satán,
que es su príncipe; de los deseos y apetitos de la carne que predomina
en el mundo; de la vana conducta de los hombres que pertenecen al mismo.
Y el Santo Espíritu que mora en los santos, coopera con Cristo
en esta bendita obra. El Espíritu vuelve sus pensamientos y afectos
de las cosas terrenas a las celestiales. Por la obra de su poder, los
libra de la influencia desmoralizadora que los rodea, y los conforma
a los Standard celestiales. Y a medida que el cristiano crece en la gracia,
lo reconoce, y obra en consecuencia. Busca todavía una liberación
más plena de este «presente siglo malo» y pide a Dios
que le libre de él completamente. Lo que antes le encantaba ahora
le desagrada y produce asco. Anhela el momento en que será quitado
de este teatro de acción en que el nombre de su bendito Señor
es deshonrado tan tristemente.
4. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nuestros corazones son corroborados
en ella. «No améis al mundo, ni las cosas que están
en el mundo» (1ª Juan 2:15). «Lo que es para el viajero
una piedra de tropiezo en el camino, un peso para el que corre, la liga
para el pájaro, es el amor al mundo para el cristiano en el curso
de su vida: le distrae completamente en el camino o le desvía
totalmente del mismo» - (Nathaniel Hardy, 1660). La verdad es que
hasta que el corazón es purgado de la corrupción, el oído
es sordo a la instrucción divina. Hasta que somos librados de
las cosas del siglo y de los sentidos no podemos ser sometidos a la obediencia
a Dios. La verdad celestial resbala de una mente carnal, como el agua
por la superficie de un cuerpo esférico. El mundo ha vuelto su
espalda a Cristo, aunque su nombre es profesado en muchos sitios; sin
embargo, no quiere saber nada de El. Todos los deseos y designios de
la persona mundana son la gratificación del yo. Por más
que sus objetivos e intentos sean tan varios como se quiera, todo está subordinado
a satisfacer al yo. Ahora bien, los cristianos se hallan en el mundo,
y no pueden salir de él; tienen que vivir en él, el tiempo
-que el Señor les ha indicado. Mientras están en él
tienen que ganarse la vida, mantener a sus familias y atender a los negocios
del mundo. Pero se les prohibe que amen al mundo, en el sentido de que
pueda hacerles felices. Su «tesoro» y «porción» se
halla en otro sitio.
El mundo tiene atractivo para cada uno de los instintos del hombre caído.
Contiene miles de objetos que le encantan: atraen su atención,
la atención crea deseo y el deseo amor, e insensiblemente, pero
de modo seguro, hacen una impresión más y más profunda
en su corazón. Tiene la misma fatal influencia en todas las clases.
Pero a pesar de ser atractivos los diversos objetos, y todas las ocupaciones
y placeres del mundo, están diseñadas y adaptadas para
fomentar la felicidad en esta vida, solamente, por tanto: «¿De
qué le aprovechará al hombre si ganare todo el mundo y
perdiere su alma?» El cristiano recibe su enseñanza del
Espíritu, y al presentarle éste a Cristo en el alma, sus
pensamientos son desviados del mundo. De la misma manera que un niño
deja caer un objeto sucio o peligroso cuando se le ofrece algo que tiene
más interés para él, lo mismo el corazón
que está en comunión con Dios dice: «Estimo todas
las cosas como perdidas por la excelencia del conocimiento de Cristo
Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo y
lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Filipenses 3:8).
5. Nos beneficiamos de la Palabra cuando andamos separados del mundo. « ¿No
sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera,
pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Santiago
4:4). Este versículo y otros semejantes deberían escudriñar
la mente de todos y hacernos temblar. ¿Cómo puedo buscar
amistad y placer en aquello que ha sido condenado por el Hijo de Dios?
Si lo hago, al instante esto me identifica con sus enemigos. Oh, lector,
no te equivoques en este punto. Está escrito: «Si alguno
ama al mundo, el amor del Padre no está en él» (1ª Juan
2:15).
Se dijo en tiempo antiguo del pueblo de Dios que: «He aquí un
pueblo que habitará confiado y no será contado entre las
naciones» (Números 23:9). Sin duda la disparidad de la conducta
y carácter, los deseos y pesquisas que distinguen al hombre regenerado
del no regenerado, deben separarlos. Los que profesamos tener nuestra
ciudadanía en otro mundo, ser guiados por otro espíritu,
dirigidos por otra. regla, estar viajando a otro país, ¡no
podemos ir del brazo con aquellos que desprecian estas cosas! Por tanto
que todo alrededor nuestro y en nosotros exhiban nuestro carácter
de peregrinos. Es posible que el mundo se extrañe de nosotros
(Zacarías 3:8), porque no nos adaptamos a las formas de este mundo
(Romanos 12:2).
6. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando provocamos el aborrecimiento. ¡Qué trabajo
se da el mundo para salvar las apariencias y dar a los otros una buena
impresión! Las cosas convencionales y sociales, las cortesías
y el altruismo, todo son fórmulas para dar un aire de respetabilidad.
Y para dar más peso, se añade el «Cristianismo»,
y el santo nombre de Cristo está en los labios de miles que nunca
han tomado su «yugo sobre sí». De ellos dice Dios: «Este
pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de
mí» (Mateo 15:8).
Y ¿cuál ha de ser la actitud de los verdaderos cristianos
respecto a esto? La respuesta de la Escritura es clara: «De los
tales, apártate» (2ª Timoteo 3:5). «Salid de
en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor» (2ª Corintios
6:17). Y ¿qué ocurre cuando obedecemos sus mandamientos?
Entonces se demuestra la verdad de estas palabras de Cristo: «Si
fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, porque no sois
del mundo, sino que yo os elegí del mundo, por eso el mundo os
aborrece» (Juan 15:19). ¿Qué significa «mundo» aquí,
de un modo específico? Dejemos que el versículo anterior
nos dé la respuesta: Si, el mundo os aborrece, sabed que a mí me
ha aborrecido antes que a vosotros.» ¿Qué mundo aborreció a
Cristo y le hostigó hasta la muerte? El mundo religioso, aquellos
que se decían ser más celosos de la gloria de Dios. Lo
mismo ocurre ahora. ¡Que el cristiano vuelva la espalda a la Cristiandad
que deshonra a Cristo, y sus enemigos peores y más implacables
y sin escrúpulos serán aquellos que dicen ellos mismos
ser cristianos! Pero, «bienaventurados seréis cuando por
mi causa os vituperen y os persigan y digan toda clase de mal contra
vosotros, mintiendo. Gozáos y alegráos, porque vuestro
galardón es grande en los cielos» (Mateo 5:11,12). ¡Ah,
hermano, es una buena señal, una marca segura de que te beneficias
de la Palabra, cuando el mundo religioso te aborrece! Pero, si por otra
parte, todavía tienes buena reputación entre las «iglesias» o «asambleas» ¡hay
buenas razones para temer que amas la alabanza de los hombres más
que la de Dios!
7. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando nos elevamos por encima del
mundo. Primero: respecto a sus costumbres y modas. El hombre mundano
es un esclavo de las costumbres. y estilos del día. No es así respecto
a los que andan con, Dios; la preocupación principal es «conformarse
a la imagen del Hijo». Segundo: por encima de sus cuidados y tribulaciones:
en otro tiempo se dijo de los santos que aceptaban ultrajes y aflicciones
y el despojo de los bienes, «sabiendo que tenían una mejor
y perdurable posesión en los cielos» (Hebreos 10:34). Tercero:
por encima de sus tentaciones: ¿qué atractivo tiene el
brillo del mundo para aquellos que se deleitan en el Señor? ¡Ninguno
en absoluto! Cuarto: por encima de las opiniones y aprobación. ¿Has
aprendido a ser independiente y plantar cara al mundo? Si todo tu corazón
está dispuesto a complacer a Dios, dejarás de preocuparte
de la impiedad, que te mira con ceño.
Ahora, lector, ¿quieres medirte con el contenido de este capítulo?
Si es así, busca respuestas sinceras a las siguientes preguntas.
Primero: ¿cuáles son los objetos en los que tu mente encuentra
recreo? ¿Cuáles son los pensamientos que circulan más
por ella? Segundo: ¿cuáles son los objetos que escoges?
Cuando has de decidir la forma en que has de pasar una velada o un domingo
por la tarde, ¿ qué es lo que escoges? Tercero: ¿qué es
lo que te causa mayor pena: la pérdida de los bienes terrenos
o la falta de comunión con Dios? ¿Qué te causa más
pesar, el, que se echen a perder tus planes o la frialdad de tu corazón
a Cristo? Cuarto: ¿cuál es el tema favorito de tu conversación? ¿Pasas
el tiempo en conversación sobre cosas insustanciales como noticias
del día y otras semejantes o hablando «de Aquel que procura
nuestra amistad»? Quinto: ¿se vuelven realidad tus «buenas
intenciones» o bien no son nada más que sueños vanos? ¿Pasas
más tiempo que antes de rodillas? ¿Es su Palabra más
dulce a tu paladar, o tu alma ha perdido ya el sabor de ella?
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Las Escrituras y Las Promesas
Las promesas divinas dan a conocer lo que constituye la buena voluntad
de Dios para su pueblo para concederle las riquezas de su gracia. Son
el testimonio externo de su corazón, que desde la eternidad los
ama y ha preordenado todas las cosas para ellos y referente a ellos.
En la persona y obra de su Hijo, Dios ha hecho una provisión completa
para su salvación, tanto en el tiempo como en la eternidad. A
fin de que puedan tener un conocimiento espiritual, claro y verdadero
del mismo, ha complacido al Señor ponerlo delante de ellos en
las maravillosas y grandes promesas que están esparcidas por todas
las Escrituras como otras tantas y gloriosas estrellas en el glorioso
firmamento de la gracia; por medio de las cuales puedan recibir la seguridad
de la voluntad de Dios en Jesucristo respecto a ellos, y tomar santuario
en El respecto a estas promesas, y por este medio tener una comunión
real con El en su gracia y misericordia en todo tiempo, no importa cuáles
sean su caso o circunstancias.
Las promesas divinas son otras tantas declaraciones para conceder algún
bien o eliminar algún mal. Como tales son un bendito hacer, conocer
y manifestar el amor de Dios para su pueblo. Hay tres pasos en relación
con el amor de Dios: primero, su propósito interno de ejercitarlo;
el último, la real ejecución de este propósito;
pero en medio hay el dar a conocer este propósito a los beneficiarios
del mismo. En tanto que el amor está escondido nadie puede ser
confortado por el mismo. Ahora bien, Dios que es «amor» no
sólo ama a los suyos y no sólo les manifestará su
amor con plenitud a su debido tiempo, sino que entretanto nos tiene informados
de sus benevolentes designios, para que podamos descansar reposados en
su amor, y sentirnos confortado! por sus promesas seguras. Por ello podemos:
decir: « ¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán
grande es la suma de ellos!» (Salmo 139:17).
En 2ª Pedro 1:4, se habla de las promesas divinas como'«preciosas
y grandísimas ». Como dijo Spurgeon: «La grandeza
y la preciosidad van raramente juntas, pero en este caso van unidas en
un grado muy elevado.» Cuando Jehová se complace en abrir
su boca y revelar su corazón, lo hace de una manera digna de El,
en palabras de poder y riqueza superlativas. Para citar de nuevo al querido
pastor de Londres: «Vienen del gran Dios, van a grandes pecadores,
obran grandes resultados, y tratan de asuntos de gran importancia.» Mientras
que el intelecto natural es capaz de percibir buena parte de su grandeza,
sólo los que tienen el corazón renovado pueden saborear
su inefable preciosidad, y decir con David: «Cuán dulces
son a mi paladar tus palabras, más que la miel a mi boca» «Salmo
119:103).
1. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando percibimos á quienes
pertenecen las promesas. Están disponibles sólo para aquellos
que son de Jesús. «Porque todas las promesas del Señor
Jesús son en él, sí, y en el, Amén» (2ª Corintios
1:20). No puede haber relación entre el Dios Trino y la criatura
pecadora, excepto por medio de un Mediador que le ha satisfecho a favor
nuestro. Por tanto este Mediador debe recibir de Dios todo el bien para
su pueblo, y ellos deben recibirlo, de segunda mano, procedente de El.
Un pecador puede pedir a un árbol con la misma eficacia que si
pidiera a Dios si es que desprecia y rechaza a Cristo.
Tanto las promesas como las cosas prometidas son entregadas al Señor
Jesús y transmitidas a los santos a través de El. «Y ésta
es la promesa que El nos hizo, la vida eterna.» (1ª Juan 2:25),
y cómo la misma epístola nos dice: «Y esta vida está en
su Hijo» (5:11). Siendo así, ¿qué bien pueden
sacar aquellos que no están todavía en Cristo? Ninguno.
Una persona que no está en contacto con Jesús no recibe
el favor de Dios, sino al contrario, está bajo su Ira; su porción
no son las promesas divinas, sino las advertencias y amenazas. Es una
solemne consideración el que aquellos que están «sin
Cristo», «están excluidos de la ciudadanía
de Israel, y son extranjeros en cuanto a los pactos de la promesa, sin
esperanza y sin Dios en el mundo« (Efesios 2:12). Sólo los
hijos de Dios son «los hijos de la promesa» (Romanos 9:8).
Asegúrate, lector amigo, de que tú eres uno de ellos.
¡Cuán terrible, pues, es la ceguera y cuán grave
es el pecado de aquellos predicadores que indiscriminadamente aplican
las promesas de Dios a los salvos y a los no salvos! No sólo están
quitando el «pan de los hijos», y echándolo a los
perritos», sino que están «adulterando la palabra
de Dios» (2ª Corintios 4:2) y engañando a las almas
inmortales. Y aquellos que escuchan y les prestan atención son
pocos menos culpables, porque Dios les hace a todos responsables de escudriñar
las Escrituras por sí mismos, y poner a prueba todo lo que leen
u oyen, bajo este criterio infalible. Si son demasiado perezosos para
hacerlo, y prefieren seguir a ciegas a sus guías ciegos entonces
que su sangre sea sobre su cabeza. La verdad ha de ser «comprada» (Proverbios
23:23) y aquellos que no están dispuestos a pagar el precio deben
quedarse sin ella.
2. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando trabajamos para hacernos nuestras
las promesas de Dios. Para conseguirlo primero debemos tomarnos el trabajo
de familiarizarnos realmente con ellas. Es sorprendente cuántas
promesas hay en las Escrituras, de las que los santos no santos no tienen
la menor idea, mucho más, por cuanto ellas son el peculiar tesoro
de los creyentes, la sustancia de la herencia de fe que reside en ellos.
Verdaderamente, los cristianos ya son los recipientes de bendiciones
maravillosas, sin embargo, el capital de su riqueza, lo más importante
de su patrimonio, está sólo en el futuro. Han recibido
un anticipo, pero la mejor parte de lo que Cristo tiene para ellos se
halla todavía en la promesa de Dios. Cuán diligentes, pues,
deberíamos ser en el estudio de su testamento, y última
voluntad, familiarizándose con las buenas nuevas que el Espíritu «ha
revelado» (1ª Corintios 2:10) y procurando hacer inventario
de sus tesoros espirituales.
No sólo debo buscar en las Escrituras para encontrar lo que me
ha sido entregado por medio del pacto eterno, sino también meditar
sobre las promesas, revisarlas una y otra vez mentalmente y pedir a Dios
que me dé entendimiento espiritual de las mismas. La abeja no
podría extraer miel de las flores si sólo se limitara a
contemplarlas. Tampoco el cristiano sacará ningún consuelo
o fuerza de las divinas promesas hasta que su fe eche mano y penetre
el corazón de las promesas. Dios no nos ha dado la seguridad que
el indulgente será alimentado, sino que ha declarado: «el
alma de lo diligentes será prosperada» (Proverbios 13:4).
Por tanto, Cristo dijo: «Trabajad no por la comida que perece,
sino por la comida que permanece para vida eterna» (Juan 6:27).
Sólo cuando la promesas son atesoradas en la mente, el Espíritu
nos las recuerda en aquellos momentos de des mayo cuando mas las necesitamos.
3. Nos beneficiamos de la Palabra cuando re conocemos el bendito alcance
de las promesas de Dios. «Hay como una afectación que impide
a algunos cristianos el vivir y explorar la religión como algo
que pertenece a lo común y corriente de la vida. Es para ellos
algo trascendental y de ensueño; más bien una creación
piadosa más o menos irreal, que una cosa de hechos, tangible Creen
en Dios, a su manera, para las cosas espirituales, y para la vida futura;
pero se olvidan totalmente que la verdadera piedad tiene la promesa de
la vida presente, lo mismo que la venidera. Para ellos sería casi
una profanación el orar acerca de los pequeños negocios
y asuntos de la vida. Quizá se sorprenderían si me atreviera
a sugerirles que esto hace dudosa la realidad de su fe. Si no puede darles
apoyo en las pequeñas tribulaciones de la vida, ¿les va
a ser de algún valor en las grandes tribulaciones de la muerte?» (C.
H. Spurgeon.)
«La piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida
presente y de la venidera» (1ª Timoteo 4:8). Lector, ¿crees
esto, que las promesas de Dios cubren todos los aspectos y particulares
de tu vida diaria? ¿0 quizá te han descarriado los «dispensacionalistas»,
haciéndote creer que el Antiguo Testamento pertenece sólo
a los judíos, carnales, y que «nuestras promesas» se
refieren sólo a las cosas espirituales y no a las materiales? ¡Cuántos
cristianos han obtenido consuelo de «no te dejaré ni te
desampararé»I (Hebreos 13:5). Bueno, pues, esto no es más
que una cita que procede de Josué 1: 5. De la misma manera, 2ª Corintios
7:1 habla de «teniendo estas promesas», pero una de ellas,
referida en 6:18, ¡se encuentra en el libro de Levítico!
Quizás alguien preguntará: «¿Dónde
se puede establecer una línea divisoria? ¿Cuáles
promesas del Antiguo Testamento me pertenecen de modo legítimo?» Corno
respuesta vemos que el Salmo 84: 11 declara: «Porque sol y escudo
es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No
quitará el bien a los que andan en integridad.» Si tú andas
realmente «en integridad» estás autorizado para apropiarte
esta bendita promesa y contar con que el Señor te dará «gracia
y gloria y el bien» que requieras de El. «Mi Dios suplirá a
todas vuestras necesidades» (Filipenses 4:19). Por tanto si hay
una promesa en alguna parte de su Palabra que se ajusta a tu caso y situación
presente, hazla tuya como apropiada a tu «necesidad». Resiste
firmemente todo intento de Satán de robarte alguna parte de la
Palabra del Padre.
4. Nos beneficiamos de la Palabra cuando hacernos una distinción
apropiada entre las promesas de Dios. Muchos cristianos son culpables
de hurto espiritual, por lo cual quiero decir que se apropian algo que
no les pertenece, pero que pertenece a otro. «Algunos acuerdos
del pacto hecho con el Señor Jesús en cuanto a sus elegidos
y redimidos, no están sujetos a ninguna condición por lo
que se refiere a nosotros; pero muchas otras valiosas promesas del Señor
contienen estipulaciones que deben ser atendidas cuidadosamente, pues
de otro modo no podemos obtener la bendición. Una parte de la
diligente búsqueda del lector debe dirigirse a este punto tan
importante. Dios guardará la promesa que te ha hecho; con tal
que tú tengas cuidado de observar las condiciones en que se te
ha hecho el acuerdo. Sólo cuando cumplimos los requisitos de una
promesa condicional podemos esperar que la promesa nos sea cumplida» (C.
H. Spurgeon).
Muchas de las promesas divisas son dirigidas a personas o tipos de personas
específicos, o, hablando con más precisión, a gracias
particulares. Por ejemplo, en le Salmo 25:9, el Señor declara
que El «encaminará a los humildes por el juicio»,
pero si estoy fuera de comunión con El, si estoy siguiendo el
curso «de mi voluntad propia, si mi corazón es altivo, entonces
no estoy justificado si me apropio el consuelo de este versículo.
Otra vez, en Juan 15:7, el Señor nos dice: «Si permanecéis
en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que
querais y os será hecho.» Pero, si no estoy en comunión
de experiencia con El, sí sus mandamientos no regulan mi conducta,
mis oraciones no van a ser contestadas. Aunque las promesas proceden
de la pura gracia, hemos de recordar siempre que la gracia reina «por
medio de la justicia» (Romanos 5:21) y que nunca es puesta de lado
la responsabilidad humana. Si no hago caso de las leyes que se refieren
a la higiene, no debo sorprenderme si la enfermedad me impide disfrutar
de muchas de sus misericordias temporales: de la misma manera, si dejo
de lado sus preceptos sólo puedo acusarme a mí mismo si
dejo de recibir el cumplimiento de muchas de sus promesas.
Que nadie piense que con sus promesas Dios se ha obligado a no hacer
caso de los requerimientos de su santidad: El nunca ejerce ninguna de
sus perfecciones a expensas de otra. Y no nos imaginemos que Dios magnificaría
la obra sacrificial de Cristo si concediera los frutos de la misma a
almas descuidadas e impenitentes. Hay un equilibrio de la verdad que
debe ser preservado aquí; que por desgracia se pierde con frecuencia
y bajo la idea de exaltar la gracia divina los hombres son «conducidos
a la lascivia». Con cuánta frecuencia se cita el versículo: «Llámame
en el día de la angustia: yo te libraré» (Salmo 50:15).
Pero el versículo empieza con «Y», y antes de las
precedentes palabras dice al final del versículo anterior: «Paga
tus votos al Altísimo». Otra vez, con qué frecuencia
se hace énfasis en «Te haré entender y te enseñaré el
camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos». (Salmo
32:8) por parte de personas que no prestan atención al contexto.
Y en este caso, tenemos una promesa de Dios a aquel que ha confesado
su «transgresión» al Señor (versículo
5). Si, pues, no he confesado el pecado que tengo en la conciencia, y
me he apoyado en la carne o buscado la ayuda de mi prójimo en
vez de procurarme la de Dios (Salmo 62:5), entonces no tengo derecho
a contar con la guía divina y su ojo fijo en mí -puesto
que esto implica que estoy andando en íntima comunión con
El, porque no puedo ver el ojo de otro si está lejos de mí.
5. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos hace posible que las promesas
de Dios sean nuestro apoyo y fortaleza. Esta es una de las razones por
las que El nos las ha dado; no sólo manifestar su amor haciéndonos
conocer sus designios benévolos, sino también consolar
nuestros corazones y desarrollar nuestra fe. Si le hubiera agradado,
Dios podría habernos concedido sus bendiciones sin habérnoslo
hecho saber. El Señor podría habernos concedido su misericordia,
que necesitamos, sin haberse comprometido a hacerlo. Pero, en este caso
no habríamos sido creyentes; la fe sin una promesa sería
como un pie sin suelo en qué apoyarse. Nuestro tierno Padre planeó que
gozáramos de sus dones por partida doble: primero por la fe, después
en el goce directo de lo concedido. De este modo aparta nuestros corazones
sabiamente de las cosas que se ven y perecen y nos atrae hacia arriba
y adelante, a las cosas que son espirituales y eternas.
Si no hubiera promesas no habría fe ni tampoco esperanza. Porque
la esperanza es el contar con que poseeremos las cosas que Dios ha declarado
que nos daría. La fe mira hacia la Palabra que promete; la esperanza
mira a la ejecución de la promesa. Así fue con Abraham: «El
creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de
muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho... y no se
debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que ya estaba como
muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad ante la promesa
de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios» (Romanos
4:18-20). Lo mismo fue con Moisés: «Teniendo por mayores
riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque
tenía puesta la mirada en el galardón» (Hebreos 11:26).
Lo mismo con Pablo: «Porque yo confío en Dios que acontecerá exactamente
como se me ha dicho». (Hechos 27:25). Lo mismo contigo, tal vez
querido lector. ¿Está tu pobre corazón descansando
en las promesas de Aquel que no puede mentir?
6. Nos beneficiamos de la Palabra cuando esperarnos con paciencia el
cumplimiento de las promesas de Dios. Dios prometió un hijo a
Abraham, pero esperó muchos años antes de cumplir la promesa.
Simeón tenía la promesa de que no vería la muerte
hasta que hubiera visto al Señor Jesucristo (Lucas 2:26), pero
no lo vio hasta que tenía ya un pie en la tumba. Hay con frecuencia
un largo y duro invierno entre el período de la siembra de la
oración y la hora de la cosecha. El Señor Jesús
mismo no ha recibido todavía plena respuesta a la oración
que hizo en el capítulo 17 de Juan, hace de ello cerca de dos
mil años. Muchas de las mejores promesas de Dios a su pueblo no
recibirán su pleno cumplimiento hasta que estemos en la gloria.
Aquel que tiene la eternidad a su disposición no necesita apresurarse.
Dios nos hace esperar con frecuencia para que pueda«perfeccionarse
la obra de la paciencia», con todo no desmayemos; «Aunque
la visión está aún por cumplirse a su tiempo, se
apresura hacia el fin y no defraudará; aunque tarde, espéralo,
porque, sin duda, vendrá y no se retrasará» (Habacuc
2:3).
«Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido
lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y
saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos en
la tierra» (Hebreos 11:13). Aquí es abarcada la obra entera
de la fe: conocimiento, confianza trabando conocimiento con amor. El «de
lejos» se refiere a las cosas prometidas; aquellos que las «vieron» en
su mente, discernieron la sustancia detrás de la sombra, descubriendo
en ellas la sabiduría y la bondad de Dios. Estaban persuadidos;
no dudaban, sino que estaban seguros de participar en ellas y sabían
que no serían decepcionados. Las saludaban, las abrazaban, son
expresiones que muestran su deleite y veneración, el corazón
que sé adhiere a ellas con amor y cordialmente les saluda y se
goza con ellas. Estas promesas fueron el consuelo y descanso de sus almas
en sus peregrinaciones, tentaciones y sufrimientos.
El demorar la ejecución de las promesas por parte de Dios da
lugar al cumplimiento de varios objetivos. No sólo se pone a prueba
la fe, de modo que se da evidencia de su genuinidad; no sólo se
desarrolla la paciencia, y se da oportunidad para el ejercicio de la
esperanza; sino que además se fomenta la sujeción a la
divina voluntad. «El proceso de deslinde y separación no
se ha realizado: todavía suspiramos y apetecernos cosas que el
Señor considera que ya tendríamos que haber dejado atrás.
Abraham hizo un gran banquete el día que fue destetado Isaac (Génesis
2l:8)-, y, quizá, nuestro Padre celestial hará lo mismo
con nosotros. Echate, corazón orgulloso. Quita estos ídolos;
olvida tus apetitos, y la paz prometida pasará a ser tuya» (C.
H. Spurgeon).
7. Nos beneficiamos de la Palabra cuando hacemos un uso apropiado de
las promesas. Primero, en nuestras relaciones con Dios mismo. Cuando
nos acercamos a su trono, debería ser para pedir una de sus promesas.
Las promesas han de ser no sólo el fundamento de nuestra fe sino
también la sustancia de nuestras peticiones. Debemos pedir según
la voluntad de Dios si El ,nos ha de escuchar, y su voluntad se nos revela
en las cosas buenas que El ha declarado que nos concederá. De
modo que hemos de echar mano de sus seguras promesas, presentárselas
delante y decir: «Haz conforme a lo que has dicho» (2ª Samuel
7:25). Observa cómo Jacob reclamó la promesa en Génesis
32:12; Moisés en Éxodo 32: 13; David en el Salmo 119:58;
Salomón en 1 a Reyes 8:25; y tú, lector cristiano, haz
lo mismo.
Segundo: en la vida que vivimos en el mundo. En Hebreos 11:13 no sólo
leemos de los patriarcas que disciernen, confían y abrazan las
divinas promesas, sino que se nos informa de los efectos que producen
las promesas en ellos: «y confesaron que eran extranjeros y peregrinos
en la tierra», lo que significa que hicieron pública confesión
de su fe. Reconocieron que sus intereses no estaban en las cosas de este
mundo, y su conducta lo demostró; tuvieron una porción
que les satisfizo en las promesas que se apropiaron. Sus corazones estaban
puestos en las cosas de arriba; porque donde se halla el corazón
del hombre, allí se halla su tesoro también.
«Así que amados, puesto que tenemos estas promesas, limpiémonos
de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando
la santidad en el temor de Dios» (2. Corintios 7: l); este es el
efecto que producen en nosotros, y lo producirán si la fe echa
manos de ellas realmente. «Por medio de las cuales nos ha dado
preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis
a ser participantes de la naturaleza divina; habiendo huido de la corrupción
que hay en el mundo a causa de la concupiscencia.» (2ª Pedro
1:4). Ahora, el Evangelio y las preciosas promesas, siendo concedidas
graciosamente y aplicadas con poder, tienen una influencia en la pureza
del corazón Y del comportamiento, y enseñan al hombre a
negar la impiedad y los deseos del mundo y a vivir sobria, recta y piadosamente.
Tales son los poderosos efectos de las promesas del Evangelio baja la
divina influencia, que nos hacen, interiormente, participantes de la
naturaleza divina y, exteriormente, nos hacen posible abstenernos de
las corrupciones y vicios prevalecientes en nuestro tiempo y evitarlos.
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Las Escrituras y El Gozo
Los impíos van siempre en busca del gozo, y no lo encuentran:
se afanan y desazonan en su búsqueda, pero es en vano. Sus corazones
se apartan del Señor, buscan el gozo aquí abajo, donde
no se encuentra; rechazan la sustancia v con diligencia persiguen la
sombra, la cual se burla de ellas. Es el decreto soberano del cielo que
nada puede hacer a los pecadores felices excepto Dios en Cristo; pero
esto no quieren creerlo, y por ello van de criatura en criatura, de una
cisterna rota a la otra, inquiriendo donde puede ser hallado verdadero
gozo. Cada cosa mundana que les atrae les dice: se encuentra en mí,
pero pronto se ven decepcionados. Sin embargo, siguen buscando hoy en
la misma cosa que les decepcionó ayer. Si después de muchas
pruebas descubren el vacío de un objetivo de la palabra del Señor: «El
que bebe de esta agua volverá a tener sed».
Yendo ahora al otro extremo: hay algunos cristianos que suponen que
gozarse es pecado. No hay duda que muchos lectores se sorprenderán
de oír esto, pero que se alegren que ellos han sido criados en
un ambiente más soleado, y tengan paciencia mientras platicamos
con otros que han sido menos favorecidos. A algunos se les ha enseñado
que es una obligación el estar sombrío, no ya tanto por
inculcación directa, sino por implicación y con el ejemplo.
Se imaginan que los sentimientos de gozo son producidos por el demonio
que se les aparece como un ángel de luz. Llegan a la conclusión
de que es casi una especie de maldad el ser feliz en un mundo de pecado
tal como éste en que se hallan. Creen que es presunción
gozarse en saber que su pecados han sido perdonados y si ven a algunos
cristianos jóvenes que lo hacen les dicen que no tardarán
mucho en estar anegándose en el Pantano del Desespero. A los tales
con cariño les instamos a que lean el resto del presente capítulo
considerándolo en oración. «Estad siempre gozosos» (1ª Tesalonicenses
5:16). No puede haber peligro en hacer lo que Dios nos manda. El Señor
no ha prohibido el regocijarse. ¡No! es Satán el que se
esfuerza por que colguemos las arpas. No hay ningún precepto en
la Escritura que diga: «Afligíos en el Señor siempre,
y otra vez os digo que os aflijáis». En cambio hay la exhortación
que nos manda: «Alegraos, oh justos, en Jehová; a los rectos
les va bien la alabanza» (Salmo 33:l). Lector, si eres un cristiano
real (y ya es hora de que te hayas puesto a prueba por la Escritura y
hayas aclarado este punto), entonces Cristo es tuyo, y todo lo suyo es
tuyo. Te manda: «Comed, amigos; bebed en abundancia, oh amados» (Cantares
5:1): el único pecado que podéis cometer contra su banquete
de amor es retraeros e inhibiros. «Se deleitará vuestra
alma con lo más sustancioso» (Isaías 55:2) se dice
no sólo de los santos en el cielo sino de los que están
aún en la tierra. Esto nos conduce a decir:
1. Nos beneficiamos de la Escritura cuando nos damos cuenta de que el
gozo es un deber. «Gozaos en el Señor siempre; otra vez
digo: ¡Regocijaos!» (Filipenses 4:4). La Sagrada Escritura
habla aquí de regocijarse como un deber personal, presente y permanente
para el pueblo de Dios. El Señor no nos ha dejado a nosotros el
que escojamos si queremos estar contentos o tristes, sino que ha hecho
de la felicidad algo imperativo* El no regocijarse es un pecado de omisión.
La próxima vez que encuentres un creyente radiante no se lo eches
en cara, tú, habitante del Castillo de la Duda; al contrario,
tú mismo tienes que vapulearte: en vez de estar dispuesto a poner
en duda la fuente divina de la alegría del otro, júzgate
a ti mismo por tu estado luctuoso.
No es carnal el gozo que te instamos a que disfrutes, por lo cual se
quiere decir que no procede de fuentes carnales. Es inútil buscar
el gozo en las riquezas terrenas, porque con frecuencia extienden las
alas y se alejan. Algunos buscan su gozo en el círculo de familia,
pero esto permanece sólo durante unos pocos años. No, si
queremos «gozarnos siempre» debemos hacerlo en un objeto
que sea permanente. No nos referimos a un gozo fanático. Hay algunos
con naturalezas hábiles a la emoción que son sólo
felices cuando se hallan excitados; pero, la reacción es terrible.
No, aquí se trata de un deleite del corazón en Dios mismo,
inteligente, sobrio, firme. Cada atributo de Dios, cuando es contemplado
por la fe, hará que cante el corazón. Cada doctrina del
Evangelio, cuando ha sido captada verdaderamente, dará lugar a
más alegría y alabanza.
El gozo está en la línea del deber para el cristiano.
Quizá algún lector dirá: Mis emociones de gozo y
pena no las puedo controlar; no puede evitar el estar contento o triste,
según dictan las circunstancias. Pero, repetimos «Gozaos
en el Señor» es un mandato divino, y la obediencia, en gran
parte, se encuentra en nuestro poder. Y soy responsable del control de
mis emociones. Es verdad que no puedo evitar estar triste en presencia
de pensamientos que causan tristeza, pero puedo rehusar a la mente el
entretenerlos, hasta cierto punto. Puedo verter hacia afuera mi corazón
para hallar alivio en el Señor, y poner mi carga sobre El. Puedo
buscar su gracia para meditar en su bondad, sus promesas, el glorioso
futuro que me aguarda. Y puedo decidir si puedo salir y estar bajo la
luz, o esconderme en la sombra. El no regocijarse en el Señor
es más que una desgracia, es una falta que tenemos que confesar
y suprimir.
2. Nos beneficiamos de la Palabra cuando aprendemos el secreto del verdadero
gozo. Este secreto se revela en 1ª Juan 1:3,4: «Nuestra comunión
verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos
estas cosas para que vuestro gozo sea completo.» Cuando consideramos
lo insignificante que es nuestra comunión con Dios, lo superficial
que es, no es de maravillarse que tantos cristianos carezcan de gozo.
A veces cantamos: «Día feliz en que escogí servir
a mi Señor y Dios. ¡Mi corazón debe sentir y publicar
su eterno amor!» Sí, pero esta felicidad debe ser mantenida
como una ocupación permanente del corazón y la mente con
Cristo. Sólo donde hay mucha fe y el amor que le sigue hay también
mucho gozo.
«Gozaos en el Señor siempre.» No hay otro objetivo
en el cual nos podamos regocijar «siempre». Todo lo demás
varía y es inconstante. Lc que nos complace hoy palidece mañana.
Pero, el Señor es siempre el mismo, y podemos regocijar nos en
El en los períodos de adversidad lo mismo que en la prosperidad.
Podemos añadir a esto el versículo siguiente: «Vuestra
mesura sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca» (Filipenses
4:5). Sed templados en relación con las cosas externas; no os
dejéis llevar por aquellas que son más placenteras, ni
tampoco sentíros abrumados cuando son desagradables. No os exaltéis
cuando el mundo os sonríe ni perdáis ánimo cuando
frunce el ceño. Mantened una indiferencia estoica a las comodidades
externas; ¿por qué hay que estar tan ocupado con estas
cosas cuando el mismo Señor está «a la mano»?
Si la persecución es violenta, las pérdidas temporales
gravosas, el Señor está cerca, El es «nuestro pronto
auxilio en las tribulaciones» (Salmo 46: l), dispuesto a ayudarnos
y socorrernos si nos echamos en su regazo. El cuidará de nosotros,
para que no estemos «inquietos por nada» (Filipenses 4:6).
Las personas mundanas están atosigadas por los cuidados como la
madera por la carcoma, pero no ha de ser así para el cristiano.
«Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros,
y vuestro gozo sea cumplido» (Juan 15:1l). Cuando meditamos en
estas preciosas palabras de Cristo y las atesoramos en el corazón,
no pueden por menos de producir gozo. Un corazón que se regocija
es el resultado en un conocimiento creciente del amor y verdad de Jesucristo. «Fueron
halladas tus palabras, y yo las comí; y tus palabras fueron para
mí el gozo y la alegría de mi corazón.» (Jeremías
15:16). Sí, es al alimentarnos de las palabras del Señor
que el alma se refuerza, y regocija, y la hace cantar y alegrarse en
el corazón.
«Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría
y de mi gozo; y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío» (Salmos
43:4). Como dijo Spurgeon: «Los creyentes deberían acercarse
a Cristo con exultación, porque El es más de lo que era
el altar para el Salmista. Una luz más clara debería dar
mayor intensidad de deseo. No era por el altar en sí que se interesaba
David, porque no era creyente que siguiera las tendencias paganas del
ritualismo: su alma deseaba comunión espiritual, comunión
con Dios mismo en verdad. ¿Para qué sirven todos los ritos
del culto a menos que el Señor se halle en él? ¿Qué son,
en realidad sino cáscaras vacías? ¡Notemos el santo
entusiasmo con que David contempla al Señor! No es sólo
su gozo, es su gozo en alto grado; no sólo es su fuente de gozo,
el dador del gozo, el sostenedor del gozo, es el "gozo mismo".
Mi alegría y mi gozo, es decir, el alma, la esencia, las mismas
entrañas de mi gozo.»
«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque
falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las
ovejas falten en el aprisco, y no haya vacas en los establos, con todo,
yo me alegraré en Jehová, y me regocijaré en el
Dios de mi salvación» (Habacuc 3:17,18). Esto es algo que
la persona mundana no conoce; ¡y por desgracia, es una experiencia
extraña también a muchos cristianos profesos! Es en Dios
que tenemos la fuente de nuestro gozo espiritual y permanente; es de
El que fluya. Esto lo reconocía desde muy antiguo la iglesia cuando
decía: «Todas mis fuentes están en ti». (Salmo
87:7). ¡Feliz el alma que ha aprendido este secreto!
3. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos enseña el gran valor
del gozo. El gozo es para e alma lo que las alas para el pájaro,
que le permiten volar por encima de la superficie de la tierra. Esto
lo pone claro Nehemías 8: 10: «El gozo del Señor
es mi fortaleza». Los días de Nehemías marcaron un
cambio de rumbo en la historia de Israel. Había sido liberado
un remanente del pueblo, cautivo en Babilonia, y había regresado
a Palestina. La Ley, que había sido prácticamente desconocida
por los exiliados, ahora volvía a ser establecida como la regla
de la comunidad recientemente formada. Había un recuerdo vivo
de los muchos pecados del pasado, y las lágrimas, como es natural,
se mezclaban con el agradecimiento de que volvieran a ser una nación,
teniendo un cultivo divino y una Ley divina en medio de ellos. Su caudillo,
conociendo muy bien que si el espíritu del pueblo empezaba a flaquear
no podían hacer frente a las dificultades de su posición
y vencerlas, les dijo: «Este es un día santo a Jehová nuestro
Dios; no os entristezcáis ni lloréis; (porque todo el pueblo
lloraba oyendo las palabras de la Ley). Comed... bebed..., porque el
gozo de Jehová es vuestra fuerza.»
La confesión del pecado y el lamentarse por el mismo tienen su
lugar, y la comunión con Dios no puede ser mantenida sin ellos.
Sin embargo, cuando ha tenido lugar el verdadero arrepentimiento, y las
cosas han sido puestas en orden con Dios, hemos de olvidar «las
cosas que fueron antes» (Filipenses 3:13). Y hemos de seguir adelante
con alegría y gozo en nuestro corazón. ¡Cuán
pesados son los pasos de aquel que se acerca al lugar en que se encuentra
un amado que yace en la fría muerte! ¡Cuán enérgicos
son los movimientos del que se apresura al encuentro de la esposa! Las
lamentaciones nos hacen poco aptos para las batallas de la vida. Donde
hay falta de esperanza ya no hay pronto poder para la obediencia. Si
no hay gozo no puede haber adoración.
Queridos lectores, hay tareas que deben ser ejecutadas, servicios que
hay que rendir, tentaciones a vencer, batallas que ganar; y nosotros
nos hallamos en forma para atacar esta tarea sólo si nuestros
corazones se regocijan en el Señor. Si nuestras almas descansan
en Cristo, si nuestros corazones están llenos de alegría
sosegada, nuestro trabajo será fácil, los deberes agradables,
la pena tolerable, la resistencia posible. Ni los recuerdos contritos
de los errores pasados, ni las resoluciones vehementes bastarán
a llevarnos a la victoria. Si el brazo ha de dar golpes vigorosos, debe
darlos impulsado por un corazón alegre. Del Señor mismo
se dice: «El cual por el gozo puesto delante de él soportó la
cruz, menospreciando el oprobio» (Hebreos 12:2).
4. Nos beneficiamos de la Palabra cuando nos fijamos en la raíz
del gozo. La fuente del gozo es la fe: «Y el Dios de la esperanza
os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en
la esperanza por el poder del Espíritu Santo». (Romanos
15:13). Hay una maravillosa provisión en el Evangelio tanto por
lo que nos proporciona a nosotros como por lo que quita de nosotros,
en cuanto a calma y ardor en el corazón del cristiano. Quita la
carga de la culpa, al hablar palabras de paz a la conciencia abatida.
Quita el terror de Dios y de la muerte que pesa en el alma que está bajo
condenación. Nos da a Dios mismo como porción del corazón,
como objeto de nuestra comunión. El Evangelio obra gozo, porque
el alma está en paz con Dios. Pero, estas bendiciones pasan a
ser nuestras sólo por medio de una apropiación personal.
La fe debe recibirlas y, cuando lo hace, el corazón se llena de
paz y gozo. Y el secreto de un gozo sostenido es mantener abierto e cauce,
para que continúe como empezó. Es incredulidad que atasca
el cauce. Si hay tan poco calor aplicado a la base del termómetro
no es de extrañar que el mercurio indique un grado baje de temperatura.
Si hay una fe débil, el gozo no puede ser fuerte. Debemos orar
diariamente para obtener una nueva comprensión de la maravilla
que es el Evangelio, una nueva apropiación de su bendito contenido;
y entonces habrá una renovación de nuestro gozo.
5. Nos beneficiamos de la Palabra cuando tenemos cuidado de mantener
nuestro gozo. El «gozo en el Espíritu Santo» es algo
por complete distinto de la efervescencia natural del espíritu
Es el producto del Consolador morando en nuestros corazones, revelándonos
a Cristo, respondiendo a toda nuestra necesidad de perdón y purificación,
y poniéndonos en paz con Dios; y formando a Cristo en nosotros,
de modo que El reine en nuestras almas y nos sujete a su control. No
hay circunstancias de pruebas o tentaciones en las cuales tengamos que
abstenernos del gozo, porque la orden es: «Gozaos en el Señor
siempre». El que nos dio esta orden conoce a fondo el lado sombrío
de nuestras vidas, los pecados y aflicciones que nos acosan, la «mucha
tribulación», por la que hemos de pasar para entrar en el
reino de Dios. La alegría natural se desvanece cuando aparecen
las pruebas y dificultades, los sufrimientos de la vida no son compatibles
con ella. Pronto muere cuando perdemos los amigos o la salud. Pero el
gozo al que se nos exhorta no está limitado a ningún grupo
de circunstancias o tipo de temperamento; ni fluctúa con nuestro
humor o nuestra fortuna.
La naturaleza puede hacer valer sus derechos en todos sus súbditos.
Incluso Jesús lloró ante la tumba de Lázaro. Sin
embargo, podemos exclamar con Pablo: «Como entristecidos, mas siempre
gozosos» (2ª Corintios 6: 10). El cristiano puede estar cargado
con graves responsabilidades, su vida puede tener fracasos y más
fracasos, sus planes pueden ser hechos añicos y sus esperanzas
marchitarse, la tumba puede cerrarse sobre sus amados, amados que eran
su alegría y dulzura, y con todo, bajo todas estas penas y aflicciones,
el Señor todavía la manda que se goce. He ahí a
los apóstoles en la prisión de Filipos, en el calabozo
más profundo, con los pies en el cepo, sus espaldas sangrando
de los azotes salvajes que habían recibido. ¿En qué se
ocupaban? En lamentarse y gemir. ¡No! A medianoche Pablo y Silas
oraban y cantaban alabanzas a Dios (Hechos 16:25). No había pecado
en sus vidas, eran obedientes, y por ello el Espíritu Santo tenía
libertad para ofrecerles las riquezas de Cristo de las que su corazón
estaba rebosando. Si hemos de mantener el gozo, hemos de abstenernos
de agraviar al Espíritu Santo.
Cuando Cristo reina supremo en el corazón, el gozo lo llena.
Cuando El es el Señor de todo deseo, la Fuente de todo motivo,
el Subyugador de toda concupiscencia, entonces habrá gozo en el
corazón y alabanza en los labios. La posesión de esto implica
el tomar la cruz a cada hora del día; Dios ha ordenado las cosas
de tal forma que no podemos tener lo uno sin lo otro. El sacrificio personal,
el «cortar la mano derecha, o sacar el ojo derecho», según
la figura de Cristo, son las avenidas por las que el Espíritu
entra en el alma trayendo con El los gozos de Dios: su sonrisa de aprobación
y la seguridad de su amor y presencia permanente. Mucho depende también
del espíritu con que hacemos frente al mundo cada día.
Si esperamos que se nos acaricie, la decepción no tardará en
llegar. Si deseamos que ministren a nuestro orgullo, pronto nos sentiremos
abatidos. El secreto de la felicidad es el olvidarnos de nosotros mismos
y el ministrar a la felicidad de los otros. «Más bienaventurada
cosa es dar que recibir.» De modo que hay más felicidad
en ministrar a los otros que en ser servido por ellos.
6. Nos beneficiamos de la Palabra cuando somos vigilantes en evitar
los obstáculos al gozo. ¿Por qué muchos cristianos
tienen tan poco gozo? ¿No son todos ellos hijos de la luz y del
día? El término «luz» que se usa con tanta
frecuencia en las Escrituras, nos describe la naturaleza de Dios, nuestras
relaciones con El y nuestro futuro destino, es altamente sugestivo de
gozo y alegría. ¿Qué otra cosa en la naturaleza
es tan beneficiosa y hermosa como la luz? «Dios es luz y en El
no hay ninguna tinieblas» (1ª Juan 1: 5). Es sólo cuando
andamos con Dios, en la luz, que nuestro corazón puede sentirse
verdaderamente gozoso. Es el permitir voluntariamente cosas que entorpecen
nuestra comunión con El que enfría y oscurece nuestras
almas. Es la indulgencia de la carne, el confraternizar con el mundo,
el entrar por sendas prohibidas, que harán, marchitar nuestras
vidas espirituales y nos privarán del gozo.
David tuvo que exclamar: «Restáurame el gozo de mi salvación» (Salmo
51:12). Había aflojado, se había vuelto indulgente. Se
había presentado la tentación y no la había podido
resistir. Cedió y un pecado acarreó otro. Se había
apartado, había perdido contacto con Dios. El pecado no confesado
gravitaba pesadamente en su conciencia. Oh, hermanos y hermanas, si hemos
de ser librados de caídas semejantes, si no hemos de perder nuestro
gozo, hemos de negar nuestro yo, los afectos y conscupiscencias de la
carne deben ser crucificados. Hemos de estar siempre alerta contra la
tentación. Hemos de pasar mucho tiempo de rodillas. Hemos de beber
con frecuencia en la Fuente de agua viva. Hemos de permanecer en la presencia
del Señor.
7. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando mantenemos un equilibrio entre
el gozo y la pena. Si la fe del cristiano tiene una decidida aptitud
para producir gozo, tiene también una tendencia igual a producir
aflicción: una aflicción que es solemne, varonil, noble. «Como
entristecidos, mas siempre gozosos» (2ª Corintios 6:10) es
la regla de la vida del cristiano. Si la fe proyecta su luz sobre nuestra
condición, nuestra naturaleza, nuestros pecados, la aflicción
ha de ser uno de los efectos resultantes. No hay nada más despreciable
en sí, no hay peor marca de superficialidad en el carácter
que una alegría sin matices, irresponsable, que no descansa en
fundamentos de aflicción profunda, paciente; aflicción
porque sabemos lo que somos y lo que deberíamos ser; pena porque
al mirar alrededor nuestro vemos el fuego del infierno, detrás
del jolgorio y algazara prevalecientes, y sabemos a dónde va a
parar todo esto, hacia dónde se dirigen los que se divierten en
ella.
El que estaba ungido con el óleo del gozo «más que
nuestros compañeros» (Salmo 45:7), fue también el «varón
de dolores, experimentado en quebrantos». Y los dos aspectos de
su carácter (en cierta medida) se repiten en las operaciones del
Evangelio sobre cada corazón que le recibe. Y si, por una parte,
a causa de los temores de que nos libra y de las esperanzas que nos inspira,
y la comunión a que nos introduce, somos ungidos con el óleo
de la alegría; por otra parte, a ' causa del sentimiento que nos
produce de nuestra ruindad, y el conflicto que sentimos entre la carne
y el Espíritu, hay infundida en nosotros tristeza, de la cual
es muestra la expresión: «¡Miserable hombre de mí!» (Romanos
7:24). Las dos, tristeza y alegría, no son contradictorias, sino
complementarias. El Cordero Pascual debe ser comido con «hierbas
amargas» (Exodo 12:8).
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Las Escrituras y El Amor
En los capítulos anteriores hemos procurado indicar algunas de
las maneras en que podemos discernir si nuestra lectura y estudio de
las Escrituras ha sido de bendición o no para nuestras almas.
Muchos se engañan en este asunto, confundiendo un deseo para adquirir
conocimiento con un amor espiritual de la Verdad (2ª Tesalonicenses
2:10), no dándose cuenta de que la adición de conocimiento
no es lo mismo que el crecimiento de la gracia. Gran parte depende del
objetivo que nos proponemos cuando nos dirigimos a la Palabra de Dios.
Si es simplemente el familiarizarnos con su contenido para estar mejor
versados en sus detalles, es muy probable que el jardín de nuestras
almas permanezca sin flores; pero si es el deseo, en oración,
de ser corregidos y enmendados por la Palabra, de ser escudriñados
por el Espíritu, de ser conformados en nuestro corazón
por sus santos requerimientos, entonces podemos esperar una bendición
divina.
En los capítulos precedentes nos hemos esforzado para indicar
las cosas vitales por medio de las cuales podemos descubrir qué progreso
estamos haciendo en nuestra piedad personal. Se han dado varios criterios,
los cuales han de ser usados por el autor y por el lector sinceramente,
para medirse con ellos. Hemos insistido en pruebas como: ¿Crece
en mí el aborrecimiento al pecado, y la liberación práctica
de su poder y contaminación? ¿Estoy progresando en la intensidad
el conocimiento de Dios y de Jesucristo? ¿Es mi vida de oración
más sana? ¿Son mis buenas obras más abundantes? ¿Es
mi obediencia más fácil y alegre? ¿Vivo más
separado del mundo y sus afectos y caminos? ¿Estoy aprendiendo
a hacer un uso recto y provechoso de las promesas de Dios, me deleito
en El, y es su gozo mi fuerza cada día? A menos que pueda decir
que estas cosas son mi experiencia, por lo menos en cierta medida, es
de temer que mi estudio de las Escrituras no me beneficia poco ni mucho.
No parecería apropiado terminar estos capítulos sin dedicar
uno a la consideración del amor cristiano. La extensión
en la cual cultivo esta gracia espiritual me ofrece todavía un
modo de medir hasta qué punto mi lectura de la Palabra de Dios
me ha ayudado espiritualmente. Nadie puede leer las Escrituras con un
poco de atención sin descubrir lo mucho que tienen que decir sobre
el amor, y por tanto nos corresponde a cada uno el discernir, con cuidado
y en oración, si hay en nosotros realmente amor espiritual, y
si su estado es sano y es ejercido propiamente.
El tema del amor cristiano es demasiado extenso para que lo podamos
considerar en sus varias fases dentro del espacio de un capítulo.
Deberíamos empezar, propiamente contemplando el ejercicio de nuestro
amor hacia Dios y hacia Cristo, pero esto ya lo hemos tocado, por lo
menos, en los capítulos precedentes, y no vamos a insistir. Se
puede decir mucho, también, acerca de 1 naturaleza del amor natural
que debemos a lo que pertenecen a la misma familia que nosotros pero,
hay menos necesidad de hablar de esto que de otro tema, o sea, el del
amor espiritual a lo hermanos, los hermanos en Cristo.
1. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando percibimos la gran importancia
del amor cristiano. En ninguna parte se hace más énfasis
sobre esto que en el capítulo trece de 1ª Corintios. Allí el
Espíritu Santo nos dice que aunque un cristiano profeso pueda
hablar con elocuencia de las cosas divinas, si no tiene amor, es como
un címbalo que retiñe, o sea un ruido, sin vida. Que aunque
pueda profetizar, comprender los misterios y tener sabiduría,
y tenga fe para obrar milagros, si carece de amor, espiritualmente es
como si no existiera. Es más, si con altruismo diera todas sus
posesiones para alimentar a los pobres, si entregara su cuerpo a una
muerte de mártir, con todo, si no tiene amor, no le aprovecha
para nada. ¡Cuán alto es el valor que se pone sobre el amor,
y cuán esencial para mí es el poseerlo!
Dijo nuestro Señor: «En esto conocerá el mundo que
sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros» (Juan
13:35). Por el hecho de que Cristo hiciera del amor la marca distintiva
del discipulado cristiano podemos darnos cuenta de la gran importancia
del amor. Es una prueba esencial de autenticidad en nuestra profesión:
no podemos amar a Cristo a menos que amemos a los hermanos, porque todos
estamos atados en el mismo «haz de vida» (1ª Samuel
25:29) con El. El amor a aquellos que El ha redimido es una evidencia
segura del amor espiritual y sobrenatural al Señor Jesús
mismo. Donde el Espíritu Santo ha obrado el nacimiento sobrenatural,
El sacará esta naturaleza para que se ejercite, producirá en
los corazones, vida y conducta de los santos las gracias sobrenaturales,
una de las cuales es amar a los que son de Cristo, por amor a Cristo.
2. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando discernimos las distorsiones
del amor cristiano. Como el agua no puede levantarse por sí sola
del nivel en que se encuentra, el hombre natural es incapaz de comprender,
y aún menos apreciar, lo que es espiritual (1ª Corintios
2:14). Por tanto no debernos sorprendernos cuando hay profesores no regenerados
que confunden el sentimentalismo humano y los placeres de la carne con
el amor espiritual. Pero, es triste ver que algunos del pueblo de Dios
viven en un plano tan bajo que confunden la amabilidad y afabilidad humanas
con la reina de las gracias cristianas. Aunque es verdad que el amor
espiritual se caracteriza por la mansedumbre y la ternura, sin embargo
es algo muy diferente y muy superior a la cortesía y delicadezas
de la carne.
¡Cuántos padres que idolatraban a sus hijos les han evitado
la vara de la corrección, bajo la falsa idea de que el afecto
real y el disciplinarlos eran algo incompatible! ¡Cuántas
madres imprudentes han desdeñado el castigo corporal y proclamado
que el «amor» es la norma de su hogar! Una de las experiencias
más tristes del autor, en sus extensos viajes, ha sido el pasar
algunos días en lugares en que los hijos eran mimados hasta el
absurdo. Es una nociva perversión de la palabra «amor» el
aplicarla a la flojedad y laxitud moral por parte de los padres. Pero,
esta misma perniciosa idea rige en la mente de muchas personas en otros
aspectos y relaciones. Si un siervo de Dios reprime los caminos de la
carne y del mundo, si insiste en los derechos estrictos de Dios, se le
acusa de «carecer de amor». ¡Oh, cuán terrible
que haya multitudes engañadas por Satán en este importante
punto!
3. Nos hemos beneficiado de la Palabra, cuando nos ha enseñado
la verdadera naturaleza del amor cristiano. El amor cristiano es una
gracia espiritual que permanece en las almas de los santos junto con
la fe y la esperanza (1ª Corintios 13:13). Es una santa disposición
obrada en los que han sido regenerados (1ª Juan 5:1). No es nada
menos que el amor de Dios derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo (Romanos 5:5). Es un principio de rectitud que busca el mayor bien
posible para los otros. Es exactamente lo opuesto al principio del egoísmo
y la indulgencia en favor de uno mismo. No es sólo una mirada
afectuosa a todos los que llevan la imagen de Cristo, sino también
un deseo poderoso de fomentar su bienestar. No es un sentimiento frívolo
que se ofende fácilmente, sino una fuerza dinámica que «las
muchas aguas» de la fría indiferencia, ni las «avenidas» de
los ríos no podrán apagar ni ahogar (Cantares 8:7). Aunque
en un grado menos elevado es en esencia el mismo amor del que leemos: «Habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Juan
13:1).
No hay una manera más segura de formarse un concepto claro de
la naturaleza del amor cristiano que estudiándolo en su perfecto
ejemplo, en Cristo y por Cristo. Cuando decimos un «estudio concienzudo» queremos
decir que hacemos un reconocimiento de todo lo que los cuatro Evangelios
nos dicen de El, y no nos limitamos a unos pocos pasajes o incidentes
predilectos. Cuando hacemos esto nos damos cuenta que este amor no sólo
era benevolente y magnánimo, dulce y cuidadoso, generoso y dispuesto
al sacrificio, paciente e inmutable, sino que había aún
muchos otros elementos en él. Era amor que podía negar
una petición urgente (Juan 11:6), reprender a su madre (Juan 2A),
echar mano de un azote (Juan 2: 15), regañar severamente a sus
discípulos que dudaban (Lucas 24:25), apostrofar a los hipócritas
(Mateo 23:13-33). Era amor severo a veces (Mateo 16:23), incluso airado
(Marcos 3:5). El amor espiritual es algo sagrado: es fiel a Dios; no
hace componendas con nada malo.
4. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando descubrimos que el amor cristiano
es una comunicación divina: «Nosotros sabemos que hemos
pasado de la muerte a la vida, en que amamos a los hermanos» 1ª Juan
3:14). «El amor a los hermanos es el fruto y efecto de un nacimiento
nuevo y sobrenatural, obrado en nuestras almas por el Espíritu
Santo, es una bendita evidencia de que hemos sido escogidos en Cristo
por el Padre Celestial, antes que el mundo fuese. El amar a Cristo y
a los suyos, nuestros hermanos en El, es congruente con lo que la divina
naturaleza que ha hecho que seamos partícipes de su Santo Espíritu...
Este amor a los hermanos debe ser un amor peculiar, tal, que sólo
los regenerados pueden participar en él, y que sólo ellos
pueden ejercitar, pues de otro modo el apóstol no lo habría
dicho así de un modo particular; es tal que aquellos que no lo
tienen no han sido aún regenerados; de lo que se sigue que «el
que no ama a su hermano no vive en Cristo» (S. E. Pierce).
El amor a los hermanos es muchísimo más que el encontrar
agradable la compañía de aquellos cuyos temperamentos son
similares a los nuestros y con los cuales nos avenimos. Pertenece no
ya a la mera naturaleza, sino que es algo espiritual, sobrenatural. Es
el corazón que, es atraído hacia aquellos en los cuales
percibimos haber algo de Cristo. Por ello es mucho más que un
espíritu de congregación o compañía; abarca
a todo! aquellos en los que vemos la imagen del Hijo de Dios. Por tanto,
es amarlos por amor de Cristo por lo que vemos en ellos de Cristo. Es
el Espíritu Santo que me atrae para juntarme con los hermanos
y hermanas en los que Cristo vive. De modo que el amor cristiano real
no es sólo un don divino, sino que depende totalmente de Dios
para su vigor y ejercicio. Hemos de orar diariamente para que el Espíritu
Santo lo ponga en acción y manifestación, hacia Dios y
hacia su pueblo, este amor que él ha derramado en nuestro corazón.
S. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando ponemos en práctica
rectamente el amor cristiano. Esto se hace no tratando de complacer a
los hermanos o congraciándonos con ellos, sino cuando verdaderamente
procuramos su bien. «En esto conocemos que amamos a los hijos de
Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos » (1ª Juan
5:2). ¿Cuál es la prueba real de mi amor personal a Dios?
El guardar sus mandamientos (ver Juan 14:15, 21, 24; 15: 10, 14). La
autenticidad y la fuerza de mi amor a Dios no han de ser medidas por
mis palabras, ni por lo robusto y sonoro de mis cánticos de alabanza,
sino por la obediencia a su Palabra. El mismo principio es válido
en mis relaciones con mis hermanos.
«En esto se conoce que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos
a Dios, y guardamos sus mandamientos.» Si estoy haciendo comentarios
sobre las faltas de mis hermanos y hermanas, si estoy andando con ellos
en un curso en que trato de darles satisfacción, esto no significa
que «los amo». «No aborrecerás a tu hermano
en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que
no participes de su pecado» (Levítico 19:17). El amor ha
de ser practicado de una manera divina, y nunca a expensas de mi amor
a Dios; de hecho, sólo cuando Dios tiene el lugar apropiado en
mi corazón puede ser ejercido el amor espiritual hacia los hermanos.
El verdadero amor no consiste en darles satisfacción, sino en
agradar a Dios y ayudarlos; y sólo puedo ayudarlos en el camino
de los mandamientos de Dios.
El halagar a los hermanos no es amor fraternal; el exhortarse uno a
otro, instando a proseguir adelante en la carrera que tenemos delante,
las palabras que animan a «mirar a Jesús» (corroboradas
por el ejemplo de nuestra vida diaria) son de mucha más utilidad.
El amor fraternal es algo santo, no un sentimiento carnal o una indiferencia
en cuanto al camino que siguen. Los mandamientos de Dios son expresiones
de su amor, así como de su autoridad, y el no hacer caso de ellos,
aun cuando sea por cariño o afecto al otro, no es «amor» en
absoluto. El ejercicio del amor ha de conformarse estrictamente a la
voluntad de Dios revelada. Hemos de amar «en verdad» (3 Juan
l).
6. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando nos enseña las manifestaciones
variadas del amor cristiano. El amar a los hermanos y manifestarles el
amor en sus variadas formas es nuestro deber. Pero, en ningún
momento podemos hacer esto de modo más verdadero y efectivo, y
con menos afectación y ostentación que cuando tenemos comunión
con ellos en el trono de la gracia. Hay hermanos y hermanas en Cristo
en los cuatro costados de la tierra, de cuyas tribulaciones, conflictos,
tentaciones y penas, yo no sé nada; a pesar de ello puedo expresar
mi amor hacia ellos, y derramar mi corazón ante Dios en favor
suyo, mediante la súplica y la intercesión. De ninguna
otra manera puede el cristiano manifestar su cuidado y afecto hacia sus
compañeros de peregrinación mejor que usando todos sus
intereses en el Señor Jesús en favor suyo, suplicando su
misericordia en favor de ellos.
«Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener
necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo
mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de
palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1ª Juan
3:17, 18). Muchos hijos de Dios son muy pobres en bienes de este mundo.
Algunas veces se preguntan por qué es así; es una gran
prueba para ellos. Una razón por la que Dios permite esto es que
otros de sus santos puedan tener compasión de ellos y ministrar
a sus necesidades temporales de la abundancia de la que Dios les ha provisto
a ellos. El amor real es intensamente práctico; no considera ninguna
tarea demasiado baja; ninguna faena humillante, si por medio de ella
puede aliviar los sufrimientos del hermano. ¡Cuando el Señor
del amor estaba en la tierra, pensaba en el hambre física de las
multitudes y en la comodidad de los pies de los discípulos!
Pero hay algunos de los hijos de Dios que son tan pobres que no pueden
compartir lo poco que tienen con nadie. ¿Qué pueden, pues,
hacer éstos? ¡Pueden hacerse cargo de las preocupaciones
espirituales de todos los santos; interesarse en favor de ellos delante
del trono de la gracia! Conocemos por cuenta propia los sentimientos,
aflicciones y quejas de que otros santos se quejan, por haber atravesado
sus mismas circunstancias. Sabemos por experiencia propia cuán
fácil es dar lugar al espíritu de descontento y de murmuración.
Pero también sabemos, que cuando hemos clamado al Señor
que ponga su mano calmante sobre nosotros, y cuando nos ha recordado
alguna preciosa promesa, ¡qué paz y sosiego ha venido a
nuestro corazón! Por tanto pidamos a Dios que dé su gracia
también a todos sus santos en aflicción. Procuremos hacer
nuestras sus cargas, llorar con los que lloran, así como gozarnos
con los que se gozan. De esta manera expresaremos nuestro amor real por
sus personas en Cristo, rogando al Señor suyo y nuestro que se
acuerde de ellos en su misericordia sempiterna.
Esta es la manera en que el Señor Jesús manifiesta ahora
su amor por sus santos: «Viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos
7:25). Cristo hace de la causa de ellos la suya, y ruega al Padre en
favor suyo. Cristo no olvida a nadie: toda oveja perdida se halla cargada
en el corazón del Buen Pastor. Así, expresando nuestro
amor a los hermanos en oraciones diarias suplicando por sus varias necesidades,
somos llevados a la comunión con nuestro Sumo Sacerdote. No sólo
esto, pero también sus santos se nos harán más queridos
por ello: nuestro mismo rogar por ellos como amados de Dios, aumentará nuestro
amor y nuestra estima en favor de los tales. No podemos llevarlos en
nuestro corazón ante el trono de la gracia sin tener en lo profundo
de nuestro corazón un afecto real por ellos. La mejor manera de
vencer el espíritu de amargura contra un hermano que nos ha ofendido
es ocuparnos en orar por él.
7. Nos beneficiamos de la Palabra, cuando nos enseña la manera
apropiada de cultivar el amor cristiano. Sugerimos dos o tres reglas
para ello. Primero: reconocer desde el principio que tal como hay en
ti (en mí) mucho que ha de ser una prueba severa para el amor
de los hermanos, habrá también mucho en ellos que va a
hacer difícil nuestro amor a ellos. «Soportándoos
con paciencia los unos a los otros con amor» (Efesios 4:2) es una
gran amonestación sobre este tema que ninguno de nosotros debería
olvidar. Es sin duda singular que la primera cualidad del amor espiritual
que se menciona en 1ª Corintios 13, es la de «es sufrido» (versículo
4).
Segundo: la mejor manera de cultivar cualquier virtud o gracia es ejercitarla.
El hablar teorizar sobre ella no sirve para mucho, a menos que se ponga
en acción. Muchas son las quejas que se oyen hoy en día
sobre la escasez de amor evidente en muchos lugares: ¡ésta
es una razón más para que procuremos nosotros dar un mejor
ejemplo! Que la frialdad y desinterés de los otros no diluyan
tu amor, sino «vence con el bien el mal» (Romanos 12:21).
Considera en oración 1ª Corintios 13 por lo menos una vez
cada semana.
Tercero: por encima de todo procura que tu propio corazón se
recree en la luz y calor del amor de Dios. Cuanto más te ocupes
del amor de Cristo para ti, invariable, incansable, insondable, más
se sentirá tu corazón atraído en amor a aquellos
que son suyos. Una hermosa ilustración de esto se halla en el
hecho que el apóstol particular que escribió más
acerca del amor fraternal fue el que reclinó su cabeza sobre el
pecho del Maestro. El Señor conceda la gracia necesaria al lector
y al autor (que tiene de ello más necesidad que nadie), de observar
estas reglas, para la alabanza y gloria de su gracia, y para el bien
de su pueblo.
fin