Por A.W. Pink
INDICE
Cap. 1 LOS DECRETOS DE DIOS
Cap. 2 LA OMNISCIENCIA DE DIOS
Cap. 3 LA PRESCIENCIA DE DIOS
Cap. 4 LA SUPREMACÍA DE DIOS
Cap. 5 LA SOBERANÍA DE DIOS
Cap. 6 LA INMUTABILIDAD DE DIOS
Cap. 7 LA SANTIDAD DE DIOS
Cap. 8 El PODER DE DIOS
Cap. 9 LA FIDELIDAD DE DIOS
Cap. 10 LA BONDAD DE DIOS
Cap. 11 LA PACIENCIA DE DIOS
Cap. 12 LA GRACIA DE DIOS
Cap. 13 LA MISERICORDIA DE DIOS
Cap. 14 El AMOR DE DIOS
Cap. 15 LA IRA DE DIOS
Cap. 16 MEDITANDO SOBRE DIOS
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Cap. 1
LOS DECRETOS DE DIOS
“
Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que
le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito” (Rom.
8:28) “conforme al propósito eterno que realizó en
Cristo Jesús, nuestro Señor”.
(Efe. 3:11). EL decreto de Dios es su propósito o su determinación
respecto a las cosas futuras. Aquí hemos usado el singular, como
hace la Escritura, porque sólo hubo un acto de su mente infinita
acerca del futuro.
Nosotros hablamos como si hubiera habido muchos, porque nuestras mentes
sólo pueden pensar en ciclos sucesivos, a medida que surgen los
pensamientos y ocasiones; o en referencia a los distintos objetos de
su decreto, los cuales, siendo muchos, nos parece que requieren un propósito
diferente para cada uno.
Pero el conocimiento Divino no procede gradualmente, o por etapas: (Hech.
15:18;). “Conocidas son a Dios desde el siglo todas sus obras” Las
Escrituras mencionan los decretos de Dios en muchos pasajes y usando
varios términos.
La palabra “decreto” se encuentra en el Sal. 2:7, (Yo publicaré el
decreto;). En Efe. 3:11, leemos acerca de su “determinación
eterna”. En Hech. 2:23, de su “determinado consejo y providencia”.
En Efe. 1:9, el misterio de su “voluntad”. En Rom. 8:29,
que él también “predestinó”. En Efe.
1:9, de su “beneplácito”.
Los decretos de Dios son llamados sus “consejos” para significar
que son perfectamente sabios. Son llamados su “voluntad para mostrar
que Dios no está bajo ninguna sujeción, sino que actúa
según su propio deseo, en el proceder Divino, la sabiduría
está siempre asociada con la voluntad, y por lo tanto, se dice
que los decretos de Dios son “el consejo de su voluntad”.
Los decretos de Dios están relacionados con todas las cosas futuras,
sin excepción: todo lo que es hecho en el tiempo, fue predeterminado
antes del principio del tiempo. El propósito de Dios afectaba
a todo, grande o pequeño, bueno o malo, aunque debemos afirmar
que, si bien Dios es el Ordenador y controlador del pecado, no es su
Autor de la misma manera que es el Autor del bien.
El pecado no podía proceder de un Dios Santo por creación
directa o positiva, sino solamente por su permiso, por decreto y su acción
negativa. El decreto de Dios es tan amplio como su gobierno, y se extiende
a todas las criaturas y eventos. Se relaciona con nuestra vida y nuestra
muerte; con nuestro estado en el tiempo y en la eternidad.
De la misma manera que juzgamos los planos de un arquitecto inspeccionando
el edificio levantado bajo su dirección, así también,
por sus obras, aprendemos cual es (era) el propósito de Aquel
que hace todas las cosas según el consejo de su voluntad.
Dios no decretó simplemente crear al hombre, ponerle sobre la
tierra, y entonces dejarle bajo su propia guía incontrolada; sino
que fijó todas las circunstancias de la muerte de los individuos,
y todos los pormenores que la historia de la raza humana comprende, desde
su principio hasta su fin. No decretó solamente que debían
ser establecidas leyes para el gobierno del mundo, sino que dispuso la
aplicación de las mismas en cada caso particular. Nuestros días
están contados, así cómo también los cabellos
de nuestra cabeza. (Mat. 10:30).
Podemos entender el alcance de los Decretos Divinos si pensamos en las
dispensaciones de la Providencia en las cuales aquellos son cumplidos.
Los cuidados de la Providencia alcanzan a la más insignificante
de las criaturas y al más minucioso de los acontecimientos, tales
como la muerte de un gorrión o la caída de un cabello.
(Mat. 10:30).
Consideremos ahora algunas de las características de los Decretos
Divinos. Son, en primer lugar, eternos. Suponer que alguno de ellos fue
dictado dentro del tiempo, equivale a decir que se ha dado un caso imprevisto
o alguna combinación de circunstancias que ha inducido al Altísimo
a tomar una nueva resolución.
Esto significaría que los conocimientos de la Deidad son limitados,
y con el tiempo va aumentando en sabiduría, lo cual sería
una blasfemia horrible. Nadie que crea que el entendimiento Divino es
infinito, abarcando el pasado, presente y futuro, afirmará la
doctrina de los decretos temporales.
Dios no ignora los acontecimientos futuros que serán ejecutados
por voluntad humana; los ha predicho en innumerables ocasiones, y la
profecía no es otra cosa que la manifestación de su presencia
eterna.
La Escritura afirma que los creyentes fueron escogidos en Cristo antes
de la fundación del mundo (Efe. 1:4), más aun, que la gracia
les fue “dada” ya entonces: (2Tim. 1:9). “Fue él
quien nos salvó y nos llamó con santo llamamiento, no conforme
a nuestras obras, sino conforme a su propio propósito y gracia,
la cual nos fue dada en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo”.
En segundo lugar, los decretos de Dios son sabios. La sabiduría
se muestra en la selección de los mejores fines posibles, y de
los medios más apropiados para cumplirlos. Por lo que conocemos
de los Decretos de Dios, es evidente que les corresponde tal característica.
Se nos descubre en su cumplimiento; todas las muestras de sabiduría
en las obras de Dios que son prueba de la sabiduría del plan por
el que se llevan a cabo.
Como declara el salmista: (Sal. 104:24). “¡Cuán numerosas
son tus obras, oh Jehová! A todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas”. Sólo podemos
observar una pequeñísima parte de ellas, pero, como en
otros casos, conviene que procedamos a juzgar el todo por la muestra;
lo desconocido por lo conocido.
Aquel que, al examinar parte del funcionamiento de una máquina,
percibe el admirable ingenio de su construcción, creerá,
naturalmente, que las demás partes son igualmente admirables.
De la misma manera, cuando las dudas acerca de las obras de Dios asaltan
nuestra mente, deberíamos rechazar las objeciones sugeridas por
algo que no podemos reconciliar con nuestras ideas (Rom. 11:33). “¡Oh
la profundidad de las riquezas, y de la sabiduría y del conocimiento
de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios e inescrutables
sus caminos!" En tercer lugar, son libres. (Isa. 40:13,14). “¿Quién
ha escudriñado al Espíritu de Jehová, y quién
ha sido su consejero y le ha enseñado? ¿A quién
pidió consejo para que le hiciera entender, o le guió en
el camino correcto, o le enseñó conocimiento, o le hizo
conocer la senda del entendimiento?” Cuando Dios dictó sus
decretos, estaba solo, y sus determinaciones no se vieron influidas por
causa externa alguna.
Era libre para decretar o dejar de hacerlo, para decretar una cosa y
no otra. Es preciso atribuir esta libertad a Aquel que es supremo, independiente,
y soberano en todas sus acciones. En cuarto lugar, los decretos de Dios
son absolutos e incondicionales. Su ejecución no esta supeditada
a condición alguna que se pueda o no cumplir. En todos los casos
en que Dios ha decretado un fin, ha decretado también todos los
medios para dicho fin. El que decretó la salvación de sus
elegidos, decretó también darles la fe, (2Tes. 2:13). “Pero
nosotros debemos dar gracias a Dios siempre por vosotros, hermanos amados
del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para
salvación, por la santificación del Espíritu y fe
en la verdad” (Isa. 46:10); “Yo anuncio lo porvenir desde
el principio, y desde la antigüedad lo que aún no ha sido
hecho. Digo: Mi plan se realizará, y haré todo lo que quiero”.
Pero esto no podría ser así si su consejo dependiese de
una condición que pudiera dejar de cumplirse. Dios “hace
todas las cosas según el consejo de su voluntad” (Efe. 1:11).
Junto a la inmutabilidad e inviolabilidad de los decretos de Dios. La
Escritura enseña claramente que el hombre es una criatura responsable
de sus acciones, de las cuales debe rendir cuentas. Y si nuestras ideas
reciben su forma de la Palabra de Dios, la afirmación de una enseñanza
de ellas no nos llevará a la negación de la otra.
Reconocemos que existe verdadera dificultad en definir dónde
termina una y donde comienza la otra. Esto ocurre cada vez que lo divino
y lo humano se mezclan. La verdadera oración está redactada
por el Espíritu, no obstante, es también clamor de un corazón
humano.
Las Escrituras son la Palabra inspirada de Dios, pero fueron escritas
por hombres que eran algo más que máquinas en las manos
del Espíritu. Cristo es Dios, y también hombre. Es omnisciente,
más crecía en sabiduría, (Luc. 2:52). “Y Jesús
crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios
y los hombres” Es Todopoderoso y sin embargo, fue (2Cor. 13:4 “crucificado
en debilidad”). Es el Espíritu de vida, sin embargo murió.
Estos son grandes misterios, pero la fe los recibe sin discusión.
En el pasado se ha hecho observar con frecuencia que toda objeción
hecha contra los Decretos Eternos de Dios se aplica con la misma fuerza
contra su eterna presciencia. “Tanto si Dios ha decretado todas
las cosas que acontecen como si no lo ha hecho, todos los que reconocen
la existencia de un Dios, reconocen que sabe todas las cosas de antemano.
Ahora bien, es evidente que si El conoce todas las cosas de antemano,
las aprueba o no, es decir, o quiere que acontezcan o no. Pero querer
que acontezcan es decretarlas”.
Finalmente trátese de hacer una suposición, y luego considérese
lo contrario de la misma. Negar los Decretos de Dios sería aceptar
un mundo, y todo lo que con él se relaciona, regulado por un accidente
sin designio o por destino ciego.
Entonces, ¿qué paz, que seguridad, qué consuelo
habría para nuestros pobres corazones y mentes? ¿Qué refugio
habría al que acogerse en la hora de la necesidad y la prueba?
Ni el más mínimo. No habría cosa mejor que las negras
tinieblas y el repugnante horror del ateísmo. ¡Cuán
agradecidos deberíamos estar porque todo está determinado
por la bondad y sabiduría infinitas!
¡Cuánta alabanza y gratitud debemos a Dios por sus decretos!
Es por ellos que “Sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden
para bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme
a su propósito” (Rom. 8:28). Bien podemos exclamar como
Pablo: “Porque de él y por medio de él y para él
son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amen”.
(Rom. 11:36).
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Cap. 2
LA OMNISCIENCIA DE DIOS
“
No existe cosa creada que no sea manifiesta en su presencia. Más
bien, todas están desnudas y expuestas ante los ojos de aquel
a quien tenemos que dar cuenta”. (Heb. 4:13).
Dios es omnisciente, lo conoce todo: todo lo posible, todo lo real, todos
los acontecimientos y todas las criaturas del pasado, presente y futuro.
Conoce perfectamente todo detalle en la vida de todos los seres que están
en el cielo, en la tierra y en el infierno (Dan. 2:22). “Conoce
lo que hay en las tinieblas”.
Nada escapa a su atención, nada puede serle escondido, no hay
nada que pueda olvidar. Bien podemos decir con el salmista: (Sal. 139:6). “Tal
conocimiento me es maravilloso; tan alto que no lo puedo alcanzar” Su
conocimiento es perfecto; nunca se equivoca, ni cambia, ni pasa por alto
alguna cosa. ¡Sí, tal es Dios al que tenemos que dar cuenta!
Sal. 139:2-4; “Tú conoces cuando me siento y cuando me
levanto; desde lejos entiendes mi pensamiento. Mi caminar y mi acostarme
has considerado; todos mis caminos te son conocidos. Pues aún
no está la palabra en mi lengua, y tú, oh Jehová,
ya la sabes toda”. ¡Qué maravilloso ser es el Dios
de la Escritura! Cada uno de sus gloriosos atributos debería de
honrarle en nuestra estimación.
La comprensión de su omnisciencia debería de inclinarnos
ante El en adoración. Con todo ¡Cuán poco meditamos
en su perfección divina! ¿Es ello debido a que, aun el
pensar en ella, nos llena de inquietud?
¡Cuán solemne es este hecho; nada puede ser escondido a
Dios, (Eze. 11:5). “Diles yo he sabido los pensamientos que suben
de vuestros espíritus” Aunque sea invisible para nosotros,
nosotros no lo somos para él. Ni la oscuridad de la noche, ni
la más espesa cortina, ni la más profunda prisión
pueden esconder al pecador de los ojos de la Omnisciencia. Los árboles
del huerto fueron incapaces de esconder a nuestros primeros padres.
Ningún ojo humano vio a Caín cuando asesinó a su
hermano, pero su Creador fue testigo del crimen. Sara podía reír
por su incredulidad oculta en su tienda, mas Jehová la oyó.
Acán robó un lingote de oro que escondió cuidadosamente
bajo la tierra pero Dios lo sacó a la luz (Jos. 7). David se tomó mucho
trabajo en esconder su iniquidad, pero el Dios que todo lo ve no tardó en
mandar uno de sus siervos a decirle: (2Sam. 12). “Tú eres
aquel hombre”. Y a las tribus que quedaban al oriente del Jordán
se les dice: (Núm. 32:23). “Pero si no lo hacéis
así, he aquí que habréis pecado contra Jehová,
y sabed que vuestro pecado os alcanzará”.
Si pudieran los hombres despojarían a la Deidad de su omnisciencia; ¡Qué prueba
esta de que “la intención de la carne es enemistad contra
Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Rom.
8:7). Los hombres impíos odian esta perfección divina que,
al mismo tiempo, se ven obligados a admitir.
Desearían que no existiera el Testigo de sus pecados, el Escudriñador
de sus corazones, el Juez de sus acciones. Intentan quitar de sus pensamientos
a un Dios tal: (Os. 7:2).“Y no dicen en su corazón que tengo
en la memoria toda su maldad” ¡Cuán solemne es el
octavo versículo del Salmo 90! Todo aquel que rechaza a Cristo
tiene buenas razones para temblar ante él: “Pusiste nuestras
maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro.
Pero la omnisciencia de Dios es una verdad llena de consolación
para el creyente. En la perplejidad, dice a Job: “Más él
conoció mi camino” (Job 23:10). Esto puede ser profundamente
misterioso para mí, completamente incomprensible para mis amigos
pero, ¡él conoce nuestra condición; “se acuerda
que somos polvo” (Sal. 103:14).
Cuando nos asalten la duda y la desconfianza acudamos a este mismo atributo,
diciendo: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón;
pruébame y conoce mis pensamientos. Ve si hay en mí camino
de perversidad y guíame por el camino eterno” Sal. 139:23,24.
En el tiempo de triste fracaso, cuando nuestros actos han desmentido
a nuestro corazón, nuestras obras repudiado a nuestra devoción,
y hemos oído la pregunta escrutadora que escuchó Pedro: “¿Me
amas?", hemos dicho como Pedro: “Señor, tú sabes
todas las cosas; tú sabes que te amo” (Juan 21:17). Ahí hallamos
estímulo para orar. No hay razón para temer que las peticiones
de los justos no sean oídas, ni que sus lágrimas y suspiros
escapen a la atención de Dios, ya que él conoce los pensamientos
e intenciones del corazón.
No hay peligro de que un santo sea pasado por alto en la multitud de
aquellos que cada día y cada hora presentan sus peticiones, porque
la Mente infinita es capaz de prestar la misma atención a millones,
que a uno solo de los que buscan su atención. Asimismo la falta
de un lenguaje apropiado y la incapacidad de dar expresión al
más profundo de los anhelos del alma no comprometerá nuestras
oraciones, porque “Y sucederá que antes que llamen, yo responderé;
y mientras estén hablando, yo les escucharé”. (Isa.
65:24). “Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; su
entendimiento es infinito”. (Sal. 147:5).
Dios, no solamente conoce todo lo que sucedió en el pasado en
cualquier parte de sus vastos dominios, y todo lo que ahora acontece
en el universo entero, sino que, además, El sabe todos los hechos,
desde el más insignificante hasta el más grande, que tendrán
lugar en el porvenir. El conocimiento del futuro por parte de Dios es
tan completo como completo es su conocimiento del pasado y el presente;
y esto es así porque el futuro depende enteramente de él.
Si algo pudiera en alguna manera ocurrir sin la directa agencia o el
permiso de Dios, ello sería independiente de él, y Dios
dejaría, por tanto, de ser Supremo.
El conocimiento Divino del futuro no es una simple idealización,
sino algo inseparablemente relacionado con su propósito y acompañado
del mismo. Dios mismo ha designado todo lo que ha de ser, y lo que él
ha designado debe necesariamente efectuarse. Como su Palabra infalible
afirma: “él hace según su voluntad con el ejército
del cielo y con los habitantes de la tierra. No hay quien detenga su
mano ni quien le diga: ¿Qué haces?” (Dan. 4:35),
Y (Prov. 19:21): “Muchos pensamientos hay en el corazón
del hombre; mas el consejo de Jehová permanecerá”.
El cumplimiento de todo lo que Dios ha propuesto está absolutamente
garantizado, ya que su sabiduría y poder son infinitos. Que los
consejos Divinos dejen de ejecutarse es una imposibilidad tan grande
como lo es que el Dios tres veces Santo mienta. En lo relativo al futuro,
nada hay incierto en cuanto a la realización de los consejos de
Dios. Ninguno de sus decretos, tanto los referentes a criaturas como
a causas secundarias, es dejado a la casualidad. No hay ningún
suceso futuro que sea solo una simple posibilidad, es decir, algo que
pueda acontecer o no: “Conocidas son a Dios desde el siglo todas
sus obras” (Hech. 15:18). Todo lo que Dios ha decretado es inexorablemente
cierto, “porque en él no hay mudanza ni sombra de variación” (Stg.
1:17). Por tanto, en el principio de aquel libro que nos descubre tanto
del futuro, se nos habla de “cosas que deben suceder pronto” (Apoc.
1:1).
El perfecto conocimiento por Dios de todas las cosas es ejemplificado
e ilustrado en todas las profecías registradas en su Palabra.
En el A.T., se encuentran docenas de predicciones relativas a la historia
de Israel que fueron cumplidas hasta en los más pequeños
detalles siglos después de que fueran hechas. Ahí, también,
se hayan docenas prediciendo la vida de Cristo en la tierra, y estas
también fueron cumplidas literal y perfectamente. Tales profecías
sólo podían ser dadas por Uno que conocía el final
desde el principio, y cuyo conocimiento descansaba sobre la certeza absoluta
de la realización de todo lo preanunciado.
De la misma manera, tanto el Antiguo como el N.T., contienen muchos
anuncios todavía futuros, los cuales deben cumplirse porque fueron
dados por Aquel que los decretó. Pero debe señalarse que
ni la omnisciencia de Dios ni su conocimiento del futuro, considerados
en si mismos, son la causa. Jamás, sucedió o sucederá,
algo simplemente porque Dios lo sabía. La causa de todas las cosas
es la voluntad de Dios.
El hombre que realmente cree las Escrituras sabe de antemano que las
estaciones continuarán sucediéndose con segura regularidad
hasta el final de la tierra: (Gén. 8:22), “Mientras exista
la tierra, no cesarán la siembra y la siega, el frío y
el calor, el verano y el invierno, el día y la noche.” pero
su conocimiento no es la causa de esta sucesión.
Así, el conocimiento de Dios no proviene del hecho de que las
cosas son o serán, sino de que él las ha ordenado de ese
modo. Dios conocía y predijo la crucifixión de su Hijo
mucho siglos antes de que se encarnara, y esto era así porque,
en el propósito Divino, El era el Cordero inmolado desde la fundación
del mundo, de ahí que leamos que fue “entregado por determinado
consejo y providencia de Dios” (Hech. 2:23). El conocimiento infinito
de Dios debería llenarnos de asombro.
¡Cuán ilimitadamente superior al más sabio de los
hombres es el eterno! Ninguno de nosotros conoce lo que el día
de mañana nos traerá; pero el futuro entero está abierto
a su mirada omnisciente. El conocimiento infinito de Dios debería
llenarnos de santo temor. Nada de lo que hacemos, decimos, o incluso
pensamos, escapa a la percepción de Aquel a quien tenemos que
dar cuenta: “Los ojos de Jehová están en todo lugar
mirando a los malos y a los buenos” (Prov. 15:3) ¡Que freno
significaría esto para nosotros si meditáramos más
a menudo sobre ello!
En lugar de actuar indiferentemente, diríamos, con Agar: “Tú eres
un Dios que me ve” (Gén. 16:13). La comprensión del
infinito conocimiento de Dios debe llenar al cristiano de adoración
y decir: Mi vida entera ha permanecido abierta a su mirada desde el principio.
El previo todas mis caídas, mis pecados, mis reincidencias; sin
embargo, así y todo, fijó su corazón en mi. La comprensión
de este hecho, ¡cómo debe postrarme en admiración
y adoración delante de él!
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Cap. 3
LA PRESCIENCIA DE DIOS
“
Pedro, apóstol de Jesucristo; a los expatriados de la dispersión
en Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos conforme al previo
conocimiento de Dios Padre por la santificación del Espíritu,
para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: Gracia y paz
os sean multiplicadas”. (1Ped. 1,2).
Muchas controversias ha engendrado este tema en el pasado. Pero, ¿qué verdad
hay en la Santa Escritura que no haya sido tomada como ocasión
de batallas teológicas y eclesiásticas?
La Deidad de Cristo, su nacimiento virginal, su muerte expiatoria, su
segunda venida; la justificación del creyente por la fe, su santificación,
su seguridad; la iglesia, su organización, oficiales y disciplina;
el bautismo, la cena del Señor, y muchísimas otras verdades
preciosas que podríamos mencionar.
Con todo, las controversias sostenidas en torno a estas no cerraron
la boca de los siervos fieles a Dios. Hay dos cosas, acerca de la presciencia
de Dios, que muchos ignoran: el significado del término, y su
alcance bíblico. Debido a que esta ignorancia está tan
extendida, le resultará fácil a un predicador o maestro
el defraudar con perversiones de este tema aun al pueblo de Dios.
Sólo hay una salvaguardia contra el error; estar confirmados
en la fe; y para ello ha de haber estudio diligente y oración,
y una recepción humilde de la asimilación de la Palabra
de Dios, ya que algunos falsos maestros de la Biblia pervierten su presciencia
con el fin de desechar su absoluta elección para vida eterna Sólo
entonces seremos fortalecidos contra los ataques de aquellos que nos
asaltan.
Cuando se expone el tema bendito y solemne de la predestinación,
y el de la eterna elección por parte de Dios de ciertas personas
para ser hechas conformes a la imagen de su Hijo, el enemigo envía
algún hombre a contradecir que la elección se basa en la
presciencia de Dios y esta “presciencia” se interpreta significando
que previo que algunos serían más dóciles que otros,
que responderían más prontamente a los esfuerzos del Espíritu,
y que, debido a que Dios sabía que creerían, El, en consecuencia,
los predestinó para salvación.
Pero tal declaración es radicalmente errónea. Repudia
la verdad de la depravación total, ya que argumenta que hay algo
bueno en algunos hombres. Quita a Dios su independencia, ya que hace
que sus decretos descansen en lo que El descubre en la criatura. Trastorna
las cosas completamente, ya que decir que Dios previo que ciertos pecadores
creerían en Cristo, y que, en consecuencia, El los predestinó para
salvación, es lo contrario a la verdad.
La Escritura afirma que Dios, en su absoluta soberanía, separó a
algunos para que fueran recipientes de sus favores distintivos “Al
oír esto, los gentiles se regocijaban y glorificaban la palabra
del Señor, y creyeron cuantos estaban designados para la vida
eterna”. (Hech. 13:48), y, por tanto, determinó otorgarles
el don de la fe.
La falsa teología hace del conocimiento previo que Dios tiene
de nuestra fe la causa de su elección para salvación; mientras
que la elección de Dios es la causa, y nuestra fe en Cristo es
el efecto. Antes de seguir debatiendo este tema, hagamos una pausa y
definamos los términos. ¿Qué quiere decir la palabra “presciencia”? “Conocer
de antemano”, es la pronta respuesta de muchos. Pero no debemos
juzgar precipitadamente, ni tampoco aceptar como definitiva la definición
del diccionario, ya que esto no es un asunto de etimología del
término empleado.
El uso que el Espíritu Santo hace de una expresión define
siempre su significado y alcance. Lo que causa tanta confusión
y error es el dejar de aplicar esta regla tan sencilla. Hay muchas personas
que piensan conocer el significado de una palabra determinada usada en
la escritura, pero que son reacias a poner a prueba sus suposiciones
por medio de una concordancia. Ampliemos este punto.
Tomemos la palabra “carne”. Su significado parece ser tan
obvio que muchos considerarán que el examinar sus varias conexiones
en la Escritura es una pérdida de tiempo. Se supone precipitadamente
que la palabra es un sinónimo del cuerpo físico, y no se
procura indagar más. Pero, en realidad, la “carne” en
la Escritura frecuentemente incluye mucho más de lo que es corporal.
Sólo por medio de la comparación atenta de cada caso, y
el estudio de cada contexto por separado, puede descubrirse todo lo que
el término abarca.
Tomemos la palabra “mundo”. El lector de la Biblia imagina
frecuentemente que esta palabra equivale a la raza humana, y, en consecuencias
interpreta equivocadamente los pasajes en los que la misma aparece. Tomen
la palabra “inmortalidad”. ¡Sin duda alguna, ésta
no requiere estudio! Es obvio que hace referencia a la indestructibilidad
del alma.
Cuando se trata de la Palabra de Dios, el dar por sentado algo sin comprobarlo
es locura y error. Si ustedes se toman la molestia de examinar cuidadosamente
cada pasaje en el que se encuentran las palabras “mortal” e “inmortal”,
se dará cuenta que estas nunca se aplican al alma, sino al cuerpo.
Todo lo dicho acerca de “carne”, “mundo”, o “inmortalidad”,
es aplicable con igual fuerza a los términos “conocer” y “preconocer” (conocer
desde antes). Lejos de bastar con la simple suposición de que
estas palabras no significan otra cosa que simple conocimiento, veremos
que los diferentes pasajes en los que se encuentran requieren ser considerados
cuidadosamente.
La palabra “preconocimiento” (traducida en la versión
española por “conocer de antes") no se encuentra en
el A.T., pero si que se da frecuentemente el término “conocer”.
Cuando éste es usado en relación con Dios significa a menudo
mirar con favor, comunicando, no un simple conocimiento, sino un afecto
por el objeto mirado. “Te he conocido por tu nombre” (Exo.
33:17). “Rebeldes habéis sido a Jehová desde el día
que yo os conozco” (Deut. 9:24). “A vosotros solamente he
conocido de todas las familias de la tierra” (Amós 3:2).
En estos pasajes “conocer” significa amar o bien designar.
Asimismo en el N.T., se usa frecuentemente la palabra “conocer” en
el mismo sentido que en el Antiguo. “Entonces yo les declararé:
Nunca os he conocido. ¡Apartaos de mí, obradores de maldad!” (Mat.
7:23). “Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas, y las mías
me conocen”. (Juan 10:14). “Pero si alguien ama a Dios, tal
persona es conocida por él”. (1Cor. 8:3). “Conoce
el Señor a los que son suyos” (2Tim. 2:19).
El término “Preconocer”, o “presciencia”,
tal como se usa en el Nuevo testamento, es menos ambiguo que en su simple
forma “conocer”. Si todos los pasajes en los que aparece
son estudiados cuidadosamente, se descubrirá que es muy discutible
que el término haga referencia a una simple percepción
de eventos que han de tener lugar. En realidad, este término nunca
es usado en la Escritura en relación con sucesos o acciones, sino
que, por el contrario, siempre se refiere a personas. Dios “conoció por
anticipado” a las personas, no a sus acciones. Para demostrarlo,
citaremos los pasajes en los que se encuentra esta expresión.
El primero es hechos 2:23, donde leemos de Jesús: “Entregado
por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendísteis
y matásteis por manos de inicuos, crucificándole”.
Si nos fijamos con atención en las palabras de este versículo,
veremos que el apóstol no estaba hablando del conocimiento anticipado
de Dios del acto de la crucifixión, sino de la Persona crucificada: “este,
entregado por…”, etc.
El segundo es en Rom. 8:29,30. “Porque a los que antes conoció,
también predestinó para que fuesen hechos conformes a la
imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre
muchos hermanos; y a los que predestinó, a estos también
llamó.” Fíjense bien en el pronombre que se usa aquí.
No es lo que, sino los que antes conoció. Lo que se nos muestra
no es la sumisión de la voluntad, ni la fe del corazón,
sino las personas mismas. “No ha desechado Dios a su pueblo, el
cual antes conoció” (Rom. 11:22). Una vez más, la
referencia es claramente a personas solamente.
La última cita es 1Ped. 1:2: “Elegidos según la
presciencia de Dios Padre” ¿Quienes son ellos? El versículo
anterior nos lo dice: la referencia es a los “extranjeros esparcidos”,
es decir, la Diáspora, los judíos creyentes de la dispersión.
Aquí, también, la referencia es a personas, no a sus hechos
previstos. En vista de estos pasajes ¿qué base bíblica
hay para decir que Dios “Previo” los hechos de algunos, a
saber, su “arrepentimiento y fe”, y que, a causa de los mismos,
los eligió para salvación? Absolutamente ninguna.
La Escritura jamás habla del arrepentimiento y la fe como algo
previsto o preconocido por Dios. Es verdad que Dios conocía desde
toda la eternidad que algunos se arrepentirían y creerían,
pero la Escritura no se refiere a esto como objeto de la “presciencia” de
Dios. El término se refiere invariablemente a Dios preconociendo
a personas; así pues, “retengamos la forma de las sanas
palabras” (2Tim. 1:13).
Otra cosa sobre la que deseamos llamar particularmente la atención
es que los dos primeros pasajes citados, muestran de manera clara, y
enseñan implícitamente, que la presciencia de Dios no es
cautiva, sino que, detrás de ella precediéndola, hay algo
más: su propio decreto soberano. Cristo fue “entregado por
el (1) determinado consejo y (2) anticipado conocimiento de Dios” (Hech.
2:23). Su “consejo” o decreto fue la base de su anticipado
conocimiento.
Asimismo en Romanos 8:29. Este versículo empieza con la palabra “porque”,
lo cual nos habla de lo que precede inmediatamente. ¿Qué es,
entonces, lo que dice el versículo anterior? “Todas las
cosas les ayudan a bien... a los que conforme al propósito son
llamados” Así pues, “el anticipado conocimiento” de
Dios se basa en su “propósito” o decreto (véase
Salmo 2:7)
Dios conoce por anticipado lo que será, porque él ha decretado
que sea. Afirmar, por lo tanto que Dios elige porque preconoce es invertir
el orden de la Escritura, es como poner el carro delante del caballo.
La verdad es que preconoce porque ha elegido. Esto elimina la base o
causa de la elección como algo de la criatura, y la coloca en
la soberana voluntad de Dios.
Dios se propuso elegir a ciertas personas, no porque hubiera algo bueno
en ellas, ni porque previera algo bueno en las mismas, sino solamente,
a causa de su pura buena voluntad. El por qué escogió a éstos
no lo sabemos; lo único que podemos decir es: “Así,
Padre, porque así te agradó”. La verdad clara de
Romanos 8:29, es que Dios, antes de la fundación del mundo, separó a
ciertos pecadores y los escogió para salvación (2Tes. 2:13).
Esto se ve claro en las últimas palabras del versículo:
los “predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen
de su Hijo”, etc. Dios no predestinó a aquellos que él
preveía que “eran hechos conformes...”, sino que,
por el contrario, predestinó a aquellos a los que “antes
conoció” (es decir, amó y eligió) “para
que fuesen hechos conformes...”. Su conformidad a Cristo no es
la causa, sino el efecto de la presciencia y predestinación de
Dios.
Dios no eligió a ningún pecador porque viera que creería,
por la razón sencilla pero suficiente, de que ningún pecador
cree jamás hasta que Dios le da fe; de la misma manera que ningún
hombre puede ver antes de que Dios le de la vista. Ya que la vista es
el don de Dios, y ver es la consecuencia del uso de su don.
Asimismo, la fe es el don de Dios “Porque por gracia sois salvos,
por medio de la fe y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por
obras para que nadie se gloríe” (Efe. 2:8), y creer es la
consecuencia del uso de este don. Si fuera cierto que Dios eligió a
algunos para ser salvos porque a su debido tiempo éstos creerían,
eso convertiría el creer en un acto meritorio, y, en este caso,
el pecador tendría razón de jactarse, lo cual la Escritura
niega enfáticamente, (Efe. 2:9).
En verdad la Palabra de Dios es suficientemente clara al enseñar
que creer no es un acto meritorio. Afirma que los cristianos son aquellos
que “por la gracia han creído” (Hech. 18:27). Por
lo tanto, si han creído “por gracia”, no hay absolutamente
nada meritorio, el mérito no puede ser la base o causa que movió a
Dios a escogerlos.
No, la elección de Dios no procede de nada que haya en nosotros,
o de nada que proceda de nosotros, sino únicamente de su propia
y soberana buena voluntad. Una vez más, en Romanos 11:5, leemos
de “un remanente escogido por gracia”. Ahí está suficientemente
claro; la misma elección es por gracia, y gracia es favor inmerecido,
algo a lo que no tenemos derecho alguno.
Precisamente, se ve la importancia para nosotros, de tener ideas claras
y bíblicas sobre la presciencia de Dios. Quien no solamente conoció el
final desde el principio, sino que planeó, fijó y predestinó todo
desde el principio. Ya que, si ustedes son cristianos verdaderos, lo
son porque Dios los escogió en Cristo antes de la fundación
del mundo, (Efe. 1:4), y lo hizo, no porque previo que creería,
sino porque, simplemente, así le agradó hacerlo; te escogió a
pesar de tu incredulidad natural.
Siendo así, toda la gloria y la alabanza le pertenece solo a
El. No tienes base alguna para atribuirte ningún mérito.
Has creído “por la gracia”, y eso porque tu misma
elección fue “de gracia” (Rom. 11:5).
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Cap. 4
LA SUPREMACÍA DE DIOS
“Pensabas que de cierto sería yo como tú” (Sal.
50:21)
En una de sus cartas a Erasmo, Lutero decía: “Vuestro concepto
de Dios es demasiado humano”. El renombrado erudito probablemente
se ofendió por tal reproche que procedía del hijo de un
minero; sin embargo, lo tenía perfectamente merecido.
Nosotros, también, aunque no tengamos lugar entre los líderes
religiosos de esta era degenerada, presentamos la misma denuncia contra
la mayoría de los predicadores de nuestros días y contra
quienes, en lugar de escudriñar las Escrituras por sí mismos,
aceptan perezosamente las enseñanzas de sus denominaciones.
En la actualidad, y casi en todas partes, se sostienen los más
deshonrosos y degradantes conceptos acerca de la autoridad y el Reino
del Todopoderoso. Para incontables millares, incluso entre los que profesan
ser cristianos, el Dios de las Escrituras es completamente desconocido.
En la antigüedad, Dios se quejó a un Israel apóstata: “Pensabas
que de cierto sería yo como tú” (Sal. 50:21). Tal
ha de ser ahora su acusación contra una cristiandad apóstata.
Los hombres imaginan que al Altísimo le mueven, no los principios,
sino los sentimientos. Suponen que su Omnipotencia es una invención
vacía y que Satanás puede desbaratar Sus designios a su
antojo. Creen que si en realidad El se ha forjado un plan o propósito,
ha de ser como los suyos, constantemente sujetos a cambios. Declaran
abiertamente que sea el que fuere el poder que posee, ha de ser restringido,
no sea que invada el territorio del “libre albedrío” del
hombre y lo reduzca a una “maquina”.
Rebajan la eficaz expiación, la cual redimió a todos aquellos
por los cuales fue hecha, hasta hacer de ella una simple “medicina” que
las almas enfermas por el pecado pueden usar si se sienten dispuestas
a ello; y desvirtúan la obra invencible del Espíritu Santo,
convirtiéndola en una “oferta” del Evangelio que los
pecadores pueden aceptar o rechazar a su agrado.
El “dios” del presente siglo veinte no se parece más
al Soberano Supremo de la Sagrada Escritura de lo que la confusa y vacilante
llama de una vela se parece a la gloria del sol de mediodía. El “dios” del
cual suele hablarse desde el púlpito, el que se menciona en gran
parte de la literatura religiosa actual, el que se predica en la mayoría
de las llamadas conferencias Bíblicas, es una invención
de la imaginación humana, una ficción del sentimentalismo
sensiblero.
Los idólatras que se encuentran fuera de la cristiandad se hacen “dioses” de
madera o de piedra, mientras que los millones de idólatras que
se hallan dentro de la cristiandad se elaboran “dioses” producto
de sus propias mentes. En realidad, no son otra cosa que ateos, ya que
no hay otra alternativa posible sino creer en un Dios absolutamente supremo
o no creer en Dios. Un “dios” cuya voluntad puede ser resistida,
cuyos designios pueden ser frustrados, y cuyos propósitos pueden
ser derrotados, no posee derecho alguno a la deidad, y lejos de ser objeto
digno de adoración, merece solamente desprecio.
La distancia infinita que existe entre las más poderosas criaturas
y el Creador Todopoderoso es prueba de la supremacía del Dios
viviente y verdadero. El es el Alfarero, ellas no son más que
barro en sus manos, que pueden ser transformadas en vasos de honra, o
desmenuzadas (Sal. 2:9) a su gusto.
Como alguien decía, si todos los ciudadanos del cielo y todos
los habitantes de la tierra se unieran en rebelión contra El,
no le ocasionarían inquietud alguna, y ello tendría menos
efecto sobre su trono eterno e invencible del que tiene sobre la elevada
roca de Gibraltar la espuma de las olas del Mediterráneo. Tan
pueril e impotente para afectar al Altísimo es la criatura, que
la Escritura misma nos dice que cuando los príncipes gentiles
se unan con Israel apóstata para desafiar a Jehová y su
Cristo, “él que mora en los cielos se reirá” (Sal.
2:4)
La supremacía absoluta y universal de Dios está positivamente
declarada en muchos lugares de la Escritura que no admite duda. “Tuya
es, oh Jehová, la magnificencia, y el poder, y la gloria, la victoria,
y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en
la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y la altura
sobre todos los que están por cabeza... Y Tú señorearás
a todos” (1Crón. 19:11,12).
Nótese que dice “señorearás” ahora,
no “señorearás en el Futuro”. “Jehová Dios
de nuestros padres, ¿no eres Tú Dios en los cielos, y te
enseñorearás en todos los reinos de las Gentes? ¿No
está en tu mano toda fuerza y poder, que no hay quien (ni siquiera
el diablo) te resista?” (2Crón. 20:6).
Pero él es Único; ¿quién le hará desistir?
Lo que su alma desea, El lo hace”. El Dios de la Escritura no es
un monarca falso, ni un simple soberano imaginario, sino Rey de reyes
y Señor de señores. “Yo conozco que todo lo puedes
y que no hay pensamiento que se esconda de ti” (Job 42:2), o como
alguien ha traducido, “ningún propósito tuyo puede
ser frustrado”. El hace todo lo que ha designado. Cumple todo lo
que ha decretado. “Nuestro Dios está en los cielos: Todo
lo que quiso ha hecho” (Sal. 115:3); y, ¿por qué?
Porque “no hay sabiduría, ni inteligencia, ni consejo contra
Jehová” (Prov. 21:30).
La supremacía de Dios sobre las obras de sus manos está descrita
de manera vívida en la Escritura. La materia inanimada y las criaturas
irracionales cumplen los mandatos de su Creador. A su mandato el mar
Rojo se dividió, y sus aguas se levantaron como muros (Exo. 14);
la tierra abrió su boca y los rebeldes descendieron vivos al abismo
(Núm. 16). Cuando El lo ordenó, el sol se detuvo (Jos.
10); y en otra ocasión volvió diez grados atrás
en el reloj de Acaz (Isa. 38:8).
Para manifestar su supremacía, hizo que los cuervos llevaran
comida a Elías (1Rey. 17), que el hierro nadara sobre el agua
(2Rey. 6), cerró la boca de los leones cuando Daniel fue arrojado
al foso, e hizo que el fuego no quemara cuando los tres jóvenes
hebreos fueron echados a las llamas. Así que, “todo lo que
quiso Jehová, ha hecho en los cielos y en la tierra, en los mares
y en todos los abismos” (Sal. 135:6).
` La Supremacía de Dios se demuestra también en su gobierno
perfecto sobre la voluntad de los hombres. Estudiemos cuidadosamente Éxodo
34:24. Tres veces al año, todos los varones de Israel debían
dejar sus hogares e ir a Jerusalén, vivían rodeados de
pueblos hostiles que les odiaban por haberse apropiado de sus tierras.
Siendo así, ¿qué impedía que los cananitas,
aprovechando la ausencia de los hombres, mataran a las mujeres y los
niños, y tomaran opresión de sus posesiones?
Si la mano del todopoderoso no estuviera incluso sobre la voluntad de
los impíos, ¿cómo podía prometer que nadie
ni siquiera “desearía” sus tierras? “Como los
repartimientos de las aguas, así está el corazón
del rey en la mano de Jehová: a todo lo que quiere lo inclina” (Prov.
21:1). Habrá sin embargo quien ponga en duda una y otra vez esto,
leemos en la Escritura, cómo aquellos hombres desafiaron a Dios,
resistieron su voluntad, quebrantaron sus mandamientos, desestimaron
sus amonestaciones, e hicieron oídos sordos a sus exhortaciones.
Sí, es cierto; pero, ¿anula esto lo que hemos dicho anteriormente?
Si es así, entonces la Biblia se contradice manifiestamente a
sí misma. Pero esto no puede ser. El que hace esta objeción
se refiere únicamente a la impiedad del hombre contra la palabra
externa de Dios, mientras que lo que hemos mencionado es lo que Dios
se ha propuesto en sí mismo. La norma de conducta que El nos ha
dado no es cumplida perfectamente por ninguno de nosotros; sin embargo,
sus propios “consejos” eternos son cumplidos hasta el más
minucioso de los detalles.
La Supremacía absoluta y universal de Dios se afirma con igual
claridad y certeza en el Nuevo Testamento. Ahí se nos dice que
Dios “hace todas las cosas según el consejo de su voluntad” (Efe.
1:11), “hace” en griego, significa “hacer efectivo”.
Por esta razón, leemos: “Porque de él, y por él,
y en él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los
siglos. Amen”. (Rom. 11:36). Los hombres pueden jactarse de ser
agentes libres, con voluntad propia, y de que son libres de hacer lo
que les plazca, pero a aquellos que, jactándose, dicen: “Iremos
a tal ciudad, y estaremos allá un año, y compraremos mercadería
y ganaremos...”, la Escritura advierte: “En lugar de los
cual deberías decir: Si el Señor quisiere” (Stgo.
4:13,15).
He aquí, pues, lugar de descanso para el corazón. Nuestras
vidas no son el producto de un destino ciego, ni el resultado de la suerte
caprichosa, sino que cada detalle de las mismas fue ordenado por el Dios
viviente y soberano. Ni un solo cabello de nuestras cabezas puede ser
tocado sin su permiso. “El corazón del hombre piensa su
camino: mas Jehová endereza sus pasos” (Prov. 16:9). ¡Qué certeza,
poder y consuelo debería de proporcionar esto al verdadero cristiano! “En
tu mano están mis tiempos” (Sal. 31:15). Así, permítanme
decir: “Calla delante de Jehová, y espera en él” (Sal.
37:7).
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Cap. 5
LA SOBERANÍA DE DIOS
“Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quisiere” (Isa.
46:10)
La Soberanía de Dios puede definirse como el ejercicio de su supremacía.
Dios es el Altísimo, el Señor del cielo y de la tierra
está exaltado infinitamente por encima de la más eminente
de las criaturas. El es absolutamente independiente; no está sujeto
a nadie, ni es influido por nadie. Dios actúa siempre y únicamente
como le agrada.
Nadie puede frustrar ni detener sus propósitos. Su propia Palabra
lo declara explícitamente: “En el ejército del cielo,
y en los habitantes de la tierra, hace según su voluntad: ni hay
quien estorbe su mano” (Dan. 4:35). La soberanía divina
significa que Dios lo es de hecho, así como de nombre, y que está en
el Trono del universo dirigiendo y actuando en todas las cosas “según
el consejo de su voluntad” (Efe. 1:11).
Con gran razón decía el predicador bautista del siglo
pasado Carlos Spurgeon, en un sermón sobre Mat. 20:15, que:
“
No hay atributo más confortador para Sus hijos que el de la Soberanía
de Dios. Bajo las más adversas circunstancias y las pruebas más
severas, creen que la Soberanía los gobierna y que los santificará a
todos.
Para ellos, no debería haber nada por lo que luchar más
celosamente que la doctrina del Señorío de Dios sobre toda
la creación -el reino de Dios sobre todas la obras de sus manos-
El trono de Dios, y su derecho a sentarse en el mismo. Por otro lado,
no hay doctrina más odiada por la persona mundana, ni verdad que
haya sido más maltratada, que la grande y maravillosa, pero real,
doctrina de la Soberanía del infinito Jehová.
Los hombres permitirán que Dios esté en todas partes,
menos en su trono. Le permitirán formar mundos y hacer estrellas,
dispensar favores, conceder dones, sostener la tierra y soportar los
pilares de la misma, iluminar las luces del cielo, y gobernar las incesantes
olas del océano; pero cuando Dios asciende a su Trono sus criaturas
rechinan los dientes.
Pero nosotros proclamamos un Dios entronizado y su derecho a hacer su
propia voluntad con lo que le pertenece, a disponer de sus criaturas
como a él le place, sin necesidad de consultarlas. Entonces se
nos maldice y los hombres hacen oídos sordos a lo que les decimos,
ya que no aman a un Dios que está sentado en su Trono. Pero es
a Dios en su Trono que nosotros queremos predicar. Es en Dios, en su
Trono en quien confiamos”.
Sí, tal es la Autoridad revelada en las Sagradas Escrituras.
Sin rival en Majestad, sin límite en Poder, sin nada, fuera de
sí misma, que le pueda afectar. “Todo lo que quiso Jehová,
ha hecho en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos” (Sal.
135:6).
No obstante, vivimos en unos días en los que incluso los más “ortodoxos” parecen
temer el admitir la verdadera divinidad de Dios. Dicen que reconocer
la soberanía de Dios significa excluir la responsabilidad humana;
cuando la verdad es que la responsabilidad humana se basa en la Soberanía
Divina, y es el resultado de la misma. “Y nuestro Dios está en
los cielos; todo lo que quiso ha hecho” (Sal. 115:3).
En su soberanía escogió colocar a cada una de sus criaturas
en la condición que pareció bien a sus ojos. Creó ángeles:
a algunos los colocó en un estado condicional, a otros les dio
una posición inmutable delante de él (1Tim. 5:21), poniendo
a Cristo como su cabeza (Col. 2:10). No olvidemos que los ángeles
que pecaron (2Ped. 2:4). Con todo, Dios previó que caerían
y, sin embargo, los colocó en un estado alterable y condicional,
y les permitió caer, aunque El no fuera el autor de su pecado.
Asimismo, Dios, en su soberanía colocó a Adán en
el jardín del Edén en un estado condicional. Si lo hubiera
deseado podía haberle colocado en un estado incondicional, en
un estado tan firme como el de los ángeles que jamás han
pecado, en uno tan seguro e inmutable como el de los santos en Cristo.
En cambio, escogió colocarle sobre la base de la responsabilidad
como criatura, para que se mantuviera o cayera según se ajustase
o no a su responsabilidad: la de obedecer a su Creador. Adán era
responsable ante Dios (Dios es ley en sí mismo) por el mandamiento
que le había sido dado y la advertencia que le había sido
hecha. Esa era una responsabilidad sin menoscabo y puesta a prueba en
las condiciones más favorables.
Dios no colocó a Adán en un estado condicional y de criatura
responsable porque fuera justo que así lo hiciera. No, era justo
porque Dios lo hizo. Ni siquiera dio el ser a las criaturas porque eso
fuera lo justo, es decir, porque estuviera obligado a crearlas; sino
que era justo porque El lo hizo así.
Dios es soberano. Su voluntad es suprema. Dios, lejos de estar bajo
una ley, es ley en sí mismo, así es que cualquier cosa
que él haga, es justa. Y ¡ay del rebelde que pone su soberanía
en entredicho! “Ay del que pleitea con su Hacedor, siendo nada
mas un pedazo de tiesto entre los tiestos de la tierra! ¿Dirá el
barro al que lo labra: Qué haces?” (Isa. 45:9).
Además, Dios es Señor, como soberano, colocó a
Israel sobre una base condicional. Los capítulos 19, 20 y 24 de Éxodo
ofrecen pruebas claras y abundantes de ello. Estaban bajo el pacto de
las obras. Dios les dio ciertas leyes e hizo que las bendiciones sobre
ellos, como nación, dependieran de la observancia de las tales.
Pero Israel era obstinado y de corazón incircunciso. Se rebelaron
contra Jehová, desecharon su ley, se volvieron a los dioses falsos
y apostataron. En consecuencia, el juicio divino cayó sobre ellos
y fueron entregados en las manos de sus enemigos, dispersados por toda
la tierra, y hasta el día de hoy, permanecen bajo el peso del
disfavor de Dios.
Fue Dios, quien en el ejercicio de su soberanía, puso a Satanás
y a sus ángeles, a Adán y a Israel en sus respectivas posiciones
de responsabilidad. Pero, en el ejercicio de su soberanía, lejos
de quitar la responsabilidad de la criatura, la puso en esta posición
condicional, bajo las responsabilidades que él creyó oportunas;
y, en virtud de esta soberanía, El es Dios sobre todos. De este
modo, existe una armonía perfecta entre la soberanía de
Dios y la responsabilidad de la criatura. Muchos han sostenido equivocadamente
que es imposible mostrar donde termina la soberanía de Dios y
empieza la responsabilidad de la criatura. He aquí donde empieza
la responsabilidad de la criatura: en la ordenación soberana del
creador. En cuanto a su soberanía, ¡no tiene ni tendrá jamás “terminación"!
Vamos aprobar aún más, que la responsabilidad de la criatura
se basa en la soberanía de Dios. ¿Cuántas cosas
están registradas en la Escritura que eran justas porque Dios
las mandó, y que no lo hubieran sido si no las hubiera mandado?
¿Qué derecho tenía Adán de comer de los árboles
del jardín del Edén? ¡El permiso de su Creador (Gén.
2:16), sin el cual hubiera sido un ladrón! ¿Qué derecho
tenía el pueblo de Israel a demandar de los egipcios joyas y vestidos
(Ex. 12:35)? Ninguno, sólo que Jehová lo había autorizado
(Ex. 3:22).
¿Qué derecho tenía Israel a matar tantos corderos
para el sacrificio? Ninguno, pero Dios así lo mandó. ¿Qué derecho
tenía el pueblo de Israel a matar a todos los cananeos? Ninguno,
sino que Dios les habían mandado hacerlo. ¿Qué derecho
tenía el marido a demandar sumisión por parte de su esposa?
Ninguno, si Dios no lo hubiera establecido. ¿Qué derecho
tuviera la esposa de recibir amor, atención y cuidados, ninguno,
si Dios no lo hubiera establecido. Podríamos citar muchos más
ejemplos para demostrar que la responsabilidad humana se basa en la Soberanía
Divina.
He aquí otro ejemplo del ejercicio de la absoluta soberanía
de Dios: colocó a sus elegidos en un estado diferente al de Adán
o Israel. Los puso en un estado incondicional. En un pacto eterno, Jesucristo
fue hecho su cabeza, tomó sobre sí sus responsabilidades
y actuó para ellos con justicia perfecta, irrevocable y eterna.
Cristo fue colocado en un estado condicional, ya que fue “hecho
súbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban debajo
de la ley” (Gál. 4:4,5), sólo que con esta diferencia
infinita: los hombres fracasaron, pero él no fracasó ni
podía hacerlo. Y, ¿quién puso a Cristo en este estado
condicional? El Dios Trino. Fue ordenado por la voluntad soberana, enviado
por el amor soberano y su obra le fue asignada por la autoridad soberana.
El mediador tuvo que cumplir ciertas condiciones. Había de ser
hecho en semejanza de carne de pecado; había de magnificar y honrar
la ley; tenía que llevar todos los pecados del pueblo de Dios
en su propio cuerpo sobre el madero; tenía que hacer expiación
completa por ellos; tenía que sufrir la ira de Dios, morir y ser
sepultado.
Por el cumplimiento de todas esas condiciones, le fue ofrecida una recompensa:
(Isa. 53:10-12). Había de ser el primogénito de muchos
hermanos; había de tener un pueblo que participaría de
su gloria. Bendito sea su nombre para siempre porque cumplió todas
esas condiciones; y porque las cumplió, el Padre está comprometido
en juramento solemne a preservar para siempre y bendecir por toda la
eternidad a cada uno de aquellos por los cuales hizo mediación
su Hijo Encarnado. Porque El tomó su lugar, ellos ahora participan
del Suyo. Su justicia es la Suya, su posición delante de Dios
es la Suya, y su vida es la Suya. No hay ni una sola condición
que ellos tengan que cumplir, ni una sola responsabilidad con la que
tengan que cargar para alcanzar la gloria eterna. “Porque con una
sola ofrenda hizo Perfectos para siempre a los santificados” (Heb.
10:14).
He aquí pues que la soberanía de Dios expuesta claramente
ante todos en las distintas formas en que él se ha relacionado
con sus criaturas. Algunos de los ángeles, Adán e Israel
fueron colocados en una posición condicional en la que la bendición
dependía de su obediencia y fidelidad de Dios. Pero, en marcado
contraste con estos, a la “manada pequeña” (Luc. 12:32)
le ha sido dada una posición incondicional e inmutable en el pacto
de Dios, en sus consejos y en su Hijo; su bendición depende de
lo que Cristo Hizo Por ellos. “El fundamento de Dios está firme,
teniendo este sello: conoce el Señor a los que son suyos” (2Tim.
2:19).
El fundamento sobre el cual descansan los elegidos de Dios es perfecto:
nada puede serle añadido, ni nada puede serle quitado (Ecl. 3:14).
He aquí, pues, el más alto y grande exponente de la absoluta
soberanía de Dios. En verdad, El “del que quiere tiene misericordia;
y al que quiere endurece” (Rom 9:18).
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Cap. 6
LA INMUTABILIDAD DE DIOS
“El padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de
variación” (Stg. 1:17).
Esta es una de las perfecciones divinas que nunca han sido suficientemente
estudiadas. Es una de las excelencias que distinguen al creador de todas
sus criaturas. Dios es el mismo perpetuamente; no está sujeto
a cambio alguno en su ser, atributos o determinaciones.
Por ello, Dios es comparable a una roca (Deut. 32:4) que permanece inmovible
cuando el océano entero que la rodea fluctúa continuamente;
aunque todas las criaturas estén sujetas a cambios, Dios es inmutable.
El no conoce cambio alguno porque no tiene principio ni fin. Dios es
por siempre.
En primer lugar, Dios es inmutable en esencia. Su naturaleza y ser son
infinitos y, por lo tanto, no están sujetos a cambio alguno. Nunca
hubo un tiempo en el que El no existiera; nunca habrá día
en el que deje de existir. Dios nunca ha evolucionado, crecido o mejorado.
Lo que es hoy ha sido siempre y siempre será. “Yo Jehová no
me cambio” (Mal. 3:6).
Es su propia afirmación absoluta. No puede mejorar, porque es
perfecto; y, siendo perfecto, no puede cambiar en mal. Siendo totalmente
imposible que algo externo le afecte, Dios no puede cambiar ni en bien
ni en mal: es el mismo perpetuamente. Sólo él puede decir “Yo
soy el que soy” (Ex. 3:14). El correr del tiempo no le afecta en
absoluto. En el rostro eterno no hay vejez. Por lo tanto, su poder nunca
puede disminuir, ni su gloria palidecer.
En segundo lugar, Dios es inmutable en sus atributos. Cualesquiera que
fuesen los atributos de Dios antes que el universo fuera creado, son
ahora exactamente los mismos, y así permanecerán para siempre.
Es necesario que sea así, ya que tales atributos son las perfecciones
y cualidades esenciales de su ser. Semper Idem (siempre el mismo) está escrito
sobre cada uno de ellos.
Su poder es indestructible, su sabiduría infinita y su santidad
inmancillable. Como la deidad no puede dejar de ser, así tampoco
pueden los atributos de Dios cambiar. Su veracidad es inmutable, porque
su palabra “permanece para siempre en los cielos” (Sal. 119:89).
Su amor es eterno: “con amor eterno te he amado” (Jer. 31:3),
y “como había amado a los suyos que estaban en el mundo,
los amó hasta el fin” (Juan. 13:1). Su misericordia es incesante,
porque es “para siempre” (Sal. 100:5).
En tercer lugar, Dios es inmutable en su consejo. Su voluntad jamás
cambia. Algunos ya han puesto la objeción de que en la Biblia
dice que “arrepintióse Jehová de haber hecho al hombre” (Gen.
6:6). A esto respondemos: Entonces, ¿se contradicen las escrituras
a sí mismas? No, eso no puede ser.
El pasaje de Núm. 23:19 es suficientemente claro: “Dios
no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta”.
Asimismo, en 1Sam. 15:29, leemos: “El vencedor de Israel no mentirá,
ni se arrepentirá; porque no es hombre para que se arrepienta”.
La explicación es muy sencilla, cuando habla de sí mismo,
Dios adapta a menudo, su lenguaje a nuestra capacidad limitada. Se describe
a así mismo como vestido de miembros corporales, tales como ojos,
orejas, manos, etc. Habla de sí mismo “despertando” (Sal.
78:65), “madrugando” (Jer. 7:13); sin embargo, ni dormita,
ni duerme.
Así, cuando adopta un cambio en su trato con los hombres, Dios
describe su acción como “arrepentimiento”. Si Dios
es inmutable en su consejo. “porque los dones y el llamamiento
de Dios son irrevocables.” (Rom. 11:29). Ha de ser así,
porque si él se determina en una cosa, ¿Quién lo
apartará? Su alma deseó e hizo (Job 23:13). El propósito
de Dios jamás cambia. Hay dos causas que hacen al hombre cambiar
de opinión e invertir sus planes: la falta de previsión
para anticiparse a los acontecimientos, y la falta de poder para llevarlos
a cabo.
Pero, habiendo admitido que Dios es omnisciente y omnipotente, nunca
necesita corregir sus decretos. No, “El consejo de Jehová permanecerá para
siempre; los pensamientos de su corazón por todas las generaciones” (Sal.
33:11). Es por ello que leemos acerca de “la inmutabilidad de su
consejo” (Heb. 6:17).
En esto percibimos la distancia infinita que existe entre la más
grande de las criaturas y el Creador. Creación y mutabilidad son,
en un sentido, términos sinónimos. Si la criatura no fuera
variable por naturaleza, no sería criatura, sería Dios.
Por naturaleza, ni vamos ni venimos de ninguna parte. Nada, aparte de
la voluntad y el poder sustentador de Dios, impide nuestra aniquilación.
Nadie puede sostenerse a sí mismo ni un sólo instante.
Dependemos por completo del Creador en cada momento que respiramos. Reconocemos
con el salmista que “él es el que puso nuestra alma en vida” (Sal.
66:9). Al comprender esta verdad, debería humillarnos el sentido
de nuestra propia insignificancia en la presencia de Aquel en quien “vivimos,
y nos movemos, y somos”. (Hech. 17:28).
Como criaturas caídas, no solamente somos variables, sino que
todo en nosotros es contrario a Dios. Como tales, somos “estrellas
erráticas” (Judas 13), fuera de órbita “Los
impíos son como la mar en tempestad, que no puede estarse quieta” (Isa.
57:20). El hombre caído es inconstante. Las palabras de Jacob,
refiriéndose a Rubén son aplicables igualmente a todos
los descendientes de Adán: “Corriente como las aguas” (Gén.
49:4).
Así pues, atender a aquel precepto: “dejad de confiar en
el hombre” (Isa. 2:22), no sólo es una muestra de piedad,
sino también de sabiduría. No hay ser humano del que se
pueda depender. “No confíes en los príncipes, ni
en hijo de hombre, porque no hay en él liberación” (Sal.
146:3). Si desobedezco a Dios, merezco ser engañado y defraudado
por mis semejantes. La gente puede amarte hoy y odiarte mañana.
La multitud que gritó: “¡Hosanna el hijo de David!”,
no tardó mucho en decir: “¡Sea crucificado!”
Aquí tenemos consolación firme. No se puede confiar en
la criatura humana, pero sí en Dios. No importa cuán inestable
sea yo, cuán inconstantes demuestren ser mis a amigos; Dios no
cambia. Si cambiara como nosotros, si quisiera una cosa hoy y otra distinta
mañana, si actuara por capricho, ¿Quién podría
confiar en él?
Pero, alabado sea su Santo Nombre. El es siempre el mismo. Su propósito
es fijo, su voluntad estable, su Palabra segura. He aquí una roca
donde podemos fijar nuestros pies mientras el torrente poderoso arrastra
todo lo que nos rodea. La permanencia del carácter de Dios garantiza
el cumplimiento de sus promesas: “Porque los montes se moverán,
y los collados temblarán; más no se apartará de
ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará, dijo Jehová,
el que tiene misericordia de ti” (Isa. 54:10). En esto hallamos
estímulo para la oración. “¿Qué consuelo
significaría orar a un dios que, como el camaleón, cambiara
de color continuamente? ¿Quién presentaría sus peticiones
a un príncipe tan variable que concediera una demanda hoy y la
negara mañana?”.
Si alguien pregunta porque orar a Aquel cuya voluntad está ya
determinada, le contestamos: Porque El así lo quiere. ¿Ha
prometido Dios darnos alguna bendición sin que se la pidamos? “Si
demandáramos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos
oye” (1Juan 5:14), y quiere para sus hijos todo lo que es para
bien de ellos. El pedir algo contrario a su voluntad no es oración,
sino rebelión consumada. He aquí, también, terror
para los impíos. Aquellos que desafían a Dios, quebrantan
Sus leyes y no se ocupan de Su gloria, sino que, por el contrario, viven
sus vidas como si El no existiera, no pueden esperar que, al final, cuando
clamen por misericordia, Dios altere su voluntad, anule su Palabra, y
suprima sus terribles amenazas.
Por el contrario, ha declarado: “Pues yo también actuaré en
mi ira: mi ojo no tendrá lástima, ni tendré compasión.
Gritarán a mis oídos a gran voz, pero no los escucharé” (Eze.
8:18). Dios nos se negaría a sí mismo para satisfacer las
concupiscencias de ellos. El es santo y no puede dejar de serlo. Por
lo tanto, odia el pecado con odio eterno. De ahí el eterno castigo
de aquellos que mueren en sus pecados.
“La inmutabilidad divina, como la nube que se interpuso entre
los israelitas y los egipcios, tiene un lado oscuro y otro claro. Asegura
la ejecución de sus amenazas, y el cumplimiento de sus promesas;
y destruye la esperanza que los culpables acarician apasionadamente.
Es decir, la de que Dios será blando para con sus frágiles
y descarriadas criaturas, y que serán tratados mucho más
ligeramente de lo que parecen indicar las afirmaciones de su Palabra.
A esas especulaciones falsas y presuntuosas oponemos la verdad solemne
de que Dios es inmutable en veracidad y propósito, en fidelidad
y justicia”.