Cap. 7
LA SANTIDAD DE DIOS
“¿Quién no te temerá, oh Señor, y
engrandecerá tu nombre? Porque tú sólo eres santo” (Apoc.
15:4)
Sólo El es infinita, independientemente e inmutablemente santo.
Con frecuencia Dios es llamado “El Santo” en la Escritura;
y lo es porque en él se halla la suma de todas las excelencias
morales. Es pureza absoluta, sin la más leve sombra de pecado. “Dios
es luz, y en él no hay ningunas tinieblas” (1Juan. 1:5).
La santidad es la misma excelencia de la naturaleza divina: el gran
Dios es “magnífico en santidad” (Ex. 15:11). Por eso
leemos: “muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver
el agravio” (Hab. 1:13). De la misma manera que el poder de Dios
es lo opuesto a debilidad natural de la criatura, y su sabiduría
contrasta completamente con el menor defecto de entendimiento, su santidad
es la antítesis de todo defecto o imperfección moral.
En la antigüedad, Dios instituyó algunos “que cantasen
a Jehová y alabasen en la hermosura de su santidad”. (2Crón..
20:21). El poder es la mano y el brazo de Dios, la omnisciencia sus ojos,
la misericordia su entraña, la eternidad su duración, pero “la
santidad es su hermosura”. Es esta hermosura lo que le hace deleitoso
para aquellos que han sido liberados del dominio del pecado.
A esta perfección divina se le da un énfasis especial. “Se
llama santo a Dios más veces que todopoderoso, y se presenta esta
parte de su dignidad más que ninguna otra. Esta cualidad va como
calificativo junto a su nombre más que ninguna otra. Nunca se
nos habla de Su poderoso nombre, o su sabio nombre, sino su grande nombre,
y, sobre todo, su santo nombre. Este es su mayor título de honor;
en ésta resalta toda la majestad y respetabilidad de su nombre.” Esta
perfección, como ninguna otra, es celebrada ante el trono del
cielo por los serafines que claman: “Santo, Santo, Santo, Jehová de
los ejércitos” (Isa. 6:3).
Dios mismo destaca esta perfección: “Una vez he jurado
por mi santidad” (Sal. 89:35). Dios jura por su santidad porque ésta
es la expresión más plena de sí mismo. Por ella
nos exhorta: “Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad
la memoria de su santidad” (Sal. 30:4). “Podemos llamar a éste
un atributo trascendental; es como si penetrara en los demás atributos
y les diera lustre” (J. Howe 1670). Por ello leemos de la “hermosura
del Señor” (Sal. 27:4), la cual no es otra que la “hermosura
de su santidad” (Sal. 110:3).
“Esta excelencia destacada por encima de sus otras perfecciones,
es la gloria de éstas; es cada una de las perfecciones de la deidad;
así como su poder es el vigor de sus otras perfecciones, su santidad
es la hermosura de las mismas; de la manera que sin omnipotencia todo
sería débil, sin santidad todo sería desagradable.
Si ésta fuera manchada, el resto perdería su honra.
Esto sería como si el sol perdiera su luz: perdería al
instante su calor, su poder y sus virtudes generadoras y vivificadoras.
Así como en el cristiano la sinceridad es el brillo de todas las
gracias, la pureza en Dios es el resplandor de todos los atributos de
la divinidad. Su justicia es santa, su sabiduría santa, su brazo
poderoso es un santo brazo (Sal. 98:1). Su verdad o palabra es una Santa
Palabra (Sal. 105:42). Su nombre, que expresa todos sus atributos juntos,
es un Santo Nombre (Sal. 103:1)”
La santidad de Dios se manifiesta en sus obras. Nada que no sea excelente
puede proceder de El. La santidad es regla de todas sus acciones. En
el principio declaró todo lo que había hecho “bueno
en gran manera” (Gen. 1:31), lo cual no hubiera podido hacer si
hubiera habido algo imperfecto o impuro.
Al hombre lo hizo “recto” (Ecl. 7:29), a imagen y semejanza
de su creador. Los ángeles que cayeron fueron creados santos,
ya que, según leemos, “dejaron su habitación” (Judas.
6). De Satanás está escrito: “perfecto eras en todos
tus caminos desde el día que fuiste creado hasta que se halló en
ti maldad” (Eze. 28:15).
La santidad de Dios se manifiesta en su ley. Esa ley prohíbe
el pecado en todas sus variantes: en las formas más refinadas
así como en las más groseras, la intención de la
mente como la de contaminación del cuerpo, el deseo secreto como
el acto abierto.
Por ello leemos: “la ley a la verdad es santa y el mandamiento
santo y justo, y bueno” (Rom. 7:12). Sí, “el precepto
de Jehová es puro que alumbra a los ojos. El temor de Jehová es
limpio, que permanece para siempre; los juicios de Jehová son
verdad, todos justos” (Sal. 19:8,9).
La santidad de Dios que se manifiesta en la cruz. La expiación
pone de manifiesto de la manera más admirable, y a la vez solemne
la santidad infinita de Dios y su odio al pecado. ¡Cuán
detestable había de serle este cuando lo castigó hasta
el límite de su culpabilidad al imputarlo a su hijo! “los
juicios que han sido o que serán vertidos sobre el mundo impío,
la llama ardiente de la conciencia pecadora, la sentencia irrevocable
dictada contra los demonios rebeldes, y los gemidos de las criaturas
condenadas, nos demuestran tan palpablemente el odio de Dios hacia el
pecado como la ira del Padre desatada sobre el Hijo.
La santidad divina jamás apareció más atractiva
y hermosa que cuando la faz del salvador estaba más desfigurada
por los gemidos de la muerte. El mismo lo declara en el Salmo 22. Cuando
Dios esconde de Cristo su faz sonriente y le hunde su afilado cuchillo
en el corazón haciéndole exclamar Dios mío, Dios
mío, ¿porqué me has abandonado?, Cristo adora esa
perfección divina: “pero tu eres santo, v. 3”.
Dios odia todo pecado porque El es santo. El ama todo lo que es conforme
a sus leyes y aborrece todo lo que es contrario a las mismas. Su palabra
lo expresa claramente: “el perverso es abominado de Jehová” (Prov.
3:32). Y otra vez: “abominación son a Jehová los
pensamientos del malo” (Prov. 15:26). De ello se desprende que él,
necesariamente ha de castigar el pecado.
El pecado no puede escapar a su castigo porque Dios lo aborrece. Dios
ha perdonado a menudo a los pecadores, pero jamás perdona el pecado;
el pecador sólo puede ser perdonado a causa de que otro ha llevado
su castigo, porque “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (He.
9:22). Por eso se nos dice que “Jehová se venga de sus adversarios,
y guarda enojo para sus enemigos” (Nah. 1:2).
A causa de un pecado Dios desterró a nuestros primeros padres
del Edén. Por un pecado toda la descendencia de Cam cayó bajo
una maldición que todavía perdura. Moisés fue excluido
de Canaán a causa de un pecado. Y por un pecado el criado de Eliseo
fue castigado con lepra y Ananías y Safira fueron separados de
la tierra de los vivientes.
En eso tenemos pruebas de la inspiración divina de las Escrituras.
El alma no regenerada no cree realmente en la santidad de Dios el concepto
que de su carácter tiene es parcial. Espera que su misericordia
superara todo lo demás. “Pensabas que de cierto sería
yo como tú” (Sal. 50:21), es la acusación de Dios
a los tales.
Piensan en un dios cortado según el patrón de sus propios
corazones malos. De ahí su persistencia en una carrera de locura.
La santidad atribuida en las Escrituras a la naturaleza y carácter
divinos es tal, que demuestra claramente el origen sobrenatural de estas.
El carácter atribuido a los “dioses” del paganismo
antiguo y moderno es todo lo contrario de la pureza inmaculada que pertenece
al verdadero Dios.
¡Los descendientes caídos de Adán jamás podían
idear un Dios de santidad inenarrable que aborrece totalmente todo pecado!
En realidad, nada pone más de manifiesto la terrible depravación
del corazón humano y su enemistad con el Dios viviente que la
presencia del que es infinita e inmutablemente sabio.
La idea humana del pecado está prácticamente limitada
a lo que el mundo llama “crimen”. Lo que no llega a tal gravedad,
el hombre lo llama “defectos”, “equivocaciones”, “enfermedad”,
etc. E incluso cuando se reconoce la existencia del pecado, se buscan
excusas y atenuantes.
El “dios” que la inmensa mayoría de los que profesan
ser cristianos “aman” es como un anciano indulgente, quien,
aunque no las comparta disimula benignamente las “imprudencias” juveniles.
Pero la Palabra de Dios dice: “Aborreces a todos los que hacen
iniquidad” (Sal. 5:5), y “Dios está airado todos los
días contra el impío” (Sal. 7:11).
Pero los hombres se niegan a creer en este Dios, y rechinan los dientes
cuando se les habla fielmente de como odia al pecado. No, el hombre pecaminoso
no podía imaginar un Dios santo, como tampoco crear el lago de
fuego en el que será atormentado para siempre.
Porque Dios es santo, es completamente imposible que acepte a las criaturas
sobre la base de sus propias obras. Una criatura caída podría
más fácilmente crear un mundo que hacer algo que mereciera
la aprobación del que es infinitamente puro. ¿Pueden las
tinieblas habitar con la luz? ¿Puede el inmaculado deleitarse
con los “trapos de inmundicia”? (Isa. 64:6). Lo mejor que
el hombre pecador puede presentar está contaminado. Un árbol
corrompido no puede producir buen fruto, si Dios considerara justo y
santo aquello que no lo es, se negaría a sí mismo y envilecería
sus perfecciones; y no hay nada justo ni santo si tiene la menor mancha
contraria a la naturaleza de Dios. Pero bendito sea su nombre, porque
lo que su santidad exigió, lo proveyó su gracia en Cristo
Jesús, Señor nuestro cada pobre pecador que se haya refugiado
en él es “acepto en el amado” (Efe. 1:6). ¡Aleluya!.
Porque Dios es santo, debemos acercarnos a él con la máxima
reverencia. “Dios terrible en la grande congregación de
los santos y formidable sobre todos cuantos están alrededor suyo” (Sal.
89:7). “Ensalzad a Jehová nuestro Dios, e inclinaos al estrado
de sus pies: él es santo” (Sal. 99:5). Sí, “Al
estrado”, en la postura más humilde, postrados ante él.
Cuando Moisés se acercaba a la zarza ardiendo, Dios le dijo: “quita
tus zapatos de tus pies” (Exo. 3:5).
A él hay que servirle “con temor” (Sal. 2:11). Al
pueblo de Israel dijo: “En mis allegados me santificaré,
y en presencia de todo el pueblo seré glorificado” (Lev.
10:3). Cuando más temerosos nos sintamos ante su santidad inefable,
más aceptables seremos al acercarnos a él.
Porque Dios es santo, deberíamos desear ser hechos conformes
a él. Su mandamiento es: “Sed santos, porque yo soy santo” (1Ped.
1:16). No se nos manda ser omnipotentes u omniscientes como Dios, sino
santos, y eso “en toda conversación” (1Ped. 1:15).
este es el mejor medio para agradarle. No glorificamos a Dios tanto con
nuestra admiración ni con expresiones elocuentes o servicio ostentoso,
como con nuestra aspiración a conversar con El con espíritu
limpio, y a vivir para El viviendo como El”.
Así pues, por cuanto solo Dios es la fuente y manantial de la
santidad, busquemos la santidad en él; que nuestra oración
diaria sea que “El Dios de paz os santifique en todo; para que
vuestro espíritu y alma y cuerpo sea guardado entero sin reprensión
para la venida de nuestro Señor Jesucristo” ( 1Tes. 5:23).
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Cap. 8
EL PODER DE DIOS
“Una vez habló Dios; dos veces he oído esto: Que
de Dios es la fortaleza” (Sal. 62:11)
El poder de Dios es la facultad y la virtud por la cual puede hacer que
se cumpla todo aquello que agrada, todo lo que le dicta su sabiduría
infinita, todo lo que la pureza infinita de su voluntad determina.
A menos que creamos que es, no sólo omnisciente, sino también
omnipotente, no podemos tener un concepto correcto de Dios. El que no
puede hacer todo lo que quiere y no puede llevar a cabo todo lo que se
propone, no puede ser Dios.
El tiene, no solo la voluntad para resolver aquello que le parece bueno,
sino también el poder para llevarlo a cabo Así como la
santidad es la hermosura de todos los atributos de Dios, su poder es
el que da vida y acción a todas las perfecciones de la naturaleza
Divina.
¡Qué vanos serían los consejos eternos si el poder
no interviniera para cumplirlos! Sin el poder, su misericordia no sería
sino una debilidad humana, sus promesas un sonido vacío, sus amenazas
alarmas infundadas. El poder de Dios es como él mismo: infinito,
eterno, inconmensurable; no puede se contenido, limitado ni frustrado
por la criatura.
“Una vez habló Dios; dos veces he oído esto: Que
de Dios es la fortaleza” (Sal. 62:11). “Una vez habló Dios”, ¡no
es necesario más! El cielo y la tierra pasarán, más
su Palabra permanece para siempre. “Una vez habló Dios”, ¡Cuán
digna es su majestad divina! Nosotros, pobres mortales, podemos hablar
y, a menudo, no ser oídos; pero cuando él habla, el trueno
de su poder se oye en mil colinas. “Y tronó en los cielos
Jehová y el Altísimo dio su voz: granizo y carbones de
fuego. Y envió sus saetas, y desbaratólos; y echó relámpagos,
y los destruyó. Y aparecieron las honduras de las aguas, y descubriéronse
los cimientos del mundo, a tu reprensión, oh Jehová, por
el soplo del viento de tu nariz” (Sal. 18:13-15).
“Una vez habló Dios”. He aquí su autoridad
inmutable. “Porque ¿quién en los cielos se igualará con
Jehová? ¿Quién será semejante a Jehová entre
los hijos de los potentados? (Sal. 89:6). “Y todos los moradores
de la tierra por nada son contados; y en el ejército del cielo,
y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad; ni hay
quien estorbe su mano, y le diga: ¿Qué haces?” (Dan.
4:35).
Esto se puso claramente de manifiesto cuando Dios se encarnó y
habitó en el tabernáculo humano. El dijo al leproso: “Quiero;
se limpio. Y luego su lepra fue limpiada” (Mat. 8:3). A uno que
había estado cuatro días en la tumba le llamó, diciendo: “Lázaro,
ven fuera”, y el muerto salió. El viento tormentoso y las
olas feroces fueron calmados con una simple palabra de su boca; y una
legión de demonios no pudo resistirse a su mandato autoritario.
“De Dios es la fortaleza”, y de Dios solo. Ni una sola criatura
en todo el universo tiene un átomo de poder, si Dios no se lo
ha dado. Su poder no puede adquirirse, ni está en las manos de
ninguna otra autoridad. Pertenece inherentemente a Dios. “El poder
de Dios, como El mismo, existe y se sostiene por sí mismo. El
más poderoso de todos los hombres no podría añadir
ni aumentar ni una pequeñez el poder del Omnipotente. El mismo
es la causa central y el originador de todo poder.
La creación entera confirma el gran poder de Dios y su completa
independencia de todas las cosas creadas. Oigan su reto: “¿Dónde
estabas cuando yo fundaba la tierra?” Házmelo saber, si
tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas,
si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre
que están fundadas sus basas? ¿O quién puso su piedra
angular?” (Job 38:4-6) ¡Cuán cierto es que el orgullo
del hombre está asentado sobre el polvo!
El poder es también usado como un nombre de Dios, “el Hijo
del hombre sentado a la diestra de la potencia” (Mar. 14:62), es
decir a la diestra de Dios. Dios y su poder son tan inseparables que
son también recíprocos. Su esencia es inmensa, no puede
ser limitada en el espacio; es eterna, no puede medirse en términos
del tiempo; omnipotente no puede ser limitada con relación a la
acción. “He aquí, estas son partes de sus caminos:
más cuán poco hemos oído de él! Porque el
estruendo de sus fortalezas, ¿quién lo detendrá?” (Job.
26:14).
¿Quién es capaz de contar todos los monumentos de su poder?
Incluso lo que en la creación visible, se muestra de su poder,
está más allá de nuestra capacidad de comprensión;
aún menos podemos concebir la omnipotencia misma. En la naturaleza
de Dios hay infinitamente más poder del que todas sus obras revelan. “Partes
de sus caminos” es lo que vemos en la creación, la providencia
y la redención, pero sólo una pequeña parte de su
poder se nos revela en ellas.
Esto es lo que, con evidente claridad, nos dice Hab. 3:4: “Allí estaba
escondida su fortaleza”. Es imposible hallar capítulo más
grande y elocuente que éste, en el que hallamos tal riqueza de
imágenes; sin embargo, nada supera su grandeza a esta declaración.
El profeta vio en visión cómo, en una asombrosa demostración
de poder, Dios desmenuzaba los montes.
No obstante, el versículo mencionado dice que esto, lejos de
ser una manifestación de poder, era una ocultación del
mismo. ¿Qué significa esto? Sencillamente que el poder
de la Divinidad es inconcebible, inmenso e incontrolable. Y que las terribles
convulsiones que él actúa en la naturaleza son sólo
una pequeña muestra de su poder infinito.
Es muy hermoso poder unir los pasajes siguientes: “él...
anda sobre las alturas de la mar” (Job 9:8), que expresa el poder
irrefrenable de Dios; “mientras se pasea por la bóveda del
cielo.” (Job 22:14), que expresa la inmensidad de su presencia; “él
anda sobre las alas del viento” (Sal. 104:3), que nos habla de
la rapidez de sus operaciones.
Esta última expresión es muy interesante. No dice que “vuela” o “corre”,
sino que “anda”, y que lo hace en las mismísimas “alas
del viento”, uno de los elementos más impetuosos, capaz
de ser lanzado con tremenda furia y de arrastrarlo todo con rapidez inconcebible,
pero que, así y todo, esta bajo sus pies, y bajo su perfecto control.
Consideremos ahora, el poder de Dios en la creación. “Tuyos
los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú los
fundaste. Al norte y al sur tú los creaste” (Sal. 89:11,12).
Para trabajar, el hombre necesita herramientas y materiales, pero Dios
no; una palabra sola creó todas las cosas de la nada. La inteligencia
no puede comprenderlo. Dios “dijo, y fue hecho; él mandó,
y existió” (Sal. 33:9). Bien podemos exclamar: “Tuyo
el brazo con valentía; fuerte es tu mano, ensalzada tu diestra” (Sal.
89:13).
¿Quién, mirando el cielo a media noche y considerando
el milagro de las estrellas con los ojos de la razón, puede dejar
de preguntarse de que fueron formadas en sus órbitas? Por asombroso
que parezca, fueron hechas sin materiales de ninguna clase. Brotaron
del vacío mismo. La obra impotente de la naturaleza universal
emergió de la nada,
¿Qué instrumentos usó el arquitecto Supremo para
ajustar las diversas partes con exactitud tal, y para dar al conjunto
un aspecto tan hermoso? ¿Cómo fue unido todo formando una
estructura tan bien proporcionada y acabada? Un simple mandato lo consumó. “Sea”,
dijo Dios, y no añadió más; y en seguida apareció el
maravilloso edificio adornado con toda la belleza, desplegando perfecciones
sin número, y declarando, con los serafines, la alabanza de su
gran Creador. “Por la Palabra de Jehová fueron hechos los
cielos, y todo el ejército de ellos por el espíritu de
su boca’” (Sal. 33:6).
Consideren el poder de Dios en la conservación. Ninguna criatura
tiene poder para conservarse a sí misma. “¿Crece
el junco sin lodo? ¿Crece el prado sin agua?” (Job 8:11).
Si no hubiera hierbas comestibles, tanto los hombres como las bestias
morirían, y si la tierra no fuera refrescada por la lluvia fertilizadora,
las hierbas se marchitarían y morirían.
Por tanto, Dios es el Conservador “del hombre y el animal” (Sal.
36:6) El “sustenta todas las cosas con la palabra de su poder” (Heb.
1:3) ¡Qué milagro del poder divino en la vida prenatal del
ser humano! El que un ser pueda vivir durante tantos meses, en un lugar
tan reducido y sucio, y sin respirar, sería inexplicable si no
fuera por el poder de Dios. Verdaderamente, “El es el que puso
nuestra alma en vida” (Sal. 66:9).
La conservación de la tierra de la violencia del mar es otro
ejemplo claro del poder de Dios. ¿Cómo ese furioso elemento
se mantiene encerrado en los límites en los que El lo colocó en
el principio, continuando allí sin inundar y destruir la parte
baja de la creación? La posición natural del agua es sobre
la tierra, puesto que es más ligera, e inmediatamente debajo del
aire, porque es más pesada.
¿Quién refrena sus naturales cualidades? El hombre ciertamente
no, ya que no podría. Lo que la reprime es el mandato de su creador: “Y
dije: Hasta aquí vendrás, y no pasarás delante,
y aquí cesará la soberbia de tus olas” (Job 38:11). ¡Qué monumento
más permanente al poder de Dios es la conservación del
mundo! Consideremos el poder de Dios en el gobierno. Tomen por ejemplo,
la sujeción en que tiene a Satanás. “El diablo, cual
león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1Ped.
5:8). Está lleno de odio contra Dios y de enemistad furiosa contra
los hombres, especialmente los santos. El que envidió a Adán
en el paraíso, envidia la felicidad que para nosotros significa
el disfrute de las bendiciones de Dios.
Si pudiera, trataría a todos como trató a Job: enviaría
fuego del cielo sobre los frutos de la tierra, destruiría el ganando,
haría que un viento huracanado derribara las casas y cubriría
nuestros cuerpos de sarna maligna. Sin embargo, aunque los hombres no
se den cuenta de ello, Dios lo reprime hasta cierto punto, impidiéndole
realizar sus propósitos malignos, y sujetándole a sus órdenes.
Asimismo, Dios restringe la corrupción natural del hombre. El
permite suficientes brotes del pecado como para mostrar la tremenda ruina
que la apostasía del hombre ha producido, pero, ¿quién
es capaz de imaginar los terribles extremos a los que el hombre llegaría
si Dios retirara su brazo moderador?
Todos los descendientes de Adán, por naturaleza, tienen bocas “llenas
de maledicencia y de amargura; sus pies son ligeros a derramar sangre” (Rom.
3:14,15) ¡Cómo triunfarían el abuso y la locura obstinada
si Dios no se impusiera y no edificara muros de contención a las
mismas! “Alzaron los ríos, oh Jehová, alzaron los
ríos su sonido; alzaron los ríos su estruendo. Jehová en
las alturas es más poderoso que el estruendo de muchas aguas,
más que las recias olas del mar.” (Sal. 93:3,4). Observemos
el poder de Dios en sus juicios. Cuando Dios hiere, nadie puede resistírsele: “¿Estará firme
tu corazón? ¿Estarán fuertes tus manos en los días
cuando yo actúe contra ti? Yo, Jehová, he hablado y lo
cumpliré” (Eze. 22:14.) ¡Qué ejemplo más
terrible de ello el que nos ofrece el diluvio! Dios abrió las
ventanas del cielo y rompió las fuentes del gran abismo, y la
raza humana entera (excepto los que se hallaban en el arca), impotente
ante el temporal de su ira, fue arrasada.
Con una lluvia de fuego y azufre fueron destruidas las ciudades del
valle. Faraón y todas sus huestes fueron impotentes cuando Dios
sopló sobre ellos en el Mar Rojo. ¡Qué palabras más
terribles las de Rom. 9:22! “¿Y qué, si Dios, queriendo
mostrar la ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha mansedumbre
los vasos de ira preparados para muerte?” Dios mostrará su
gran poder sobre los reprobados, no sólo encarcelándolos
en la Gehena, sino también conservando sus cuerpos, además
de sus almas, en los tormentos eternos del lago de fuego.
¡Bien podemos temblar ante tal Dios! Tratar desdeñosamente
a Aquel que puede aplastarnos como si fuéramos moscas, es una
conducta suicida. Desafiar al que está vestido de omnipotencia,
al que puede hacernos pedazos y arrojarnos al infierno al momento que
lo desee, es el colmo de la locura. Para decirlo de la manera más
clara: obedecer su mandamiento es, cuando menos, actuar con sensatez. “Besad
al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino, cuando
se encendiere un poco su furor” (Sal. 2:12). ¡Bien hace el
alma iluminada en adorar a un Dios semejante! Las perfecciones maravillosas
e infinitas de un Ser así requieren la más ferviente adoración.
Si los hombres poderosos y de renombre reclaman la admiración
del mundo, cuánto más debería llenarnos de asombro
y reverencia el poder del Todopoderoso. “¿Quién como
tú, Jehová, entre los dioses? ¿Quién como
tú, magnifico en santidad, terrible en loores, hacedor de maravillas?” (Exo.
15:11)
¡Bien hace el santo en confiar en un Dios tal! El es digno de
confianza implícita. Nada le es imposible. Si el poder de Dios
fuera limitado. Podríamos desesperar, pero viéndole vestido
de omnipotencia, ninguna oración es demasiado difícil para
impedirle contestarla, ninguna necesidad demasiado grande para impedirle
suplirla, ninguna pasión demasiado violenta para impedirle dominarla,
ninguna tentación demasiado fuerte para impedirle librarnos de
la misma, ninguna aflicción demasiado profunda para impedirle
aliviarla. “Jehová es la fortaleza de mi vida: ¿de
quién he de atemorizarme?” (Sal. 27:1). “A Aquel que
es poderoso para hacer las cosas mucho más abundantemente de lo
que pedimos o pensamos, según el poder que actúa en nosotros,
a él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, por
todas las generaciones de todas las edades, para siempre. Amen” (Efe.
3:20,21)
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Cap. 9
LA FIDELIDAD DE DIOS
“
Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel” (Deut.
7:9)
La infidelidad es uno de los pecados más predominantes de estos
días malos. En el mundo de los negocios, salvo excepciones cada
vez más raras, los hombres no se sienten ligados ya a la palabra
empeñada. En la esfera social, la infidelidad conyugal abunda
por todos lados; los sagrados lazos del matrimonio son quebrantados con
la misma facilidad con que se desecha una prenda vieja.
En el reino eclesiástico, miles que prometieron solemnemente
predicar la verdad, la atacan y niegan sin escrúpulo alguno. Ningún
lector o escritor puede pretender ser inmune a este terrible pecado; ¡de
cuántas maneras diferentes hemos sido infieles a Cristo y a la
luz y privilegios que Dios nos ha confiado!
Esta cualidad es esencial a su ser, sin ella no sería Dios. Para
Dios, ser infiel sería obrar en contra de su naturaleza, lo cual
es imposible: “Si fuéremos infieles él permanece
fiel: no se puede negar a sí mismo” (2Tim. 2:13). La fidelidad
es una de las gloriosas perfecciones de su ser.
Es como si estuviera vestido de ella: “Oh Jehová, Dios
de los ejércitos, ¿quién como tú? Poderoso
eres, Jehová, y tu verdad está en torno de ti” (Sal.
89:8). Asimismo, cuando Dios fue encarnado, fue dicho: “La justicia
será el cinturón de sus lomos, y la fidelidad lo será de
su cintura.” (Isa. 11:5).
¡Qué palabra la del Salmo 36:5: “Jehová, hasta
los cielos es tu misericordia; tu verdad hasta las nubes!” La fidelidad
inmutable de Dios está muy por encima de la comprensión
finita. Todo lo concerniente a Dios es vasto, grande, incomparable. El
nunca olvida, ni falta a su Palabra; nunca la pronuncia con vacilación,
nunca renuncia a ella. El Señor se ha comprometido a cumplir cada
promesa y profecía, cada pacto establecido y cada amenaza, porque “Dios
no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre para que se arrepienta.
El dijo, “¿y no lo hará?; habló ¿y
no lo ejecutará?” (Núm. 23:19). Por ello exclama
el creyente: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada
mañana; grande es tu fidelidad” (Lam. 3:22,23).
Las ilustraciones sobre la fidelidad de Dios son muy abundantes en las
Escrituras. Hace más de cuatro mil años, El dijo: “Mientras
exista la tierra, no cesarán la siembra y la siega, el frío
y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche” (Gén.
8:22). Cada año que pasa es una nueva prueba del cumplimiento
de esta promesa por parte de Dios.
En Génesis 15 leemos que Jehová declaró a Abraham: “Entonces
Dios dijo a Abram: “Ten por cierto que tus descendientes serán
extranjeros en una tierra que no será suya, y los esclavizarán
y los oprimirán 400 años. Pero yo también juzgaré a
la nación a la cual servirán, y después de esto
saldrán con grandes riquezas. Pero tú irás a tus
padres en paz y serás sepultado en buena vejez. En la cuarta generación
volverán acá,” (vs. 13-16).
Los siglos siguieron su curso, y los descendientes de Abraham gemían
mientras cocían ladrillos en Egipto. ¿Había olvidado
Dios su promesa? No, por cierto. Leamos (Exo. 12:41): Pasados los 430
años, en el mismo día salieron de la tierra de Egipto todos
los escuadrones de Jehová. Dios, hablando por el profeta Isaías,
declaró: “Por tanto, el mismo Señor os dará la
señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a
luz un hijo, y llamará su nombre Emmanuel” (Isa. 7:14).
De nuevo Pasaron los siglos, “pero venido el cumplimiento del tiempo,
Dios envió su Hijo, nacido de mujer” (Gál. 4:4).
Dios es veraz. Su palabra de promesa es segura. En todas sus relaciones
con su pueblo Dios es fiel. En El, él hombre puede confiar. Nadie
ha confiado jamás en Dios en vano. Esta verdad preciosa la encontramos
expresada en cualquier lugar de la Escritura, porque su pueblo necesita
saber que la fidelidad es una parte esencial del carácter divino.
Este es el fundamento de nuestra confianza. Pero una cosa es aceptar
la fidelidad de Dios como una verdad divina, y otra muy distinta actuar
de acuerdo con ella. Dios nos ha dado preciosas y grandísimas
promesas, pero ¿contamos realmente con su cumplimiento? ¿Esperamos,
en realidad, que haga por nosotros todo lo que ha dicho? ¿Descansamos
con seguridad absoluta en las palabras: “Fiel es el que prometió”?
(Heb. 10:23).
Hay épocas en la vida de todos los hombres, incluso en la de
los cristianos, cuando no es fácil creer que Dios es fiel. Nuestra
fe es penosamente probada, nuestros ojos oscurecidos por las lágrimas,
y no podemos acertar a ver la obra de su amor. Los ruidos del mundo aturden
nuestros oídos perturbados por los susurros ateos de Satanás,
que nos impiden oír los acentos dulces de su tierna y queda voz.
Los planes que acariciábamos han sido desbaratados, algunos amigos
en los cuales confiábamos nos han abandonado, alguien que profesaba
ser nuestro hermano en Cristo nos ha traicionado. Nos tambaleamos. Intentamos
ser fieles a Dios, pero una oscura nube le esconde de nosotros. Encontramos
que, para el entendimiento carnal, es difícil, mejor dicho, imposible
armonizar los reveses de la providencia con sus gratas promesas.
“¿Quién hay entre vosotros que teme a Jehová,
y oye la voz de su siervo? El que anda en tinieblas y carece de luz,
confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios” (Isa.
50:10). Cuando seamos tentados a dudar de la fidelidad de Dios gritemos: “¡Vete,
Satanás!
Aunque no podamos armonizar el proceder misterioso de Dios con las declaraciones
de su amor, espera en él, y pídele más luz. El te
lo mostrará a su debido tiempo. “Lo que yo hago, tú no
entiendes ahora; mas lo entenderás después” (Juan.
13:79.
Los resultados mostrarán que Dios no ha olvidado ni defraudado
a los suyos. “Empero Jehová esperará para tener piedad
de vosotros, y por tanto será ensalzado teniendo de nosotros misericordia:
porque Jehová es Dios de juicio; bienaventurados todos los que
le esperan” (Isa. 30:18). “Tus testimonios, que has recomendado,
son rectos y muy fieles” (Sal. 129:36). Dios no sólo ha
hecho saber lo mejor, sino que no nos ha escondido lo peor. Nos ha descrito
fielmente la ruina que la caída trajo consigo.
Ha diagnosticado fielmente el estado terrible que ha producido el pecado.
Nos ha hecho conocer su oído arraigado hacia el mal, y que éste
debe ser castigado. Nos ha prevenido fielmente que El es “fuego
consumidor” (Heb. 12:29). Su palabra no sólo abunda en ilustraciones
de su fidelidad en el cumplimiento de sus promesas, sino que también
registra numerosos ejemplos de su fidelidad en el cumplimiento de sus
amenazas. Cada etapa de la historia de Israel ejemplifica este hecho
solemne.
Lo mismo sucede en lo referente a los individuos: Faraón, Acán
y otros muchos son otras tantas pruebas; a menos que hayamos acudido
ya, o que acudamos a Cristo en busca de refugio, el tormento eterno del
lago de fuego será el que nos espere. Dios es fiel. Dios es fiel
al proteger a su pueblo. “Fiel es Dios, por el cual sois llamados
a la participación de su Hijo” (1Cor. 1:9). En el versículo
precedente se promete que Dios confirmará a los suyos hasta el
fin. La fe del apóstol en la absoluta seguridad de la salvación
de los creyentes se basaba, no en el poder de sus resoluciones ni en
su capacidad para perseverar, sino en la veracidad de Aquel que no puede
mentir.
Dios no permitirá que perezca ninguno de los que forman parte
de la herencia que ha dado a su Hijo, sino que ha prometido librarles
del pecado y la condenación, y hacerles participes de la vida
eterna en gloria. Dios es fiel al disciplinar a los suyos. Es tan fiel
en lo que retiene como en lo que da. Fiel al enviar penas, tanto como
al dar alegrías. La fidelidad de Dios es una verdad que debemos
reconocer, no sólo cuando estamos en paz, sino también
cuando sufrimos la más severa reprensión.
Este reconocimiento debe estar en nuestro corazón, no debe ser
de labios solamente. Es la fidelidad de Dios la que maneja la vara con
la que nos hiere. Reconocerlo así equivale a humillarnos delante
de El y confesar que merecemos su corrección, y, en lugar de murmurar,
darle gracias. Dios nunca aflige sin razón: “Por lo cual
hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros” (1Cor. 11:30),
ilustra este principio. Cuando su vara cae sobre nosotros digamos con
Daniel: “Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la confusión
de rostro” (Dan. 9:7).
“Conozco, oh Jehová, que tus juicios son justicia, y que
conforme a tu fidelidad me afligiste” (Sal. 119:75). La pena y
la aflicción son no sólo compatibles con el amor prometido
en el pacto eterno, sino partes de la administración del mismo.
Dios es fiel, no solamente a pesar de las aflicciones, sino también
al enviarlas. “Entonces visitaré con vara su rebelión,
y con azotes sus iniquidades. Mas no quitaré de él mi misericordia,
ni falsearé mi verdad” (Sal. 89:32,33).
El castigo es, no sólo reconciliable con su misericordia, sino
el efecto y la expresión de la misma. ¡Cuánta más
paz de espíritu tendría el pueblo de Dios si cada uno recordara
que su pacto de amor le obliga a enviar corrección cuando es conveniente!
Las aflicciones nos son necesarias: “En su angustia madrugarán
a mí” (Oseas 5:15). Dios es fiel al glorificar a sus hijos. “Fiel
es el que os ha llamado; el cual también lo hará” (1Tes.
5:24). Aquí se refiere a los santos que son guardados enteros
sin reprensión para la venida de nuestro Señor Jesucristo.
Dios no nos trata según nuestros méritos (pues no tenemos
ninguno), sino según su propio gran nombre.
Dios es fiel a sí mismo y a su propio propósito de gracia: “A
los que llamó... a estos también glorificó” (Rom.
5:30). Dios da una demostración plena de la permanencia de su
bondad eterna hacia sus escogidos al llamarlos eficazmente de las tinieblas
a su luz admirable; y esto debería asegurarles plenamente de la
certeza de su perseverancia. “El fundamento de Dios está firme” (2Tim.
2:19). Pablo descansaba en la fidelidad de Dios cuando dijo: “Yo
sé a quien he creído, y estoy cierto que es poderoso para
guardar mi depósito para aquel día” (2Tim. 1:12).
La comprensión de esta bendita verdad nos librará de la
inquietud. Cuando estamos llenos de ansiedad, cuando vemos nuestra situación
con temor, cuando miramos al mañana con pesimismo, estamos rechazando
la fidelidad de Dios. El que ha cuidado de su hijo a través de
los años no lo abandonará cuando sea viejo. El que ha oído
tus oraciones en el pasado, no dejará de suplir tus necesidades
en el momento de apuro. Descansa en Job 5:19: “En seis tribulaciones
te librará, y en la séptima no te tocará el mal”.
La comprensión de esta bendita verdad refrenará nuestra
murmuración. El Señor sabe qué es lo mejor para
cada uno de nosotros, y el descansar en esta verdad acallará nuestras
quejas impacientes. Dios será grandemente honrado si, cuando pasamos
por la prueba y la reprensión, tenemos buena memoria de El, vindicamos
su sabiduría y justicia, y reconocemos su amor incluso en la misma
reprobación.
La comprensión de esta bendita verdad aumentará nuestra
confianza en Dios. “Por eso los que son afligidos según
la voluntad de Dios, encomiéndenle sus almas, como fiel Creador,
haciendo bien” (1Ped. 4:19). Cuando depositemos confiadamente nuestras
vidas y nuestras cosas en las manos de Dios, plenamente persuadidos de
su amor y fidelidad, pronto nos contentaremos con sus provisiones, y
nos daremos cuenta que “Dios lo hace todo bien”.
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Cap. 10
LA BONDAD DE DIOS
“
Alabad a Jehová, porque es bueno” (Sal. 136:1)
La “bondad” de Dios corresponde a la perfección de
su naturaleza: “Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas” (IJuan.
1:5). La perfección de la naturaleza de Dios es tan absoluta que
no hay nada en ella que sea incompleta o defectuosa, ni nada pueda serle
añadida o mejorarla.
Sólo El es originalmente bueno, en sí mismo; las criaturas
pueden ser buenas sólo por la participación y comunicación
que viene de Dios. El es bueno esencialmente, y no sólo bueno,
sino la bondad misma; la bondad de la criatura es sólo una cualidad
sobre añadida, mientras que en Dios es su misma esencia.
El es infinitamente bueno; la bondad en la criatura es como una gota,
en Dios es como un océano infinito. El es bueno eterna e inmutablemente,
porque no puede ser menos bueno de lo que es. En Dios no cabe la adición
ni la substracción. Dios es “summum bonum”, el sumo
bien.
Dios es, no sólo el más grande de todos los seres sino
también el mejor. Todo el bien que puede haber en una criatura
le ha sido impartido por el creador, pero la bondad es propia en Dios
porque es la esencia de su naturaleza eterna. Dios era eternamente bueno
antes de que hubiera ninguna manifestación de su gracia, y antes
de que existiera ninguna criatura a la cual impartirla o con la cual
ejercitarla, del mismo modo que era infinito en poder desde toda la eternidad,
antes de que hubiera uso de su omnipotencia.
De ahí que la primera manifestación de su perfección
divina fuera dar el ser a todas las cosas. “Bueno eres tú,
y bienhechor” (Sal. 119,68). Dios tiene, en sí mismo, un
tesoro infinito e inagotable de bendición que es suficiente para
llenarlo todo.
Todo lo que emana de Dios -sus decretos, sus leyes, su providencia,
la creación- no puede ser sino bueno, como está escrito: “Y
vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno
en gran manera” (Gén. 1; 31). Así, que, la bondad
de Dios se revela, en primer lugar, en la creación. Cuando más
detenidamente estudiamos a la criatura, más evidente es la bondad
de Dios.
Tomemos al hombre, la suprema entre las criaturas terrestres, como ejemplo.
Todo, en la Escritura de nuestros cuerpos, atestigua la bondad de su
Creador. ¡Cuán adecuadas son las manos para llevar a cabo
su trabajo! ¡Cuán benévolo al proveer de párpados
y cejas a los ojos para su protección! Y así podríamos
seguir indefinidamente.
Sin embargo, la bondad del creador no se limita al hombre, sino que
es ejercitada para con todas las criaturas. “Los ojos de todos
esperan en ti, y Tú les das su comida en su tiempo. Abres tu mano,
y colmas de bendición a todo viviente” (Sal. 145;15,16).
Podrían escribirse volúmenes enteros, -más de los
que ya se han escrito- para ampliar esta verdad.
Dios ha hecho abundante provisión para suplir las necesidades
de los pájaros del aire, los animales del bosque y los peces del
mar. “El da mantenimiento a toda carne, porque para siempre es
su misericordia” (Sal. 33:5). Verdaderamente, “de la misericordia
de Jehová está llena la Tierra” (Sal. 136:25).
La bondad de Dios es notoria en la variedad de placeres naturales que
ha provisto para sus criaturas. Dios podía haberse contentado
satisfaciendo nuestra hambre sin que la comida fuera agradable a nuestro
paladar. ¡Qué evidente es su bondad en la variedad de gustos
que ha dado a la carne, las verduras y las frutas! Dios nos ha dado,
no sólo los sentidos, sino también aquello que lo satisface;
y esto, también, revela su bondad.
La tierra podía haber sido igualmente fértil sin que su
superficie fuera tan satisfactoriamente variada. Nuestra vida física
podría haberse mantenido sin las flores hermosas que regalan nuestra
vista y que exhalan dulces perfumes. Podríamos haber andado sin
que los oídos nos trajeran la música de los pájaros. ¿De
dónde proviene, pues, esta hermosura, este encanto tan generosamente
vertido sobre la faz de la naturaleza? Verdaderamente, “las misericordias
de Jehová sobre todas sus obras” (Sal. 145:9).
La bondad de Dios se manifiesta en el hecho de que, cuando el hombre
quebrantó la ley de su creador, no comenzó en seguida una
dispensación de pura ira. Dios podía muy bien haber privado
a las criaturas caídas de toda bendición, consuelo y placer.
En lugar de hacerlo así, introdujo un régimen mixto, de
misericordia y de juicio.
Si consideramos debidamente este hecho, notaremos qué maravilloso
es; y cuando mas detenidamente lo estudiemos, más claramente aparecerá que “la
misericordia triunfa sobre el juicio” (Stg. 2; 13). A pesar de
todos los males que acompañan nuestro estado caído, la
balanza del bien prevalece grandemente. Con relativamente raras excepciones,
los hombres y mujeres conocen muchísimos más días
de buena salud que de enfermedad y dolor. En la creación hay mucha
más felicidad que desdicha. Incluso para nuestras penas hay considerable
alivio, y Dios ha dado a la mente humana una flexibilidad que le permite
adaptarse a las circunstancias y sacar el mejor provecho posible de ellas.
La bondad de Dios no puede ser puesta en entredicho porque haya sufrimiento
y dolor en el mundo. Si el hombre peca contra la bondad de Dios, si menosprecia
las riquezas de su benignidad, y paciencia, y longanimidad, y después,
por su dureza y por su corazón no arrepentido, atesora para sí ira
para el día de la ira (Rom. 2:4,5), ¿a quién puede
culpar si no a sí mismo?
Si Dios no castigara a los que hacen mal uso de sus bendiciones, abusan
de su benevolencia y pisotean sus misericordias, ¿sería
El “bueno"? Cuando Dios libre la tierra de los que han quebrantado
sus leyes, desafiando su autoridad, escarnecido a sus mensajeros, despreciado
a su Hijo y perseguido a aquellos por los que Cristo murió, la
bondad de Dios no sufrirá, sino que, por el contrario, ello será el
ejemplo más brillante de la misma.
La bondad de Dios apareció más gloriosa que nunca cuando “envió a
su Hijo, hecho de mujer, hecho súbdito a la ley, para que redimiese
a los que estaban debajo de la ley, a fin de qué recibiésemos
la adopción de hijos” (Gál. 4:4,5). Fue entonces
cuando una multitud de las huestes celestes alabó a su Creador
y dijo: “Gloria en las alturas a Dios y en la tierra paz, Buena
voluntad para con los hombres” (Luc. 2:14).
Sí, en el Evangelio, “la gracia (en el original griego “bondad”)
de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó” (Tito
2:11). Tampoco la bondad de Dios puede ser puesta en entredicho porque
no hiciera objeto de su gracia redentora a todas las criaturas pecadoras.
Tampoco lo hizo así con los ángeles caídos.
Si Dios hubiera dejado que todos perecieran, ello no se hubiera reflejado
en su bondad. Al que discuta tal afirmación le recordamos la soberana
prerrogativa de nuestro Señor: “¿No me es lícito
a mí hacer lo que quiero con lo mío? o ¿es malo
tu ojo, porque yo soy bueno” (Mat.. 20:15).
“Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para
con los hijos de los hombres” (Sal. 107:8). La gratitud es la respuesta
justamente requerida de los que son objeto de su benevolencia; pero,
porque su bondad es tan constante y abundante, a nuestro gran Benefactor
le es negada a menudo esta gratitud.
Es tenida en poca estima porque es ejercida hacia nosotros en el curso
normal de los eventos. No es sentida porque la experimentamos diariamente. “¿Menosprecias
las riquezas de su benignidad?” (Rom. 2:4). Su bondad es “menospreciada” cuando
no es perfeccionada como medio de llevar a los hombres al arrepentimiento,
sino que, por el contrario, sirve para endurecerlos al suponer que Dios
pasa por alto su pecado.
La bondad de Dios es la esencia de la confianza del creyente. Esta excelencia
de Dios es la que más apela a nuestros corazones. Su bondad permanece
para siempre, y, por ello nunca deberíamos desanimarnos: “Bueno
es Jehová para fortaleza en el día de la angustia; y conoce
a los que en él confían” (Nah. 1:7).
Cuando otros se portan mal con nosotros, ello debería llevarnos
a dar gracias al Señor, porque él es bueno; y, cuando somos
conscientes de estar lejos de ser buenos, deberíamos bendecirle
más reverentemente, porque El es bueno. No debemos permitirnos
ni un momento de incredulidad acerca de la bondad de Dios; aunque todo
lo demás sea puesto en duda, esto es absolutamente cierto: Jehová es
bueno; sus privilegios pueden variar, pero su naturaleza es siempre la
misma.