Beneficios de la lectura de la Biblia

 

Cap. 11
LA PACIENCIA DE DIOS
“ Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira” (Sal. 145:8)
Se ha escrito mucho menos sobre ésta que sobre las demás excelencias del carácter Divino. No pocos de los que se han extendido sobre sus atributos, han dejado de comentar la paciencia de Dios. No es fácil hallar la razón, ya que la longanimidad de Dios es, ciertamente, una de las perfecciones divinas, tanto como puedan serlo su sabiduría, poder o santidad, y es, por nuestra parte, tan digna de admiración y reverencia como las demás.

Es verdad que este término no se encuentra en la concordancia tan frecuentemente como los otros, pero la gloria de esta gracia brilla en casi cada una de las páginas de las Escrituras. ¡Cuánto bien nos perdemos al no meditar con frecuencia sobre la paciencia de Dios, y al no orar fervientemente para que nuestros corazones y caminos sean hechos conforme a la misma.

Con toda probabilidad, la razón principal de que tantos escritores hayan dejado de ofrecernos algo, separadamente, sobre la paciencia de Dios, ha sido la dificultad en distinguir entre este atributo y la bondad y misericordia, particularmente esta última. La longanimidad de Dios se menciona una y otra vez en relación a su gracia y misericordia, como puede comprobarse en Exo. 34:6; Núm. 14:18; Sal. 86:15.

Que la paciencia de Dios es, en realidad, una manifestación de su misericordia, es algo que no puede negarse (al menos ésta es una manera en la cual se manifiesta frecuentemente) ; pero lo que no podemos aceptar es que sean una misma excelencia, y que no pueda separarse la una de la otra. Puede que el distinguir entre ellas no sea fácil; no obstante, la Escritura nos autoriza plenamente a atribuir a la una lo que no podemos atribuir a la otra.

El puritano Stephen Charnock definía la paciencia de Dios del modo siguiente: “Es una parte de la bondad y misericordia de Dios, y, sin embargo, difiere de ambas. Dios, siendo la bondad más grande, tiene la mayor benignidad; la benignidad es siempre la compañera de la verdadera bondad, y cuanto mayor la bondad, mayor la benignidad.

¿Quién tan santo como Cristo? ¿Y quién tan manso? La lentitud de Dios para la ira es una consecuencia de su misericordia: “Clemente y misericordioso es Jehová, lento para la ira” (Sal. 145:8). Difiere de la misericordia en la consideración formal del tema: la misericordia concierne a la criatura como miserable, la paciencia como criminal; la misericordia se apiada de ella en su miseria, la paciencia sufre el pecado que engendró la miseria, y da lugar a más.”

Ahora personalmente, definiríamos la paciencia divina como el poder de control que Dios ejerce sobre sí mismo haciéndole ser indulgente con el impío y que detiene por tanto tiempo el castigarle.

En Nah. 1:3, leemos: “Jehová es tardo para la ira, y grande en poder”, acerca de lo cual decía Charnock: “Los hombres grandes según el mundo son irascibles, y no perdonan tan fácilmente las ofensas que les infligen como los de más humilde condición. Es la falta de poder sobre sí mismos lo que hace a estos hombres reaccionar impropiamente a la provocación.

El príncipe que puede dominar sus pasiones es el Rey, no sólo para sus súbditos, sino también para si mismo. Dios es tardo para la ira porque es grande en poder. El no tiene menos poder sobre si mismo que sobre sus criaturas.”

Creemos que es en este punto que la paciencia de Dios se distingue más claramente de su misericordia. Aunque beneficie a la criatura, la paciencia de Dios concierne principalmente a él; es la limitación que ha impuesto a sus actos por su propia voluntad; mientras que su misericordia acaba enteramente en la criatura.

La paciencia de Dios es la excelencia que le hace soportar graves ofensas sin vengarlas inmediatamente. El tiene el poder de la paciencia así como también el de la justicia. De ahí que la palabra hebrea usada para describir la longanimidad divina, sea traducida como “tardo para la ira” en Neh. 9:17, Sal. 103:8. No es que haya pasiones en la naturaleza divina, sino que Dios, en su sabiduría y voluntad, se complace en actuar con la nobleza y sobriedad propias de su sublime majestad.

Hagamos notar, en apoyo de la anterior definición, que fue a esta excelencia del carácter divino que Moisés apeló cuando Israel pecó gravemente en Cades barnea, provocando la ira vehemente de Dios. El Señor dijo a su siervo: “Yo le heriré de mortandad, y lo destruiré”. Fue entonces que el característico mediador apeló: “Te ruego que sea magnificada la fortaleza del Señor, como lo hablaste, diciendo: Jehová, tardo de ira”, (Núm. 14:17,18). Así pues, su “longanimidad” es su “poder” de autosujeción.

Además, en Rom. 9:22, leemos: “¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar la ira y hacer notoria su potencia, soportó con mucha mansedumbre (paciencia) los vasos de ira preparados para muerte?” Si Dios rompiera inmediatamente esos vasos reprobados, su poder de dominio propio no sería tan notable; al sobrellevar su impiedad por tanto tiempo sin castigarla, queda demostrado gloriosamente el poder de su paciencia.

Es verdad que el impío interpreta su longanimidad de manera muy diferente “Porque no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos lleno para hacer mal” (Ecl. 8:11) -pero, con todo, el ojo del ungido adora lo que ellos agravian.

“El Dios de la paciencia” (Rom. 15:5) es uno de los títulos divinos. La Deidad es así denominada porque, en primer lugar, Dios es el autor y el objeto de la gracia de la paciencia en la criatura. En segundo lugar, porque esto es lo que El es en sí mismo: la paciencia es una de sus perfecciones. En tercer lugar, como modelo para nosotros: “Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia” (Col. 3:12). “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados” (Efe. 5:1). Cuando seamos tentados a sentirnos disgustados por la torpeza de alguien o a vengarnos del que nos ha ofendido, recordemos la paciencia y longanimidad de Dios para con nosotros.

La paciencia de Dios se manifiesta en su trato con los pecadores. Cuán sorprendentemente se puso de manifiesto para con los hombres antediluvianos. Cuando la humanidad estaba totalmente degenerada, y toda carne había corrompido sus caminos, Dios no la destruyó sin antes advertirlo. Dios “esperó” (1Ped. 3:20), probablemente, no menos de ciento veinte años (Gén. 6:3), durante los cuales Noé fue “pregonero de justicia” (2Ped. 2:5).

Del mismo modo, más tarde, cuando los gentiles no sólo adoraban más a la criatura que al Creador, sino que cometían las abominaciones más viles, contrarias incluso a los dictados de la naturaleza (Rom. 1:1926), llenando así la medida de su iniquidad, Dios, en lugar de usar su espada para exterminarlos, dejó “a todas las gentes andar en sus caminos”, y dio “lluvias del cielo y tiempos fructíferos” (Hech. 14:16,17).

La paciencia de Dios fue maravillosamente ejercida y manifestada para con Israel. Primero “por tiempo como de cuarenta años soportó sus costumbres en el desierto” (Hech. 13:18). Más tarde, cuando ya habían entrado en Canaán, los israelitas siguieron las costumbres impías de los pueblos que les rodeaban, volviéndose a la idolatría; y aunque entonces Dios les castigó severamente, no los destruyó por completo, sino que, en su angustia, levantó para ellos libertadores.

Cuando su iniquidad alcanzó extremos tales que sólo un Dios de paciencia infinita podía tolerarles, El, con todo, aplazó el castigo durante muchos años antes de permitir que fueran transportados a Babilonia. Finalmente, cuando su rebelión contra El alcanzó el clímax al crucificar a su Hijo, Dios esperó cuarenta años antes de enviar a los romanos contra ellos y eso no antes de haberlos juzgado “indignos de la vida eterna” (Hech. 13:46).

¡Qué maravillosa es la paciencia de Dios para con el mundo de hoy día! Por todos lados las gentes pecan audazmente. La ley divina es pisoteada, y Dios mismo es despreciado. Es verdaderamente asombroso que no fulmine al instante a quienes le retan tan descaradamente. ¿Por qué no extermina de golpe al arrogante infiel y al blasfemo vociferante, como hizo con Ananías y Safira?

¿Por qué no hace que la tierra se abra y devore a los perseguidores de su pueblo, de modo que, como Dathán y Abiram, desciendan vivos al abismo? ¿Y qué de la cristiandad apóstata, donde toda forma posible de pecado se tolera y practica al abrigo del nombre Santo de Cristo? ¿Por qué la justa ira del cielo no pone fin a tanta abominación? Sólo es posible una explicación: porque Dios soporta “con mucha mansedumbre los vasos de ira preparados para muerte”.

¿Y qué del que esto predica y del que oye? Examinemos nuestra vida. No hace mucho que seguíamos a la multitud haciendo lo malo, y no teníamos interés alguno en Dios ni en su gloria, viviendo sólo para agradarnos a nosotros mismos. ¡Cuán paciente e indulgente fue para con nuestra conducta impía! Y ahora que la gracia nos ha arrebatado como tizones del fuego, nos ha dado un lugar en la familia de Dios y nos ha engendrado para un herencia eterna en gloria, que miserablemente le correspondemos.

¡Qué superficial es nuestra gratitud, qué lenta nuestra obediencia, qué frecuentes son nuestras reincidencias! Una de las razones por las que Dios permite al creyente permanecer en la carne es para manifestar cuán “paciente es para con nosotros” (2Ped. 3:9). Puesto que este atributo divino se revela solamente en el presente mundo, Dios lo usa para extenderlo a “los suyos”.

Ojalá que la meditación de esta excelencia divina ablandara nuestros corazones, enterneciera nuestras conciencias, e hiciera que aprendiésemos en la escuela de la experiencia santa la “paciencia de los santos”, es decir, la sumisión a la voluntad de Dios y la perseverancia en el bien hacer.

Busquemos fervientemente gracia para imitar esta excelencia divina. “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mat. 5:45); en el inmediato contexto, Cristo nos exhorta a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, y hacer bien a los que nos aborrecen. Dios es paciente con el impío, no obstante la multitud de sus pecados; ¿desearemos nosotros vengarnos por una sola ofensa?


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Cap. 12
LA GRACIA DE DIOS

“Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”. (Rom. 11:6)
Esta perfección del carácter divino es ejercida sólo para con los elegidos. Ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se menciona jamás la gracia de Dios en relación con el género humano en general, y mucho menos en relación con otras de sus criaturas. En esto se distingue de la “misericordia”, porque ésta es “sobre todas sus obras” (Sal. 145:9).

La gracia es la única fuente de la cual fluye la buena voluntad, el amor y la salvación de Dios para sus escogidos. Abraham Booth, en su libro “El Reino de la Gracia”, describe así este atributo del carácter divino: “Es el favor eterno y totalmente gratuito de Dios, manifestado en la concesión de bendiciones espirituales y eternas a las criaturas culpables e indignas”.

La gracia divina es el favor soberano y salvador de Dios, ejercido en la concesión de bendiciones a los que no tienen mérito propio, y por las cuales no se les exige compensación alguna. Más aún; es el favor que Dios muestra a aquellos que, no sólo no tienen méritos en sí mismos, sino que, además, merecen el mal y el infierno.

Es completamente inmerecida, y nada que pueda haber en aquellos a quienes se otorga puede lograrla. La gracia no puede ser comprada, lograda ni ganada por la criatura. Si lo pudiera ser, dejaría de ser gracia. Cuando se dice de una cosa que es de “gracia”, se quiere decir que el que la recibe no tiene derecho alguno sobre ella, que no se le adeudaba. Le llega como simple caridad, y, al principio, no la pidió ni la deseó.

La exposición más completa que existe de la asombrosa gracia de Dios se halla en las epístolas del apóstol Pablo. En sus escritos, la gracia se muestra en directo contraste con las obras y méritos, todas las obras y méritos, de cualquier clase o grado que sean. Esto aparece claro y concluyente en Rom. 11:6: “Y si por gracia, luego no por las obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra”.

La gracia y las obras no pueden mezclarse, como tampoco pueden la luz con las tinieblas “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efe. 2:8,9). El favor absoluto de Dios no es compatible con el mérito humano; ello sería tan imposible como mezclar el agua y el aceite: veamos Rom. 4:4,5. “Al que obra, no se le considera el salario como gracia, sino como obligación. Pero al que no obra, sino que cree en aquel que justifica al impío, se considera su fe como justicia.” La gracia divina tiene tres características principales.

En primer lugar, es eterna. Fue ideada antes de ser empleada, propuesta antes de ser impartida: “Que nos salvó y llamó con vocación santa, no conforme a nuestras obras, mas según el intento suyo y gracia, la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos” (2Tim. 11:9).

En segundo lugar, es gratuita, ya que nadie jamás la adquirió: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia” (Rom. 3:4).

En tercer lugar es soberana, puesto que Dios la ejerce y la otorga a quien él quiere: “Para que... la gracia reine” (Rom. 5:21). Si la gracia “reina”, es que está en el trono, y el que ocupa el trono es soberano. De ahí “el trono de gracia” (Heb. 4:16).

La gracia, al ser un favor inmerecido, ha de ser concedida de una manera soberana. Por ello declara el Señor: “Tendré misericordia del que tendré misericordia” (Efe. 33:19). Si Dios mostrara su gracia para con todos los descendientes de Adán, éstos llegarían en seguida a la conclusión de que Dios estaba obligado a llevarles al cielo como compensación por haber permitido que la raza humana cayera en pecado. Pero el gran Dios no está obligado para con ninguna de sus criaturas, y mucho menos hacia las que le son rebeldes.

La vida eterna es una dádiva, y por, lo tanto, no puede conseguirse por las obras, ni reclamarse como un derecho. Si, pues, la salvación es una dádiva, ¿quién tiene derecho alguno para decir a Dios a quien debería concederla? Y no es que el bendito Dador niegue este don a quien lo busca con todo el corazón, y según las reglas que él ha prescrito. No, él no rechaza a nadie que vaya con manos vacías y por el camino que ha establecido.

Pero si Dios decide ejercer su derecho soberano de escoger de entre un mundo lleno de pecadores e incrédulos un número limitado para salvación, ¿quién puede sentirse perjudicado? ¿Está obligado Dios a dar por la fuerza su dádiva a aquellos que no la aprecian? ¿Está obligado a salvar a los que han resuelto seguir sus propios caminos?

Así y todo, nada hay que ponga más furioso al hombre natural y que más saque a la superficie su enemistad innata arraigada contra Dios, que el hacerle ver que su gracia es eterna, gratuita y absolutamente soberana. Para el corazón no quebrantado es demasiado humillante el aceptar que Dios formó su propósito desde la eternidad, sin consultar para nada a la criatura. Para el que se cree recto es demasiado duro el creer que la gracia no puede conseguirse ni ganarse por el propio esfuerzo.

Y el hecho de que la gracia separa a los que quiere para hacerles objeto de sus favores provoca las protestas acaloradas de los rebeldes orgullosos. El barro se levanta contra el Alfarero y pregunta: “¿Por qué me has hecho tal?” El rebelde desaforado se atreve a disputar la justicia de la soberanía divina.

La gracia distintiva de Dios se muestra al salvar a los que él, en su soberanía, ha separado para ser sus predilectos. Por “distintiva” entendemos la gracia que distingue, que hace diferencia, que escoge a algunos y pasa por alto a otros. Fue esta gracia la que sacó a Abraham de entre sus vecinos idólatras, e hizo de él “el amigo de Dios”.

Fue esta gracia la que salvó a “publicanos y pecadores”, y dijo de los fariseos religiosos “dejadlos” (Mat. 15:14). La gloria de la gracia gratuita y soberana de Dios brilla de manera visible más que en ninguna otra parte, en la indignidad y diversidad de los que la reciben. “La ley entró para agrandar la ofensa, pero en cuanto se agrandó el pecado, sobreabundó la gracia” Rom 5:20.

Manases fue un monstruo de crueldad porque pasó a su hijo por fuego y llenó a Jerusalén de sangre inocente, fue un maestro de iniquidad porque, no sólo multiplicó, y hasta extremos extravagantes, sus impiedades sacrílegas, sino que corrompió los principios y pervirtió las costumbres de sus súbditos, haciéndoles obrar peor que los idólatras paganos más detestables; véase 2Crónicas 33. Con todo, por esta gracia superabundante, fue humillado, fue regenerado, y vino a ser un hijo perdonado por amor, un heredero de la gloria inmortal.

“Consideremos el caso de Saulo, el perseguidor cruel y encarnizado que vomita amenazas, dispuesto a hacer una carnicería, acosando a las ovejas y matando a los discípulos de Jesús. La desolación que había causado y las familias que había arruinado no eran suficientes para calmar su espíritu vengativo.

Eran sólo como un sorbo que, lejos de saciar al sabueso, le hacía seguir el rastro más de cerca y suspirar más ardientemente por la destrucción. Estaba sediento de violencia y muerte. Tan ávida e insaciable era su sed que incluso respiraba amenazas y muerte (Hech. 9:1). Sus palabras eran como lanzas y flechas, y su lengua como espada afilada. Amenazar a los cristianos era para él natural como el respirar. En los propósitos de su corazón rencoroso no había sino deseo de exterminio. Y sólo la falta de más poder impedía que cada sílaba y cada aliento que salía de su boca no esparcieran más muerte, y no hiciera caer más discípulos inocentes. ¿Quién, según los principios de justicia humana, no le hubiera declarado vaso de ira preparado para una condenación inevitable?

Más aun: ¿quién no hubiera llegado a la conclusión de que, para este enemigo implacable de la verdadera santidad, estaban reservadas forzosamente las cadenas más pesadas y la mazmorra más oscura y angustiosa? Con todo, admiremos y adoremos los tesoros insondables de la gracia; este Saulo fue admitido en la compañía bendita de los profetas, fue contado entre el noble ejército de los mártires, y llegó a ser figura destacada entre la gloriosa comunión de los apóstoles.

Veamos otro ejemplo: “La maldad de los corintios era proverbial. Algunos de ellos se revolcaban en el cieno de vicios tan abominables, y estaban acostumbrados a actos de injusticia tan violentos, que eran reprochables incluso para la naturaleza humana. Con todo, aun estos hijos de violencia, estos esclavos de la sensualidad, fueron lavados, santificados y justificados (1Cor. 6:9-11). “Lavados” en la preciosa sangre del Redentor; “santificados” por la operación poderosa del Espíritu bendito; “justificados” por las misericordias infinitas y tiernas del buen Dios. Los que en otro tiempo eran aflicción de la tierra, fueron hechos la gloria del cielo, la delicia de los ángeles.”

La gracia de Dios se manifiesta en el Señor Jesucristo, por él y a través de él. “Porque la ley por Moisés fue dada; más la gracia y la verdad por Jesucristo fue hecha” (Juan 1:17). Ello no quiere decir que Dios hubiera actuado sin gracia para con nadie antes de que su Hijo se encarnara; Génesis 6:8, Éxodo 33:19, etc., muestran claramente lo contrario. Pero la gracia y la verdad fueron reveladas plenamente y declaradas perfectamente cuando el Redentor vino a esta tierra, y murió por los suyos en la cruz.

La gracia de Dios fluye para sus elegidos sólo a través de Cristo el Mediador. “Mucho más abundó la gracia de Dios a los muchos, y el don por la gracia de un hombre, Jesucristo... mucho más reinarán en vida por Jesucristo los que reciben la abundancia de la gracia, y del don de la justicia... la gracia reine por la justicia para vida eterna por Jesucristo Señor nuestro” (Rom. 5:15-17,21).

La gracia de Dios es proclamada en el Evangelio (Hech. 20:24), que es “piedra de tropiezo” para el judío que se cree justo, y “locura” para el griego vano y filósofo. ¿Cuál es la razón? La de que en el Evangelio no hay nada en absoluto que halague el orgullo del hombre. Anuncia que no podemos ser salvos si no es por gracia. Declara que, fuera de Cristo, don inefable de la gracia de Dios, la situación de todo hombre es terrible, irremediable, sin esperanza. El evangelio habla a los hombres como a criminales culpables, condenados y muertos. Declara que el más honesto de los moralistas está en la misma terrible condición que el más voluptuoso libertino; que el religioso más vehemente, con todas sus obras, no está en mejor situación que el infiel más profano.

El Evangelio considera a todo descendiente de Adán como pecador caído, contaminado, merecedor del infierno y desamparado. La gracia que anuncia es su única esperanza. Todos aparecen delante de Dios convictos de trasgresión de su santa ley, y, por lo tanto, como criminales culpables y condenados; no esperando a que se dicte la sentencia, sino aguardando la ejecución de la sentencia dictada ya contra ellos (Juan 3:18).

Quejarse de la parcialidad de la gracia es suicida. Si el pecador persiste en valerse de su propia justicia, su porción eterna será en el lago de fuego. Su única esperanza consiste en inclinarse a la sentencia que la justicia divina ha dictado contra él, reconocer la absoluta rectitud de la misma, abandonarse a la misericordia de Dios, y presentar las manos vacías para asirse de la gracia de Dios que el Evangelio le presenta. La tercera Persona de la divinidad es el comunicador de la gracia, por lo cual se le denomina el “Espíritu de gracia” (Zac. 12:10).

Dios Padre es la fuente de toda gracia, porque designó el pacto eterno de redención. Dios Hijo es el único canal de la gracia. El Evangelio es el promulgador de la gracia. El Espíritu es dador o aplicador. El es quien aplica el Evangelio con poder salvador al alma: vivificando a los elegidos cuando todavía están muertos, conquistando sus voluntades rebeldes, ablandando sus corazones duros, abriendo sus ojos enceguecidos, limpiándoles de la lepra del pecado.

De ahí que podamos decir, como G.S. Bishop: “La gracia es la provisión para hombres que están tan caídos que no pueden levantar el hacha de justicia, tan corrompidos que no pueden cambiar sus propias naturalezas, tan opuestos a Dios que no pueden volverse a él, tan ciegos que no le pueden ver, tan sordos que no le pueden oír, tan muertos que él mismo ha de abrir sus tumbas y levantarlos a la resurrección”.


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Cap. 13

LA MISERICORDIA DE DIOS

“Alabad a Jehová, porque es bueno; porque para siempre es su misericordia” (Sal. 136:1)
Dios merece ser muy alabado por esta perfección de su divino carácter. El salmista exhorta a los santos, tres veces en otros tantos versículos, a dar gracias a Dios por este adorable atributo. Y, en verdad, esto es lo menos que puede pedirse a los que se han beneficiado tan grandemente del mismo.

Cuando consideramos las características de esta excelencia divina, no podemos dejar de bendecir a Dios. Su misericordia es “grande” (1Reyes 3:6), “mucha” (Sal. 119:156), “desde el siglo y hasta el siglo sobre los que le temen” (Sal. 103:17) bien podemos decir con el salmista: “Loaré de mañana tu misericordia” (Sal. 59:16).

“Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente” (Exo. 33:19). ¿En qué se diferencian la “misericordia” y la “gracia” de Dios? La misericordia nace de la bondad de Dios.

La primera consecuencia de la bondad de Dios es su benignidad o merced, por la cual da libremente a sus criaturas como tales; por eso ha dado el ser y la vida a todas las cosas. La segunda consecuencia de la bondad de Dios es su misericordia, la cual denota la pronta inclinación de Dios a aliviar la miseria de las criaturas caídas. Así, pues, la, “misericordia” presupone la existencia del pecado.

Aunque no pueda ser fácil a primera vista percibir una diferencia real entre la gracia y misericordia de Dios, nos ayudará a ello el estudio detenido de su proceder con los ángeles. El nunca ha ejercido misericordia en éstos, porque nunca han tenido necesidad de ella al no haber pecado ni caído bajo los efectos de la maldición. Aun así, son objeto de la gracia soberana y gratuita de Dios. En primer lugar porque los escogió de entre la raza entera angélica (1Tim. 5:21). En segundo lugar, y a consecuencia de su elección, porque Dios los preservó de la apostasía cuando Satanás se rebeló y se llevó consigo una tercera parte de las huestes celestiales (Apoc. 12:4).

En tercer lugar, al hacer de Cristo su Cabeza (Col. 2:10 y 1Ped. 3:22), por lo que están asegurados eternamente en la condición santa en la que fueron creados en Cuarto lugar, debido a la elevada presencia inmediata de Dios (Dan. 7:10), servirle constantemente en el templo celestial, y recibir cometidos honorables de él (Heb. 1:14). Esto representa gracia abundante hacia ellos, pero no “misericordia”.

Al tratar de estudiar la misericordia de Dios según se nos presenta en las Escrituras, necesitamos hacer una distinción triple para “trazar bien la palabra de verdad”. Primeramente, hay una misericordia general de Dios, que se extiende, no sólo a todos los hombres, creyentes y no creyentes, sino también a la creación entera: “Sus misericordias sobre todas sus obras” (Sal. 145:9). “El da a todos vida, y respiración, y todas las cosas” (Hech. 17:25).

Dios tiene compasión de la creación irracional en sus necesidades y las suple con la provisión apropiada. Segundo, hay una misericordia especial que Dios ejerce en los hijos de los hombres, ayudándoles y socorriéndoles a pesar de sus pecados. A éstos, también, Dios da lo que necesitan: “hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos” (Mat. 5:45). Tercero, hay una misericordia soberana que está reservada para los herederos de la salvación, y que les es comunicada por el camino del pacto, a través del Mediador.

Si nos fijamos un poco más en la diferencia entre las distinciones segunda y tercera que hemos mencionado, notaremos que las misericordias que Dios otorga a los impíos son de naturaleza puramente temporal; es decir, se limitan estrictamente a la vida presente. La misericordia no se extenderá, para ellos, más allá de la tumba: “Aquél no es pueblo de entendimiento; por tanto su Hacedor no tendrá de él misericordia, ni se compadecerá de él el que lo formó” (Isa. 27:11). Pero, en este punto, puede presentarse una dificultad a algunos, a saber: ¿No dice la Escritura que “para siempre es su misericordia”? (Sal. 136:1).

Hay dos cosas a tener en cuenta con referencia a esto. Dios no puede dejar jamás de ser misericordioso porque ésta es una cualidad de la esencia divina (Sal. 116:5); pero el ejercicio de su misericordia es regulado por su voluntad soberana. Esto ha de ser así, porque no hay nada ajeno a sí mismo que le obligue a actuar de una forma u otra; si hubiese algo, ese “algo” sería supremo, y Dios dejaría de ser Dios.

Es sólo la gracia soberana la que determina el ejercicio de la misericordia divina. Dios lo afirma categóricamente en Romanos 9:15: “Mas a Moisés dice: Tendré misericordia del que tendré misericordia”. No es la desdicha de la criatura la causa de la misericordia de Dios, ya que nada ajeno a sí mismo puede influir en él. Si Dios fuese influido por la degradante miseria de los pecadores leprosos, los limpiaría y salvaría a todos.

Pero no lo hace así. ¿Por qué? Simplemente, porque no es su agrado y propósito el hacerlo. menos aún pueden ser los méritos de la criatura los que hagan que él conceda sus misericordias sobre ella, porque el hablar de ‘misericordias’ merecidas sería una contradicción. “No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por su misericordia nos salvó” (Tito 3:5); una es directamente opuesta a la otra.

Ni son tampoco los méritos de Cristo los que mueven a Dios a otorgar sus misericordias sobre los elegidos: “a través” o a causa de la tierna misericordia de Dios, que Cristo fue enviado a su pueblo (Lucas 1:78). Los méritos de Cristo hicieron posible que Dios, justamente, concediera misericordias espirituales a sus escogidos, al haber sido satisfecha plenamente la justicia por el Fiador. No, la misericordia proviene solamente de la propia voluntad soberana de Dios. Por otra parte, aunque sea verdad, bendita y gloriosa verdad, que la misericordia de Dios “permanece para siempre”,

Debemos observar detenidamente a quienes es mostrada su misericordia. Aun el arrojar a los reprobados al lago de fuego es un acto de misericordia. Debemos considerar el castigo de los impíos desde tres puntos de vista.

Desde el punto de vista de Dios, es un acto de justicia, que vindica su honor. La misericordia de Dios nunca se muestra en perjuicio de su santidad y justicia. Para los impíos, será un acto de equidad el hacerles sufrir el castigo debido a sus iniquidades. Pero, desde el punto de vista de los redimidos, el castigo de los impíos es un acto de misericordia indecible.

¡Qué terrible sería si el presente estado de cosas continuara para siempre; si los hijos de Dios tuvieran que vivir rodeados de los hijos del diablo! Si los oídos de los santos tuvieran que escuchar el lenguaje sucio y blasfemo de los reprobados, el cielo dejaría de ser cielo al momento. ¡Qué misericordia muestra el hecho de que en la Nueva Jerusalén no entrará “ninguna cosa sucia, o que hace abominación y mentira” (Apoc. 21.27).

Para quien escuche, no piense que en lo dicho al último hemos dejado volar nuestra imaginación, apelemos a las Sagradas Escrituras como prueba de lo que hemos dicho. En el Salmo 143:12 encontramos a David orando así: “Y por tu misericordia disiparás mis enemigos, y destruirás todos los adversarios de mi alma: porque yo soy tu siervo”.

También en el Salmo 136:15 leemos que Dios “arrojó a Faraón y a su ejército en el mar Rojo, porque para siempre es su misericordia”. Fue un acto de venganza sobre Faraón y los suyos, pero, para los Israelitas, fue un acto de “misericordia”. Y otra vez, en Apoc. 19:1-3, leemos: “Oí una gran voz de gran compañía en el cielo, que decía: Aleluya; Salvación y honra y gloria y potencia al Señor Dios nuestro. Porque sus juicios son verdaderos y justos; porque él ha juzgado a la grande ramera, que ha corrompido la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella. Y otra vez dijeron: Aleluya. Y su humo subió para siempre jamás”.

Por lo que acabamos de ver, notemos qué vana es la esperanza presuntuosa de los impíos, quienes, a pesar de su constante desafío a Dios, cuentan con que El será misericordioso. Cuántos de éstos hay que dicen: “No creo que Dios me eche jamás al infierno; es demasiado misericordioso”. Tal esperanza es como una víbora que, se anida en el pecho, les causará la muerte.

Dios es un Dios de justicia tanto como de misericordia, que ha declarado de forma categórica que “de ningún modo justificará al malvado” (Exo. 34:7). Sí, él ha dicho que “los malos serán trasladados al infierno, todas las gentes que se olvidan de Dios” (Sal. 9:17). No importa que los hombres digan: No creo. Es igualmente cierto que los que descuidan las leyes de la salud espiritual sufrirán para siempre la segunda muerte.

Es muy grave ver cuántos hay que abusan de esta perfección divina. Continúan despreciando la autoridad de Dios, pisoteando sus leyes, viviendo en pecado, y, así y todo, se precian de su misericordia. Sin embargo, Dios no será injusto para consigo mismo. El muestra misericordia para el impenitente (Luc. 13:3). Es diabólico seguir en pecado, y, aun así, contar con que la misericordia divina perdona el castigo sin arrepentimiento.

Es como decir: “Hagamos males para que vengan bienes”; de los que así hablan, está escrito: “La condenación de los cuales es justa” (Rom. 3:6). Tal presunción será frustrada; leamos cuidadosamente Deut. 29:18-20. Cristo es el propiciador espiritual, y todos los que desprecian y rechazan su autoridad perecerán “en el camino, cuando se encendiere un poco su furor” (Sal. 2:12).

Sea nuestro último pensamiento el de las misericordias espirituales de Dios para su propio pueblo. “Grande es hasta los cielos tu misericordia” (Sal. 57:10). Las riquezas de la misma trascienden nuestros pensamientos más sublimes. “Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen” (Sal. 103:11). Nadie puede medirla.

Los elegidos son llamados “vasos de misericordia” (Rom. 9:23). Fue la misericordia la que los vivificó cuando estaban muertos en pecado (Efe. 2:4,5). La misericordia los salvó (Tito. 3:5). Su grande misericordia los regeneró para una herencia eterna (1Ped. 1:3). Y, por último, el tiempo nos faltaría para hablar de la misericordia que conserva, sostiene, perdona y provee. Para los suyos, “Dios es el Padre de misericordias” (2Cor. 1:3).


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Cap. 14
EL AMOR DE DIOS
En las Sagradas Escrituras se nos dicen tres cosas acerca de la naturaleza de Dios. Primero, que “Dios es Espíritu” (Juan 4:24). En el griego no hay artículo indeterminado, por lo que decir “Dios es un espíritu» sería en extremo censurable, puesto que le igualaría a otros seres. Dios es “Espíritu” en el sentido más elevado.

Por ser “Espíritu” no tiene sustancia visible, es incorpóreo. Si Dios tuviera un cuerpo tangible, no sería omnipresente, y estaría limitado a un lugar; al ser “Espíritu” llena los cielos y la tierra. Segundo, que “Dios es luz” (1Juan 1:5) lo cual es lo opuesto a las tinieblas.

Las tinieblas, en las Escrituras, representan el pecado, el mal, la muerte; la luz representa la santidad, la bondad, la vida. Que “Dios es luz” significa que es la suma de todas las excelencias. Tercero, que “Dios es amor” (1Juan 4:5). No es simplemente que Dios “ama”, sino que es el Amor mismo. El amor no es simplemente uno de sus atributos, es su misma naturaleza. Muchos hoy en día hablan del amor de Dios, pero son ajenos por completo al Dios de amor. El amor divino es considerado comúnmente como una especie de debilidad afectuosa, una cierta indulgencia cariñosa; es reducido a un simple sentimiento enfermizo, copiado de las emociones humanas. Sin embargo, la verdad es que en esto, como en todo lo demás, nuestras ideas han de ser reguladas de acuerdo con lo que las Sagradas Escrituras nos revelan.

Esta es una urgente necesidad que se hace evidente, no sólo por la ignorancia general que prevalece, sino también por el estado tan bajo de espiritualidad que, triste es decirlo, es característica general de muchos de los que profesan ser cristianos.

¡Qué poco amor genuino hay hacia Dios! Una de las razones principales es que nuestros corazones se ocupan muy poco de su maravilloso amor hacia los suyos. Cuanto mejor conozcamos su amor -su carácter, plenitud, bienaventuranza más fuerte será el impulso de nuestros corazones en amor hacia él.

1. El amor de Dios es inherente. Queremos decir que no hay nada en los objetos de su amor que pueda provocarlo, ni nada en la criatura que pueda atraerlo o impulsarlo. El amor que una criatura siente por otra es producido por algo que hay en ésta; pero el amor de Dios es gratuito, espontáneo, inmotivado. La única razón de que Dios ame a alguien reside en su voluntad soberana.

“no por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová, y os ha escogido; porque vosotros erais los más pocos de todos los pueblos; sino porque Jehová os amó” (Deut. 7:7,8). Dios ha amado a los suyos desde la eternidad, y, por lo tanto, nada que sea de la criatura puede ser la causa de lo que se halla en Dios desde la eternidad. El ama por sí mismo “según el intento suyo” (2Tim. 1:9).

“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1Juan 4:19). Dios no nos amó porque nosotros le amábamos, sino que nos amó antes de que tuviésemos una sola partícula de amor hacia él. Si Dios nos hubiera amado correspondiendo a nuestro amor, no hubiera sido espontáneo; pero, porque nos amó cuando no había amor en nosotros, es evidente que nada influyó en su amor. Si Dios ha de ser adorado, y el corazón de sus hijos probado, es importante que tengamos ideas claras acerca de esta verdad preciosa.

El amor de Dios hacia cada uno de “los suyos» no fue movido en absoluto por nada que hubiera en ellos. ¿Qué había en mí que atrajera al corazón de Dios? Nada absolutamente. Al contrario, todo lo que le repele, todo lo que le haría aborrecerme -pecado, depravación, corrupción estaba en mi corazón; en mí no había ninguna cosa buena.

2. Es eterno. Necesariamente ha de ser así. Dios mismo es eterno, y Dios es amor; por tanto, como él no tuvo principio, tampoco su amor lo tiene. Es cierto que este concepto trasciende el alcance de nuestra mente finita; sin embargo, cuando no podemos comprender, podemos adorar. ¡Qué claro es el testimonio de Jeremías 31:3 “Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia!”

¡Qué bendito conocimiento el saber que el Dios grande y santo amó a sus hijos antes de que el cielo y la tierra fuesen creados, y que había puesto su corazón en ellos desde la eternidad! Esto es prueba clara de que su amor es espontáneo, porque él les amó innumerables siglos antes de que tuviesen el ser.

La misma maravillosa verdad queda expuesta en Efesios 1:4,5: “Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él en amor; habiéndonos predestinado”. ¡Qué de alabanzas debería producir el corazón al pensar que si el amor de Dios no tuvo principio tampoco puede tener fin! Si es verdad que “desde el siglo hasta el siglo” El es Dios y es “amor” entonces es igualmente verdad que ama a su pueblo “desde el siglo y hasta el siglo”.

3. Es soberano. Esto, también, es evidente en sí mismo. Dios es soberano, no está obligado para con nadie; Dios es su propia ley, actúa siempre de acuerdo con su propia voluntad real. Así, pues, si Dios es soberano, y es amor, se desprende necesariamente que su amor es soberano. Porque Dios es Dios, actúa como le agrada; porque es amor, ama a quien quiere.

Tal es su propia explícita afirmación: “A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí” (Rom. 9:13). No había más objeto de amor en Jacob que en Esaú. Ambos habían tenido los mismos padres, habían nacido al mismo tiempo, puesto que eran gemelos; con todo, ¡Dios amó al uno y aborreció al otro! ¿Por qué? Porque le agradó hacerlo así.

La soberanía del amor de Dios se desprende necesariamente del hecho de que no es influido por nada que haya en la criatura. De ahí que el afirmar que la causa de su amor reside en El mismo es sólo otra manera de decir que ama a quien quiere. Supongamos, por un momento, lo contrario. Supongamos que el amor de Dios fuera regulado por algo externo a su voluntad.

En tal caso su amor se regiría por unas reglas, y, siendo así, El estaría bajo una regla de amor, de manera que, lejos de ser libre, sería gobernado por una ley. “En amor; habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos por Jesucristo a sí mismo, según” -¿qué? ¿Algún mérito que vio en nosotros? No; sino, “según el puro afecto de su voluntad” (Efe. 1:4,5).

4. Es infinito. Todo lo referente a Dios es infinito. Su sustancia llena los cielos y la tierra. Su sabiduría es ilimitada, porque él conoce todo el pasado, el presente y el futuro. Su poder es inmenso, porque no hay nada difícil para él. Asimismo, su amor no tiene límite. Tiene una profundidad que nadie puede sondear; una altura que nadie puede escalar; una longitud y una anchura que están más allá de toda medida humana.

Esto se nos indica en Efe. 2:4: “Sin embargo, Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó”; la palabra “mucho” aquí es sinónima de “de tal manera amó Dios” en Juan 3:16. Nos habla de un amor tan sobresaliente que no puede ser calculado.

“Ninguna lengua puede expresar fielmente la infinitud del amor de Dios, ni ninguna mente comprenderla: “excede a todo conocimiento” (Efe. 3:19). Las más vastas ideas que la mente finita puede formarse del amor divino están muy por debajo de su verdadera naturaleza. 5. Es inmutable. Del mismo modo que en Dios “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17), tampoco su amor conoce cambio o disminución. El indigno Jacob ofrece un ejemplo poderoso de esta verdad: “A Jacob amé”, declaró Jehová, y, a pesar de toda su incredulidad y desobediencia, El nunca dejó de amarle.

En Juan 13:1 se nos da otra hermosa ilustración. Aquella misma noche, uno de los apóstoles diría: “Muéstranos al Padre”; otro le negaría con juramentos, todos iban a ser escandalizados y le abandonarían. Así y todo, “como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. El amor divino no está sujeto a vicisitudes de ninguna clase. El amor divino “fuerte es como la muerte... las muchas aguas no podrán apagarlo” (Cant. 5:6,7). Nada puede apartarnos del mismo (Rom. 8:35-39).

6. Es santo. El amor de Dios no lo regula el capricho, ni la pasión, ni el sentimiento, sino un principio. Del mismo modo que su gracia no reina a expensas de la misma, sino “por la justicia” (Rom. 5:21), así su amor nunca choca con su santidad. “Dios es luz” (1Juan 1:3) se encuentra antes que “Dios es amor” (1Juan 4:5).

El amor de Dios no es una simple debilidad afectuosa, ni una especie de muelle ternura. La Escritura declara que “el Señor al que ama castiga, y azota a cualquiera que recibe por hijo” (Heb. 12:6). Dios no cerrará los ojos al pecado, ni siquiera al de sus hijos. Su amor es puro, sin mezcla de sentimentalismo sensiblero.

7. Es benigno. El amor y el favor de Dios son inseparables. Esto se pone de relieve en Romanos 8:32-39. Por la idea y alcance del contexto se percibe claramente que es este amor, el cual no puede haber separación: es la buena voluntad y la gracia de Dios que le determinaron a dar a su Hijo por los pecadores. Ese amor fue el poder impulsor de la encarnación de Cristo: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16),

Cristo no murió para hacer que Dios nos amara, sino porque amaba a su pueblo. El Calvario es la demostración suprema del amor divino. Siempre, que seamos tentados a dudar del amor de Dios, recordemos el Calvario. He aquí, abundante motivo para confiar en Dios, y para soportar con paciencia las aflicción que envía, Cristo era el amado del Padre, y aun así no estuvo exento de pobreza, afrenta y persecución. Sufrió hambre y sed. De ahí que, al permitir que los hombres le escupieran y le hirieran, el amor de Dios hacia Cristo no sufrió menoscabo.

Así pues, que ningún cristiano dude del amor de Dios al ser sometido a pruebas y aflicciones dolorosas. Dios no enriqueció a Cristo con prosperidad temporal en este mundo, ya que “no tenía donde recostar su cabeza”. Pero sí le dio el Espíritu sin medida. Siendo así, aprendamos que las bendiciones espirituales son los dones principales del amor divino. ¡Qué bendición es el saber que, aunque el mundo nos odie, Dios nos ama!


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Cap. 15
LA IRA DE DIOS

“Temed a aquel que, después de haber dado muerte, tiene poder de echar en el infierno. Sí, os digo: A éste temed”. (Luc. 12:5)
Es triste ver a tantos cristianos que parecen considerar la ira de Dios como algo que necesita excusas y justificación, o que, cuando menos, celebrarían que no existiese. Hay algunos que, aunque no irían tan lejos como para admitir abiertamente que la consideran una mancha en el carácter Divino, están lejos de mirarla con deleite, no les agrada pensar en ella, y rara vez la oyen mencionar sin que se levante un resentimiento secreto hacia ella en sus corazones.

Incluso entre los de juicio más moderado, no son pocos los que imaginan que la severidad de la ira divina es demasiado aterradora para constituir un tema provechoso de meditación. Otros admiten el engaño de que la ira de Dios no es compatible con su bondad, y por esto tratan de desterrarla del pensamiento.

Sí, muchos huyen de la visión de la ira de Dios como si se les obligara a mirar una mancha del divino carácter, o una falta de la autoridad divina. Pero, ¿qué dicen las escrituras? Al leerlas, nos damos cuenta de que Dios no ha tratado de ocultar la realidad de su ira. El no se avergüenza de proclamar que la venganza y el furor le pertenecen.

Su propia demanda es: “Ved ahora que yo, soy yo, y no hay dioses conmigo; yo hago morir, y yo hago vivir, yo hiero, y yo curo; y no hay quien pueda librar de mi mano, y diré: Vivo yo para siempre, si afilare mi reluciente espada, y mi mano arrebatare el juicio yo volveré la venganza a mis enemigos, y daré el pago a los que me aborrecen” (Deut. 32:39-41). Una mirada a la concordancia nos revelará que, hay más referencias al enojo, el furor, y la ira de Dios que a su amor y benevolencia. El odia todo pecado, porque es santo; y porque lo odia, su furor se enciende contra el pecador (Sal. 7:11). La ira de Dios constituye una perfección divina tan importante como su fidelidad, poder o misericordia.

Ha de ser así, por cuanto en el carácter de Dios no hay defecto alguno, ni la más leve tacha; ¡Sin embargo, habría si careciera de “ira”! La indiferencia al pecado es una falta moral, y el que no lo odia es un leproso moral. ¿Cómo podría El, que es la suma de todas las excelencias, mirar con igual satisfacción la virtud y el vicio, la sabiduría y la locura? ¿Cómo podría El, que se deleita sólo en lo que es puro y amable, dejar de despreciar lo que es impuro y vil?

La naturaleza misma de Dios que hace del infierno una necesidad tan real, un requisito tan imperativo y eterno como es el cielo. No solamente no hay en Dios imperfección alguna, sino que no hay perfección que sea menos “perfecta” que otra. La ira de Dios es su eterno aborrecimiento de toda injusticia. Es el desagrado e indignación de la rectitud divina ante el mal. Es la santidad de Dios puesta en acción contra el pecado. Es la causa motriz de la sentencia justa que pronuncia contra los que actúan mal.

Dios se enoja contra el pecado porque es una rebelión contra su autoridad, un ultraje cometido contra su soberanía inviolable. Los que se sublevan contra el gobierno de Dios aprenderán que Dios es el Señor. Se les hará conocer la grandeza de su Majestad que ellos desprecian, y lo terrible que es esa ira que se les anunció y que ellos repudiaron. No es que la ira de Dios sea una venganza maligna, que hiera por herir, o un medio para devolver una injuria recibida. No; Dios vindicará su dominio como Gobernador del universo, pero nunca será vengativo.

Que la ira divina es una de sus perfecciones de Dios es evidente, no sólo por las consideraciones presentadas hasta el momento, sino, lo que es más importante, porque así lo establecen las afirmaciones categóricas de su propia Palabra. “Porque manifiesta es la ira de Dios desde el cielo” (Rom. 1:18).

Se manifestó cuando fue pronunciada la primera sentencia de muerte, cuando la tierra fue maldita y el hombre echado del paraíso terrenal; y, después, por castigos ejemplares tales como el Diluvio y la destrucción de las ciudades de la llanura (Sodoma y Gomorra) con fuego del cielo, y especialmente, por el reinado de la muerte en todo el mundo.

Se manifestó, también, en la maldición de la Ley para cada transgresión, y fue dada a entender en la institución del sacrificio. En el capítulo 8 de Romanos, el apóstol llama la atención de los cristianos al hecho de que la creación entera está sujeta a vanidad, y gime y está de parto. La misma creación que declara que hay un Dios, y publica su gloria, proclama también que es el Enemigo del pecado y el Vengador de los crímenes de los hombres. Pero, sobre todo, la ira de Dios fue revelada desde el cielo cuando su Hijo vino para manifestar el carácter Divino, y cuando esa ira fue presentada en sus sufrimientos y muerte de un modo más terrible que en todas las señales que había dado anteriormente de su enojo por el pecado.

Además, el castigo futuro y eterno de los impíos se declara ahora en unos términos más solemnes y explícitos que nunca. Bajo la nueva dispensación, hay dos revelaciones celestiales; una es de ira, la otra es de gracia. Por otra parte, que la ira de Dios es una perfección divina queda demostrado claramente en lo que dice el Salmo 95:11: “Por tanto juré en mi furor”. Hay dos motivos por los que Dios “jura”, al hacer una promesa (Gén. 22:16), y al anunciar un castigo (Deut. 1:34).

En el primer caso, Dios juró en favor de sus hijos; en el segundo, para atemorizar a los impíos. Un juramento es una confirmación solemne (Heb. 6:16). En Gén. 22:16, Dios dijo: “Por mi mismo he jurado”. En el Sal. 89:35, declaró: “Una vez he jurado por mi Santidad.” Mientras que, en el Sal. 95:11, afirmó “Juré en mi furor”.

Así el gran Jehová apela a su furor, o ira, como una perfección igual a su Santidad; ¡él jura tanto por la una como por la otra! Pero aún hay más: como que en Cristo “había toda la plenitud de la divinidad corporalmente” (Col. 2:9), y ya que en él lucen gloriosamente todas las perfecciones divinas (Juan 1:18), es por ello que leemos de “la ira del Cordero” (Apoc. 6:16).

La ira de Dios es una perfección del carácter divino sobre la que necesitamos meditar con frecuencia. En primer lugar, para que nuestros corazones sean debidamente inculcados del odio que Dios siente hacia el pecado. Nosotros siempre nos inclinamos a considerar trivialmente el pecado, a excusarlo, y a consentir su fealdad. Pero cuanto más estudiemos y meditemos la aversión de Dios hacia el mismo, y su terrible venganza sobre él, más fácilmente nos daremos cuenta de su enormidad. En segundo lugar, para engendrar en nuestros corazones un temor verdadero a Dios. “Retengamos la gracia por la cual sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” (Heb. 12:28,29).

No podemos servirle “agradándole” a menos que tengamos “reverencia” a su Majestad sublime, y “temor” a su justo furor; y la mejor manera de producirlo en nosotros es recordando a menudo que “nuestro Dios es fuego consumidor”. En tercer lugar, para elevar nuestras almas en ferviente alabanza por habernos librado “de la ira que ha de venir” (1Tes. 1:10).

Nuestra rapidez o nuestra desgana en meditar sobre la ira de Dios es un medio eficaz para ver cual es nuestra verdadera posición delante de él. Si no nos gozamos verdaderamente en Dios por lo que es en sí mismo y por todas las perfecciones que habitan eternamente en él, ¿cómo puede, pues, morar en nosotros el amor de Dios?

Cada uno de nosotros necesita orar y estar en guardia para no hacerse una imagen de Dios según sus propias ideas e inclinaciones malas. El Señor, en la antigüedad, se quejó de que “pensabas que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21).

Si no alabamos “la memoria de su Santidad” (Sal. 97:12), si no nos regocijamos al saber que, en un cercano día, Dios desplegará gloriosamente su ira al vengarse de todos los que ahora se oponen a El, eso es una prueba positiva de que todavía estamos en nuestros pecados, en el camino que conduce al fuego eterno.

“Alabad, gentes (gentiles), a su pueblo, porque el vengará la sangre de sus siervos, y volverá la venganza a sus enemigos” (Deut. 32:34). Y, de nuevo: “Oí como la gran voz de una enorme multitud en el cielo, que decía: “¡Aleluya! La salvación y la gloria y el poder pertenecen a nuestro Dios. Porque sus juicios son verdaderos y justos; pues él ha juzgado a la gran ramera que corrompió la tierra con su inmoralidad, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella. Y por segunda vez dijeron: “¡Aleluya!” (Apoc. 19:1-3).

Grande será el gozo de los santos en aquel día cuando el Señor vindicará su Majestad, ejercerá su poderoso dominio, magnificará su justicia, y derrotará a los rebeldes orgullosos que se han atrevido a desafiarle. “Si mirares a los pecados, ¿quién oh, Señor, podrá mantenerse?” (Sal. 130:3). Haremos bien en hacernos esta pregunta, porque está escrito que “no se levantarán los malos en el juicio” (Sal. 1:5).

¡Qué agitada y angustiada estaba el alma de Cristo bajo el peso de las iniquidades de los suyos que Dios le imputaba al morir! Su agonía cruel, su sudor de sangre, su gran clamor y súplica (Heb. 5:7), su reiterado ruego “si es posible, pase de mi este vaso”, su último grito aterrador “Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has desamparado?”,

Todo ello muestra que terrible era el temor que sentía por lo que significa el que Dios “mire a los pecados”. ¡Bien pueden clamar los pobres pecadores: “Señor ¿quién podrá mantenerse?”, cuando el mismo hijo de Dios tembló así bajo el peso de su ira!, Si ustedes no se han “afianzado de la esperanza” que es en Cristo, el único salvador, “¿Qué harán en la espesura del Jordán?” (Jer. 12:5).

El gran Dios, pudiendo destruir a todos sus enemigos con una palabra de su boca, es indulgente con ellos y provee a sus necesidades. No es extraño de él, que hace bien a los ingratos y malvados, nos mande bendecir a los que nos maldicen. Pero no piensen los pecadores, que escaparán; el molino de Dios va despacio, pero muele muy fino; cuanto más admirable, sea ahora su paciencia y benignidad, más terrible e insostenible será el furor que su bondad profanada causará.

No hay nada tan suave como el mar, sin embargo, cuando es sacudido por la tempestad nada puede rugir tan violentamente. No hay nada tan dulce como la paciencia y la bondad de Dios, ni nada tan terrible como su ira cuando se enciende”. Así que, “huyamos” hacia Cristo; “huye de la ira que vendrá” (Mat. 3:7) antes que sea demasiado tarde.

Es necesario que pensemos que esta exhortación no va dirigido a alguna otra persona. ¡Va dirigida a nosotros! No nos contentemos con pensar que ya nos hemos entregado a Cristo. ¡Asegurémonos de ello! Pidamos al Señor que escudriñe nuestro corazón y que lo revele.


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Cap. 16
MEDITANDO SOBRE DIOS

“¿Alcanzarás tú el rastro de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alto que los cielos: ¿qué harás? Es más profundo que el infierno: ¿cómo lo conocerás? Su dimensión es más larga que la tierra, y más ancha que la mar” (Job 11:7-9)
En los estudios anteriores, hemos observado algunas de las admirables y preciosas perfecciones del carácter Divino. Después de esta meditación sencilla y deficiente de sus atributos, ha de ser evidente para todos nosotros que Dios es, en primer lugar, un ser incomprensible, y, maravillados ante su infinita grandeza, nos vemos obligados a usar las palabras de Sofar:

“¿Alcanzarás tú el rastro de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alto que los cielos: ¿qué harás? Es más profundo que el infierno: ¿cómo lo conocerás? Su dimensión es más larga que la tierra, y más ancha que la mar” Cuando dirigimos nuestro pensamiento a la eternidad de Dios, a su ser inmaterial, su omnipresencia y su omnipotencia, nos sentimos anonadados.

Pero la imposibilidad de comprender la naturaleza Divina no es razón para desistir en nuestros esfuerzos reverentes y devotos para entender lo que tan benignamente ha revelado Dios de sí mismo en su Palabra. Sería locura el decir que, porque no podemos adquirir un conocimiento perfecto es mejor no esforzarnos en alcanzar parte. ‘Nada aumenta tanto la capacidad del intelecto y del alma humana como la investigación devota, sincera y constante del gran tema de la Divinidad.

El más excelente estudio para desarrollar el alma es la ciencia de Cristo crucificado y el conocimiento de la divinidad en la gloriosa Trinidad”. Citando a C. H. Spurgeon, este gran predicador bautista del siglo pasado, diremos que:

“El estudio propio para el cristiano es el de la Divinidad: La ciencia más elevada, la especulación más sublime y la filosofía más importante en la que el hijo de Dios puede ocupar su atención es el nombre, la naturaleza, la persona, la obra y la existencia del gran Dios al que llama Padre.”

En la meditación de la Divinidad hay algo extremadamente beneficioso para la mente. Es un tema tan vasto, que hace que nuestros pensamientos se pierdan en la inmensidad; tan profundo, que nuestro orgullo queda ahogado. Podemos comprender y dominar otros temas; al hacerlo, nos sentimos satisfechos, decimos: He aquí soy sabio, y seguimos nuestro propio camino. Sin embargo, nos acercamos a nuestra ciencia magistral y nos damos cuenta que nuestra plomada no alcanza su profundidad, y que nuestros ojos de lince no pueden llegar a su altura, nos alejamos pensando: Nosotros somos de ayer, y no sabemos, (Mal. 3:6).

Sí, nuestra incapacidad para comprender la naturaleza divina debería enseñarnos a ser humildes, precavidos y reverentes. Después de toda nuestra búsqueda y meditación, hemos de decir como Job: “He aquí, éstas son partes de sus caminos; ¡mas cuán poco hemos oído de él!” (Job 26:14).

Cuando Moisés imploró que le mostrara su gloria, él le respondió: “Yo proclamaré el nombre de Jehová delante de ti” (Exo. 33:19), y, como alguien ha dicho, “el nombre es el conjunto de sus atributos”. Podemos dedicarnos por completo al estudio de las diversas perfecciones por las cuales el Dios nos descubre su propio ser, atribuírselas todas, aunque tengamos todavía concepciones pobres y defectuosas de cada una de ellas. Sin embargo, en tanto que nuestra comprensión corresponde a la revelación que él nos proporciona de sus varias excelencias, tenemos una visión presente de su gloria.

En verdad, la diferencia entre el conocimiento que de Dios tienen los santos en esta vida y el que tendrán en el cielo es grande; con todo, ni el primero ha de ser desestimado, ni el segundo exagerado. Es cierto que la Escritura declara que le “veremos cara a cara” y que “conoceremos como somos conocidos” (1Cor. 13:12).

Pero deducir de esto que entonces conoceremos a Dios como él nos conoce a nosotros es dejarnos seducir por la mera apariencia de las palabras, y prescindir de la limitación que ellas mismas imponen necesariamente en tema como éste. Hay una gran diferencia entre decir que los santos serán glorificados, y que serán hechos divinos. Los cristianos, aún en su estado de gloria, serán criaturas finitas, y, por lo tanto, incapaces de comprender completamente al Dios infinito.

“En el cielo, los santos verán a Dios con ojos espirituales, por cuanto El será siempre invisible al ojo físico; le verán más claramente de como le veían por la razón y la fe, y más extensamente de lo que han revelado hasta ahora sus obras y dispensaciones; pero la capacidad de sus mentes no serán aumentadas hasta el punto de poder contemplar a la vez y en detalle toda la excelencia de su naturaleza. Para comprender la perfección infinita sería necesario que fuesen infinitos.

Aún en el cielo su conocimiento será parcial; sin embargo, su felicidad será completa porque su conocimiento será perfecto, en el sentido de que será el adecuado a la capacidad del ser, aunque no agote la plenitud del fin, creemos que será progresivo, y que, a medida que su visión se desarrolle, su bienaventuranza aumentará también; pero nunca alcanzará un límite más allá del cual no hay nada más por descubrir; y, cuando los siglos hayan transcurrido, él será todavía el Dios incomprensible.

En segundo lugar, en el estudio de las perfecciones de Dios se pone de manifiesto que es todo suficiente. Lo es en sí y para sí mismo. El primero de todos los seres no podía recibir cosa alguna de otro. Siendo infinito, está en posesión de toda perfección posible.

Cuando el Dios trino estaba sólo, él era el todo para sí. Su entendimiento, amor y energía estaban dirigidos a sí mismo. Si hubiese necesitado algo externo, no hubiese sido independiente, y, por tanto, no hubiese sido Dios. Creó todas las cosas “para él” mismo (Col. 1:16). Con todo, no lo hizo para suplir alguna necesidad que pudiera tener, sino para transmitir la vida y la felicidad a los ángeles y a los hombres, y para admitirles a la visión de Su propia gloria.

Verdad es que exige la lealtad y la devoción de sus criaturas inteligentes; sin embargo, no se beneficia de su servicio, antes al contrario, son ellas las beneficiadas (Job 22:2,3). Dios usa medios e instrumentos para cumplir sus propósitos, no porque su poder sea insuficiente, sino, a menudo, para demostrarlo de modo más sorprendente a pesar de la debilidad de los instrumentos. La absoluta suficiencia de Dios hace de El objeto supremo de nuestras aspiraciones. La verdadera felicidad consiste solamente en el disfrute de Dios. Su favor es vida, y su cuidado es mejor que la vida misma. “Mi parte es Jehová, dijo mi alma; por tanto en él esperaré” (Lam. 3:24); la percepción de su amor, su gracia y su gloria es el objeto principal de los deseos de los santos, y el manantial de sus más nobles satisfacciones.

Muchos dicen: “¿Quién nos mostrará el bien?” Haz brillar sobre nosotros, oh Jehová, la luz de tu rostro. Tú has dado tal alegría a mi corazón que sobrepasa a la alegría que ellos tienen con motivo de su siega y de su vendimia.” (Sal. 4:6-7).

Sí cuando el cristiano está en su cabal juicio, puede decir: “Aunque la higuera no florezca ni en las vides haya fruto, aunque falle el producto del olivo y los campos no produzcan alimento, aunque se acaben las ovejas del redil y no haya vacas en los establos; con todo, yo me alegraré en Jehová y me gozaré en el Dios de mi salvación” (Hab. 3:17-18).

En tercer lugar, en el estudio de las perfecciones de Dios resalta el hecho de que El es Soberano Supremo del universo. Alguien ha dicho, con razón, que, “ningún dominio es tan absoluto como el de la creación. Aquél que podía no haber hacho nada, tenía el derecho de hacerlo todo según su voluntad.

En el ejercicio de su poder soberano hizo que algunas partes de la creación fueran simple materia inanimada, de textura más o menos refinada, de muy diversas cualidades, pero inerte e inconsciente. El dio a otras organismo, y las hizo susceptibles de crecimiento y expansión, pero, aún así, sin vida en el sentido propio de la palabra. A otras les dio, no sólo organismo, sino también existencia consciente, órganos del sentido y movimiento propio. A éstos añadió en el hombre el don de la razón y un espíritu inmortal por el cual está unido a un orden de seres elevados que habitan en las regiones superiores. El agita el cetro de la omnipotencia sobre el mundo que creó.

Alabe y glorifique al que vive para siempre; porque su señorío es sempiterno, y su reino por todas las edades. Y todos los moradores de la tierra por nada son contados; y en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay quien estorbe su mano y le diga: ¿qué haces? (Dan. 4:3435).

La criatura, considerada como tal, no tiene derecho alguno. No puede exigir nada a su Creador, y como quiera que sea tratado, no tiene razón en quejarse. No obstante, al pensar en el señorío absoluto de Dios sobre todas las cosas, no deberíamos de olvidar nunca sus perfecciones morales. Dios es justo y bueno, y siempre hace lo que es recto. Sin embargo, ejerce su soberanía según su voluntad imperial y equitativa. Asigna a cada criatura su lugar según parece bien a sus ojos. Ordena las diversas circunstancias de cada una según sus propios consejos. Moldea cada vaso según su determinación inmutable. Tiene misericordia del que quiere, y al que quiere endurece.

Dondequiera que estemos, su ojo está sobre nosotros. Quienquiera que seamos, nuestra vida y posesiones están a su disposición. Para el cristiano es un Padre tierno; para el rebelde pecador será fuego que consume. “Por tanto, al Rey de siglos, inmortal, invisible, al solo sabio Dios sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amen” (1Tim. 1:17)


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